[Ana suspira de nuevo con una media sonrisa leve y le ve marcharse por la puerta por la que entró hace apenas una hora -Nos vemos, Brian...- Susurra. Cuando el chico de ojos oscuros cierra, Ana pone los ojos en blanco y se deja caer sobre el sofá, desmoronada. Entierra la cara entre sus manos y resopla sonoramente, quedándose en silencio un largo rato. Después se reclina en el asiento y se lleva una mano al pelo, clavando la mirada en la televisión que está frente a ella, apagada. Habla en un tono bajo, reprimiéndose a sí misma -Mierda Ana, qué coño haces...- Chasquea la lengua, sacude la cabeza y se tumba en el sofá, quedándose con la mirada en el techo, pensativa. Dios mío, siente tantas cosas que ni siquiera es capaz de ordenarlas. Esa noche ha sentido. Ha sentido mucho. Pero no sabe si es porque realmente le quiere o porque echa tanto de menos a Charlie que está desesperada, lo cual no percibe en absoluto, pues cuando están en presencia del chico de ojos color chocolate, su novio desaparece por completo de su vida. Ahora ya no sabe si la aparición de Brian Haner en su vida aporta más ventajas que inconvenientes. Lo que acaba de pasar… Va a tardar en olvidarlo. Los dos tardarán en olvidarlo…]
Brian cierra la puerta de su casa despacio, sin querer hacer ruido. Matt llevará bastante tiempo dormido ya, y Pinkly corretea directa a la cocina, en busca del comedero. Su dueño, en cambio, ha perdido de golpe toda el hambre que tenía, y solo quiere tirarse en la cama a olvidarlo todo con la misma sonrisa idiota dibujada en sus maltratados labios. Lo cierto es que no se arrepiente de haberle preguntado si quería llegar a más. A él Cynthia no le dio esa oportunidad, pero si por un segundo le hubiera hecho pensar en Jinny quizás no se hubiera acostado con ella. Igual él seguiría con Jinny, y todo sería más fácil porque seguiría en su mundo de amor falso, del que duele y compromete menos, y dejaría de soñar imposibles con su vecina de en frente, con esa tentación de ojos verdes que le hace sentir como un niño pequeño nervioso, que es capaz de hacer cómodo un silencio y que besa como si incluso él pudiera aprender algo de ella. La decisión de Annie de verdad le resulta elogiable. A pesar de que su chico esté tan lejos, ella sigue queriéndolo y siéndole fiel, y eso no es algo que el chico de ojos oscuros vea a menudo. Envidia a ese tío, esté donde esté y sea quien sea, y siente tener que estar metido en ese incómodo triángulo amoroso. ¿Qué es él para Ana? , es la única pregunta que ronda su cabeza ahora, mientras se cambia de ropa y se mete en la cama...
Un par de horas después de que Brian se hubiese ido, Annie se despierta. Está tumbada en el sofá con la televisión encendida y fuera, en la calle, ya se ha hecho completamente de noche. Resopla, mira el reloj y cuando ve que son las dos de la mañana, se despereza y se levanta, apagando la televisión y caminando a oscuras hacia su cuarto, con cuidado de no chocarse con ninguna puerta. Cuando llega se tira de lleno en su cama sin siquiera molestarse en cambiarse de ropa o en darse una ducha tras la agitación de antes, de todas formas pensaba hacerlo a la mañana siguiente. Tras unos pocos segundos termina quedándose profundamente dormida, con los recuerdos de todas las cosas que pasaron ese día rondándole por la cabeza y dándole aún más en qué pensar.
El lunes amanece nublado sobre la ciudad de Los Ángeles, y Brian se pasa el día encerrado en casa. Matt, al contrario que él, ha decidido que es el día perfecto para ir a visitar a sus tíos, que viven a las afueras de la ciudad. Le pidieron por favor que algún día se acercara a ver la casa nueva, y él, comprometido por esas promesas familiares, decidió que hoy lunes no haría nada de provecho y que desgraciadamente era el día indicado para largarse. Brian sale de su casa un par de veces, y las dos son para sacar a Pinkly a pasear. En el segundo de los paseos le pilló una de esas lluvias repentinas de verano, y llegó a casa empapado. No ha ido a visitar a Annie, ya que no tiene motivos para hacerlo y tampoco sabe si tiene demasiadas ganas de volver a ponerse nervioso delante de ella, y más recordando las escenas de la noche anterior en el piso de su nueva vecina. Curiosamente lo único que quiere es que llegue el martes para ir a trabajar tras la barra, para volver a reunir a toda su clientela, hacer correr el alcohol y ver a las coyotes bailando al ritmo de la música bien alta. Muchos de los mejores momentos de su vida los ha pasado en el Red Dingo. Y también en brazos de la chica de ojos verdes, para ser sinceros.
