lunes, 23 de septiembre de 2013

Capítulo 11.- Labios rojo intenso, tazones de chocolate y caricias protectoras.



Cuando abre la puerta, se le caen todos los esquemas al suelo. Desde luego que no es Matt quien está en la puerta, sino la sobrina de Dean, Cynthia. La chica de ojos color miel y media melena negra lleva como siempre los labios pintados de ese rojo tan intenso como su descaro a la hora de sonreír. No, desde luego que no la quiere aquí ahora. Al verla sólo puede ver un error, el más grande de sus errores, y a Jinny largándose por la puerta con las maletas. Y no cree que haya superado nada de eso aún ahora que vuelve a estar delante de sus rasgos felinos y su sonrisa cargada de malas intenciones. Al ver una carpeta que ya conoce bien y que lleva bajo el brazo, en una milésima de segundo todo encaja. Dean debe haberla mandado para que ella le dé el inventario de la semana que viene. El chico de ojos oscuros mira hacia el salón nerviosamente y sin perder un segundo, la mira, fuerza una sonrisa nerviosa y habla, tratando de parecer sereno. No, desde luego no quiere que Ana conozca personalmente a la chica de pelo negro. No le apetece en absoluto. -Cynthia... ¿Cómo tú por aquí...?-



Ella sonríe falsamente y enseguida se abre paso, entrando dentro de la casa de Brian como si fuese la suya. Habla mientras camina hacia el salón, con la carpeta bajo el brazo -Mi tío me ha pedido que te pasara el inventario...- Cuando entra al salón y ve a Ana, arquea las cejas, se gira, mira a Gates y suelta una carcajada sarcástica. Ella y sus celos sin motivo.... -¿Y esta...?- La chica de ojos verdes frunce el ceño ligeramente y le lanza una mirada rápida a Brian, confusa. Él mira a Annie como excusándose, chasquea la lengua y devuelve su mirada a Cynthia -Es Ana. Es una amiga, mi vecina y además nueva coyote en el Red Dingo...- Coge la carpeta de sus manos y trata de desviar la atención de la sobrina de Dean hacia el tema de los negocios, esperando que no empiece con sus maneras de zorra psicótica de barrio bajo. Se lo ha dicho muchas veces, que de verdad le molesta que la chica le trate como si fuera de su propiedad o algo así, y que le pida explicaciones por absolutamente todo, como si él de alguna manera estuviera en la obligación de darlas. Ahora está molesto, y hostil, y ambas chicas lo notan. Hojea el inventario y habla con sequedad, sin alzar la mirada
-¿Qué te ha dicho Dean? ¿Para qué día de la semana que viene tiene que estar listo ésto...?-

La chica de ojos verdes, que está sentada en el sofá y extremadamente avergonzada, se encuentra con la mirada clavada en el suelo, sintiendo que realmente sobra allí y que lo mejor que puede hacer en ese momento es irse. Cynthia habla mirando a Ana de reojo, de una forma bastante incómoda, seca y desganadamente, sin apartar la mirada de donde la tiene -Para... la semana que viene...- Se aclara la garganta.

Parece como si Gates no se comportara de una manera tan cálida con nadie más que con Ana, y es curioso verlo cambiar de esa forma tan repentina. Desde luego no parece muy cómodo con toda la situación. Brian clava de fijo sus ojos oscuros en Cynthia y endurece el tono de su voz, sorprendiendo a Annie de nuevo -Ya sé que es para la semana que viene, he preguntado que para qué día. ¿Me puedes prestar atención un momento o vas a seguir matando a mi invitada con la mirada?- La chica de ojos color miel le mira, apartando sus ojos de Ana, alertada por el tono de voz del chico de pelo negro azabache. Le gustaría que no fuera siempre tan frío y tan brusco, aunque admite que eso le da cierto encanto...

Ana resopla, chasquea la lengua y se levanta, estirándose la camiseta. Habla en un susurro, con la mirada en el suelo para después clavarla en los ojos de Gates -Oye Brian, yo me...mejor me voy. No… pinto nada aquí- Suspira, le lanza una mirada rápida a Cynthia y después vuelve a mirarle a él, visiblemente incomodada ante la situación -Nos... Nos vemos luego , ¿sí?- Le dedica una media sonrisa forzada y desganada y le hace un gesto con la cabeza a Cynthia, desapareciendo después por la puerta, cerrando tras de sí con un sonido seco y sordo. La chica de ojos miel la sigue con la mirada y cuando la ve irse sonríe de medio lado, satisfecha -Mucho mejor...-

Cuando aparta la mirada de la puerta, perplejo e incómodo, la clava de nuevo en la chica, y deja que en sus ojos se vea reflejada la más pura rabia. Habla entrecerrando los ojos, bajando el tono de voz -¿Se puede saber qué coño te pasa...? No tienes ningún derecho a venir a mi casa a montar uno de tus teatros, ¿me oyes...?-

Cynthia pone los ojos en blanco y sonríe de medio lado, dejándose caer en el sofá. Apoya los pies sobre los cojines sin ni siquiera quitarse los zapatos y habla mirando las hojas que lleva en la mano -Mi tío me ha dicho que tienes que tener todo esto listo para el jueves que viene...-

Brian resopla, sentándose en el sofá de en frente, verdaderamente molesto. Ella se las tira encima de la mesa y él alarga el brazo y las recoge, mirándolas con detenimiento. Suspira largamente cuando se encuentra con otro de esos pedidos exageradamente enormes por hacer. Habla por lo bajo, murmurando, sin apartar sus ojos oscurísimos de las hojas -Ya, claro. Para el jueves...- La mira de fijo y habla, determinante -Dile a tu tío que soy un ser humano, no una puta máquina, y que como mucho lo tendré listo el sábado. Nada de jueves. Quédaselo claro…-

Ella le mira, se encoge de hombros y suspira, enredando con un mechón de su pelo, absorta en ello -Bueno, luego si te echa a la calle no te extrañe...- Suspira de nuevo, profundamente -Si dejases las gilipolleces y dejases de perder el tiempo con la primera que se te cruza, podrías hacerlo más que de sobra...-

Gates agarra la cajetilla de tabaco que hay sobre la mesa, se enciende un cigarrillo y tras una profundísima calada, sonríe casi imperceptiblemente de medio lado fríamente y dice algo que hace que la chica lo fulmine con la mirada –Gracias por el consejo, pero deberías tener en cuenta que te perjudica bastante.-  
Esa relación entre ellos de odio, golpes bajos, amenazas y sexo es la corriente, no hay nada de lo que extrañarse. La mira y enarca una ceja, proponiéndole una invitación a dejar la casa cuanto antes -¿Necesitas algo más o...?-

Cynthia se le queda mirando, anonadada y cabreada al notar la prisa que el chico de ojos oscuros tiene porque se vaya. Resopla, pone los ojos en blanco y, agarrando la carpeta, se pone en pie, estirándose la camiseta y apretándose la cola de caballo que, al tumbarse en el sofá, se le había deshecho -No, nada más. Muchas gracias...- Brian la acompaña hacia la puerta y cuando ya están allí la chica de ojos miel le muerde el labio en un gesto travieso con una media sonrisa pícara y habla en un susurro, a milímetros más que escasos de sus labios -Te veo mañana, Bri…- Se separa de él y se mete en el ascensor, no sin antes haberle dedicado otra de sus fugaces miradas llenas de fuego y malas intenciones.

Cuando las puertas del ascensor se han cerrado, Brian resopla largamente y cruza el rellano del sexto piso. Llama a la puerta de Annie y espera pacientemente, fastidiado. Se siente en el deber de darle explicaciones, por alguna razón. Se cruza de brazos, apoyado en el marco de la puerta, mirando al suelo. Cuando la chica de ojos verdes abre la puerta, se le queda mirando en silencio, expectante, de una manera que Gates no sabe descifrar. Se apresura a hablar, agobiado -Escucha, Annie. Siento lo de antes. Ella y yo no tenemos nada que ver, y siento que haya sido tan brusca y te haya hecho sentir incómoda… Siempre es así, pero no es mala chica…-

Ana suspira y baja la mirada, sacudiendo la cabeza ligeramente. Después chasquea la lengua y alza la mirada de nuevo, clavándola en los ojos de Brian, ahora más oscuros que nunca. Habla en un susurro, sin querer llamar la atención del resto de vecinos -No... No pasa nada. Simplemente es que me he sentido un poco incómoda y- Se encoge de hombros -Sentí que no pintaba nada allí…-

Frunce el ceño y resopla, en una mezcla de rabia e indignación hacia la chica que acaba de irse -Tú no tenías que…- Chasquea la lengua y suspira, mirándola de fijo -Ella tampoco es de mis visitas favoritas…- Un ladrido hace a Brian volverse y mirar su puerta abierta. Pinkly les mira moviendo la cola frenéticamente, sacando la lengua y jadeando en un gesto más que simpático. Gates enarca una ceja y murmura, mirando al animalito -Entra en casa…- Pinkly obedece como si le entendiera, volviéndose y entrando al salón. El chico de pelo negro azabache mira a Annie y suspira -A los vecinos no les gusta que pasee por las zonas comunes. Algunos son un poquito escrupulosos de más.- Clava la mirada en el suelo por una décima de segundo, otra vez recuperando su habitual nerviosismo, caminando de nuevo hacia su casa -Te veo ésta noche en el Dingo, ¿sí?-

Ana suspira y asiente, apoyada en el marco de la puerta y observándole mientras camina hacia su casa. Habla en el mismo tono, apagada, cansada -Sí.... Si no me sube la fiebre sí.- Chasquea la lengua, encogiéndose de hombros. -Estoy resfriada, espero no contagiarte…-

Él sonríe tímidamente sin volverse, y murmura -Sobreviviré, seguro… Cuídate, Annie.- Antes de cerrar la puerta, le dedica otra de esas sonrisas misteriosas que parecen llevar su marca, y cuando cierra suspira largamente. Agarra el teléfono móvil y marca el número de Dean, escuchando la señal mientras cruza el salón y se sienta de nuevo frente a los documentos, apoyados sobre la mesa de café como esperando a ser resueltos. Cuando escucha el saludo de su jefe al otro lado de la línea, habla sin devolvérselo, bastante molesto -¿Cómo que “el inventario para el jueves”? Estamos a martes, Dean. Martes. No me da tiempo a hacer todos éstos pedidos.- Resopla, indignado, a sabiendas de que Dean conoce bien la relación tan turbia y cambiante que hay entre su sobrina y Brian -¿Y por qué me mandas a Cynthia en modo dictatorial? ¿No puedes venir tú en vez de mandar a tu sobrina para que me hable como a un becario principiante…?-

El hombre de ojos resopla y pone los ojos en blanco al otro lado del teléfono. Está sentado, como siempre, en su escritorio y al escuchar las quejas de Brian se frota las sienes con gesto cansado -Oye, oye, Gates, relájate, ¿quieres? Recuerda que por mucha confianza que haya, yo sigo siendo tu jefe y me debes un respeto. Si te he mandado a Cynthia es porque, aparte de que me dio la gana, estoy muy liado con el papeleo, repartiendo el dinero, pagando a proveedores y todo eso. Porque supongo que este mes quieres cobrar, ¿No es así...?- Bosteza -Mira, tío, cúrratelo. Cúrratelo y puede que incluso te suba el sueldo. Si no quieres venir a trabajar por quedarte en casa haciendo inventario, tienes mi permiso para faltar. Pero yo he dicho que quiero eso para el jueves y lo quiero para el jueves. ¿Está claro…?-

El chico se lleva una mano al pelo negrísimo, peinándoselo con un gesto resuelto y cansado. Suspira con pura resignación y habla cerrando los ojos. -Me voy a quedar en casa. Con todo lo que hay que encargar tardaré mucho, mucho en contactar con todos los proveedores para confirmar que manden otro de los pedidos mensuales que hacemos.- Abre los ojos y clava la mirada en el reloj que corona la estancia.- Acaban de dar las diez y media de la mañana. -De cualquier manera, no te preocupes. Tengo los números de teléfono que necesito, no voy a darte la brasa con llamadas. Eso sí, deja que te pida un favor.- Resopla largamente -No dejéis que Jamie vuelva a entrar en el bar después del numerito que montó con Ana el fin de semana pasado. En serio. No sé hasta qué punto tengo potestad para decidir sobre quién entra y quién sale del Red Dingo, pero si vuelvo a ver a ese bastardo dentro del local, te juro que no vas a volver a verme entre la plantilla, Dean…- Aun cuando recuerda lo que pasó, siente que le hierve la sangre. Jamie poniéndole las manos encima a Ana, que apenas sabía cómo reaccionar, congelada e indefensa…

Al otro lado del teléfono se oye un suspiro y Dean asiente, resignado -Está bien, está bien. Yo me encargaré de vigilar y cuidar a tu protegida mientras no estés. No te preocupes, ángel de la guarda, no le pasará nada mientras esté bajo nuestra protección...- Suspira de nuevo -Bueno, entonces te veo... El viernes.- Chasquea la lengua -Quédate con eso, yo debo dejarte, tengo mucho trabajo… Si necesitas algo no dudes en llamarme, ya sabes.-

Cinco minutos después de colgar el teléfono, Gates se planta en la ducha. Otra vez. La mañana ha empezado mucho más fuerte de lo que pensaba que empezaría, aunque al final de alguna manera se haya torcido todo. Cynthia y su habilidad para aparecer en los momentos más inoportunos, y su eterno pensamiento posesivo hacia él. Lo cierto es que la chica de pelo negro parece tener cierto complejo de posesión con Brian, como si sintiera que lo tiene ahí para todo en cualquier momento, y que él jamás va a negarse a nada de lo que ella le pida. En cuanto al chico de ojos oscuros, huelga decir que solo la encuentra soportable cuando está desnuda, y que está aprendiendo a lidiar con esa manía de Cynthia de considerarlo suyo y fácilmente domesticable. Bien es cierto que Gates se revela de maneras muy bruscas y poco respetuosas con ella cuando se pasa de confianza como ha hecho esa misma tarde, pero también es verdad que Cynthia disfruta amansándolo como a una bestia furiosa que acaba convirtiéndose en un simple gato tras un par de caricias, como si encontrara incitantemente entretenidos los desencuentros con el chico de ojos oscuros. Ella es la única razón por la que perdió a la que fue la única chica que le quiso de verdad, y es algo que aún queda en su conciencia como un punzón despiadado de remordimiento. “Jinny, Jinny, Jinny…”.

