lunes, 23 de septiembre de 2013

Capítulo 5.- Un desayuno inesperado, exceso de cafeína y promesas de futuro.

Cuando a la mañana siguiente, justo en el momento en el que el reloj marca las once y cuarto de la mañana, y Matt entra en la cocina muerto de sueño, apenas puede creerse lo que ve. Brian está desayunando en una cocina que parece estar recién limpia, con todo puesto en orden pulcramente. Es más, se sorprende al ver que incluso hay café caliente para él. Su compañero de ojos y pelo oscuros está sentado en la encimera de mármol de la cocina, con la taza de café humeante entre sus manos, su mirada cargada de energía clavada en su amigo, y vestido únicamente con unos pantalones de pijama de raso negros. Sonríe de medio lado casi imperceptiblemente y habla, sacando a Shadows de su asombro —Menuda noche, ¿eh...?—

Matt sonríe y se rasca la nuca, aún con cara de sueño. Bosteza y asiente, sirviéndose café en una taza, a su lado —Pues sí, tío, ha estado tronando toda la noche…— Suspira y mira por la ventana, entrecerrando los ojos a causa del sol. Después echa un vistazo rápido a la cocina y le mira a él, arqueando una ceja —¿Y toda esta limpieza..?— Ríe, sacudiendo la cabeza mientras remueve el café —Uy, qué raro veo yo esto en ti. No sé, no sé... —

Gates se encoge de hombros, bajando la mirada al suelo con un gesto cargado de inocencia que no encaja mucho con él ni con su apariencia —Bueno, hoy me apetecía levantarme temprano, y ya que lo hice aproveché y puse en orden todo ésto.— Le mira y suspira, removiendo la taza de café con aire despreocupado —Así ya no tienes que hacerlo tú. Eso que te quito... —

El chico de ojos verdes se encoge de hombros, dándole el primer trago a su taza, con aires de sospecha —Bueno, bien es cierto que es un gran trabajo que me ahorro, sí...—Suspira —Hablando de trabajo...— Le mira, sosteniendo la taza en una mano —¿Vas a ir a currar hoy…—
Brian frunce el ceño y sacude la cabeza, negándose en rotundo —Hoy no nos toca ni a ti ni a mí. No vamos a ir allí a hacer el primo para Dean, qué va. Que se las arreglen con el personal de hoy.— *Se aclara la garganta y sonríe de nuevo con inocencia, arrancando las sospechas de Matt —Oye, volviendo al tema de la limpieza y los favores y el trabajo que te he ahorrado...— Su compañero de piso arquea una ceja, manteniéndole la mirada mientras se bebe el café, expectante. Cuando Brian planta la taza de café en la encimera, se baja de ella de un salto ágil y habla descaradamente, cruzándose de brazos, Matt ya sabe que algo va a pedirle a cambio de su trabajo —¿Verdad que vas a dejarme el coche para ir a hacer unas cosillas ésta mañana...?— Chasquea la lengua y se apresura a explicarlo —Va a ser sólo un rato, Shadz…—

Matt chasquea la lengua y pone los ojos en blanco, resoplando —Brian, ya hemos hablado de ello miles de veces...— Te lo dejaría encantado, pero aparte de que no tienes carnet y por mucho que digas que sabes conducir, podrían pillarte y quitarme el coche. Y yo necesito mi coche, tío...—
El chico de ojos castaños camina hacia él y, agarrando una de las sillas que rodean la mesa, la gira y se sienta frente a frente, con la silla del revés. Cruza los brazos sobre el respaldo y apoya la barbilla sobre ellos, mirándole con una ceja enarcada. No va a quedarse con las ganas de probar alguno de sus sucios trucos. Habla con malicia, reprimiendo una sonrisa traviesa —¿Ni siquiera si ésta noche te consigo un rato a solas con tu queridísima Karina...? Sé que te mueres de ganas de hablar unos tristes cinco minutos con la rubia de la barra…— Ríe por lo bajo y deja que su voz adopte un tono burlón y susurrante —Shadows pierde la cabeza por ciertas socias de Dean que se suben a la barra e invitan a chupitos...—


Matt pone los ojos en blanco, resopla largamente y se apoya en la encimera, hablando con desgana —Las llaves están colgadas en el mueble de la entrada…— Una sonrisa amplia y triunfal se dibuja en los ojos de Gates. Éste se levanta rápidamente y sale corriendo de la cocina. El chico de ojos verdes habla en un susurro mientras oye la puerta de casa abrirse— No sé por qué siempre termino cediendo...—