Cuando Brian pasa por delante de la habitación de Matt, cuya puerta, como siempre, está abierta, ve algo que le paraliza. Que hace que sus piernas se paren y se resistan a seguir caminando. Por la ventana puede ver a Annie, que está asomada a su ventana, vistiendo una poco discreta camiseta de tirantes, con su hermoso pelo largo y ondulado cayéndole sobre el hombro derecho. Tiene la mirada perdida en la calle, como si con sus enormes ojos persiguieran cada gota de lluvia hasta verla impactar contra el suelo y pasar a ser parte del pavimento de las aceras. Muy poca gente lo sabe, muy poca gente sabe lo mucho que ama la lluvia, su olor, su sonido. Le trae muchos, muchísimos recuerdos de su siempre amada Texas. Allí llovía tan poco que, cuando lo hacía, era todo un evento. Ciertamente, la imagen es enternecedora. Pese a que está seria y con la mirada en la calle, parece un ángel bajado del mismísimo cielo. Con su tez pálida, sus pestañas intensamente negras, sus labios rosados y carnosos, su cabello revuelto, sus mejillas sonrosadas, sus ojos….
Gates se apoya en el marco de la puerta desde donde puede ver a la chica, se cruza de brazos y suspira profundamente. Es perfecta. Perfecta e inalcanzable para él, el ser más imperfecto del mundo. La observa durante unos segundos que le resultan interminables y después se retira de la puerta con un ligero resoplido. Esa marca morada sigue adornando su cuello como una prueba de fuego, como un tatuaje cargado de recuerdos comprometedores. Fue demasiado para él, y juraría que hubiera sido demasiado para cualquiera. Posiblemente todo iría mejor si la noche anterior no hubiera pasado nada entre ellos. Hubiera sido una preocupación menos, un desliz menos, una adicción menos...
Tras pasarse un rato con la mirada en el suelo, Ana suspira y dirige su mirada hacia la ventana de la habitación de Matt. La puerta está abierta y a través de ella, al final del pasillo, puede ver a Brian tirado en el sofá del salón. Deja que una sonrisa apenas perceptible y cargada de ternura se dibuje en sus labios y suspira de nuevo, colocándose un mechón de pelo tras la oreja. Cuando se ve reflejada en el cristal de la ventana puede ver la marca violácea en su cuello y su sonrisa desaparece. Pasa dos dedos sobre ella, acariciándola con suavidad, y de nuevo vuelve ese sentimiento de mariposas en el estómago, de ganas de verle, de tenerle, de besarle, de tirarle en su cama y dejarse llevar por todo que siente sin interrupciones, dejar que se ordene esa maraña de sentimientos desordenados que la están volviendo loca.
Para cuando el sol vuelve a esconderse de nuevo, Brian ya está metiéndose en la cama. Son sólo las nueve de la noche, pero de verdad necesita que el tiempo pase rápido, muy rápido, como si eso fuera a espantarle los recuerdos de alguna manera. Posiblemente una jornada de trabajo y de risas le tengan distraído de eso de lo que no se quiere acordar, y por eso está deseando que por fin llegue el día siguiente. Duerme toda la noche de un tirón, pero se levanta temprano, muy temprano. Despierta muerto de calor, destapado por completo y a pesar de que solo está vistiendo unos pantalones de pijama, empapado en sudor. Se da una ducha fría, se viste y sale a tirar la basura tras comprobar que Matt aún no ha vuelto a casa. Deduce que ha querido quedarse en casa de sus tíos, de cualquier modo, y tampoco le importa. Abre la puerta con el saco de basura en la mano, maldiciendo por lo bajo su peso, y cierra tras de sí y baja las escaleras con prisa. Cuando vuelve de la calle, en el rellano, casi se choca con Ana, que está recogiendo el correo frente a su buzón. Se lleva una mano al pecho y ríe, resoplando -Joder, vaya susto...-
Ana ríe, poniéndose bastante nerviosa pero sin querer que Brian lo note, aunque el chico de ojos oscuros capta su comportamiento a la primera. Ella se coloca un mechón de pelo tras la oreja y cuando empieza a hablar lo hace con la mirada en el suelo, pero después la alza y la clava en sus ojos. Se nota a la legua que está nerviosa y bastante cortada, y además sus mejillas están enrojecidas - Siento... Siento haberte asustado, yo... no esperaba ver a nadie por la calle a esta hora...- Ríe de nuevo, nerviosamente, hojeando sin atención las cartas que tiene en la mano. Está tan nerviosa que no puede ni leer los remitentes de su correo…