Entra en la ducha y deja que el agua caliente se lleve por un rato sus preocupaciones, y el perfume de Ana aún pegado a su cuerpo. Ojalá hubiera una manera de no quitárselo jamás de encima. El simple hecho de pensar en la chica de ojos verdes le hace perder la cabeza y sonreír por dentro como un gilipollas. Cuando sale de la ducha, frente al espejo, se mira una por una las marcas moradas que decoran su cuello. Ojalá hubiera una manera de no quitárselas jamás de encima, se repite. Se siente cansado, y no del todo bien, pero posiblemente sea la mejor mañana de su vida, y recordarla momento a momento hace que algunos escalofríos recorran su espalda…


La mañana va pasando y sin mucha novedad. Ahora, tras acabar de comer, Brian está sentado en el sofá del salón vistiendo sus característicos pantalones negros de raso como única prenda. Tiene los pies descalzos posados sobre la mesilla y en sus manos contiene la enorme lista que esa misma mañana le entregó Cynthia. No irá a trabajar, así que tiene toda la tarde y toda la noche para encargarse del inventario y el día siguiente también será como este, así que no tiene que darse prisa necesariamente. Matt se marchó hace rato alegando que quería ayudar a Dean a abrir, pero esa actitud tan generosa en él es bastante extraña, por lo que el chico de ojos oscuros entiende que seguramente haya quedado con alguna de las chicas para tomarse algo antes de entrar a trabajar... Ahora que está más relajado y en silencio que nunca, suspira y rodea el salón con la mirada. La ventana que da a la calle está abierta y deja entrar una brisa que la verdad, se agradece. Uno de esos días de calor insoportable azota Los Ángeles, y se hace realmente pesado a veces. Deja la lista a su lado, suspira profundamente y reclina la cabeza hacia atrás en el sofá, cerrando los ojos y dejando que la suave brisa lo envuelva por completo. En ese momento se acuerda de Ana y se pregunta qué estará haciendo. Está seguro de que sigue en su casa porque no ha oído la puerta cerrarse, pero tal vez ir a verla para saber cómo está sea algo inoportuno después del momento de tensión que vivieron horas antes…

Anda inmerso en el papeleo, en las llamadas de teléfono que hace a cada rato para contactar con los proveedores, pero pronto sale de su ensimismamiento a la fuerza, debido a que el timbre suena brevemente. Suspira profundo y se levanta, más cansado de lo normal. No, a decir verdad no se siente nada bien. Camina hacia la puerta y abre sin echarle siquiera un vistazo a la mirilla. Cuando ve a Ana en la puerta, no puede evitar sonreír tímidamente, y enlazar rápidamente el motivo de la visita. La chica de ojos verdes olvidó su chaqueta sobre el sillón por culpa de lo apresurado de su ida. Suspira y chasquea la lengua, observando sus ojos apagados y su piel más pálida de lo habitual, una señal inequívoca de la fiebre. Se hace a un lado de la puerta y habla en un tono bajo -Menuda carita, Ana…-

Ella suspira y entra en la casa, con la mirada en el suelo. Cuando Brian cierra la puerta, se gira y le mira, forzando una media sonrisa y hablando cansada -Vengo… Vengo a por la chaqueta. Se me quedó aquí antes…-

Gates fija sus ojos oscurísimos en la chaqueta, se acerca al sillón y, antes de coger la prenda, se vuelve y la mira con curiosidad, sintiéndose por un momento tan febril como ella -De cualquier manera, ¿por qué no te quedas? Voy a pasarme toda la noche y lo que falta de día solo, y ya no voy a trabajar más por hoy- Se encoge de hombros -Puestos a pasar el día enfermos, por lo menos no lo pasamos solos…-

Ella suspira y le mira a los ojos con timidez, hablando insegura -¿Seguro que no molesto?- Se encoge de hombros -Tal vez estás ocupado y yo vengo a importunar…-

Gates ríe sin ganas y sacude la cabeza -Nada de eso. Vamos, quédate. No quiero pasarme un minuto más delante de esos papeles porque me voy a volver loco- Se sienta en el sillón y se enciende un cigarrillo que descansaba sobre los informes. Cierra el mechero zippo de Jack Daniels con el pulgar tras haberle dado uso, y aspira el humo profunda y lentamente, recogiendo con rapidez los papeles para devolverlos a su carpeta. Alza sus ojos color chocolate negro y los clava en los de ella, cargado de decisión y de ese buen humor enmascarado con seriedad que tanto relaja los nervios de Ana -Así puedo devolverte el café de una condenada vez, y quién sabe,- Se encoge de hombros y ríe por lo bajo -a lo mejor encontramos algún motivo de peso para celebrar una cena en condiciones...-

Annie ríe y sacude la cabeza. Camina hacia el sofá y se sienta cerca de él. Muy cerca. Quizás demasiado cerca, pero de forma totalmente inconsciente. Se quedan mirándose unos segundos a los ojos. Unos segundos largos, agónicos e interminables en los que los labios de Brian se encuentran a milímetros de los de la chica de ojos verdes. Gates, que tenía la mirada puesta en sus labios, la alza hacia sus ojos y después vuelve a bajarla, soltando el humo lentamente por la boca contra los rosados y carnosísimos labios de ella, en un gesto que a Ana le corta la respiración. Desde donde está, la chica de ojos verdes puede ver con todo detalle las marcas moradas que ella misma dejó en el cuello de Brian hace no mucho, mientras perdían juntos la cabeza en el ascensor. Nunca las había visto de ese modo, pero desde que Gates le habló sobre ellas, ahora le parecen realmente bonitas. Sobre sus hombros pueden apreciarse, si uno se fija con mucha atención, las tímidas marcas de sus propias uñas contra la piel del chico de pelo tan negro como la más negra de las noches. Él tiene la mirada fija en sus labios aún, y aunque lucha por salir de ahí y por alejar todas las tentaciones de él, no puede negar que mataría por poder volver a maltratarlos de la manera más dulce posible…
Ana baja la mirada hacia sus labios y suspira agónicamente, mordiéndose el labio inferior. Brian se acerca a ella aún más hasta tal punto que apenas puede correr el aire entre ellos. Apoya su frente contra la de ella y sin apartar la mirada donde la tiene, hace amago de besarla pero sin llegar a hacerlo, alargando aún más el sufrimiento de la chica de ojos verdes, que empieza a encontrar divertido a la par que excitante ese juego que se traen entre los dos. Él sonríe de medio lado por unos segundos y pasea por su mejilla derecha con los dedos en una suave caricia. Pálida, con esos ojos enormes y verdes cargados de luz a pesar de que ahora se encuentran inusitadamente apagados, esas facciones suaves que le dan un aspecto adorablemente inocente. Posiblemente no haya visto nada tan bonito como ella aún, como la chica de Texas que le trae de cabeza. Habla bajando el tono de voz, peligrosamente cerca de ella y de su boca -Sé que esto no está bien, Ana…-

Ana traga saliva y sin darle tiempo a seguir hablando, le muerde el labio inferior, tirando de él con suavidad para después soltarlo y mirarle a los ojos, hablando en un susurro -Deberíamos dejar de hacerlo…-

"Es tu amiga, es tu vecina, es tu compañera de trabajo, Brian...". La besa con fiereza y sin prisas mientras se repite mentalmente y sin parar su pensamiento de antes. A decir verdad, a esa hilera habría que añadirle un "y mi absoluta perdición". Ni siquiera sabe si todo ésto le hace feliz. Ahora ya sabe que la necesita, pero también sabe que ella tiene a alguien allá en Texas, alguien que la espera y que probablemente se preocupa por ella a diario. Y él está ahí, metido en medio, liándolo todo. Por supuesto que deberían dejar de hacer eso, y sería mucho más fácil si no sintiera las caricias que Ana deja sobre su piel como bendito fuego. "Brian, para ésto. No la conviertas en alguien parecido a ti...".

Los pensamientos empiezan a atormentarlo. Tal vez demasiado. El chico de ojos oscuros resopla y deja de besarla, cerrando los ojos con fuerza y maldiciéndose a sí mismo en sus adentros. Ana sonríe y le acaricia la mejilla, mirándole casi con adoración, una mirada a la que él no corresponde. ¿Que si se siente mal? Por supuesto que no. Hace bastante que no echa de menos a Charlie, o al menos no como debería. Tal vez no, desde que conoció al chico que ahora mismo está sentado a su lado y que acaba de comerle la boca de la forma más brutal y tierna posible…

La mira y chasquea la lengua, cargado de remordimientos -Annie, escucha, yo… No quiero ser una traba para ti cuando todo vuelva a la normalidad y...- Frunce el ceño, baja la mirada y murmura –Olvídalo, ¿sabes? Espera aquí.- Se levanta del sillón y entra en la cocina. Ana se queda por unos minutos sola con Pinkly y con el ruido de una televisión a la que no presta ni un poco de su atención. De algún modo es divertido ver a Brian tan nervioso y tan cuidadoso, como si no quisiera dar un mal paso, como si temiera asustarla o algo parecido. Debajo de ese aspecto tan imponente y adorablemente salvaje parece haber mucho más.

La perrita blanca se sube al sofá de un salto y Ana sonríe, mirándola con curiosidad. La acurruca entre sus brazos, agarra una manta y se arropa con ella, arropando a Pinkly también. Se tumba en el sofá mirando la televisión y suspira mientras a través del cristal de la puerta de la cocina puede ver a Brian.

Cuando el chico de ojos oscuros vuelve, lo hace con un par de enormes tazones humeantes de chocolate en una bandeja. Deja la bandeja en la mesita de café y mira al sillón sin poder evitar echarse a reír por la imagen. Le pega otra calada al cigarrillo y habla sin perder la sonrisa, dejando que todo el espeso humo se deslice entre sus finos labios -Suele huir de las visitas. Es curioso que le caigas bien tan pronto…- Devuelve la mirada a la bandeja y se encoge de hombros -Y ésto… No es café, desde luego, pero me acabo de dar cuenta de que no quedaba…- Le pega un trago al tazón de chocolate y cuando vuelve a dejarlo sobre la mesa. Ana comienza a reír con malicia por lo bajo, entre carcajadas que parecen estar dedicadas a él. Enarca una ceja sin entender a qué viene tanta risa, y sale de dudas en cuanto pasa la lengua por el labio superior. Tiene un bigote enorme hecho de chocolate. Habla entre risas, limpiándose con una servilleta -Eres peor que una niña pequeña, Annie...-

Ese es el principio de la que acaba siendo la mejor tarde que la inusual pareja de amigos recuerda en muchos, muchos meses. Beben chocolate, ríen como idiotas por cualquier cosa, comentan entre risas la bajísima calidad de una de esas películas tópicas sobre adolescentes de universidad, hablan hasta cansarse, terminan el inventario juntos en poco más de una hora, se toman un par de chupitos de whiskey e incluso Brian, tras pedirle e insistirle a la chica volver a cantar American Pie, lo consigue. Saca la guitarra y arranca de ella con maestría los acordes de la canción, y Ana, sentada a su lado con la cabeza apoyada en su hombro, empujada por la fiebre, la chispa de alcohol y el buen rollo que ha empezado a inundarlo todo, canta con los ojos cerrados. Brian no puede parar de sonreír, y siente que lo sacuden escalofríos cada vez que Annie acomete otro verso con su voz...
Cuando termina la canción, Brian suspira y se queda en silencio, al igual que Annie. Ella tiene los ojos cerrados y continúa en la misma postura, con una leve sonrisa dibujada en sus labios. Gates suspira de nuevo, la mira y sonríe, colocándole un mechón de pelo tras la oreja. La chica de ojos verdes se acurruca a su lado y él le besa el pelo, apoyándose contra ella y cerrando también los ojos. Habla en un susurro, sin abrir sus oscuros ojos, sin moverse de la postura que ahora le resulta la más cómoda del mundo -Algún día harás famosa esa voz. Seguro. Todo ese talento tendrá que salir a la luz algún día...-

Ella sonríe nostálgicamente y suspira, hablando en el mismo tono -Eso espero, de veras... Es para lo que he venido aquí al fin y al cabo...-

Gates le revuelve el pelo con cariño, brindándole esa protección de siempre. A decir verdad, él parece haberla protegido desde la primera vez que la vio, desde la primera mirada. Ni siquiera Charlie está preocupándose tanto por ella ahora como está haciendo su nuevo amigo, y eso es realmente desconcertante para Ana. La chica de ojos verdes le dedica una mirada de soslayo a Brian, que ahora ha vuelto a cerrar los ojos y se mantiene más que relajado, dejando que su inmenso pecho suba y baje acompasadamente. Los dos están cansados por culpa de la fiebre, pero no quieren quedarse dormidos. Eso significaría perderse minutos con el otro. Quizás el juego se les haya ido un poco de las manos...

Ana sonríe y, antes de darle tiempo a abrir los ojos, le besa en los labios lentamente, con suavidad y con cuidado, como si sintiera que si lo hace demasiado fuerte toda la calma que ahora los rodea pudiese desaparecer. Habla en un susurro, entrelazando sus dedos con los de él -¿Quieres que me vaya ya...? Debes de estar cansado…- Annie parece una especie de ninfa traviesa, con ese pelo ondulado tan largo, esos ojos intensamente verdes y esa piel tan pálida, sentada al lado de Brian y mirándolo con curiosidad y preocupación, pero también con ganas de echarse a reír y tirarse en sus fuertes brazos llenos de trazos de tinta bajo la piel. Gates abre los ojos despacio, le coloca un mechón de pelo desordenado tras la oreja, sacude la cabeza y susurra, con una de sus medias sonrisas -No, Texas, no quiero que te vayas. Quiero que te quedes conmigo ésta noche…-

La sonrisa de Ana se amplía al oír esas últimas palabras. '' No, Texas, no quiero que te vayas. Quiero que te quedes conmigo ésta noche... '' Se acurruca entre sus brazos y se arropa con la manta, arropándole a él también. Cierra los ojos y habla en un susurro, ahora que el salón se ha quedado en silencio -¿Vamos a dormir aquí…?-

Gates frunce el ceño y ríe, quitándose de encima la manta -Por supuesto que no, no voy a dejar que duermas en un sillón. Eso dejaría mucho que desear por mi parte.- Le tiende la mano con una sonrisa cansada y los ojos brillantes por culpa de la fiebre. Ella agarra su mano y camina tras él, que va apagando luces conforme avanza hacia el pasillo. Avanzan a ciegas unos cuantos metros hasta que finalmente dan a parar a la habitación de Brian, que queda frente a la de Matt. La chica de ojos verdes dirige una mirada rápida a la puerta de la habitación de Shadows y sonríe levemente. Cuántas horas se ha pasado mirando por esa habitación para poder ver al chico que ahora mismo la tiene agarrada de la mano y se la lleva a su cama...

La habitación del chico de ojos oscuros no es nada del otro mundo. Lo cierto es que es la estancia no pega nada con su dueño. Está pintada de un color crema muy claro, y apenas está decorada, ni siquiera con cuadros. Es bastante espaciosa, con un gran baño propio, y tiene un ventanal enorme con balcón que ofrece la vista de la enorme calle en la que está ubicado. Tiene una cama de matrimonio más grande de lo normal, y eso le hace a Annie preguntarse si hasta hace poco la ha estado compartiendo con alguien. Todo en esa habitación parece irónicamente pensado para dos personas. El chico de ojos oscuros se lleva las manos a la cintura y habla, colocado tras Ana, que curiosea la habitación con sus enormes ojos verdes, como si adivinara en lo que está pensando en ese momento -Antes tenía más decoración, pero hubo… Que quitarla.- Suspira y sonríe tristemente de medio lado -Supongo que algún día me dará por llenarla un poco más.-

Ana se gira, le mira y sin pensárselo dos veces, lanza una pregunta que hace que a Brian se le revuelvan las tripas. Ese sí que es un defecto que tiene la chica de ojos verdes, que a veces es demasiado directa... -¿Y qué sucedió con esa decoración...?-

Brian parece perder brillo en los ojos por segundos, baja la mirada al suelo y habla, adquiriendo una seriedad nostálgica que estruja el corazón de Annie -Mi ex se la llevó de aquí, igual que otras mil cosas más.- Se encoge de hombros, suspira y clava sus ojos oscuros en Annie, esbozando una media sonrisa triste y bajando el tono de voz -Cosas que pasan, claro...-

Ella baja la mirada al suelo, suspira y asiente, desanimada. Después vuelve a mirarle pero esta vez lo hace dolida y preocupada, sintiéndose realmente mal al verle así. Habla en un susurro, un susurro que para el chico de ojos oscuros es más que tranquilizador -Lo... Lo siento mucho…-

Brian suspira, frunce el ceño y sonríe sin darle importancia, pero sin dar muestras de ninguna alegría real -Bueno, no pasa nada. Todo se supera. Hay veces en las que se cometen errores, y las cosas se acaban. Las rupturas dan paso a otras etapas de la vida, etapas en las que conoces a mucha y muy buena gente y en las que te rodeas de muy buenas compañías.- Un brillo en sus ojos color chocolate negro le dejan bien claro que se refiere a ella misma. ¿A quién si no? Cruza la habitación vestido con esos pantalones de raso negro que revolotean con cada imponente paso que da, como si la tela bailara a su son. Mientras abre el enorme ventanal, la espalda de Brian se convierte por unos segundos en el epicentro de la atención de la chica de ojos verdes. Está insultantemente bien definida, y luce sus pequeñas marcas de uña hechas por ella misma hace algunas horas, durante un viaje en ascensor que se alargó más de lo debido. Le añadiría bastante más arañazos a la espalda de su peculiar vecino, por supuesto que sí...
Ana suspira y tras rodear la habitación con la mirada una última vez, se acerca al interruptor y apaga la luz. La estancia se queda a oscuras, iluminada solo por la luz de la luna que entra a chorros por el enorme ventanal ahora que Brian ha descorrido las cortinas. La chica de ojos verdes clava su mirada felina en él y habla en su mismo tono, sonando relajada y tranquila. La semioscuridad de la habitación se refleja en su piel pálida y en sus ojos verdes, dándole un aspecto angelical -Espero que las cosas mejoren entonces ahora que te has alejado de esos problemas, Brian…-