No han pasado siquiera dos minutos cuando Brian ya se encuentra metido en el coche. Le encanta conducir, pero jamás se decide a sacarse el carnet, más por pereza que por otras razones. Va a darse un paseo con la música bien alta, y por qué no decirlo, a patear con las ruedas del viejo Mercedes el barrio donde cree saber que está la chica de la voz mágica, y si es el barrio que cree y no está equivocado, lo cierto es que no es un barrio muy adecuado para una chica como ella.
Mientras conduce a una velocidad medianamente normal por la acera, el sol va golpeándole de lleno en la cara. Si fuese en un coche normal habría puesto los parasoles, pero la vieja chatarra de Matt ni siquiera tiene aire acondicionado. Le ha dicho cientos de veces que lo cambie, pero su amigo de ojos verdes parece hacer oídos sordos siempre. Sabe que le tiene cariño porque fue su ex novia quien se lo regaló. Cuando él le anunció que se vendría a vivir a Los Ángeles, ella decidió cortar la relación, y ese coche viejo fue el único recuerdo que quedó de sus tres años de convivencia con su aún queridísima Joan. Son las once de la mañana y las aceras están prácticamente vacías, al igual que las carreteras y en general todas las calles. De pronto, tras la cristalera de una cafetería que conoce bien, ve algo que le obliga a pisar el freno de golpe. Ana está sentada en una de las mesas que dan justo a la calle. Tiene el pelo recogido en una coleta y viste unos pantalones vaqueros largos y una camiseta blanca de manga corta, calzando, cómo no, sus Converse negras. Frente a ella, sobre la mesa, hay un cruasán y una taza de chocolate caliente humeando.

No puede creerlo. Simplemente no puede creer que esté ahí, en la misma cafetería al que él y Matt suelen ir a desayunar después de sus largas noches de fiesta, la cafetería Vintage. De no ser un ateo consumado, probablemente juraría perjuraría que a chica de largo pelo castaño y enormes e inseguros ojos verdes ha sido colocada ahí por algún poder divino que ha tenido la gran idea de cruzarla de nuevo en su camino. Aparca el coche, se recoloca las gafas de sol que van librándole en parte y como pueden del sol de la mañana que los ausentes parasoles han decidido no apartar de él, y respira profundamente. "¿Qué haces, Brian?". Se encuentra a sí mismo tratando de relajarse como un adolescente nervioso, y se siente idiota de golpe. Su plan magistral es entrar a tomar un café (de nuevo, y sin ganas), y hacerse el despistado. Solo necesita verla una vez más, confirmar si esa especie de ángel que quedó grabado en sus retinas anoche y que le ha robado el sueño, es real. Cruza la calle con las manos metidas en los bolsillos, luciendo su habitual look de pantalones rotos, camisetas sin manga, gafas de sol y un aura completamente ausente de civismo. Ella, al menos por fuera, parece una chica encantadoramente normal, ¿por qué iba siquiera a dirigirle la palabra a un tío como él...?

Ana tiene la mirada fija en la taza de chocolate que ahora remueve inútilmente para que enfríe. De fondo oye las campanillas que están colocadas sobre la puerta de la cafetería y que suenan cada vez que alguien abre la puerta, pero no ve necesario prestarles atención. De todas formas, llevan sonando toda la mañana. El local, una pequeña estancia en la esquina de una calle, es bastante acogedor y con aspecto de ser un tanto antiguo, con un arreglo rockabilly con aire de los setenta. Las camareras visten un uniforme bastante típico, y ninguna de ellas parece tener menos de cincuenta años. Una voz de una mujer, que a juzgar por cómo suena se dirige a alguien conocido, la saca de su ensimismamiento, haciendo que instantáneamente se gire al oír el nombre del chico de ojos oscuros —Brian, qué pronto llegas hoy. ¿Lo de siempre, cielo...?