Gates se encoge de hombros, luciendo una sonrisa bastante serena. Definitivamente, verla nerviosa le resulta divertido y hace desaparecer su propia inquietud -Bueno, no todo el mundo sale a tirar la basura a las ocho de la mañana.- Enarca una ceja, mirando el buzón de la chica con uno de sus gestos traviesos -Ni a recoger el correo tampoco... - Se acerca al suyo, lo abre y saca todo lo que hay dentro. Resopla con fastidio y habla en un murmullo mientras mira las cartas, pasándolas como si fueran una baraja -Publicidad, publicidad, publicidad...-
Ana ha avanzado hacia la puerta del ascensor, y le mira desde ahí, sonriendo mordiéndose la punta de la lengua. Brian sigue absorto revolviendo en el buzón así que la chica de ojos verdes suspira y se encoge de hombros -¿Subo o te espero...?-
Él mete la publicidad en el buzón de un vecino al azar, se pasa una mano por el pelo negro azabache y chasquea la lengua, avanzando hacia el ascensor. Sus pisos ocupan la planta seis. Bajar las escaleras no está tan mal, pero subirlas ya es otro tema, y es asquerosamente monótono y cansado. Lo único malo del bloque es que solo hay un par de ascensores viejos para todos los vecinos, y es complicado no pillarlos ocupados.
Tras esperar un par de minutos, el ascensor llega al portal y de él sale una pareja de ancianos. Los dos chicos les dedican una sonrisa a modo de saludo y seguidamente entran en el ascensor. Ana se coloca en una esquina con la mirada baja y, tras calcar el botón del piso, Brian se apoya en la pared, resopla y baja la mirada. Por primera vez en el tiempo que llevan conociéndose, el silencio que se forma es incómodo. Más que incómodo. Es tan cortante que podría destrozar una botella de cristal. Ana enreda con sus dedos nerviosamente y Brian suspira y alza la mirada al techo. Cuando de pronto el ascensor pega un bote, la chica de ojos claros se sobresalta. Lo que viene después es quietud. Quizás demasiada. Y sí, en efecto, el ascensor se ha quedado parado. Ana resopla por lo bajo y habla en un murmullo, maldiciendo su propia existencia. ''Tierra, trágame''
-Mierda...-
El chico de ojos oscuros resopla largamente y pone los ojos en blanco. Murmura por lo bajo, fastidiado -Oh, vamos. No me jodas, otra vez no...- Pulsa de nuevo el botón del sexto piso, y seguidamente chasquea la lengua, hablando en un tono bajo -No es la primera vez que le pasa...-
Ana chasquea la lengua y se lleva una mano al pelo, resoplando de nuevo, hablando sin pensar y conducida por el nerviosismo -Joder, tenía que pasar justo ahora...-
Gates enarca una ceja y ríe con malicia, dejando que su voz se tiña con un tono de travesura, sin levantar el tono de voz ni la mirada del panel de mandos del ascensor. -.¿Con "justo ahora" quieres decir "conmigo aquí dentro”, Annie...?-
La chica de ojos verdes traga saliva y sus mejillas se enrojecen mucho de golpe, quizás demasiado, detalle que Brian no tarda en detectar. Puede ver esa mirada de lobo hambriento de nuevo en sus ojos oscuros, y lo cierto es que eso solo aumenta la tensión ya existente. Baja la mirada y habla en un susurro. Está nerviosa no, lo siguiente. -N..no…-
Brian esboza una sonrisa discreta y juguetona al darse cuenta de que ese titubeante "no" es una rotundísima afirmación. Sabe que hay confianza entre ellos, pero lo de anoche marcó un antes y un después irremediablemente. Suspira dándose por vencido y se apoya en una de las paredes, mirándola de fijo y queriendo salir del tema para ahorrarle más agobio de la cuenta -Cuando se para suele hacerlo por un rato, luego arranca sólo de nuevo...-
No le importa. A Ana no le importan nada sus explicaciones ahora. La manera en la que le tiemblan las manos como a una adolescente nerviosa ya empieza a ser todo lo contrario a discreta. El ascensor no es demasiado grande, y ahí dentro se siente como una oveja desvalida a merced de un depredador. Lo peor es que ni siquiera está asustada, y a decir verdad se muere de ganas por ser la presa. Le devuelve la mirada clavando sus enormes ojos en los de él y asiente, mordiéndose el labio inferior de manera inconsciente -Ya, entiendo…-
Gates entrecierra los ojos casi imperceptiblemente mirando de fijo sus labios, y dice algo sin levantar el tono de voz que no es capaz de pensar antes, sin apartarle la mirada en ningún momento -Va a ser un rato largo de espera, Ana. No hagas eso, por favor...-
Annie traga saliva cayendo en su error y sacude la cabeza, riendo después nerviosamente y sin ganas -Lo… Lo siento. Ha… sido sin querer. Creo.- Se muerde la lengua. 'Mierda Ana, no deberías haber dicho eso, para ya...'