El chico de pelo negrísimo se aparta del balcón y camina hacia la cama con una sonrisa de esas que llevan su marca, esas sonrisas que parecen llevarse toda la malicia y la seriedad de su cara de rasgos tremendamente finos y aniñados. Se sienta en la cama, apoyando la espalda en el cabecero y flexionando las piernas y fijando su oscurísima mirada en ella. Habla, y lo hace con esa capacidad suya para hacer sonar su voz como un jugueteo suave y melodioso de palabras lentas que retumban en los tímpanos de Annie –No importa cuánto tiempo pase. Soy un imán para los problemas, pero, a pesar de todo, las cosas empezaron a mejorar desde el día en que me mandaste a la mierda a la salida del Red Dingo.- Ríe por lo bajo -Fuiste tremendamente poco sutil para lo tímida y perdida que parecías. Bueno, supongo que no podías quedarte callada…y no es para menos. Fue la estupidez más grande que he hecho jamás. Tendrías que haberme partido la cara, Annie...- Le hace un gesto con la mano sin perder la sonrisa, golpeando con la palma en el colchón, junto a él, invitándola a ocupar su cama cuanto antes. Otra vez ella y esa apariencia de ángel felino que le hacen querer perder la cabeza. 
Sin borrar la sonrisa, la chica de ojos verdes se aproxima a la cama. Se sienta y se coloca a su lado, imitando su postura con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas encogidas. Se quedan mirándose largamente en la casi total oscuridad y el silencio que ahora reina en la habitación los envuelve. Ella le aparta un mechón de pelo negro azabache de la cara, y lo hace casi como su fuera su hermana mayor, en un gesto cargado de cariño. Gates habla sin dejar de mirarla, pero ahora lo hace en un susurro, diciendo algo que hace sonreír tímidamente a Ana -Eres lo mejor que hay ahora mismo en ésta ciudad, al menos para mí. Le das sentido a más cosas de las que piensas, y no me gustaría que te fueras nunca de aquí… Me he acostumbrado a tu compañía y creo que es la mejor que he tenido en mucho, mucho tiempo. No quiero perderla.- Ríe y baja la mirada, sacudiendo la cabeza -Debo de estar sonando como un psicótico…-

Ana reclina hacia atrás la cabeza, la apoya en el cabecero de la cama y ríe, mirándole y asintiendo para después hablar en un susurro sin dejar de reírse -Sí, has sonado como un completo psicótico...- Suspira y se encoge de hombros sin apartarle la mirada, convirtiendo su silenciosa carcajada en una sonrisa divertida a la par que adorable -Pero supongo que lo que has dicho es... mutuo.- Asiente -Me he acostumbrado a estar contigo y no sé por qué razón cuando te tengo cerca me siento mucho más...segura.- Ríe, sacudiendo la cabeza -No, déjalo. No sé. Quizás sea que... Estoy demasiado sola en esta ciudad…-

Él suspira sonoramente, pierde la mirada en la pared de en frente y susurra sin poder borrar una media sonrisa débil -Quizás, pero eso pasará antes de lo que crees, y harás mil amigos, mil amigas…- Ríe y la mira, clavando sus ojos oscuros en ella de nuevo -Y acabarás saliendo todas las noches de fiesta a un montón de sitios diferentes. Te acostumbrarás a esto, y cuando lo hagas, no querrás tener que irte jamás. Los Ángeles es como un imán. Yo he intentado irme muchas veces, pero siempre acabo de vuelta…-

La chica suspira y se le queda mirando atentamente, con una media sonrisa. Después baja la mirada y sacude la cabeza, colocándose un mechón de pelo tras la oreja -No sé, yo echo mucho de menos a los míos... Una gran parte de mí se ha quedado allí...- Suspira de nuevo y desvía la mirada a la ventana  -Con ellos...-

Gates deja que sus ojos oscurísimos se pierdan de nuevo en el vacío, mirando de frente. Habla en un murmullo, perdiendo la sonrisa como si lo asaltaran pensamientos tan oscuros como su pelo -Mi padre siempre decía que uno debe estar con los suyos, y que la familia es lo que más importa de todo lo que tenemos. Lo cierto es que… Tenía razón- Suspira profundamente y cierra los ojos, dando de nuevo esa apariencia de demonio dormido. Susurra sin cambiar de posición, bajando mucho más el tono de su voz -Nunca descuides a tu familia, Ana. Jamás te separes de la gente que te quiere, por muy lejos que estés de ellos…-

Ella suspira y le mira con atención. Una mezcla aplastante de atención y lástima -Yo… Lo siento si te he hecho hablar de algo que no querías, en serio- Sacude la cabeza y le coloca un mechón de pelo tras la oreja, con ternura -Dejemos el tema, ¿Vale? Yo tampoco quiero ponerme melodramática...- Sonríe de medio lado sin muchas ganas.

A decir verdad, la chica jamás ha escuchado a Brian hablar de sus padres. Nunca. No es que se haya presentado la ocasión para hablar del tema demasiadas veces, pero de cualquier manera, en una de esas veces en las que Annie se arrancaba a hablar de Texas y hablaba de su casa y de su familia, él parecía perder ese brillo tan característico suyo en los ojos, y aunque ella no alcanzaba adivinar por qué, optaba por cambiar de conversación para hacerle sentir algo más cómodo. Quizás cuando haya más confianza preguntará sin tapujos sobre eso…

Gates abre la cama y se mete en ella, tumbado de lado y mirando a Annie. Frunce el ceño y sonríe en un suspiro -Conseguirás dinero, y podrás ir a visitarles cuando quieras…- Los mechones de pelo negro le caen salvajes y desordenados sobre la cara, dándole un aspecto realmente curioso. Susurra, dándole a su voz un tono cansado -No sé si es por la fiebre, pero no tengo sueño. Nada en absoluto...-

Annie le mira, sonríe, sacude la cabeza y suspira para después meterse en la cama a su lado. Se tumba boca arriba, apoya la cabeza en la almohada y le mira con una leve y apenas perceptible sonrisa, hablando en un susurro mientras pasea dos dedos por el pecho desnudo de Brian, distrayéndose a sí misma -Sí, tal vez sea la fiebre...

Él le mantiene la mirada tan intensamente que duele, pero lo hace con aires de sobreprotección, con esa sensación que le invade cuando está con ella, sin perder una sonrisa tierna. Las caricias de sus dedos le hacen sentir un escalofrío, y le hacen querer volver a hacerla suya, una y otra y otra vez. Susurra casi inaudiblemente, sin apartarle la mirada -Posiblemente.- Ríe y suspira -Pero podría ser mucho peor.- Estira una mano hacia ella y se la planta en la frente con cuidado. Sigue teniendo fiebre -Tú tampoco es que estés genial…-

La sonrisa de Annie se amplía, pero no le aparta la mirada de los ojos. Suelta una risilla por lo bajo y suspira, hablando en el mismo tono -Lo sé...- Se encoge de hombros -¿Sabes? En cierto modo me alegro. Si no ahora mismo estaría trabajando y créeme si digo que no cambiaría esto por nada…-

Brian ríe y cierra los ojos, dejándose arrullar por las caricias de la chica. Se pregunta qué le ha pasado en todo éste tiempo. Nunca le han gustado éste tipo de momentos, siempre se ha coronado como el cabrón más frío de entre toda la gente que conoce. Ni siquiera le gustaba que Jinny, a la que de alguna manera consideraba su amor verdadero y único, le hiciera ese tipo de cosas, y ella siempre se quejaba. Le decía que era igual de afectivo que una piedra del suelo, y él se reía. Ella no. Ella suspiraba y abandonaba sus propósitos de intentar darle un poco de cariño fuera de los juegos de cama, y maldecía en silencio su suerte, y se sentía bastante desgraciada. Brian no empezó a pensar en ese fallo suyo hasta después de la ruptura, y… Y ahora está ahí, dejándose querer por una chica que no pasa de ser su amiga, con la que lleva un día un tanto tumultuoso. Y se siente bien. Se siente como pocas veces en su vida, y eso le extraña. Susurra, sin abrir esos ojos color chocolate negro hirviendo -Yo tampoco, Ana. Yo tampoco…-

Ella sonríe y, con la cabeza apoyada en la almohada y tumbada boca arriba, deja que Brian se apoye en su pecho mientras ella le acaricia el pelo y la mejilla con delicadeza y suavidad, como si en vez de su mano se tratase del tacto de una pluma que cae despacio sobre un charco de agua. Gates mantiene los ojos cerrados y suspira dejando que una sonrisa apenas perceptible se le dibuje en los labios y, conforme van aumentando las caricias por parte de la chica de ojos verdes, llega un momento en el que es el propio Gates quien busca sus caricias, como si lo que realmente buscase fuese no solo su cariño sino también su protección. Como si con la mirada y los gestos le pidiera por favor que no le dejara solo, pues ella es la única persona que realmente le ha dado cariño en muchísimo tiempo, y eso que apenas se conocen desde hace un par de semanas.... Cuando Ana se da cuenta de lo relajado que está Brian, le mira y amplía su sonrisa, inclinándose sobre sus labios para besarle levemente, sin querer romper su calma.

Y como si su particular ángel de ojos verdes tuviera la capacidad de infundirle toda la tranquilidad que necesitaba, se queda dormido prácticamente en sus brazos, sobre su pecho, escuchándola respirar y latir, y ella acaba quedándose dormida poco después, dando por terminado un día que aún ambos no sabrían bien cómo explicar. Todo ha sido demasiado extraño, demasiado cercano, demasiado impulsivo y demasiado cálido…

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Hace ya casi una semana desde ese sábado. Desde entonces la gripe ha ido remitiendo en ambos muchachos y, como era de esperar, han seguido reuniéndose casi a diario para gran variedad de cosas. Desde ver películas hasta reír con cosas sin sentido, salir a pasear o hablar sobre el trabajo mientras disfrutan de uno de los deliciosos almuerzos de la cafetería de Amber. Hoy, jueves, es el día en que Dean le pidió a Gates que terminase el inventario que ha ido completando poco a poco a lo largo de la semana y, como siempre, a las ocho en punto de la noche el chico de ojos oscuros se planta en el Red Dingo junto con Matt y su jefe, comentándole las novedades y ayudando a abrir antes de que lleguen los primeros clientes, las chicas y Annie, que ha avisado de que llegará enseguida, pues está terminando de arreglarse en su casa. Es su tercer día de trabajo ahí y pese a que al público le ha caído bastante bien, los nervios siguen comiéndosela cada vez que mira hacia la barra...


Matt, durante todo éste tiempo, cuando habla con Brian se refiere cabronamente a Ana como “tu novia”, a sabiendas de que el chico de ojos oscuros siempre pone los ojos en blanco y lo niega. A sus ojos, solamente siguen siendo buenos amigos, sin más. Gates, Matt y Dean están metidos en el almacén, y el chico de pelo negro azabache mantiene la lista en la mano y va señalando toda la compra que llegó ésta mañana en los camiones y ahora está ordenada en los estantes -Todo el whiskey, bourbon, tenessee y escocés, el vodka, ron, ginebra, tequila, licores, cerveza, vino, champagne, absenta… Y todas las mezclas por allí- Se encoge de hombros y mira a su jefe, que tiene la mirada clavada en el enorme cargamento. De cada tipo de bebida debe de haber unas diez marcas diferentes -Y creo que está todo. Ya puedes subirme el sueldo, o comprarme un descapotable.- Le pone la lista en la mano y se enciende un cigarrillo, pegándole una calada profunda. Matt se pasea curioseando las botellas nuevas, mirando las etiquetas y probando alguna que otra bajo la mirada de reproche de Dean. El legendario jefe del Red Dingo se queda pensativo unos largos segundos y después planta las palmas de las manos sobre la mesa, suspira y se encoge de hombros, clavando su mirada en Brian y asintiendo conforme, apretando los labios en una línea -Perfecto. Buen trabajo, Brian.- Se levanta, estirándose la chaqueta de su carísimo traje -Ahora...- Lanza una mirada rápida a las botellas para después devolverla a los chicos -Ahora id ordenando todo esto en las neveras, rápido. Vamos a abrir en cuarenta minutos y necesitamos hasta las reservas…-

Gates resopla sonoramente y le hace un gesto con la cabeza a Matt. Instintivamente el chico de ojos verdes se pone a colocar y a llevar bebidas a las neveras que hay bajo la barra, y él hace lo mismo. Por suerte para Brian, hoy le toca barra, y eso le gusta por muchas razones. No tiene que estar metido en la cocina limpiando los vasos que llega lejos de la fiesta y de la música, ni en la puerta haciendo de portero y aguantando a todos los idiotas y las lobas de turno, y además puede ver bien de cerca el espectáculo de las coyotes. Además, siempre tiene alguna excusa para no quedarse hablando con algún o alguna indeseable, y suele ser siempre un “Ey, hablamos luego que tengo que atender a gente”, que funciona a la perfección. Lo cierto es que además tiene muchas, muchas ganas de ver a Ana de nuevo subida a la barra… Se lleva una mano a la espalda al levantarse frente a una de las neveras, después de haber metido una enorme cantidad de botellas, y gruñe por lo bajo, cerrando los ojos en una mueca de dolor que atrae la atención de Matt -Joder…-

Shadows le mira y ríe, sacudiendo la cabeza mientras termina de colocar una botella de Jack en uno de los estantes -¿Qué pasa, Gates...? ¿La ciática...?- Chasquea la lengua y sacude la cabeza con desaprobación, sin borrar una sonrisa socarrona que ahora está plasmada en sus labios -Te haces viejo, tío. Mírate. Tienes veintitrés años y aún sigues a dos velas... Deberías hablarle a tu novia de casaros y tener hijos lo antes posible. Antes de que... Ya sabes, se te pase el arroz- Ríe por lo bajo con malicia, sin querer mirarle a los ojos.

Brian lo fulmina con la mirada y enarca una ceja -No es mi novia, ¿cuántas veces más quieres que te lo repita? Ana ya tiene novio, y yo no quiero una novia ahora. Es una ecuación bien fácil, Sanders, hasta un chulo de gimnasio como tú lo entendería a la primera…-  Entra de nuevo al almacén y habla desde ahí dentro, diciendo algo por lo bajo como cargado de resentimiento que hace a Matt arrancarse a reír tapándose la boca para que Brian no le escuche -Y mi arroz está fresquísimo, payaso…- 

Se escucha la voz de Dean resonando por la zona de las escaleras, probablemente gritando desde el despacho, exasperado por la conversación de sus dos empleados.

-¿Estáis colocando todo el género o estáis haciendo el idiota otra vez? Por el amor de Dios, parecéis un par de quinceañeras, os pago un sueldo para algo…-


Capítulo 10.- Tensiones, ascensores y un desliz premeditado.

[Ana suspira de nuevo con una media sonrisa leve y le ve marcharse por la puerta por la que entró hace apenas una hora -Nos vemos, Brian...- Susurra. Cuando el chico de ojos oscuros cierra, Ana pone los ojos en blanco y se deja caer sobre el sofá, desmoronada. Entierra la cara entre sus manos y resopla sonoramente, quedándose en silencio un largo rato. Después se reclina en el asiento y se lleva una mano al pelo, clavando la mirada en la televisión que está frente a ella, apagada. Habla en un tono bajo, reprimiéndose a sí misma -Mierda Ana, qué coño haces...- Chasquea la lengua, sacude la cabeza y se tumba en el sofá, quedándose con la mirada en el techo, pensativa. Dios mío, siente tantas cosas que ni siquiera es capaz de ordenarlas. Esa noche ha sentido. Ha sentido mucho. Pero no sabe si es porque realmente le quiere o porque echa tanto de menos a Charlie que está desesperada, lo cual no percibe en absoluto, pues cuando están en presencia del chico de ojos color chocolate, su novio desaparece por completo de su vida. Ahora ya no sabe si la aparición de Brian Haner en su vida aporta más ventajas que inconvenientes. Lo que acaba de pasar… Va a tardar en olvidarlo. Los dos tardarán en olvidarlo…]



Brian cierra la puerta de su casa despacio, sin querer hacer ruido. Matt llevará bastante tiempo dormido ya, y Pinkly corretea directa a la cocina, en busca del comedero. Su dueño, en cambio, ha perdido de golpe toda el hambre que tenía, y solo quiere tirarse en la cama a olvidarlo todo con la misma sonrisa idiota dibujada en sus maltratados labios. Lo cierto es que no se arrepiente de haberle preguntado si quería llegar a más. A él Cynthia no le dio esa oportunidad, pero si por un segundo le hubiera hecho pensar en Jinny quizás no se hubiera acostado con ella. Igual él seguiría con Jinny, y todo sería más fácil porque seguiría en su mundo de amor falso, del que duele y compromete menos, y dejaría de soñar imposibles con su vecina de en frente, con esa tentación de ojos verdes que le hace sentir como un niño pequeño nervioso, que es capaz de hacer cómodo un silencio y que besa como si incluso él pudiera aprender algo de ella. La decisión de Annie de verdad le resulta elogiable. A pesar de que su chico esté tan lejos, ella sigue queriéndolo y siéndole fiel, y eso no es algo que el chico de ojos oscuros vea a menudo. Envidia a ese tío, esté donde esté y sea quien sea, y siente tener que estar metido en ese incómodo triángulo amoroso. ¿Qué es él para Ana? , es la única pregunta que ronda su cabeza ahora, mientras se cambia de ropa y se mete en la cama...