El chico sonríe arrebatadoramente y, tras quitarse las gafas de sol, se las cuelga en el cuello de la camiseta, regalándole a la camarera, a la que ya conoce bien, una de sus miradas oscuras de chico salvaje de Los Ángeles —Hoy sólo café, Amber. No me lo cargues mucho.— “Lo que me hacía falta, más cafeína hoy". Amber es la camarera que les atiende siempre a él y a Matt cuando vienen hechos un par de zombis de cualquiera de los clubs de la calle paralela a esa en la que está ubicada la cafetería. Siempre les sirve unos cafés completamente negros que les hacen librarse de la resaca al momento, y suele acabar regalándoles la bollería caliente y recién hecha. A veces incluso se sienta con ellos y si no hay mucha clientela, les cuenta sus aventuras de joven hippie y fugitiva, de sus múltiples maridos y de cuando fue a Woodstock, y ellos se parten de risa a pesar de que las hayan escuchado mil veces. A pesar de todo y de alguna manera que no sabe si juzgar como incómoda o no, siente los ojos verdes de Ana clavados en su espalda.

La chica de ojos verdes suspira y baja la mirada hacia su taza de nuevo. Agarra el último pedazo de cruasán que le queda y lo moja, llevándoselo después a la boca. Cuando se lo traga, revuelve un poco más el chocolate y le da dos tragos, haciendo muecas de dolor realmente divertidas y adorables a todo el que la vea por lo caliente que está la bebida.
Mientras espera a que Amber le traiga el café, vuelve a ponerse las gafas de sol, de espaldas a la mesa que Ana ocupa. La luz que entra a raudales de la calle, producto de otro día caluroso y soleado en la ciudad, realmente le molesta. Su camarera predilecta de moño rubio y pintas de ama de casa consumada le sirve el café con una sonrisa, y él se sienta en la primera mesa que pilla, agarrando el periódico que hay sobre ella. Le encanta llevar gafas de sol en esas situaciones. Es algo maquiavélico, pero siempre puede mirar con ventaja, sin que nadie más que él sepa dónde tiene fijos sus ojos oscuros. Cualquiera diría, que con el periódico abierto de par en par en las manos, estaría leyendo los resultados de los últimos partidos de su seguida NBA, pero lo cierto es que tiene toda su curiosa atención clavada en la chica de ojos verdes, que se bebe el chocolate con esfuerzos y le hace tener que aguantar la risa debido a las muecas que pone. No sabe qué tiene, pero le encanta. Es algo así como un gatito perdido, inseguro y asustado en medio de un ambiente desconocido en el que trata con todas sus fuerzas de encajar...

Hace ya bastante rato que Ana empezó a sentirse observada y no tiene duda de saber quién es el que la está observando. Gira la cabeza a la derecha y es entonces cuando Gates sonríe de medio lado, maldiciéndose a sí mismo en silencio. Ella ríe por lo bajo y sacude la cabeza, terminándose el chocolate de un trago. Se levanta y se acerca a la barra con intención de pagar, y la camarera, muy amablemente y con una sonrisa le indica que el coste de su desayuno son diez dólares. Ana rebusca en los bolsillos de sus Levi's unos largos segundos y respira agónicamente cuando sobre la barra solamente descansan cinco dólares. Es todo lo que tiene, y está apunto de gastarlo. Ahora sí que no sabe qué será de ella. Habla en un murmullo, sin atreverse a mirar a la mujer —Es... Es todo lo que tengo…—

La camarera suspira y la mira con una ceja enarcada, visiblemente sorprendida —Pero ésto es sólo la mitad del importe, chica...— Es capaz de sentir la incomodidad y la vergüenza de la chica de ojos verdes, pero no puede hacer otra cosa. Es su trabajo, y tampoco puede permitir que pasen éste tipo de cosas impunemente —Lo siento, pero el pago no está completo y vas a tener que...— Ana se sobresalta cuando alguien planta un billete de veinte dólares y una taza de café vacía sobre la barra, a su lado. Brian habla mirando a la camarera tras sus oscuras gafas —Amber, cóbrate de ahí su desayuno y mi café— Arrastra el billete de cinco dólares de nuevo frente a Ana, y la mira por un segundo con una ceja enarcada, susurrando por lo bajo ahora que la camarera no está —Guárdate eso, anda...—

Ana mira el billete y después le mira a él, confusa, cortada y avergonzada. No puede creerse que haya hecho eso. Que un completo desconocido con el que solo habló una vez y fue para llamarlo mentiroso la haya ayudado a pagar el desayuno. No, de hecho se lo ha pagado —Yo... Yo no...— Suspira y sacude la cabeza, bajando el tono de voz y clavando sus clarísimos y hermosos ojos en sus gafas de sol tratando de ver los suyos —Muchas gracias...—