No lo soporta. Lo cierto es que Brian no soporta perder los estribos de esa manera. Odia eso de no poder comportarse con normalidad delante de ella. Ella y esa manera de reírse, de mirar, sus piernas, esas jodidas caderas que anoche casi fueron suyas... Baja la mirada en un resoplido y procura apartarle la mirada. "Tranquilo, Brian. Tranquilo... Seguro que el ascensor funcionará en un momento, no hagas ninguna idiotez…”
Ana suspira y se cruza de brazos, con la mirada clavada en el suelo, intentando normalizar su respiración que ante tanta tensión se ha agitado bastante mientras la chica de ojos verdes reza porque Brian no lo note. ''Por Dios, que acabe ya ésta tortura...''. En el ascensor ha cambiado por completo la atmósfera. Hace calor. Demasiado calor.
El chico de pelo negro azabache no quiere ser cruel, desde luego que no, pero mentiría si dijera que no disfruta viéndola tan indecisa y tan llena de nervios como él. Mentiría descaradamente. Se decide a hablar, queriéndole decir algo que piensa firmemente -Oye, Annie...- La chica alza la mirada y la clava en sus ojos color chocolate, haciéndole más difícil expresarse con normalidad -Lo de anoche... Yo no quiero que pienses que le di más importancia que la que tuvo. A veces pasan esas cosas y no se pueden controlar. No quiero decir que me arrepienta, porque desde luego no lo hago, pero no quiero que tú te sientas incómoda por ello...-
Ella asiente, suspira y hace un gesto con la mano para quitarle importancia, evitando el contacto visual a toda costa aunque a veces es inevitable. -Lo sé, no… No te preocupes. Estoy bien.
Él asiente y baja la mirada, abandonando el tema de nuevo. Otra vez ese horrible silencio. El ascensor no tiene ganas de empezar a funcionar, como si de una manera macabra estuviera esperando que terminen la conversación... Brian tiene la cabeza gacha y Ana le mira de vez en cuando sin que él se dé cuenta, suspirando y mordiéndose el labio inferior. De pronto comienza a sentirse acalorada, pero no es precisamente por el calor que hace en el ascensor. Es más bien… Un calor de otro tipo, provocado por esos ojos intensos, esos labios finos, esa tez oscura, esa forma de hablar, de pasarse la lengua discretamente por los labios para humedecerlos...
El chico alza la mirada, la clava de fijo en sus ojos verdes y la pilla acariciándose el cuello en un gesto nervioso, apartando la mirada de él con nerviosismo y fijándola en el espejo, desviándola hacia la mancha morada que ahora se acaricia discretamente. Brian dice algo con su habitual serenidad que sobresalta a la chica, cruzado de brazos y hablando con total normalidad ahora mirando casi con lascivia el chupetón que decora su cuello pálido y que, ahora que no lo cubre el pelo largo y castaño, está completamente a la vista. -Hay gente a la que le parece que quedan mal. Yo los veo preciosos,- Sonríe casi imperceptiblemente de medio lado, en una de esas muecas que sacuden los sentidos de Ana, bajando la mirada y hablando en un murmullo casi inaudible -En cualquier lado...-
Ana traga saliva y da un paso a un lado, colocándose junto a él. Le mira de fijo, seria y nerviosa, bajando la mirada hacia sus labios y después centrándola en sus ojos para volver a repetir el mismo paso. Habla en un susurro apenas audible pero que debido al silencio Brian puede oír perfectamente, lo cual hace que se le revuelva absolutamente todo por dentro -Yo también creo que quedan bastante bonitos, en unas partes del cuerpo más que en otras…-
Su sonrisa se amplía discreta y traviesamente sin poder evitarlo cuando esa frase roza sus oídos. Si la tentación tiene un nombre, seguro que empieza por A. Otra vez esa sensación tan familiar y tan diferente en la que siente que le hierve la sangre y que el corazón le galopa desbocado dentro del pecho. Tan inevitablemente como empezó la odisea de la noche del domingo, la agarra contra sí y le muerde el labio inferior antes de susurrar pegado a su boca y a su cuerpo, que ahora sujeta contra el suyo -Completamente de acuerdo, Ana...- La besa con fuerza, pero ni siquiera lo hace con prisas. Por esa manera tan pausada de jugar contra su lengua, de lamerla y morderle la boca, podría parecer que lleva el control de la situación con total serenidad, pero qué va. Le tiemblan las piernas, y el simple hecho de respirar su colonia le hace sentir perdido en un paraíso en el que vuelve a hacer demasiado calor. Demasiado tentador como para parar y arrepentirse. Por supuesto que le encantaría probar dónde le quedan mejor esas marcas moradas a su protegida de ojos verdes...