Un par de horas después de que Brian se hubiese ido, Annie se despierta. Está tumbada en el sofá con la televisión encendida y fuera, en la calle, ya se ha hecho completamente de noche. Resopla, mira el reloj y cuando ve que son las dos de la mañana, se despereza y se levanta, apagando la televisión y caminando a oscuras hacia su cuarto, con cuidado de no chocarse con ninguna puerta. Cuando llega se tira de lleno en su cama sin siquiera molestarse en cambiarse de ropa o en darse una ducha tras la agitación de antes, de todas formas pensaba hacerlo a la mañana siguiente. Tras unos pocos segundos termina quedándose profundamente dormida, con los recuerdos de todas las cosas que pasaron ese día rondándole por la cabeza y dándole aún más en qué pensar.


El lunes amanece nublado sobre la ciudad de Los Ángeles, y Brian se pasa el día encerrado en casa. Matt, al contrario que él, ha decidido que es el día perfecto para ir a visitar a sus tíos, que viven a las afueras de la ciudad. Le pidieron por favor que algún día se acercara a ver la casa nueva, y él, comprometido por esas promesas familiares, decidió que hoy lunes no haría nada de provecho y que desgraciadamente era el día indicado para largarse. Brian sale de su casa un par de veces, y las dos son para sacar a Pinkly a pasear. En el segundo de los paseos le pilló una de esas lluvias repentinas de verano, y llegó a casa empapado. No ha ido a visitar a Annie, ya que no tiene motivos para hacerlo y tampoco sabe si tiene demasiadas ganas de volver a ponerse nervioso delante de ella, y más recordando las escenas de la noche anterior en el piso de su nueva vecina. Curiosamente lo único que quiere es que llegue el martes para ir a trabajar tras la barra, para volver a reunir a toda su clientela, hacer correr el alcohol y ver a las coyotes bailando al ritmo de la música bien alta. Muchos de los mejores momentos de su vida los ha pasado en el Red Dingo. Y también en brazos de la chica de ojos verdes, para ser sinceros.

Cuando Brian pasa por delante de la habitación de Matt, cuya puerta, como siempre, está abierta, ve algo que le paraliza. Que hace que sus piernas se paren y se resistan a seguir caminando. Por la ventana puede ver a Annie, que está asomada a su ventana, vistiendo una poco discreta camiseta de tirantes, con su hermoso pelo largo y ondulado cayéndole sobre el hombro derecho. Tiene la mirada perdida en la calle, como si con sus enormes ojos persiguieran cada gota de lluvia hasta verla impactar contra el suelo y pasar a ser parte del pavimento de las aceras. Muy poca gente lo sabe, muy poca gente sabe lo mucho que ama la lluvia, su olor, su sonido. Le trae muchos, muchísimos recuerdos de su siempre amada Texas. Allí llovía tan poco que, cuando lo hacía, era todo un evento. Ciertamente, la imagen es enternecedora. Pese a que está seria y con la mirada en la calle, parece un ángel bajado del mismísimo cielo. Con su tez pálida, sus pestañas intensamente negras, sus labios rosados y carnosos, su cabello revuelto, sus mejillas sonrosadas, sus ojos….

Gates se apoya en el marco de la puerta desde donde puede ver a la chica, se cruza de brazos y suspira profundamente. Es perfecta. Perfecta e inalcanzable para él, el ser más imperfecto del mundo. La observa durante unos segundos que le resultan interminables y después se retira de la puerta con un ligero resoplido. Esa marca morada sigue adornando su cuello como una prueba de fuego, como un tatuaje cargado de recuerdos comprometedores. Fue demasiado para él, y juraría que hubiera sido demasiado para cualquiera. Posiblemente todo iría mejor si la noche anterior no hubiera pasado nada entre ellos. Hubiera sido una preocupación menos, un desliz menos, una adicción menos...

Tras pasarse un rato con la mirada en el suelo, Ana suspira y dirige su mirada hacia la ventana de la habitación de Matt. La puerta está abierta y a través de ella, al final del pasillo, puede ver a Brian tirado en el sofá del salón. Deja que una sonrisa apenas perceptible y cargada de ternura se dibuje en sus labios y suspira de nuevo, colocándose un mechón de pelo tras la oreja. Cuando se ve reflejada en el cristal de la ventana puede ver la marca violácea en su cuello y su sonrisa desaparece. Pasa dos dedos sobre ella, acariciándola con suavidad, y de nuevo vuelve ese sentimiento de mariposas en el estómago, de ganas de verle, de tenerle, de besarle, de tirarle en su cama y dejarse llevar por todo que siente sin interrupciones, dejar que se ordene esa maraña de sentimientos desordenados que la están volviendo loca.

Para cuando el sol vuelve a esconderse de nuevo, Brian ya está metiéndose en la cama. Son sólo las nueve de la noche, pero de verdad necesita que el tiempo pase rápido, muy rápido, como si eso fuera a espantarle los recuerdos de alguna manera. Posiblemente una jornada de trabajo y de risas le tengan distraído de eso de lo que no se quiere acordar, y por eso está deseando que por fin llegue el día siguiente. Duerme toda la noche de un tirón, pero se levanta temprano, muy temprano. Despierta muerto de calor, destapado por completo y a pesar de que solo está vistiendo unos pantalones de pijama, empapado en sudor. Se da una ducha fría, se viste y sale a tirar la basura tras comprobar que Matt aún no ha vuelto a casa. Deduce que ha querido quedarse en casa de sus tíos, de cualquier modo, y tampoco le importa. Abre la puerta con el saco de basura en la mano, maldiciendo por lo bajo su peso, y cierra tras de sí y baja las escaleras con prisa. Cuando vuelve de la calle, en el rellano, casi se choca con Ana, que está recogiendo el correo frente a su buzón. Se lleva una mano al pecho y ríe, resoplando -Joder, vaya susto...-

Ana ríe, poniéndose bastante nerviosa pero sin querer que Brian lo note, aunque el chico de ojos oscuros capta su comportamiento a la primera. Ella se coloca un mechón de pelo tras la oreja y cuando empieza a hablar lo hace con la mirada en el suelo, pero después la alza y la clava en sus ojos. Se nota a la legua que está nerviosa y bastante cortada, y además sus mejillas están enrojecidas - Siento... Siento haberte asustado, yo... no esperaba ver a nadie por la calle a esta hora...- Ríe de nuevo, nerviosamente, hojeando sin atención las cartas que tiene en la mano. Está tan nerviosa que no puede ni leer los remitentes de su correo…

Gates se encoge de hombros, luciendo una sonrisa bastante serena. Definitivamente, verla nerviosa le resulta divertido y hace desaparecer su propia inquietud -Bueno, no todo el mundo sale a tirar la basura a las ocho de la mañana.- Enarca una ceja, mirando el buzón de la chica con uno de sus gestos traviesos -Ni a recoger el correo tampoco... - Se acerca al suyo, lo abre y saca todo lo que hay dentro. Resopla con fastidio y habla en un murmullo mientras mira las cartas, pasándolas como si fueran una baraja -Publicidad, publicidad, publicidad...-

Ana ha avanzado hacia la puerta del ascensor, y le mira desde ahí, sonriendo mordiéndose la punta de la lengua. Brian sigue absorto revolviendo en el buzón así que la chica de ojos verdes suspira y se encoge de hombros -¿Subo o te espero...?-

Él mete la publicidad en el buzón de un vecino al azar, se pasa una mano por el pelo negro azabache y chasquea la lengua, avanzando hacia el ascensor. Sus pisos ocupan la planta seis. Bajar las escaleras no está tan mal, pero subirlas ya es otro tema, y es asquerosamente monótono y cansado. Lo único malo del bloque es que solo hay un par de ascensores viejos para todos los vecinos, y es complicado no pillarlos ocupados.

Tras esperar un par de minutos, el ascensor llega al portal y de él sale una pareja de ancianos. Los dos chicos les dedican una sonrisa a modo de saludo y seguidamente entran en el ascensor. Ana se coloca en una esquina con la mirada baja y, tras calcar el botón del piso, Brian se apoya en la pared, resopla y baja la mirada. Por primera vez en el tiempo que llevan conociéndose, el silencio que se forma es incómodo. Más que incómodo. Es tan cortante que podría destrozar una botella de cristal. Ana enreda con sus dedos nerviosamente y Brian suspira y alza la mirada al techo. Cuando de pronto el ascensor pega un bote, la chica de ojos claros se sobresalta. Lo que viene después es quietud. Quizás demasiada. Y sí, en efecto, el ascensor se ha quedado parado. Ana resopla por lo bajo y habla en un murmullo, maldiciendo su propia existencia. ''Tierra, trágame''

-Mierda...-

El chico de ojos oscuros resopla largamente y pone los ojos en blanco. Murmura por lo bajo, fastidiado -Oh, vamos. No me jodas, otra vez no...- Pulsa de nuevo el botón del sexto piso, y seguidamente chasquea la lengua, hablando en un tono bajo -No es la primera vez que le pasa...-

Ana chasquea la lengua y se lleva una mano al pelo, resoplando de nuevo, hablando sin pensar y conducida por el nerviosismo -Joder, tenía que pasar justo ahora...-

Gates enarca una ceja y ríe con malicia, dejando que su voz se tiña con un tono de travesura, sin levantar el tono de voz ni la mirada del panel de mandos del ascensor. -.¿Con "justo ahora" quieres decir "conmigo aquí dentro”, Annie...?-

La chica de ojos verdes traga saliva y sus mejillas se enrojecen mucho de golpe, quizás demasiado, detalle que Brian no tarda en detectar. Puede ver esa mirada de lobo hambriento de nuevo en sus ojos oscuros, y lo cierto es que eso solo aumenta la tensión ya existente. Baja la mirada y habla en un susurro. Está nerviosa no, lo siguiente. -N..no…-

Brian esboza una sonrisa discreta y juguetona al darse cuenta de que ese titubeante "no" es una rotundísima afirmación. Sabe que hay confianza entre ellos, pero lo de anoche marcó un antes y un después irremediablemente. Suspira dándose por vencido y se apoya en una de las paredes, mirándola de fijo y queriendo salir del tema para ahorrarle más agobio de la cuenta -Cuando se para suele hacerlo por un rato, luego arranca sólo de nuevo...-

No le importa. A Ana no le importan nada sus explicaciones ahora. La manera en la que le tiemblan las manos como a una adolescente nerviosa ya empieza a ser todo lo contrario a discreta. El ascensor no es demasiado grande, y ahí dentro se siente como una oveja desvalida a merced de un depredador. Lo peor es que ni siquiera está asustada, y a decir verdad se muere de ganas por ser la presa. Le devuelve la mirada clavando sus enormes ojos en los de él y asiente, mordiéndose el labio inferior de manera inconsciente -Ya, entiendo…-

Gates entrecierra los ojos casi imperceptiblemente mirando de fijo sus labios, y dice algo sin levantar el tono de voz que no es capaz de pensar antes, sin apartarle la mirada en ningún momento -Va a ser un rato largo de espera, Ana. No hagas eso, por favor...-

Annie traga saliva cayendo en su error y sacude la cabeza, riendo después nerviosamente y sin ganas -Lo… Lo siento. Ha… sido sin querer. Creo.- Se muerde la lengua. 'Mierda Ana, no deberías haber dicho eso, para ya...'

No lo soporta. Lo cierto es que Brian no soporta perder los estribos de esa manera. Odia eso de no poder comportarse con normalidad delante de ella. Ella y esa manera de reírse, de mirar, sus piernas, esas jodidas caderas que anoche casi fueron suyas... Baja la mirada en un resoplido y procura apartarle la mirada. "Tranquilo, Brian. Tranquilo... Seguro que el ascensor funcionará en un momento, no hagas ninguna idiotez…

Ana suspira y se cruza de brazos, con la mirada clavada en el suelo, intentando normalizar su respiración que ante tanta tensión se ha agitado bastante mientras la chica de ojos verdes reza porque Brian no lo note. ''Por Dios, que acabe ya ésta tortura...''. En el ascensor ha cambiado por completo la atmósfera. Hace calor. Demasiado calor.

El chico de pelo negro azabache no quiere ser cruel, desde luego que no, pero mentiría si dijera que no disfruta viéndola tan indecisa y tan llena de nervios como él. Mentiría descaradamente. Se decide a hablar, queriéndole decir algo que piensa firmemente -Oye, Annie...- La chica alza la mirada y la clava en sus ojos color chocolate, haciéndole más difícil expresarse con normalidad -Lo de anoche... Yo no quiero que pienses que le di más importancia que la que tuvo. A veces pasan esas cosas y no se pueden controlar. No quiero decir que me arrepienta, porque desde luego no lo hago, pero no quiero que tú te sientas incómoda por ello...-

Ella asiente, suspira y hace un gesto con la mano para quitarle importancia, evitando el contacto visual a toda costa aunque a veces es inevitable. -Lo sé, no… No te preocupes. Estoy bien.

Él asiente y baja la mirada, abandonando el tema de nuevo. Otra vez ese horrible silencio. El ascensor no tiene ganas de empezar a funcionar, como si de una manera macabra estuviera esperando que terminen la conversación... Brian tiene la cabeza gacha y Ana le mira de vez en cuando sin que él se dé cuenta, suspirando y mordiéndose el labio inferior. De pronto comienza a sentirse acalorada, pero no es precisamente por el calor que hace en el ascensor. Es más bien… Un calor de otro tipo, provocado por esos ojos intensos, esos labios finos, esa tez oscura, esa forma de hablar, de pasarse la lengua discretamente por los labios para humedecerlos...

El chico alza la mirada, la clava de fijo en sus ojos verdes y la pilla acariciándose el cuello en un gesto nervioso, apartando la mirada de él con nerviosismo y fijándola en el espejo, desviándola hacia la mancha morada que ahora se acaricia discretamente. Brian dice algo con su habitual serenidad que sobresalta a la chica, cruzado de brazos y hablando con total normalidad ahora mirando casi con lascivia el chupetón que decora su cuello pálido y que, ahora que no lo cubre el pelo largo y castaño, está completamente a la vista. -Hay gente a la que le parece que quedan mal. Yo los veo preciosos,- Sonríe casi imperceptiblemente de medio lado, en una de esas muecas que sacuden los sentidos de Ana, bajando la mirada y hablando en un murmullo casi inaudible -En cualquier lado...-

Ana traga saliva y da un paso a un lado, colocándose junto a él. Le mira de fijo, seria y nerviosa, bajando la mirada hacia sus labios y después centrándola en sus ojos para volver a repetir el mismo paso. Habla en un susurro apenas audible pero que debido al silencio Brian puede oír perfectamente, lo cual hace que se le revuelva absolutamente todo por dentro -Yo también creo que quedan bastante bonitos, en unas partes del cuerpo más que en otras…-

Su sonrisa se amplía discreta y traviesamente sin poder evitarlo cuando esa frase roza sus oídos. Si la tentación tiene un nombre, seguro que empieza por A. Otra vez esa sensación tan familiar y tan diferente en la que siente que le hierve la sangre y que el corazón le galopa desbocado dentro del pecho. Tan inevitablemente como empezó la odisea de la noche del domingo, la agarra contra sí y le muerde el labio inferior antes de susurrar pegado a su boca y a su cuerpo, que ahora sujeta contra el suyo -Completamente de acuerdo, Ana...- La besa con fuerza, pero ni siquiera lo hace con prisas. Por esa manera tan pausada de jugar contra su lengua, de lamerla y morderle la boca, podría parecer que lleva el control de la situación con total serenidad, pero qué va. Le tiemblan las piernas, y el simple hecho de respirar su colonia le hace sentir perdido en un paraíso en el que vuelve a hacer demasiado calor. Demasiado tentador como para parar y arrepentirse. Por supuesto que le encantaría probar dónde le quedan mejor esas marcas moradas a su protegida de ojos verdes...

Los besos y las caricias que llevan puro fuego comienzan a ir en aumento, cada vez más fuertes, con más ganas y mucho más intensas. Ahora Brian tiene agarrada a Ana por el culo mientras esta tiene las piernas alrededor de su cintura y los brazos alrededor de su cuello, apoyada contra la pared. El chico de ojos oscuros le come la boca de una forma dolorosamente lenta y sucia, haciendo aumentar la agonía de Annie y calentándola cada vez más. Es curioso, ese chico siempre tiene la capacidad de hacerla perder los estribos...

Mientras se pierde en su pelo y en su cuello y llena de besos los labios en los que se dibujan la sonrisa más bonita que cree haber visto jamás, se da cuenta de que ésto es mucho más grave de lo que creía. Un desliz deja de ser un desliz cuando se repite y es premeditado. Mentiría si dijera que no pensó durante todo el día de ayer en volver a hacer ésto con ella, y ahora es consciente de que entre ellos hay algo difícil de arreglar por muchas y diversas razones. Tiene sujetas sus caderas y la mantiene dulce y mezquinamente aprisionada entre él y la pared del ascensor, que no parece querer volver a arrancar. Puede notar las uñas de Ana en sus hombros, clavadas por encima de su camiseta, y su respiración de chica no tan inocente en su oído. No cree que tampoco ésta vez vayan a querer disculparse después...