Gates recoge sus seis dólares de vuelta y sacude la cabeza, hablando con una media sonrisa casi imperceptible —Qué va, no me las des— Se apoya en la barra y habla extrañado, pero transmitiéndole a Ana un buen humor que emborrona y disuelve del todo su momento de vergüenza —No te culpo, cuando llegué aquí siempre traía dinero de menos a éstos sitios, y luego aprendí que Los Ángeles es una ciudad condenadamente cara— Ladea la cabeza y ríe por lo bajo —Te acostumbrarás, o morirás de hambre y de frustración en el intento...—

La chica baja la mirada y ríe sin muchas ganas ante ese último comentario, apoyando los codos en la barra y sentándose en uno de los taburetes —Sí, lo... lo imagino...— Suspira y baja el tono de voz, como si tratase que nadie pudiese oírla —Dímelo a mí...—

Se queda mirándola por unos segundos en silencio, unos segundos en los que Ana se siente inevitablemente expuesta y avergonzada de nuevo. No sabe qué es, pero esa manera que tiene de mirarla el chico de pelo negro azabache la atrae y la extraña a partes iguales. Cuando Brian vuelve a hablar, ella parece relajarse de nuevo, a pesar de que la pregunta la hace volver a pensar en todo lo que le pasó anoche en su casa —Cuando dijiste que esos cinco dólares eran todo lo que tenías, ¿lo decías en serio...?—

Ana asiente, con la mirada clavada en el suelo —Sí, por desgracia.— Sacude la cabeza y suspira, quitándole importancia a lo ocurrido —¿Sabes?— Le mira y fuerza una sonrisa triste, levantándose —Es... Es mejor que me vaya. No quiero entretenerte, seguro que tienes muchas cosas que hacer...— Baja la mirada de nuevo y se gira, con intenciones de irse.

Tamborilea con sus dedos largos de nudillos tatuados en la mesa mientras habla, diciendo algo que hace que la chica quiera pararse en seco a escucharle —Yo llegué solo a Los Ángeles. Pasé mi primer medio año sólo aquí. No conseguí entablar amistad con nadie, me perdía por cualquier lado y todo el dinero que había traído conmigo se esfumó igual de rápido que mis ganas de empezar una vida nueva— Suspira profundamente —Conseguí que mi mejor amigo se viniera conmigo, y desde entonces todo cambió radicalmente. Lo que saqué en claro fue que no hay nada peor que no tener a nadie y pretender ser un explorador solitario en ésta selva de cemento llena de leones, de víboras y de buitres— Ladea la cabeza y chasquea la lengua —Te atacan, te roban, se aprovechan de ti y tú sigues sonriendo como un idiota mientras te sigues perdiendo en el metro y te cobran de más en los bares porque ven desde lejos que eres otro "novato en la ciudad"— Saca la cajetilla de tabaco y se enciende un cigarrillo, estrenándolo con una larguísima calada. Habla de nuevo con una media sonrisa, dejando que una bocanada de humo acompañe a sus palabras —No seré representante de nada, pero puedo asegurarte que sé mucho sobre cómo no dejar que te jodan en éstas calles llenas de envoltorios del KFC y de ladrones de traje de chaqueta— Se encoge de hombros y ríe por lo bajo —Ésto no es el país de las maravillas, Alicia...—

Ana traga saliva y se le queda mirando. Le mira sorprendida e incluso con un toque de adoración en sus ojos. Le resulta increíble que alguien pueda entenderla también por primera vez en su vida. Y lo que más la sorprende, es que sea alguien que no la conoce absolutamente de nada. No sabe cómo ni por qué pero desde la noche anterior, cuando le conoció a la salida del bar y le miro de lleno a sus oscurísimos, sintió una extraña conexión con ese chico. Una conexión que está segura nunca podría llegar a explicar. ''No, Ana. No hagas tonterías. Tú tienes a Charlie. Él te quiere y está esperándote en Texas''. Suspira profundamente y se acerca de nuevo a él, recuperando su sitio y apoyándose en la barra. Habla con la mirada baja y la voz en un murmullo, enredando con un palillo entre sus dedos nerviosamente —No... No pensé que más gente pudiese estar en la misma situación que yo...— Sacude la cabeza —Supongo que me entiendes mejor de lo que nadie podría hacerlo nunca si todo lo que me has contado esta vez es cierto...— Suelta una risilla desganada y suspira —Yo... Vengo desde Texas. He emprendido un larguísimo camino desde allí. A mi familia y a mí nos ha costado mucho conseguir el dinero para traerme aquí a perseguir mi sueño y me he dado de bruces contra la realidad, creo que es por eso por lo que…— Se encoge de hombros —Por lo que he decidido tirar la toalla... 
Ayer me rechazaron en todas y cada una de las productoras a las que fui a pedir ayuda. Y solo por el simple hecho de que no tenía manager ni era nadie importante se han negado a escuchar mi cinta. Y bueno, cuando llegué a casa, para colmo, tuve que recogerla entera porque algún imbécil decidió meterse a robar mientras estaba fuera y me ha dejado sin blanca... Estos cinco dólares son todo el dinero que tengo. No deberías quedarte aquí hablando de esto conmigo porque no quiero aburrirte. Seguro que tienes muchas cosas mucho más interesantes que hacer, créeme... En cambio yo...— Suspira de nuevo —Yo no tengo a dónde ir...—