Los besos y las caricias que llevan puro fuego comienzan a ir en aumento, cada vez más fuertes, con más ganas y mucho más intensas. Ahora Brian tiene agarrada a Ana por el culo mientras esta tiene las piernas alrededor de su cintura y los brazos alrededor de su cuello, apoyada contra la pared. El chico de ojos oscuros le come la boca de una forma dolorosamente lenta y sucia, haciendo aumentar la agonía de Annie y calentándola cada vez más. Es curioso, ese chico siempre tiene la capacidad de hacerla perder los estribos...
Mientras se pierde en su pelo y en su cuello y llena de besos los labios en los que se dibujan la sonrisa más bonita que cree haber visto jamás, se da cuenta de que ésto es mucho más grave de lo que creía. Un desliz deja de ser un desliz cuando se repite y es premeditado. Mentiría si dijera que no pensó durante todo el día de ayer en volver a hacer ésto con ella, y ahora es consciente de que entre ellos hay algo difícil de arreglar por muchas y diversas razones. Tiene sujetas sus caderas y la mantiene dulce y mezquinamente aprisionada entre él y la pared del ascensor, que no parece querer volver a arrancar. Puede notar las uñas de Ana en sus hombros, clavadas por encima de su camiseta, y su respiración de chica no tan inocente en su oído. No cree que tampoco ésta vez vayan a querer disculparse después...
Brian deja de besarla un segundo para darle espacio a quitarse la ropa, pero sin soltarla. La chica de ojos verdes se deshace de su camiseta con facilidad y la tira a un lado del ascensor, quedándose únicamente con su sujetador negro y esos shorts vaqueros cortos que traen de cabeza al chico de ojos oscuros. Cuando se ha deshecho de la mayor parte de su ropa, ella comienza a besarle el cuello, dejando en él también algunas marcas violáceas, como si de alguna manera estuviera vengándose de las suyas propias.
Si quedaba algo de cordura en él, ahora está en el suelo, junto a la ropa de Ana y su camiseta, y la restante intenta escapar arañando la puerta cerrada del ascensor. No entiende cómo es capaz de encenderlo hasta esos extremos; bien es cierto que ha hecho ésto muchas veces, pero nunca ha estado tan nervioso, y jamás ha vivido una escena como ésta en un ascensor. Hace tanto calor que siente que le sobra hasta la piel, y cuando tira de sus shorts vaqueros y los desliza hasta el final de sus larguísimas piernas sabe que no hay vuelta atrás. Ésto empieza a ser como un macabro secreto entre los dos. Adiós a Jinny, a Charlie, a Texas y a los remordimientos... Esto debería parar, pero ninguno de los dos encuentra el momento para hacerlo.
Cuando, aprisionada entre Brian y la pared, lo único que viste a la chica de ojos verdes es un sujetador negro y un tanga del mismo color, Annie le besa el cuello y se deshace de su camiseta, tirándola junto a la de ella. Comienza a besarle el pecho, acariciándole el pelo con delicadeza, como si entre toda esa lujuria dejase ver algo de ternura. Él cierra sus ojos oscurísimos y reclina la cabeza hacia atrás, resoplando casi en silencio. Ésto sí que es nuevo, resulta que en esa manera suya de acariciarlo y besarle durante unos segundos ha sentido más que en todas sus aventuras de cama en años, y eso le deja completamente descolocado y con ganas de más. A pesar de que no saben cuánto tiempo tienen, no parecen tener ninguna prisa, y fe de ello dan las caricias interminables que no paran de sucederse, cada vez más intensas. Otra vez siente esa sensación de responsabilidad, de que todo salga bien, de que no le pase nada y de que nada la haga daño. Confuso y desatado son las dos palabras que mejor definen al chico de pelo negro azabache en ese momento. Le desabrocha el sujetador, lo tira al suelo junto al resto de la ropa y mientras aprieta y acaricia sus pechos y le come la boca, se da cuenta de lo difícil que es pensar con claridad con un angelical diablillo de ojos verdes entre los brazos.