Brian deja de besarla un segundo para darle espacio a quitarse la ropa, pero sin soltarla. La chica de ojos verdes se deshace de su camiseta con facilidad y la tira a un lado del ascensor, quedándose únicamente con su sujetador negro y esos shorts vaqueros cortos que traen de cabeza al chico de ojos oscuros. Cuando se ha deshecho de la mayor parte de su ropa, ella comienza a besarle el cuello, dejando en él también algunas marcas violáceas, como si de alguna manera estuviera vengándose de las suyas propias.

Si quedaba algo de cordura en él, ahora está en el suelo, junto a la ropa de Ana y su camiseta, y la restante intenta escapar arañando la puerta cerrada del ascensor. No entiende cómo es capaz de encenderlo hasta esos extremos; bien es cierto que ha hecho ésto muchas veces, pero nunca ha estado tan nervioso, y jamás ha vivido una escena como ésta en un ascensor. Hace tanto calor que siente que le sobra hasta la piel, y cuando tira de sus shorts vaqueros y los desliza hasta el final de sus larguísimas piernas sabe que no hay vuelta atrás. Ésto empieza a ser como un macabro secreto entre los dos. Adiós a Jinny, a Charlie, a Texas y a los remordimientos... Esto debería parar, pero ninguno de los dos encuentra el momento para hacerlo.
Cuando, aprisionada entre Brian y la pared, lo único que viste a la chica de ojos verdes es un sujetador negro y un tanga del mismo color, Annie le besa el cuello y se deshace de su camiseta, tirándola junto a la de ella. Comienza a besarle el pecho, acariciándole el pelo con delicadeza, como si entre toda esa lujuria dejase ver algo de ternura. Él cierra sus ojos oscurísimos y reclina la cabeza hacia atrás, resoplando casi en silencio. Ésto sí que es nuevo, resulta que en esa manera suya de acariciarlo y besarle durante unos segundos ha sentido más que en todas sus aventuras de cama en años, y eso le deja completamente descolocado y con ganas de más. A pesar de que no saben cuánto tiempo tienen, no parecen tener ninguna prisa, y fe de ello dan las caricias interminables que no paran de sucederse, cada vez más intensas. Otra vez siente esa sensación de responsabilidad, de que todo salga bien, de que no le pase nada y de que nada la haga daño. Confuso y desatado son las dos palabras que mejor definen al chico de pelo negro azabache en ese momento. Le desabrocha el sujetador, lo tira al suelo junto al resto de la ropa y mientras aprieta y acaricia sus pechos y le come la boca, se da cuenta de lo difícil que es pensar con claridad con un angelical diablillo de ojos verdes entre los brazos.

Cuando finalmente la ropa sobra del todo y Brian se clava en ella, lo hace con suma delicadeza, como si fuese su sagrada primera vez. La llena de caricias tranquilizadoras y de susurros que pese a que ponen los pelos de punta, son capaces de calmar la fiera que Ana lleva dentro y que lucha por salir y arañarle la espalda a Gates. Con las primeras embestidas que el chico de ojos oscuros le mete contra la pared, a Annie se le corta la respiración y en respuesta se abraza a él con más fuerza, cerrando los ojos, frunciendo el ceño y gimiendo por lo bajo en su oído, sintiendo como si llevase necesitando eso muchísimo tiempo, mordiéndole el cuello y agarrándose a sus hombros como un gato juguetón. El chico que ahora la lleva hasta los mismísimos infiernos ha estado cuidando de ella, igual que un lobo guardián, salvándole la vida y sacándola de aprietos y ahora…

Las caderas de Brian se mueven lentas y fuertes y vuelve clavarse en ella, haciéndole sentir un insoportable y adictivo espasmo de placer entre las piernas. "¿Qué demonios está pasando...?". No hace muchas horas ella estaba jurando no volver a tropezarse con la tentación que supone últimamente el chico de ojos oscuros, y ahora no solamente ha tropezado, sino que parece haber caído en lo más profundo de un abismo del que no quiere tener que salir. Brian acalla sus gemidos con besos y se pregunta dónde ha quedado su brusquedad y su rabia habituales en estas situaciones, esa manera que tiene de jugar sucio en la cama, de convertir a la chica en cuestión en el juguete de turno, pero no echa de menos esas cosas ahora que siente que se muere estando dentro de ella, invadido por un enjambre de sentimientos que no logra explicar. Él tiene agarradas sus piernas firmemente ahora que ella parece haberse relajado de una manera adorable, y pegado a sus labios, muy cerca, la mira como si fuera el juez de su tormento, el tormento más macabro y dulce posible.

Ana apoya su frente contra la de Brian y cierra los ojos, respirando agitada y entrecortadamente, dejando que leves gemidos apenas audibles se le escapen. Gates sigue embistiéndola, y aunque cualquiera catalogaría el momento de lujurioso y fortuitamente sucio sin más, podría decirse que incluso lo hace con dulzura. Sin abrir los ojos, la chica de ojos verdes sonríe, sonríe mostrando esa preciosa sonrisa capaz de amansar a cualquier fiera, incluso al demonio de ojos casi negros que se hace con ella, con su cuerpo y con su raciocinio, que la mantiene contra sí, hunde las manos en su pelo, la llena de besos como si fuera de nuevo esa chica perdida y desprotegida vagando por las calles de Los Ángeles. Acaban llegando juntos a un inevitable orgasmo en el que ella descarga sus gemidos cerca del oído del chico de ojos oscuros, que mantiene los ojos cerrados y respira violentamente, con el pecho empapado en sudor subiéndole y bajándole como loco. Y hace algo que jamás había hecho antes. La mantiene abrazada contra él como si la dejara descansar de la manera más tierna contra su pecho mientras le acaricia el pelo. "¿Qué acaba de pasar...? ¿Qué haces, Brian? ¿Desde cuándo el tirano que llevas dentro hace éste tipo de cosas? Lárgate ahora mismo…".

El chico de ojos oscuros la coge en brazos como si fuese una niña pequeña que se ha quedado dormida y se sienta en el suelo, sentándola a ella sobre sus rodillas. Ana está en silencio, con la cabeza apoyada en el pecho de Brian, quien le acaricia el pelo con suavidad mientras de igual forma, apoya la cabeza en la pared. Ambos se sienten bien. Más que bien, de hecho. Se sienten descansados, reconfortados, protegidos el uno con el otro y dejándose envolver por el silencio que ahora los rodea, un silencio apaciguador, sosegado y tranquilo. Las respiraciones de ambos siguen agitadas, sí, pero el no oír ningún ruido les hace suponer que el ascensor no arrancará aún, y eso les relaja aún más pues les da a entender que tienen más tiempo para estar juntos. Bastante más que incluso viviendo puerta con puerta...

Entre ellos vuelve a haber ese silencio, ese silencio que ahora es todo lo contrario a incómodo. Parecen no tener que decirse nada porque los gestos y las miradas son suficientes. Ahora que tiene a su fantasía de ojos verdes sentada sobre él y apoyada contra su pecho con la mirada perdida y la respiración acelerada, recuerda aquello que Matt le dijo una vez, que aquella chica tenía la capacidad de sacar su instinto protector perdido. No se equivocaba, desde luego. No querría estar en ningún lugar del mundo que no fuera ese ahora mismo, ni tampoco con otra compañía. No se arrepiente y tampoco va a dar explicaciones, porque ninguno de los dos la necesita, como si supieran que lo que acaba de pasar, era necesario que ocurriera tarde o temprano...

Pasados unos minutos, la chica de ojos verdes suspira y se separa de Brian para, aún sentada sobre sus rodillas, mirarle a los ojos con una sonrisa tierna y dulce. Habla en un susurro, sin querer romper la calma que los rodea ahora, colocándole un mechón de pelo tras la oreja -¿Estás bien...?-


Él asiente con una sonrisa de medio lado, acariciándole la cara casi con adoración y contestándole en el mismo tono -Menuda pregunta, Annie...- A decir verdad, se siente mejor que nunca. Siente que todo eso ha tenido sentido. Mucho sentido, aunque no esté del todo bien... -¿Y tú? ¿Estás bien...?-

Ana asiente, manteniéndole la mirada para después besarle en los labios despacio. Después suspira y echa un vistazo rápido al ascensor. La ropa de ambos está tirada por el suelo y cualquier vecino que los viese así, en esa estampa, saldría corriendo escandalizado. Le mira de nuevo con una sonrisa traviesa y una ceja ligeramente arqueada y habla en un susurro, aguantando la risa -Deberíamos...vestirnos...-

Cinco minutos después ambos terminan de adecentarse frente al espejo. Brian resopla con una sonrisa casi imperceptible mirándose el cuello, que está lleno de marcas. La mira enarcando una ceja y habla aguantando la risa como puede -Oh, vamos. No sabía que fueras tan competitiva con éstas cosas...- Chasquea la lengua y pega una patada bajo el panel de botones del ascensor, que como por arte de magia arranca y prosigue su camino hasta el sexto piso, dejando a los dos chicos sorprendidos de verdad.

Ana arquea una ceja y mira a Brian, perpleja. -Venga ya, lo sabías desde el principio…-

Gates la mira partiéndose de risa y sacude la cabeza, hablando como puede entre carcajadas, dándose esa apariencia traviesa de nuevo -No, ¡te lo juro! Siempre arranca sólo, yo... ¡En serio no sabía que fuera a funcionar así!-

Ana sacude la cabeza y ríe. En cuanto el ascensor llega al sexto piso, antes de que la puerta se abra, ella pulsa el botón de parar el ascensor y le mira, con una expresión de pena bastante fingida -¿Quieres quitarme de delante ya...?-

-Por supuesto que no.- Él frunce el ceño reprimiendo una de sus sonrisas -Pero prefiero que sigamos la conversación en mi casa. Y de paso te devuelvo ese café...-

Ana sonríe y suspira, dejando de pulsar el botón para dejar que las puertas se abran. Es Pinkly la que les recibe a saltos y ladridos locos cuando entran en casa. Ana se sube a la espalda de Brian entre risas, cosa que hace que la perrita se ponga aún más hiperactiva como si creyera que es un juego que va con ella, y trata de morderle de manera adorable las zapatillas a Ana. Entran en la cocina y Brian frena de golpe al ver a Matt sentado en la mesa terminándose un café y mirándolos con una media sonrisa misteriosa. El chico de ojos oscuros baja a Ana de su espalda reprimiendo una sonrisa y pregunta a modo de saludo en un murmullo
-¿Cuándo has llegado...?-

Matt suspira y baja la mirada hacia la revista que tiene al lado del café, hojeándola mientras lo revuelve. Es una revista de motos, de esas en las que aparecen mujeres con escasa ropa anunciándolas, esas que tanto le gustan al chico de ojos verdes... Habla en el mismo tono, con una media sonrisa misteriosa mientras Ana lo observa todo algo avergonzada -He llegado hace un rato.- Se aclara la garganta -He tenido que subir por las escaleras porque el ascensor no funcionaba. Pero bueno, no importa, nada mejor que un poco de ejercicio mañanero, ¿no?- Les mira, aguantando la risa.

Brian mira a Ana por un segundo fugaz y se aclara la garganta, caminando hacia la cafetera, haciéndose el loco con su habitual capacidad para ello aunque esta vez no quede demasiado creíble -Ah, ya. El ascensor cada vez se para más. Va a haber que avisar al presidente y hacer una junta o algo así... - Coge un par de tazas, bajo la mirada atenta de la chica de ojos verdes, y sirve café caliente en ellas, completamente serio, como si no hubiera pasado absolutamente y los comentarios de Matt no le afectasen para nada.

El chico de ojos verdes ríe por lo bajo con malicia y asiente, removiendo el café. Habla en un murmullo apenas audible –Sí, sí. Una junta… Mejor no metas al presidente de la comunidad en ésto-

Ana suspira, traga saliva y baja la mirada, avergonzada, sintiendo que en ese momento no pinta nada ahí. Mira tímidamente a Brian y habla en un murmullo, como excusándose -Debería... debería irme, Brian. Tengo cosas que hacer en casa y…-

Matt se levanta de la mesa con una sonrisa, deja la taza en el fregadero y habla, comprendiendo el compromiso en el que se está viendo la chica -Yo ya me voy. Tengo que ir al centro a recoger unas cosas, os veré luego...-Cuando pasa al lado de Ana, sin pararse, le revuelve el pelo con cariño antes de salir por la puerta -Te veo ésta noche en el bar, Annie...-

Ana sonríe nerviosamente y le sigue con la mirada hasta que desaparece por la puerta de casa, cerrando tras de sí. Después mira a Brian, suspira y se encoge de hombros, con una sonrisa tímida -Parece que sabe más de lo que aparenta…-

Gates ríe por lo bajo, metiendo las tazas en el microondas y apoyándose de espaldas en la encimera, mirando de fijo a Ana -Bueno, es que de verdad sabe más de lo que aparenta.- Se encoge de hombros -Tiene la extraña capacidad de enterarse de todo lo que le interesa sin ayuda de segundos. Pero no va a decirle nada a nadie, si es lo que te preocupa...-

Ella sacude la cabeza, suspira y habla bajando la mirada al suelo, metiéndose las manos en los bolsillos traseros de los shorts -No, no me preocupa, de todas formas.... Dudo mucho que Charlie se entere. No tiene ningún contacto aquí…- Chasquea la lengua y hace un gesto con la mano, un gesto desganado, queriendo quitar el tema de en medio -Nah, es igual. Olvídalo.-

Brian prefiere guardar silencio cuando la chica de ojos verdes nombra a Charlie. Lo cierto es que tiene una verdadera curiosidad por ver al chico que sigue teniendo en sus manos el corazón de Annie. Cómo es, cuántos años tiene, en qué trabaja, si la quiere... A pesar de todo, él esquiva la conversación con su habilidad para escapar de esos temas que no le resultan agradables, y acaban sentados en el sillón grande del salón. Ella escucha con atención la historia que cuenta Brian sobre cómo consiguió la guitarra que tiene ahora y que de vez en cuando toca, y él parece haber dejado ese nerviosismo que la chica de ojos verdes le provoca a un lado, bien lejos. De pronto, el timbre de la casa suena y corta la conversación de Brian, que se levanta extrañado. "No hace tanto que Matt se fue, ¿qué hace aquí otra vez...?" Le indica a Ana que espere un segundo antes de salir al recibidor. Cuando abre la puerta, se le caen todos los esquemas al suelo. Desde luego que no es Matt quien está en la puerta, sino la sobrina de Dean, Cynthia. La chica de ojos color miel y media melena negra lleva como siempre los labios pintados de ese rojo tan intenso como su descaro a la hora de sonreír. No, desde luego que no la quiere aquí ahora. Al verla sólo puede ver un error, el más grande de sus errores, y a Jinny largándose por la puerta con las maletas. Y no cree que haya superado nada de eso aún ahora que vuelve a estar delante de sus rasgos felinos y su sonrisa cargada de malas intenciones. Al ver una carpeta que ya conoce bien y que lleva bajo el brazo, en una milésima de segundo todo encaja. Dean debe haberla mandado para que ella le dé el inventario de la semana que viene. El chico de ojos oscuros mira hacia el salón nerviosamente y sin perder un segundo, la mira, fuerza una sonrisa nerviosa y habla, tratando de parecer sereno. No, desde luego no quiere que Ana conozca personalmente a la chica de pelo negro. No le apetece en absoluto. 

-Cynthia... ¿Cómo tú por aquí...?-

Capítulo 9.- Fantasmas del pasado, la nueva vecina y un desliz fortuito.

La noche se ha hecho infernal para la chica de ojos verdes. Entre la tormenta que se desató y no la dejaba dormir y las pesadillas que la asaltaron cada vez que lograba cerrar los ojos durante más de dos minutos seguidos, no ha descansado en toda la noche. Ha gritado, ha llorado e incluso ha sudado. Y todo sin poder evitarlo. Esas malditas pesadillas que lleva teniendo desde que su padre murió le hacen la vida cada vez más imposible y el cansancio se va acumulando poco a poco, haciendo que Ana llegue agotada al final del día. Cuando abre los ojos a la mañana siguiente, se levanta ágilmente de la cama y se asoma a la ventana. Está lloviendo y, pese a que es verano, tiene pinta de hacer bastante frío. Uno de esos días lluviosos y asquerosos de finales de verano. Suspira profundamente y se sienta en el alféizar interior de la ventana de su cuarto, observando atentamente las gotas de lluvia que caen y se estampan contra el cristal, resbalando hacia abajo y desapareciendo en la madera del marco de la ventana como si estuviesen librando una carrera para ver quién desaparece primero.