Brian frunce el ceño y habla sin perder su extraño sentido del humor. Esa forma que tiene de hablar hace parecer que jamás está serio del todo, y después de tantas caras largas y contestaciones frías y estúpidas, es un detalle que Annie agradece silenciosamente —¿De verdad tengo pinta de tener cosas más interesantes que hacer? Al final va a ser cierto eso que dicen de que las primeras impresiones siempre son equivocadas— Chasquea la lengua y suspira —Si no me equivoco, debes vivir cerca de Southcentral, ¿verdad?— Le pega otra calada al cigarrillo mientras Ana piensa en lo tranquila que se sentiría si Brian se quitara esas dichosas gafas de sol. Le gustaría comprobar si ahora, con tanta luz, sus ojos le resultan tan oscuros como la noche anterior... —Porque si es así, deberías sentirte afortunada por el hecho de que lo único que hayan hecho con una chica como tú sea entrar a desvalijarle la casa. ¿Cómo has acabado metida en ese agujero...?—
Ella se encoge de hombros y suspira con la mirada puesta en el frente, en una estantería llena de trofeos de golf y discos de David Bowie que seguramente pertenecen al dueño del local —Porque como te he dicho antes, mi familia no tiene mucho dinero…— Le mira de fijo —Es lo único a lo que pudimos aferrarnos, y yo en el momento que me lo dijeron contesté que me quedaría en cualquier lugar con tal de venir aquí…—

Haner resopla discretamente y enarca una ceja —Pues has ido a meterte en el peor barrio del oeste de Los Ángeles. En serio, sin exagerar— Se sienta en un taburete, frente a la chica, y se cruza de brazos, mirándola expectante y cargado de curiosidad —Y después de éste giro de mala suerte, ¿cuáles son tus planes, Ana...?—

Se encoge de hombros y suspira amargamente, bajando sus ojos verdes al suelo, igual que su tono de voz. Su pelo ya no está recogido en una coleta, si no que sus hondas caen desordenadamente sobre sus hombros y, en contraste con su carita triste, le dan el aspecto exacto de un cachorro perdido —En cuanto consiga el dinero del billete me iré de vuelta a Texas. Lo haré sin dudarlo un segundo...—

Gates baja la mirada por un segundo, pensativo. Cuando la alza de nuevo, lo hace con la chispa de una idea en sus ojos, y la más absoluta franqueza en su voz —Yo puedo ayudarte a conseguir dinero. Es más, con ese dinero que ganarías podrías pagar el alquiler de un piso más digno y te sobraría para ahorrar mensualmente. Y con esos ahorros podrías acabar pagándote una nueva maqueta en un estudio de grabación, y un representante— Chasquea la lengua —No tienes por qué abandonar todos tus sueños por culpa de un bache de mala suerte.— Sonríe de medio lado tratando de animarla —Mi compañero de piso siempre dice que lo bueno de que todo te vaya de pena, es que ya no puede ser peor y que sólo puede mejorar...—

Ana de nuevo sonríe de medio lado sin muchas ganas, suspira y sacude la cabeza. Le mira a los ojos y por primera vez, es capaz de verlos tras las gafas. Son oscuros, como siempre, pero esta vez están fijos en ella con un brillo especial. Un brillo ilusionado, podría decirse... Asiente, decidida —Tienes razón, supongo que las cosas empezarán a irme bien algún día...— Arquea una ceja —Volviendo al tema de antes... ¿cómo crees que puedes ayudarme…? Por favor, que no sea pagándome la comida…— Ríe.