Cuando finalmente la ropa sobra del todo y Brian se clava en ella, lo hace con suma delicadeza, como si fuese su sagrada primera vez. La llena de caricias tranquilizadoras y de susurros que pese a que ponen los pelos de punta, son capaces de calmar la fiera que Ana lleva dentro y que lucha por salir y arañarle la espalda a Gates. Con las primeras embestidas que el chico de ojos oscuros le mete contra la pared, a Annie se le corta la respiración y en respuesta se abraza a él con más fuerza, cerrando los ojos, frunciendo el ceño y gimiendo por lo bajo en su oído, sintiendo como si llevase necesitando eso muchísimo tiempo, mordiéndole el cuello y agarrándose a sus hombros como un gato juguetón. El chico que ahora la lleva hasta los mismísimos infiernos ha estado cuidando de ella, igual que un lobo guardián, salvándole la vida y sacándola de aprietos y ahora…
Las caderas de Brian se mueven lentas y fuertes y vuelve clavarse en ella, haciéndole sentir un insoportable y adictivo espasmo de placer entre las piernas. "¿Qué demonios está pasando...?". No hace muchas horas ella estaba jurando no volver a tropezarse con la tentación que supone últimamente el chico de ojos oscuros, y ahora no solamente ha tropezado, sino que parece haber caído en lo más profundo de un abismo del que no quiere tener que salir. Brian acalla sus gemidos con besos y se pregunta dónde ha quedado su brusquedad y su rabia habituales en estas situaciones, esa manera que tiene de jugar sucio en la cama, de convertir a la chica en cuestión en el juguete de turno, pero no echa de menos esas cosas ahora que siente que se muere estando dentro de ella, invadido por un enjambre de sentimientos que no logra explicar. Él tiene agarradas sus piernas firmemente ahora que ella parece haberse relajado de una manera adorable, y pegado a sus labios, muy cerca, la mira como si fuera el juez de su tormento, el tormento más macabro y dulce posible.
Ana apoya su frente contra la de Brian y cierra los ojos, respirando agitada y entrecortadamente, dejando que leves gemidos apenas audibles se le escapen. Gates sigue embistiéndola, y aunque cualquiera catalogaría el momento de lujurioso y fortuitamente sucio sin más, podría decirse que incluso lo hace con dulzura. Sin abrir los ojos, la chica de ojos verdes sonríe, sonríe mostrando esa preciosa sonrisa capaz de amansar a cualquier fiera, incluso al demonio de ojos casi negros que se hace con ella, con su cuerpo y con su raciocinio, que la mantiene contra sí, hunde las manos en su pelo, la llena de besos como si fuera de nuevo esa chica perdida y desprotegida vagando por las calles de Los Ángeles. Acaban llegando juntos a un inevitable orgasmo en el que ella descarga sus gemidos cerca del oído del chico de ojos oscuros, que mantiene los ojos cerrados y respira violentamente, con el pecho empapado en sudor subiéndole y bajándole como loco. Y hace algo que jamás había hecho antes. La mantiene abrazada contra él como si la dejara descansar de la manera más tierna contra su pecho mientras le acaricia el pelo. "¿Qué acaba de pasar...? ¿Qué haces, Brian? ¿Desde cuándo el tirano que llevas dentro hace éste tipo de cosas? Lárgate ahora mismo…".
El chico de ojos oscuros la coge en brazos como si fuese una niña pequeña que se ha quedado dormida y se sienta en el suelo, sentándola a ella sobre sus rodillas. Ana está en silencio, con la cabeza apoyada en el pecho de Brian, quien le acaricia el pelo con suavidad mientras de igual forma, apoya la cabeza en la pared. Ambos se sienten bien. Más que bien, de hecho. Se sienten descansados, reconfortados, protegidos el uno con el otro y dejándose envolver por el silencio que ahora los rodea, un silencio apaciguador, sosegado y tranquilo. Las respiraciones de ambos siguen agitadas, sí, pero el no oír ningún ruido les hace suponer que el ascensor no arrancará aún, y eso les relaja aún más pues les da a entender que tienen más tiempo para estar juntos. Bastante más que incluso viviendo puerta con puerta...