De pronto la imagen de Charlie se le viene a la cabeza. Recuerda cuando se sentaban juntos en el porche de su casa de Texas a ver llover. Él se sentaba en una de las mecedoras y ella se sentaba en su regazo mientras su chico la abrazaba por detrás y, con una sonrisa, le besaba el cuello y le susurraba al oído que algún día verían llover mientras brindaban con champán en su jacuzzi de uno de los áticos más altos de todo Los Ángeles. Cuando quiere darse cuenta, las lágrimas están bajando por sus mejillas y los sollozos empiezan a salir de su garganta. Le echa de menos, sí, pero no tanto como creía. Por alguna razón que desconoce, las lágrimas no tienen absolutamente nada que ver con él. De todas formas Charlie ya le dejó bastante claro la rabia que sentía cuando Ana decidió informarle de su decisión de irse a la gran ciudad. No, definitivamente no llora por él. Llora porque se siente sola, porque se siente desamparada y desprotegida refugiándose en un piso de mierda en uno de los barrios más conflictivos de Estados Unidos. Llora porque la única persona que le ha prestado ayuda y que se digna a escucharla vive en la otra punta de la ciudad y ella ni siquiera tiene dinero para pagarse un taxi que la lleve hasta su casa. Suspira profundamente y apoya la cabeza en la ventana, dejando que las lágrimas sigan cayéndole.

Tras musitar un ''mierda'' por lo bajo, siente una tremenda paz cuando los ojos oscuros de su nuevo y peculiar amigo le vienen a la mente. Un cosquilleo se le empieza a crear en el estómago y por un momento siente unas ganas irrefrenables de verle. No sabe por qué. Hace poquísimo que le conoce y apenas sabe cosas sobre su vida. Hace tiempo oyó a una joven de su pueblo decirle a su madre que se había enamorado de un actor y su madre le dijo que eso era imposible, pues no se conocían; y hasta entonces la chica de ojos verdes había pensado como su madre: ''No puedes enamorarte de alguien a quien no conoces''. Sacude la cabeza enérgicamente y abre los ojos, volviendo a centrar su mirada en las empapadas calles -No estoy enamorada…-Susurra. -¿O sí...?-

Son solamente las siete de la mañana y ella ya no puede dormir. Ni siquiera aunque lo intentara con todas las fuerzas de su cuerpo, no podría. Le asaltan los recuerdos de la noche anterior. Ese pedazo de paraíso en la colina que parecía tener incluso propiedades curativas en el alma, esos silencios eternos de Brian que no la ponen nerviosa y que la hacen sentir un poco más cerca de casa, esa canción en la radio, el aire caliente azotándole la cara en la ventanilla... Es domingo, y el bar estará cerrado tanto hoy como el lunes, y se encuentra sin nada que hacer. Quizás salir a desayunar, sin más, para luego volver a casa. Hoy llueve a mares, y no es un día que precisamente invite a pasear por la ciudad. La lluvia y el frío solo traen malos recuerdos a la chica de ojos verdes...

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La puerta de la habitación de Brian, que estaba arrimada y sin estar cerrada del todo, se abre lentamente y Pinkly se sube a la cama de su dueño. Éste duerme con sus pantalones negros de raso como pijama habitual, y su pecho desnudo y lleno de tinta ha quedado descubierto por las sábanas. La perrita blanca se acerca a él con sigilo y comienza a lamerle la cara mientras Gates trata de apartarla, gruñendo aún medio dormido. De pronto, un trueno hace temblar los cristales y la perrita pega un salto, jadeando y metiéndose aún más por la cama de su dueño en busca de protección. 
El chico de pelo negro, que ni siquiera se inmuta por la tormenta, abraza a Pinkly contra sí y ella se aprieta contra él, aún temblando. Le sorprende mucho que le desagradan las tormentas a su pequeño bichón maltés, a pesar de que ya ha tenido que vivir un buen puñado de ellas. Brian ríe y sacude la cabeza, cerrando los ojos de nuevo mientras sigue notando a su perrita temblando bajo las mantas, y habla entre risas, con una ronquera producto de las largas horas de sueño -Eres la perra más cobarde que he visto nunca, ¿sabes? Tendría que haberme comprado una iguana...-

Un par de horas después de que Brian vuelva a quedarse dormido, Matt abre la puerta e irrumpe bruscamente en su cuarto. Le mira desde la entrada, hablando serio e impasible ante el hecho de haber despertado a su amigo. Sigue dolido con él por el comentario de ayer sobre Joan, y Gates sabe que tardará en olvidarlo. Matt no es una persona rencorosa hasta que se tocan ciertos temas que para él son intocables -Tienes visita. Te está esperando en la puerta.- Sale y cierra a la vez que otro trueno hacer retumbar la casa.

Frunce el ceño realmente extrañado. No suele recibir visita. Al menos no a esas horas de la mañana. ¿Dean? ¿Cynthia? ¿Jinny...? Sacude la cabeza, desechando las ideas conforme le vienen a la cabeza, y se levanta de la cama. Se peina un momento frente al espejo de la puerta abierta del armario y bosteza sonoramente antes de salir por la puerta.En la entrada Brian se topa de bruces con una imagen impactante pero a la vez enternecedora. Ana está empapada, con los mechones de su pelo castaño cayéndole por la cara y tiritando de puro frío mientras mira al chico de ojos azules de una forma que casi podría decirse es de súplica, como si se tratase de un cachorro al que han abandonado en la calle. Habla torpemente a causa de sus temblores, con una sonrisa nerviosa -Por fin. No sabía si vivías aquí, he estado preguntando en miles de sitios dentro del bloque y este era el último...-

Brian camina hacia ella ahora maldiciéndose no llevar puesto nada más que los pantalones del pijama, hecho un manojo de nervios y vergüenza. Desde luego no se la esperaba a ella allí, en la puerta, ni mucho menos. Resopla largamente y chasquea la lengua -Por el amor de Dios, Ana. Estás empapada...- Le quita con cuidado la chaqueta que lleva puesta, que casi gotea en el suelo, y habla con el aire protector de un hermano mayor -Creo que deberías darte una ducha caliente mientras meto tu ropa en la secadora...-

Ella entra en casa aún encogida a causa del frío y le mira, haciendo un charco en el suelo a su alrededor del agua que desprende su ropa -¿Y qué me pongo..? Nah- Sacude la cabeza -No… no te preocupes. Es que... bueno, cuando bajé a desayunar Amber me dijo que vendían un piso en este bloque. Dijo que no era muy caro y que seguramente podría adaptarse a mi presupuesto. Solo vine por información, pero como no tengo teléfono en casa he... Tenido que venir andando. Pero no te preocupes, no es necesario que te molestes, estoy bien. No he venido para quedarme…-

Gates parpadea nervioso y perplejo, sin saber muy bien qué decir. Ella siempre consigue tirar por tierra todas sus intenciones con algunas palabras llenas de su habitual dulzura. Chasquea la lengua, rascándose la nuca en un gesto que le hace parecer un adolescente indeciso -Yo... Como quieras. No pretendía que te quedaras, lo que he querido decir es que...- Matt pone los ojos en blanco y alza la voz desde la cocina, serio. -Ella ya sabe lo que has querido decir. No seas pesado y háblale del alquiler de una vez...- Brian baja la mirada y traga saliva. Cuando alza sus ojos contra los de ella, parece un poco más centrado. -Bueno, sé que el alquiler de éstos pisos no es muy barato. Creo que anda por los... Novecientos dólares al mes. Es una calle grande y bastante céntrica, y los pisos son muy bonitos. Tienen balcones, tres habitaciones, dos baños, salón y cocina, aire acondicionado, calefacción, agua caliente todo el día y demás cosas... Con tu nuevo sueldo podrías permitírtelo, seguro, y sé que hay un par de pisos puestos en alquiler.- Se encoge de hombros -No sé, piénsatelo.- Ahora que no lleva camiseta pueden verse mucho más tatuajes que Annie no había alcanzado a ver aún. En el pecho, en la espalda, parecen ser incontables...

Ana chasquea la lengua y se apoya en el marco de la puerta, mirándole con atención, una atención que no puede mantener durante mucho tiempo, pues poco rato después se sorprende a sí misma explorando cada milímetro de su cuerpo que Brian tiene lleno de tinta. Hay gran variedad de dibujos. Desde monstruos hasta llamas, cosas sin sentido, rosas e incluso su propio apellido tatuado en la espalda. La chica de ojos verdes sacude la cabeza y vuelve a alzar la mirada hasta sus ojos, algo nerviosa -¿Y hay que pagar un adelanto o directamente puedo pagar el primer mes de alquiler...? Quiero decir, ¿crees que... podrías hablar con el dueño y explicarle mi situación a ver si puede hacer la vista gorda...?- Suspira, desanimada -Es que Brian, ni siquiera tengo dinero para un taxi. He tenido que venir andando y mírame...-

Él suspira profundamente y acaba por asentir -Veré que puedo hacer, Ana...- Se acerca a un armario, coge una toalla y se la tira. Ella la coge al vuelo y él le regala una de esas medias sonrisas que llevan su marca, mientras desaparece pasillo adelante. La chica suelta un bote cuando escucha la voz de Matt, que la ha pillado de lleno siguiendo con la mirada a Brian y que está apoyado en el marco de la cocina, cruzado de brazos y con una de sus sonrisas cordiales -Creo que, de instalarte por aquí, no vas a arrepentirte. Es un sitio muy tranquilo. Es más, lo único malo son las juntas de vecinos.- Habla en un susurro cómico, sin perder la sonrisa -El presidente, que vive en el quinto, tiene delirios de grandeza y es un amante de las derramas y el mantenimiento impecable de las zonas comunes.- Ríe, recuperando su tono normal -Pero es buena gente, ya lo verás.- Algunas habitaciones más allá puede escucharse a Brian hablar por teléfono, pero no se distingue bien lo que dice.

Ana sonríe, envolviéndose en la toalla y secando su ropa como puede -Sí, la verdad es que tengo bastantes ganas de venirme a vivir aquí...- Se muerde la lengua y sacude la cabeza, dándose cuenta de que lo que acaba de decir da mucho pie a Matt de imaginarse cosas que no son... o que tal vez sí son pero no quiere reconocerlo. Sonríe de medio lado y habla nerviosamente -Quiero decir, que tengo muchas ganas de vivir en cualquier sitio que no sea ese agujero en el que estoy metida...-

Shadows enarca una ceja y asiente -Oh, sí. La verdad es que cualquier sitio es mejor que el barrio donde vives. Southcentral da miedo, la gente prefiere no cruzarlo siquiera con el coche.- Se encoge de hombros, entrando de nuevo a la cocina y hablando desde dentro -No les culpo, me parece lo más normal. ¿Quieres comer algo...?-

-No, gracias, Matt.- Ana sacude la cabeza, apoyándose en la pared y desviando la mirada hacia el pasillo. Brian sigue encerrado en su habitación hablando por teléfono, y parece que la conversación va para largo. La chica de ojos claros suspira profundamente, curioseando cada rincón con la mirada hasta que de repente siente un cosquilleo en su pierna. Cuando baja la mirada puede ver a Pinkly saltando a su lado, reclamando su atención. Ana sonríe amplia y tiernamente y se agacha, acariciando a la perrita y haciéndole mimos de forma que esta empieza a frotarse contra ella, moviendo la cola. Cuando está completamente ausente, en el momento en el que más absorta está acariciando a Pinkly, su dueño sale pasillo adelante y mira la escena con una sonrisa, aún con el móvil en la mano -El casero, el encargado de los alquileres, dice que no hay problema. Le he dicho que eres de fiar y le he explicado todo, así que... Dejará que pagues a final de mes, sin problemas. Vendrá en quince minutos a traer las llaves de tu nueva casa.-

Ana le mira, petrificada -¿Qué...? O sea que... ¿ya tengo la casa? -Se levanta sin apartarle la mirada ni un segundo y cuando ya está de pie suelta una carcajada sarcástica- ¿En serio? ¿Tan fácil ha sido? Dios, no puedo creérmelo- Ríe -Un día de estos terminaré debiéndote la vida...-

Gates se encoge de hombros con una sonrisa inocente -No ha sido nada. Conocemos al tío que se encarga del alquiler, y jamás le hemos fallado en ningún pago. Confía en nosotros, sabe que no haremos ninguna idiotez...- Chasquea la lengua y ríe por lo bajo -Al menos no alguna idiotez importante... Sólo te pedirá que hagas un poco de papeleo, dejes un par de firmas y… Listo.-

-No puedo creerlo, de verdad.- Ríe y sacude la cabeza. Se quita la toalla y se la tiende, mirándole a los ojos y suspirando -Me… Me voy a casa. Voy a... Recoger lo poco que tengo por allí.-

Brian asiente, colgándose la toalla al hombro -Sí, claro. Yo... Estaré aquí. Llama al timbre y te daré las llaves.- Pinkly ladra cerca de la cristalera del salón, haciendo que su dueño se gira a mirar y que Ana tenga otra ocasión de mirar su espalda con curiosidad. "¿Eso eran arañazos? Venga ya…". Brian se vuelve y chasquea la lengua -¿Tienes dinero para un taxi? ¿Pretendes recorrerte otra vez la ciudad y encima con una maleta...?-

Ana aparta rápidamente la vista de su espalda, sacude la cabeza y le devuelve la mirada, saliendo de su ensimismamiento -¿Qué? Oh, ¿dinero? Nah, no te preocupes, ha dejado de llover así que aprovecharé...- Abre la puerta -Si ves que en un par de horas no he vuelto... sal a buscarme- Ríe, saliendo y cerrando tras de sí. Él se mantiene mirando a la puerta durante unos segundos, como si hubiera tenido delante una aparición durante todo ese tiempo. Esa chica se lleva su calma, su cordura y su lucidez, y siente que solo dice una sarta de idioteces cuando ella está cerca. Baja la mirada al suelo y frunce el ceño, como si tratada de clarificar todo lo que hay dentro de su cabeza en forma de maraña de sentimientos. Ojalá todo fuera más fácil, o todo estuviera más claro.

La voz de Matt, ahora apoyado en el marco de la puerta de la cocina y mirándole con una de sus sonrisas socarronas, le saca de su peculiar abstracción momentánea. –Tendrías que haber visto cómo te miraba. No te ha quitado los ojos de encima ni un solo segundo. Creo que le gustas. Le gustas mucho. ¿Qué piensas tú…?- Ríe por lo bajo con malicia.

Gates se aclara la garganta y habla serio, entrando en la cocina dispuesto a desayunar -Curiosidad. Curiosidad y falta de confianza. Las dos cosas lo explican.- Sirve café en una taza, vierte leche en ella y luego mete la mezcla en el microondas, impasible -Yo también estaría nervioso en su situación, y ella es bastante tímida...-

Matt arquea una ceja, mirándole mientras se sienta en una de las sillas de la cocina. Cruza los brazos sobre la mesa y le mantiene la mirada, aplastantemente -Hablas como si la conocieras-

Brian se gira hacia él, clava sus ojos oscuros en los de su compañero de piso y se da cuenta de lo que quiere. Una de esas conversaciones en las que acaba sacándole toda la verdad. Pero no, ésta vez no. Ni siquiera sabe lo que siente, así que no hay ninguna verdad que contar aún. Enarca una ceja y habla en el mismo tono, cruzándose de brazos -Me baso en lo poco que la conozco para intentar averiguar qué es lo que pasa por su cabeza. ¿Qué pasa, Matt? ¿Me haces interrogatorios porque sigues cabreado...?-

Shadows resopla, pone los ojos en blanco, agarra un periódico y se pone a hojearlo, fingiendo poner interés en lo que hace, pero en absoluto es así. En el fondo está resentido. Bastante resentido con su amigo. Y no sólo por lo de Joan, sino porque sabe que muchas más cosas están pasando por la cabeza de Brian. Muchas más de las que él dice. Y le molesta esa falta de confianza después de todos los años que llevan siendo amigos. Le molesta bastante, de hecho.

Brian chasquea la lengua y resopla sonoramente, entendiendo de golpe su reacción -¿De verdad quieres que te diga todo lo que pienso? Porque no creo que eso te hiciera ningún bien, Matt. Podría hablarte de Ana y de Joan a partes iguales y sin tapujos, y me quedaría más que tranquilo, pero no debo. No debo hablar de Ana porque no sé qué me pasa cuando esa chica anda cerca, no sé exactamente a qué viene esa facilidad que tiene parece hacerme perder la compostura. Y tampoco debo hablar de Joan, porque sabes lo que en el fondo pienso de ella, y lo que pienso de ti con respecto a aquella relación.- Enarca una ceja -¿Aún quieres escucharme hablar o has cambiado de opinión?-

Matt deja el periódico sobre la mesa con brusquedad, mete un puño en la misma y se levanta, señalando a Gates con el dedo y alzando el tono de voz, amenazadoramente -Como vuelvas a tocar el tema de Joan te juro por Dios que me largo de esta puta casa y te quedas solo, Brian. A decir verdad no sé qué coño hago aquí...-

Él le mantiene la mirada sin inmutarse, aunque en realidad odie verlo crispado de esa manera -Matt, te equivocas cuando crees que hablo de ella para hacerte daño. No se trata de eso. Lo único que me jode es que mi mejor amigo no quiera volver a ser feliz nunca más. Es injusto contigo mismo, hermano, tú viniste aquí en busca de algo mejor, así que culparte por ello tiene poco sentido.- Alza las palmas de las manos, conciliador -Pero si es lo que quieres, que sea así. No volveré a pronunciar su nombre si tú me lo pides...-

Abre las palmas de las manos en señal de indignación y arquea las cejas, sarcástico. -¿Buscando algo mejor? ¡¿Y Ana sí lo es..?! ¡Vamos, contesta..! ¡¿Ana sí es algo mejor?!