Juguetea con el cigarrillo entre los dedos, y pierde la mirada en la cristalera que da a la calle, por unos segundos —Puedo conseguirte trabajo. Trabajo en uno de los bares nocturnos más transitados del centro ahora mismo, en el que...— Se rasca la nuca y ríe por lo bajo, recordando la noche anterior —En el que trabajo de camarero, y nunca hay suficiente personal. Además, se cobra bien— La mira y se encoge de hombros, hablando con su característico descaro —Tú lo tienes fácil. Mi jefe no va a poder decirte que no, y me apuesto lo que sea a que no me equivoco...—

Asiente y se encoge de hombros, reconsiderando la idea con la mirada perdida en la televisión de la cafetería, en la cual están emitiendo un partido de béisbol. Después le mira, se aparta de la barra y suspira, estirándose la camiseta —¿Qué sería..? ¿Camarera también...? Por mí sería perfecto. He... He trabajado de camarera en Texas varios años en el bar del tío de mi novio…—

Gates siente una especie de patada en la boca del estómago cuando escucha las palabras "mi novio", pero no se siente en el privilegio de preguntar sobre el tema. En fin, de cualquier manera era de esperar que una chica como ella no estuviera sola. Ladea la cabeza y se mantiene pensativo unos segundos, pensando en las chicas que trabajan en su bar —Bueno, camarera... Algo así— Se encoge de hombros y ríe por lo bajo —Creo que allí te lo pasarías bien, en serio...—

Sonríe y asiente, manteniéndole la mirada visiblemente ilusionada —Pues la verdad es que me encantaría pasarme por allí a hablar con tu jefe...— Suspira y se encoge de hombros —Al menos tendría a alguien con quien hablar...—

Asiente y se levanta de su asiento, estirándose la camiseta con una media sonrisa —Ten cuidado, Dean Cooper es muy legal, pero es un charlatán de feria, le encantan las conversaciones interminables cuando está de humor. No dejes que te líe con sus batallitas.— Apaga el cigarrillo en el cenicero y suspira —Puedes pasarte por el bar ésta tarde, él siempre está allí a partir de las cinco. Te irá bien, ya verás—

Annie asiente, sin borrar la sonrisa —Eso espero. Muchas... muchas gracias... En serio—

El chico de ojos oscuros frunce el ceño con una sonrisa y sacude la cabeza, quitándole importancia al agradecimiento de su nueva amiga con un gesto rápido de mano —No me las des. Te pido una cosa a cambio. Sólo una, Ana. Yo le pediré a Dean que te pague el sueldo por adelantado en cuanto empieces. Pero tú a cambio...— Saca la cartera que lleva en el bolsillo de los vaqueros y le pone ochenta dólares en la mano, bajo la mirada atónita de la chica de ojos verdes —Aceptas ésto sin quejarte lo más mínimo. La comida de los comedores sociales suele ser peor que comer tierra del suelo, y para entrar necesitas presentar tanto papeleo, que para cuando lo has conseguido todo, ya has muerto de hambre. Ya me los devolverás como sea, no importa.— Se encoge de hombros, devuelve su cartera al bolsillo y se coloca con un movimiento rápido un mechón de pelo negro que le cae por la frente. Mira el reloj que corona la ajetreada estancia y resopla. Matt va a matarle, definitivamente —¿Necesitas que te lleve a algún sitio...?—

Ana se guarda el dinero a regañadientes y sacude la cabeza enérgicamente, poniéndose su chaqueta —No, no te preocupes, mi casa me queda a unos minutos y así aprovecho para bajar el desayuno... Cuando llegue a casa comeré algo, me ducho y luego por la tarde me paso por el bar— Le dedica una sonrisa de despedida y justo cuando está a punto de echar a andar se gira de nuevo y le mira, sin poder ocultar una casi imperceptible sonrisa —¿Te veré..? No sé si tengo el valor de enfrentarme a tu jefe yo sola...—

Ríe encontrando entrañable el miedo de Ana hacia su jefe, y asiente, esperando a que Amber le traiga un nuevo cartón de Marlboro, apoyado en la barra sin perder la sonrisa —A las cinco y cuarto en la puerta del bar. Te acompañaré si vas a sentirte más segura. Y no te metas en más líos por hoy, Ana...

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