Entre ellos vuelve a haber ese silencio, ese silencio que ahora es todo lo contrario a incómodo. Parecen no tener que decirse nada porque los gestos y las miradas son suficientes. Ahora que tiene a su fantasía de ojos verdes sentada sobre él y apoyada contra su pecho con la mirada perdida y la respiración acelerada, recuerda aquello que Matt le dijo una vez, que aquella chica tenía la capacidad de sacar su instinto protector perdido. No se equivocaba, desde luego. No querría estar en ningún lugar del mundo que no fuera ese ahora mismo, ni tampoco con otra compañía. No se arrepiente y tampoco va a dar explicaciones, porque ninguno de los dos la necesita, como si supieran que lo que acaba de pasar, era necesario que ocurriera tarde o temprano...
Pasados unos minutos, la chica de ojos verdes suspira y se separa de Brian para, aún sentada sobre sus rodillas, mirarle a los ojos con una sonrisa tierna y dulce. Habla en un susurro, sin querer romper la calma que los rodea ahora, colocándole un mechón de pelo tras la oreja -¿Estás bien...?-
Él asiente con una sonrisa de medio lado, acariciándole la cara casi con adoración y contestándole en el mismo tono -Menuda pregunta, Annie...- A decir verdad, se siente mejor que nunca. Siente que todo eso ha tenido sentido. Mucho sentido, aunque no esté del todo bien... -¿Y tú? ¿Estás bien...?-
Ana asiente, manteniéndole la mirada para después besarle en los labios despacio. Después suspira y echa un vistazo rápido al ascensor. La ropa de ambos está tirada por el suelo y cualquier vecino que los viese así, en esa estampa, saldría corriendo escandalizado. Le mira de nuevo con una sonrisa traviesa y una ceja ligeramente arqueada y habla en un susurro, aguantando la risa -Deberíamos...vestirnos...-
Cinco minutos después ambos terminan de adecentarse frente al espejo. Brian resopla con una sonrisa casi imperceptible mirándose el cuello, que está lleno de marcas. La mira enarcando una ceja y habla aguantando la risa como puede -Oh, vamos. No sabía que fueras tan competitiva con éstas cosas...- Chasquea la lengua y pega una patada bajo el panel de botones del ascensor, que como por arte de magia arranca y prosigue su camino hasta el sexto piso, dejando a los dos chicos sorprendidos de verdad.
Ana arquea una ceja y mira a Brian, perpleja. -Venga ya, lo sabías desde el principio…-
Gates la mira partiéndose de risa y sacude la cabeza, hablando como puede entre carcajadas, dándose esa apariencia traviesa de nuevo -No, ¡te lo juro! Siempre arranca sólo, yo... ¡En serio no sabía que fuera a funcionar así!-
Ana sacude la cabeza y ríe. En cuanto el ascensor llega al sexto piso, antes de que la puerta se abra, ella pulsa el botón de parar el ascensor y le mira, con una expresión de pena bastante fingida -¿Quieres quitarme de delante ya...?-
-Por supuesto que no.- Él frunce el ceño reprimiendo una de sus sonrisas -Pero prefiero que sigamos la conversación en mi casa. Y de paso te devuelvo ese café...-
Ana sonríe y suspira, dejando de pulsar el botón para dejar que las puertas se abran. Es Pinkly la que les recibe a saltos y ladridos locos cuando entran en casa. Ana se sube a la espalda de Brian entre risas, cosa que hace que la perrita se ponga aún más hiperactiva como si creyera que es un juego que va con ella, y trata de morderle de manera adorable las zapatillas a Ana. Entran en la cocina y Brian frena de golpe al ver a Matt sentado en la mesa terminándose un café y mirándolos con una media sonrisa misteriosa. El chico de ojos oscuros baja a Ana de su espalda reprimiendo una sonrisa y pregunta a modo de saludo en un murmullo -¿Cuándo has llegado...?-
Matt suspira y baja la mirada hacia la revista que tiene al lado del café, hojeándola mientras lo revuelve. Es una revista de motos, de esas en las que aparecen mujeres con escasa ropa anunciándolas, esas que tanto le gustan al chico de ojos verdes... Habla en el mismo tono, con una media sonrisa misteriosa mientras Ana lo observa todo algo avergonzada -He llegado hace un rato.- Se aclara la garganta -He tenido que subir por las escaleras porque el ascensor no funcionaba. Pero bueno, no importa, nada mejor que un poco de ejercicio mañanero, ¿no?- Les mira, aguantando la risa.