Brian frunce el ceño, sorprendido por la pregunta. Su compañero está cabreado, y no tiene ni idea de lo que dice. -Ana no es mejor ni peor. Yo no soy el que está saliendo de un bache emocional, Matt. Yo no estoy buscando ser feliz, porque ya lo soy. Ana es mi amiga, tiene novio, su vida aquí empieza a ir bien aquí y eso me alegra, sin más.- Resopla -Yo no estoy buscando ser feliz, no estoy buscando una chica que me quiera. No por ahora.- Descruza los brazos y los abre ligeramente, enarcando una ceja -Mírame, Matt, me estoy pasando la vida entera llevándome a chicas a la cama, chicas de las que luego no recuerdo siquiera el nombre, y a la mañana siguiente me levanto acompañado de una chica que no conozco, y finjo que eso me hace feliz y me llena muchísimo, y que no necesito nada más, y a veces incluso siento que de verdad es así. ¿Crees que soy el cabrón con más derecho para dar consejos de amor?- Chasquea la lengua -Qué va, pero intento ayudarte con tu problema. Eres tú al que veo jodido a diario por culpa de algo que pasó hace mucho tiempo. Olvídate de esa niña de una jodida vez.- Resopla -Y Ana no tiene nada que ver en ésta conversación, así que no deberías mezclarla...-

Matt cierra los ojos como si tratara de calmar a la bestia que lleva dentro. Resopla, frotándose la cara con las manos en un gesto desesperado. Planta las palmas de sus manos sobre la mesa y se levanta, estirándose la camiseta, con los ojos húmedos y la voz temblorosa, decidido a ir a su habitación y encerrarse allí para que su amigo no le vea flaquear. Habla en un susurro, saliendo por la puerta -Pues entonces tal vez tú también deberías dejar de utilizar a las tías solo para follártelas y encontrar a una que te quiera de verdad porque yo creo que pese a todas las novias que has tenido, jamás te has sentido querido y por eso no sabes lo que siento. Si hubieras compartido la mitad de tu vida con una mujer a la que adorabas por encima de todos los polvos del mundo, me entenderías. Te darías cuenta de que una ruptura no es algo que hay que celebrar, no significa que se abra la veda para poder empezar a follarte a todas las chicas que se crucen en tu camino con el pretexto de “estoy soltero de nuevo”. Significa algo muy triste, Brian, algo que tú no sabes entender porque te has pasado la mitad de tu vida jugando entre las piernas de mujeres de las que ya ni te acuerdas. El día en que sepas qué es cuidar de alguien a quien quieres igual que cuidas de tu propia vida, a lo mejor lo entiendes… -Cierra tras de sí de un portazo, dejando la cocina en un total silencio.

Ni una sola de las palabras que ha dicho es mentira, así que no tiene nada que recriminarle. Jamás se ha sentido querido de verdad, ni tampoco enamorado hasta las trancas. Matt lo estuvo, estuvo enamorado tres largos años. Perdonó infidelidades, mentiras, traiciones, y quiso a su chica con su vida y sobre todas las cosas, a pesar de todo el daño que ella ya le había hecho. Supone que el amor te hace hacer ese tipo de cosas, perdonar imposibles, amar sin cansarse, ser fiel como el que más... Pero entonces Joan no quiso a Matt tanto como él la quiso, eso es lo que piensa. El tío Robert, el favorito de Brian y también un alcohólico consumado, en sus noches de borrachera le explicaba a su sobrino del alma que el amor de una mujer hace a un hombre idiota y débil, pero que también le convierte en el débil idiota más feliz del mundo. Él se siente así cerca de Ana, idiota y débil. ¿Ella...? No sabe cómo se siente ella, pero probablemente eche de menos a su novio, y él quizás, el día menos esperado, venga a recuperarla, o a quedarse con ella. Y esa idea no debería molestarle, pero le molesta, y de qué manera...



Pasada algo así como una hora, el timbre de casa de Brian suena, sacando de su ensimismamiento al chico de ojos oscuros que se había quedado sentado en la mesa de la cocina con los brazos cruzados y la mirada perdida en el suelo, pensando, dejando que el tiempo se le pase con cada idea que se le viene a la cabeza. Matt podría tener razón, de hecho casi puede afirmar que todo el vacío que siente es porque nunca se ha sentido realmente querido, pero tal vez las cosas no estén saliendo de la mejor manera para remediar eso ahora... Ana está esperando fuera, con una maleta y una caja en la mano. Rodea el portal con la mirada y suspira, sonriendo. Por fin una casa decente…

Gates abre la puerta, que atrae la atención de Ana, antes fija en la puerta de en frente. El casero vino a traer las llaves hace unos escasos cinco minutos, y ahora es él el que las tiene en la mano. Suspira con una media sonrisa apagada y le tiende las llaves -Que disfrutes de tu nueva casa, Annie. Si necesitas ayuda con cualquier cosa yo...- Se encoge de hombros, con ese aire de inocencia que viste a veces y que tan poco encaja con su apariencia -Ya sabes dónde encontrarme.

Ana asiente con una sonrisa amplia y la más pura ilusión reflejada en sus ojos -Muchísimas gracias, Brian.- Deja las cajas en el suelo y sin pensárselo un segundo le abraza. Le abraza fuerte, rodeando su tronco con los brazos. La escena es tierna, pero deja a Brian sin aliento. Está petrificado, y ni siquiera es capaz de devolverle el abrazo. Muy pocas veces Brian ha recibido un abrazo de esos. Está cargado de gratitud, y no sabe cómo devolvérselo. Ni siquiera cuando estuvo con Jinny, su relación más larga de medio año, aprendió a dar abrazos por puro sentimiento, o a dar ese tipo de besos apasionados que son capaces de decir "te quiero" sin una sola palabra. Jinny siempre se acostumbró a su frialdad, a su manera de ver una relación como a dos simples buenos amigos que comparten cama y ven pelis juntos. Sabe besar, sabe dar ese tipo de caricias que provocan escalofríos y sabe robarle el aliento y la voluntad a una chica de maneras poco cristianas, pero desde luego no sabe querer. Sonríe al verse rodeado por Ana, se encuentra nervioso como un niño y le devuelve el abrazo más bien en un gesto de enhorabuena -No tienes que darme las gracias, Ana. Estamos para ésto.- Suspira, sonriendo -Bienvenida a la vida normal...-

Cuando deshacen el abrazo, la chica de ojos verdes le mira con una sonrisa tierna y hace un leve gesto de asentimiento con la cabeza. Agarra las cajas de nuevo y suspira -Bueno, voy a... Voy a instalarme- Ríe nerviosamente, agarrando las llaves de la mano de Brian.

Él sonríe de medio lado con nerviosismo y asiente, llevándose una mano a la nuca como hace siempre que está nervioso. -Si necesitas ayuda con algo, estaré por aquí hasta las cuatro de la tarde...- Le dedica una última sonrisa antes de desaparecer por la puerta, cerrando tras de sí. Cuando lo hace, mantiene la espalda pegada a la puerta, cierra los ojos y suspira profundamente, tratando de relajarse. "Deja de comportarte como un idiota, Brian..."

Ana agarra su maleta y entra en su nueva casa. Es sin duda mucho más espaciosa, iluminada, limpia y desde luego, muchísimo más decente. Tiene dos habitaciones, una cocina conjunta con el salón, un aseo y un cuarto de baño. Los muebles, ya incluidos en el precio, son en su mayoría de madera oscura, resaltando y conjuntando con el suelo de madera de un color claro. Rápidamente la chica de ojos verdes se instala en una habitación, la más pequeña, con una ventana pegada a la cama; una cama matrimonial con la colcha blanca y el somier de madera, colocada frente a un tocador del mismo color y una pequeña cómoda sobre la cual hay un jarrón con flores de plástico. Mientras deshace la maleta, los pensamientos de Annie están centrados en algo muy diferente a colocar su armario. Ve sus ojos. Ve sus oscurísimos acechándola, ve su sonrisa traviesa, esa sonrisa que se le escapa siempre que está ante ella, y cuando se da cuenta, han pasado casi dos horas, acaba de colocar la última camiseta en el armario y está sonriendo como una idiota.

Ha abierto la enorme ventana de par en par ahora que ha salido el sol. El olor a humedad mezclado con el calor es bastante agradable, y aunque no es igual que ese olor a hierba y tierra mojada de Detroit, tiene cierto encanto. La ventana de su habitación da hacia un patio de luz que parece ser común para todos los vecinos, y por él, se cuelan un par de voces que se le antojan conocidas. En la casa de al lado, Brian se ha plantado en la puerta de la habitación de Matt, que tiene también su ventanal abierto de par en par. Su compañero de piso parece mucho menos ofuscado por la conversación, quizás porque sabe que aunque Brian no es el más indicado para dar sermones, tiene gran parte de razón en lo que dice. Su amigo de ojos oscuros, apoyado en el marco de la puerta de la habitación, habla cruzado de brazos, nervioso -¿Qué te parece que Ana se haya mudado en frente...? Ya sabes, lo de que vaya a ser nuestra vecina y...-

Matt se encoge de hombros, tumbado en la cama mientras lanza un balón de baloncesto al aire para después cogerlo con las manos y volverlo a lanzar, ensimismado en lo que hace, hablando con pasividad sin mirar a su amigo -¿Que qué me parece? Pues no sé, pero tengo la sensación de que ahora vas a estar mucho menos centrado que antes y seguro que querrás cambiarme de habitación porque mi ventana es la que está más cerca de la de ella…-

Baja la mirada al suelo con una sonrisa nerviosa y sacude la cabeza -Qué va, no digas idioteces. Mi habitación es más grande que la tuya.- Suspira, clavando su mirada de nuevo en él. -No sé, aún no puedo creerme que vaya a tenerla tan cerca y...- Ríe cargado de un nerviosismo que casi resulta adorable, y trata de ponerse serio cuanto antes -Tío, me pone muy nervioso. No en el mal sentido. No sé explicarlo mejor...-

Matt pone los ojos en blanco y suspira profundamente. Agarra el balón con las dos manos, parándolo en seco para después clavar su mirada en el chico de ojos oscuros, hablando serio y determinante -Yo sí sé explicarlo mejor. Te gusta. Esa tía te gusta y estás descolocado por eso. Es así de fácil. Cosas que pasan.- Suspira de nuevo y vuelve a lanzar el balón al aire. Sigue resentido, aunque no puede enfadarse durante demasiado tiempo con el cabeza loca de su amigo. Mientras tanto, en su balcón, la chica de ojos verdes no puede dar crédito a lo que oye. Sonríe ampliamente y se muerde la punta de la nariz, poniéndose cómoda apoyada en el marco de la ventana, con intención de escucharlo todo.

Dirige un momento la mirada a la ventana y chasquea la lengua, resoplando después -Puede que tenga que darte la razón. Pero escucha, tengo que olvidarme de ésto cuanto antes, y no sé cómo sacármela de la cabeza.-Suspira sonoramente -No tendría que pasarme ésto, pero me pone enfermo pensar que hay alguien esperándola en Texas, que tiene algo serio con un chico de allí y... Él algún día va a venir aquí, con ella. O quién sabe, quizás sea ella la que vuelve allí. Y en serio, no te imaginas lo nervioso que me pone eso.- Se descruza de brazos y los abre, indignado -¿No es estúpido que eso me moleste? Se supone que debería darme igual. A mí nunca me han importado éstas cosas, Matt. Me jode que ella me guste de forma diferente a las demás por primera vez en mi vida, y que precisamente ésta sea la vez más imposible de todas...-

Ana baja la mirada con una sonrisa tierna dibujada en los labios y se coloca una mano en la nuca, ruborizándose ligeramente por lo que oye. Suspira y se aparta del marco de la ventana, cerrándola después. Se apoya contra la pared y su sonrisa se amplía mientras entierra la cara entre sus manos. Ya ha escuchado bastante, no necesita escuchar más. Las mariposas que siente en su estómago la están matando. Se mueven tan deprisa que incluso le duele. Por un momento se olvida de todo, de absolutamente todo, y lo único en lo que puede pensar es en lo que acaba de oír y en Brian....para variar.







El domingo transcurre como todos los domingos alrededor del mundo, aburrido y carente de toda emoción y novedad. A las cuatro de la tarde, Brian sale de casa a pasear a Pinkly, vuelve a subirla de nuevo al piso y después coge las llaves del coche para ir hasta el Red Dingo. Le toca hacer inventario con Dean, y aunque normalmente suele pasárselo bien con su jefe mientras hace cuentas, escucha música y se bebe una copa helada, ese día no le apetece en absoluto salir de casa. Para cuando llega de nuevo al piso a las diez de la noche después de una larga tarde en el local haciendo papeleo y cuentas, se encuentra con la puerta de Ana entreabierta, y a lo que parece sonar como ella misma moviendo cosas dentro, así que decide molestar lo menos posible. En cuanto abre la puerta de su casa, Pinkly salta a sus piernas, se cuela entre ellas y, cruzando el rellano, se mete sin pensarlo en el piso de la chica. Brian resopla y la llama desde fuera, alzando la voz, nervioso -Pinkly, ven. ¡Pinkly...!- “Condenada perra hiperactiva.”. Chasquea la lengua y pega unos toques en la puerta, fastidiado por tener que importunar a su nueva vecina de ojos verdes y felinos por culpa de su inquietísima perra.

Ana está en el salón, arrodillada en el suelo y colocando algunos libros en la estantería que está bajo el televisor. Al ver la puerta abrirse lentamente, desvía su atención hacia ella y cuando ve a Brian sonríe, levantándose y estirándose la camiseta -Vaya, ¿qué te trae por...- De pronto siente que alguien salta en su pierna. Cuando baja la mirada y ve a Pinkly, ríe y se agacha, cogiéndola en brazos -Oh, ya sé lo que se te ha perdido...- La perrita, eléctrica, mueve la cola y se escurre entre sus manos, tratando de lamerle la cara. Ana se resiste entre risas, caminando hacia Gates.

Brian ríe por lo bajo visiblemente incómodo con la situación, encogiéndose de hombros y cogiendo al animalito en sus brazos, que parece tranquilizarse en cuanto su dueño la agarra contra sí con una sola mano -Lo siento, tiene la incomodísima manía de curiosear todo, y de entrar en propiedades privadas...- Chasquea la lengua sin perder la sonrisa y le acaricia la cabeza a Pinkly, mirándola por un momento. Alza de nuevo sus oscurísimos ojos contra los de Annie, y parece coger prisas de repente -Te dejo, que estarás deseando terminar con la mudanza. Hasta mañana, ¡supongo...!- Camina hacia la puerta, jurándose a sí mismo que no volverá a ponerse nervioso nunca más. No con ella...

Justo cuando Brian está a punto de salir por la puerta, la chica de ojos verdes sonríe mordiéndose la punta de la lengua, suspira y alza la voz, llamando su atención -Brian,... espera, ya he terminado de recoger todo por hoy. Quieres... ¿un café o algo?-

Clava sus ojos oscuros en ella sin saber muy bien qué contestarle. A esa hora en la que solo quiere volver a su cama y tirar su cansadísimo cuerpo para dejarlo descansar le hubiera dicho que no a cualquiera, pero el hipnotismo de sus ojos verdes tiene más fuerza que el cansancio. Sonríe de medio lado, observándola con curiosidad. Parece tan nerviosa como él mismo, y eso calma sus propios nervios -Dime que tienes descafeinado. Llevo todo el día con los nervios a flor de piel y...-

Con su habitual cordialidad, Annie ríe y asiente, caminando hacia la cocina mientras habla con una sonrisa idiota que es incapaz de borrar. Se acerca a la cafetera y se dispone a preparar el café -Por supuesto que tengo. Ponte cómodo, que eres mi primera visita…-

El chico de pelo negro azabache suspira profundamente, caminando hasta el salón, sentándose en el sillón y dejando a Pinkly a sus pies. Joder, qué nervioso está... Se asegura de que Pinkly no se mueve, echada bien cerca de sus zapatillas negras de suelas desgastadas. Curiosea el salón con la mirada, con los dedos de sus manos nerviosamente entrelazados.

Pocos minutos después Annie aparece en la estancia. En las manos lleva una bandeja sobre la cual descansan dos tazas de café de color blanco con pinta de ser de cerámica y de cuyo interior emana un vapor con un olor delicioso. La chica de ojos verdes se sienta al lado de Gates y le ofrece uno, cogiendo ella otro y dejando la bandeja en la mesa mientras le mira con una sonrisa. Por un momento se hace el silencio, un silencio de lo más cómodo. Como si todo lo que necesitaban fuese estar... juntos. Aunque no dijesen nada.

Brian habla después de pegarle un sorbo al café, reprimiendo otra de sus sonrisas indescifrables -Vas a tener que decirme la marca de éste café. El que Matt compra siempre sabe a... Tierra mojada. Él le achaca la culpa a la cafetera, porque tiene más años que el mismo piso, pero yo creo que tiene que ver con la calidad del café que compra...- Ríe, mirando de nuevo el salón -Por cierto, tu salón parece mucho más espacioso que el mío. Bastante más.-

Ana, con una sonrisa, suspira y rodea la estancia con la mirada. Se sienta como los indios en el sofá y se apoya contra el respaldo del sofá, sosteniendo la taza entre sus manos para después volver a clavar su mirada en el antes de hablar -Es... es precioso. Es justo lo que necesitaba. Ni muy grande ni muy pequeño, ideal para mí.- Suspira de nuevo -Gracias, de verdad. Además, ahora que sois mis vecinos os tengo mucho más cerca y eso me da mucha tranquilidad. Me siento bastante más segura.

Ya sabes,- Gates se encoge de hombros con una sonrisa -estamos ahí para lo que necesites. Y sí, el tamaño es ideal y la ubicación bastante buena...- Pinkly levanta un momento la cabecita del suelo, y la fija con atención en su dueño por unos segundos para después volver a recostarse por completo con los ojos color chocolate cerrados.

El silencio se hace de nuevo y la chica de ojos verdes aparta la mirada de la perrita para centrarla en su dueño, que la acaricia con una sonrisa -Os... Oí hablando a Matt y a ti. Estaba asomada a la ventana y… no pude evitarlo.

Poco le falta a Brian para atragantarse con el trago de café. No da crédito a lo que oye, y le parecería una bendición eso de que la tierra se lo tragase sin dejar rastro. Se termina el café, deja la taza de nuevo en la bandeja y en su voz ahora se refleja un nerviosismo disimulado, pero un nerviosismo agudo -Yo...- Chasquea la lengua -Siento que hayas tenido que escuchar esas idioteces.- Resopla, estirándose la camiseta -No quiero que pienses que yo... Que yo he hecho todas esas cosas para ayudarte con una segunda intención porque eso jamás... Yo no soy así...- “Sí, Brian. Sí eres así. Normalmente eres un tirano interesado…” Baja la mirada al suelo por un segundo antes de levantarse, mandando callar a su conciencia -Creo que debería irme, Ana. Muchísimas gracias por el café, pero ya es tarde y querrás descansar, supongo.-

Ana se levanta rápidamente cuando ve que el chico de ojos oscuros tiene intenciones de irse y, para frenarle, le agarra del brazo haciendo que él se pare en seco, se gire y la mire. Annie le observa con una sonrisa tierna y habla en un susurro. Parece tranquila, pero los nervios están comiéndosela por dentro -No. No. Sh , sé que no lo has hecho con ninguna mala intención y no me ha molestado en absoluto…-

A pesar de que le encantaría poder huirle la mirada, mantiene sus oscurísimos ojos fijos en ella. Tarda algunos segundos en reaccionar, y parte de ellos los pierde mirando sus labios, pero cuando habla, lo hace firme –Simplemente no era algo que tuvieras que escuchar, pero no te preocupes. Está todo bien, no... No vamos a sacarlo de contexto más de lo necesario...-

La chica de ojos verdes sacude la cabeza ligeramente sin borrar la sonrisa, hace que Brian vuelva a sentarse y recorta la distancia con él, manteniéndole la mirada en los ojos. Cuando ambos estén a pocos milímetros, los nervios casi pueden palparse. Sienten que las piernas les fallan y que van a caerse en cualquier momento, pero no será así. Ana baja su mirada hacia los labios de Brian y después la alza hacia sus oscurísimos ojos, mordiéndose el labio inferior. "Haz algo y hazlo ya..."

Él lucha contra sí mismo, contra sus instintos más primarios y más incontrolables. Besarla hasta desgastarle esos labios, morderle la boca como si fuera un juego, capturarla en uno de esos besos interminables, todo sería poco en ese momento, y ha tenido ganas de hacerlo desde que la vio por primera vez perdida en la parte de atrás del Red Dingo con esa carita triste y jodidamente inocente. ¿Qué pensaría su novio de ésto...?. La agarra contra sí casi sin llevar el control y la besa. La besa con fiereza durante largos segundos, cortándole la respiración y hundiendo los dedos en su pelo, mordiéndole los labios, provocándole escalofríos y ganas de sonreír como una idiota. Se miran un segundo a pocos milímetros, con las respiraciones aceleradas y los labios húmedos aún rozándose, y de pronto todo se ha parado alrededor.

Annie, que ahora tiene sus verdísimos ojos clavados en los de Brian, sonríe y se muerde el labio inferior, bajando la mirada hacia los labios de él. El silencio se ha hecho por completo en la casa, y solamente pueden oírse las respiraciones de ambos, bastante agitadas, de hecho. Lentamente y sin apartarle la mirada ni una sola milésima de segundo, el chico de ojos oscuros le rodea la cintura con los brazos lentamente y la atrae hacia él hasta que al final ambos se ven envueltos en un tierno, largo y a la vez lujurioso beso. Por un segundo y desde que Gates cruzó la puerta de su casa, para Ana Charlie dejó de existir automáticamente, como si ni siquiera su recuerdo permaneciese en su memoria. Es extraño. Es curiosa la capacidad de su peculiar vecino y nuevo amigo de hacerla olvidarlo todo excepto esas mariposas que se meten en su estómago a millones cada vez que lo ve. Igual necesite insecticida para todos esos bichos alados, o quizás solo necesite desahogarse.

A pesar de que los dos saben que lo que están haciendo no está bien, no dejan de hacerlo. Los besos se suceden uno tras otro, encadenados casi como los brazos de Brian en la cintura de Ana. Ni siquiera saben por qué, pero saben que lo necesitan como si estuvieran dando rienda suelta a sus demonios. Para sorpresa de Brian, su tímida vecina besa aún mejor de lo que imaginaba, y le transporta al séptimo cielo cada vez que le muerde la boca. "Probablemente tengamos que pedirnos disculpas por ésto después... O quizás no haga falta disculparse siquiera..."

Los besos y las caricias se van sucediendo y con ellos, las respiraciones de ambos se van desbocando y los nervios y la vergüenza van desapareciendo poco a poco. Ahora mismo están sentados en el sofá, dando rienda suelta a todo lo que pensaban en silencio. Brian está sentado con la camiseta tirada a su lado, vestido únicamente con sus habituales pantalones rotos y desgastados. Annie está sentada encima de él a horcajadas. Tiene las piernas rodeándole la cintura y los brazos rodeándole el cuello mientras le besa. Le besa con ganas, con fuerza, con dulzura y con fiereza, todo a la vez. Por su parte, el chico de ojos oscuros tiene las manos metidas por debajo de la camiseta de ella, acariciándola con toda la delicadeza que sus sentidos le permiten en ese momento, agarrando sus pechos y apretándoselos y descendiendo sus largos, tatuados y finos dedos por su espalda en forma de caricia. Pinkly, resignada, ha decidido largarse del salón a explorar la casa desconocida ahora que su dueño está entretenido y distraído. Sale de la estancia caminando apresuradamente, haciendo ruido con sus patitas en el parqué, alejándose por el pasillo. No, lo cierto es que a ninguno de los dos ocupantes del sillón le importa lo más mínimo a dónde vaya el animalito ahora. Gates tiene sus oscurísimos ojos cerrados, y se muerde el labio inferior discretamente ahora que Annie ha encontrado el punto débil en su cuello con sus labios. Sin dejar de torturarle de la forma más dulce posible, la chica de ojos verdes le planta un beso tierno que enseguida cambia por un pequeño mordisco travieso que despierta todos y cada uno de los sentidos de Brian, que en reacción e involuntariamente, le agarra el culo con fuerza sobre los shorts vaqueros y la aprieta contra sus caderas. Definitivamente nunca ha tenido principios, pero ahora siente que los pocos que le quedaban huyen de él a pasos de gigante...

Ahora que su protegida de ojos verdes y felinos parece haberse llevado por completo su voluntad demostrando que en ésta situación está tan poco serena como él, se pregunta dónde ha quedado toda esa apariencia de chica desolada y perdida tratando de encajar en un nuevo ambiente. Se lo pregunta, pero ahora no echa de menos esa faceta suya, y es más, le vuelve loco la combinación de las dos. Le vuelven loco cada una de las caricias, esa forma que Annie tiene a veces de apoyar las manos sobre su pecho desnudo en una mezcla de fiereza y delicadeza que solamente ha probado en ella, en la forma sucia de jugar con su lengua, de lamerle los labios como un gato travieso y de apretarse contra él, haciendo que los vaqueros empiecen a resultarle condenadamente estrechos. Se deshace de su camiseta, tirándola a un lado del sillón para después recorrer su cuello, descendiendo por él hasta su pecho en una hilera de besos que parecen llevar fuego. Respiran como dos adolescentes ansiosos...

La escena le nublaría la vista al más cuerdo y frío. Los ojos de Brian parecen haberse oscurecido sutilmente, ahora luciendo un color parecido al del chocolate negro hirviendo. Mantiene a la chica contra él llenándola de besos que tienen poco de inocentes, y juega a acariciarla por encima de la húmeda ropa interior que le gustaría arrancarle sin miramientos, rozándola y presionándola con los dedos de una manera que hace que la chica acelere su respiración y deje escapar gemidos casi inaudibles que a Gates le resultan de lo más adorables. Se supone que había venido a por Pinkly y que se había quedado por un café, y ahora... Ahora el plan se les ha ido de las manos, y de qué manera. La desea, la necesita, la quiere y la quiere suya, sólo suya, y quiere ser el único que le muerda la boca. Lo supo desde el primer día, pero jamás se atrevió siquiera a pensarlo en alto. ¿Fuego? El fuego es frío comparado con la temperatura del salón.

Finalmente y sin poder soportarlo más, Annie se incorpora sobre sus rodillas y ágilmente se deshace de sus pantalones, dejándolos al lado del sofá junto con la camiseta de Brian. Vuelve a sentarse sobre sus rodillas, quedándose únicamente con un sujetador negro y unas bragas de encaje del mismo color que le dan un aspecto que desde luego muchísimo se aleja de su imagen de chica adorable e inocente. Clava sus ojos en los de él mientras Gates acaricia su cuerpo semidesnudo, sus nalgas, sus caderas, su espalda, sus pechos.... absolutamente todas y cada una de sus curvas, incluyendo aquellas parte. Prohibidas que suponía que solo le pertenecían a su novio, en teoría. Durante todo ese tiempo no se han apartado la mirada ni un solo segundo y aunque es un momento bastante tenso, los ojos verdes de ella están cargados de ternura, de misterio, de lujuria y de una expresión bastante parecida a la adoración. Hace tan solo una semana que se conocieron y ahora están a punto de cometer la mayor de las locuras juntos dada la situación. Es curioso, porque con su novio tardó poco menos de un año en acostarse. No porque no le quisiera, sino porque el chico de ojos azules no le aportaba la confianza que ella necesitaba. En cambio Brian sí. Sin duda él lo hace. Es capaz de hacerla sentir segura y protegida cada vez que están el uno en presencia del otro. De hecho es incluso capaz de hacerla sentirse no precisamente como una amiga. Sabe que lo que está haciendo está mal y que las cosas no deberían ir así, pero siente algo. En el fondo sabe que siente algo pero no quiere reconocerlo. Se niega en rotundo porque en lo más profundo de su ser, sabe o al menos cree, que Charlie está esperándola en Texas, ansioso por volver a ver a su eterna chica de ojos verdes, y seguro que no le parecería nada bien enterarse de que ella está apunto de entregarse a otro, tirando por la borda siete y casi ocho años de relación. ''Annie, ¿qué estás haciendo...?''

Por desgracia, ahora que se arrepiente de todo eso, el chico de pelo negro azabache ha tenido a muchas, muchas chicas en su vida. Más de las que necesitaba, más de las que quería y más de las que debía. Por esa sencilla razón no sabe por qué todo ésto le pone tan nervioso, por qué se siente casi responsable de lo que vaya a pasar si normalmente para él sería lo más normal y corriente del mundo. Ana, curiosamente, se le antoja la más bonita de todas las chicas que ha tenido delante en su vida, con diferencia, pero hay algo en ella que no alcanza a descifrar. Hay algo más en ella que todo lo superficial. Gates mantiene su mirada clavada por un segundo en la de ella, y casi puede ver los reflejos de su indecisión. Sabe que en ella hay mucho cargo de conciencia, y lo sabe bien. Pasea los dedos por sus caderas sin apartarle la mirada a una nerviosa Annie, y habla casi en un susurro, pronunciando dos únicas palabras que quizás su protegida no querría escuchar en ese momento de flaqueza, pero debe hacerlo. Debe brindarle esa última oportunidad de elegir y decidir, una oportunidad que a decir verdad jamás le han dado a él. Ya ha estado en la situación de Annie alguna vez, y sabe la encrucijada que supone. Simplemente, no quiere empujarla a un pozo de remordimiento a sabiendas de lo mucho que duele después -¿Estás segura...?-


Ana se le queda mirando a los ojos pensativa durante unos largos segundos. Después suspira profundamente y baja la mirada. Traga saliva y se quita de encima de Brian. Coge su ropa, se pone de pie y empieza a vestirse de nuevo, de espaldas a él. Habla en un susurro, avergonzada y cortada ante la soltura que estaba teniendo hacía tan solo unos segundos. ''Qué pensará de mi....'' -Lo siento, de verdad…-

Brian recupera sus vaqueros, se los enfunda con una rapidez pasmosa y, poniéndose de pie, habla mientras se abrocha la hebilla del cinturón, en un tono de voz más bien bajo -No, en realidad no tienes que sentir nada.- Se pone la camiseta y se sienta de nuevo para atarse las zapatillas, con la mirada fija en lo que hace, diciendo algo con la mayor naturalidad de todas. Ni siquiera está molesto, a decir verdad no puede estarlo con ella -En realidad no deberías sentirte avergonzada por ésto, o por tu decisión.- Se levanta, suspira sonoramente y, colocándole un mechón de pelo salvaje y desordenado tras la oreja a la chica de ojos verdes, habla con una casi imperceptible sonrisa. -Lo cierto es que es muy noble por tu parte, las novias como tú están en peligro de extinción. Tu chico tiene mucha suerte.- Le aparta el pelo y pasa un dedo en forma de caricia sobre su cuello, recorriendo una marca violácea que él mismo dejó ahí hace unos minutos, mirándolo con curiosidad mientras habla de nuevo -Y gracias por el café, Annie.- Sonríe cargado de misterio una última vez antes de echar a andar hacia la puerta, silba enérgicamente y Pinkly aparece corriendo junto a sus pies en pocos segundos, correteando con él hacia la salida.

Ana suspira de nuevo con una media sonrisa leve y le ve marcharse por la puerta por la que entró hace apenas una hora -Nos vemos, Brian...- Susurra. Cuando el chico de ojos oscuros cierra, Ana pone los ojos en blanco y se deja caer sobre el sofá, desmoronada. Entierra la cara entre sus manos y resopla sonoramente, quedándose en silencio un largo rato. Después se reclina en el asiento y se lleva una mano al pelo, clavando la mirada en la televisión que está frente a ella, apagada. Habla en un tono bajo, reprimiéndose a sí misma -Mierda Ana, qué coño haces...- Chasquea la lengua, sacude la cabeza y se tumba en el sofá, quedándose con la mirada en el techo, pensativa. Dios mío, siente tantas cosas que ni siquiera es capaz de ordenarlas. Esa noche ha sentido. Ha sentido mucho. Pero no sabe si es porque realmente le quiere o porque echa tanto de menos a Charlie que está desesperada, lo cual no percibe en absoluto, pues cuando están en presencia del chico de ojos color chocolate, su novio desaparece por completo de su vida. Ahora ya no sabe si la aparición de Brian Haner en su vida aporta más ventajas que inconvenientes. Hora de establecer algún que otro juicio de valor sobre ese demonio de ojos oscuros que le roba la respiración. Lo que acaba de pasar… Va a tardar en olvidarlo. Los dos tardarán en olvidarlo…