Brian mira a Ana por un segundo fugaz y se aclara la garganta, caminando hacia la cafetera, haciéndose el loco con su habitual capacidad para ello aunque esta vez no quede demasiado creíble -Ah, ya. El ascensor cada vez se para más. Va a haber que avisar al presidente y hacer una junta o algo así... - Coge un par de tazas, bajo la mirada atenta de la chica de ojos verdes, y sirve café caliente en ellas, completamente serio, como si no hubiera pasado absolutamente y los comentarios de Matt no le afectasen para nada.
El chico de ojos verdes ríe por lo bajo con malicia y asiente, removiendo el café. Habla en un murmullo apenas audible –Sí, sí. Una junta… Mejor no metas al presidente de la comunidad en ésto-
Ana suspira, traga saliva y baja la mirada, avergonzada, sintiendo que en ese momento no pinta nada ahí. Mira tímidamente a Brian y habla en un murmullo, como excusándose -Debería... debería irme, Brian. Tengo cosas que hacer en casa y…-
Matt se levanta de la mesa con una sonrisa, deja la taza en el fregadero y habla, comprendiendo el compromiso en el que se está viendo la chica -Yo ya me voy. Tengo que ir al centro a recoger unas cosas, os veré luego...-Cuando pasa al lado de Ana, sin pararse, le revuelve el pelo con cariño antes de salir por la puerta -Te veo ésta noche en el bar, Annie...-
Ana sonríe nerviosamente y le sigue con la mirada hasta que desaparece por la puerta de casa, cerrando tras de sí. Después mira a Brian, suspira y se encoge de hombros, con una sonrisa tímida -Parece que sabe más de lo que aparenta…-
Gates ríe por lo bajo, metiendo las tazas en el microondas y apoyándose de espaldas en la encimera, mirando de fijo a Ana -Bueno, es que de verdad sabe más de lo que aparenta.- Se encoge de hombros -Tiene la extraña capacidad de enterarse de todo lo que le interesa sin ayuda de segundos. Pero no va a decirle nada a nadie, si es lo que te preocupa...-
Ella sacude la cabeza, suspira y habla bajando la mirada al suelo, metiéndose las manos en los bolsillos traseros de los shorts -No, no me preocupa, de todas formas.... Dudo mucho que Charlie se entere. No tiene ningún contacto aquí…- Chasquea la lengua y hace un gesto con la mano, un gesto desganado, queriendo quitar el tema de en medio -Nah, es igual. Olvídalo.-
Brian prefiere guardar silencio cuando la chica de ojos verdes nombra a Charlie. Lo cierto es que tiene una verdadera curiosidad por ver al chico que sigue teniendo en sus manos el corazón de Annie. Cómo es, cuántos años tiene, en qué trabaja, si la quiere... A pesar de todo, él esquiva la conversación con su habilidad para escapar de esos temas que no le resultan agradables, y acaban sentados en el sillón grande del salón. Ella escucha con atención la historia que cuenta Brian sobre cómo consiguió la guitarra que tiene ahora y que de vez en cuando toca, y él parece haber dejado ese nerviosismo que la chica de ojos verdes le provoca a un lado, bien lejos. De pronto, el timbre de la casa suena y corta la conversación de Brian, que se levanta extrañado. "No hace tanto que Matt se fue, ¿qué hace aquí otra vez...?" Le indica a Ana que espere un segundo antes de salir al recibidor. Cuando abre la puerta, se le caen todos los esquemas al suelo. Desde luego que no es Matt quien está en la puerta, sino la sobrina de Dean, Cynthia. La chica de ojos color miel y media melena negra lleva como siempre los labios pintados de ese rojo tan intenso como su descaro a la hora de sonreír. No, desde luego que no la quiere aquí ahora. Al verla sólo puede ver un error, el más grande de sus errores, y a Jinny largándose por la puerta con las maletas. Y no cree que haya superado nada de eso aún ahora que vuelve a estar delante de sus rasgos felinos y su sonrisa cargada de malas intenciones. Al ver una carpeta que ya conoce bien y que lleva bajo el brazo, en una milésima de segundo todo encaja. Dean debe haberla mandado para que ella le dé el inventario de la semana que viene. El chico de ojos oscuros mira hacia el salón nerviosamente y sin perder un segundo, la mira, fuerza una sonrisa nerviosa y habla, tratando de parecer sereno. No, desde luego no quiere que Ana conozca personalmente a la chica de pelo negro. No le apetece en absoluto.
-Cynthia... ¿Cómo tú por aquí...?-
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