domingo, 23 de marzo de 2014

Capítulo 23.- Un botín malogrado, esposas en las muñecas y dos llamadas fallidas.

[Al oír sus palabras, Annie pone los ojos en blanco y resopla, desviando la mirada y luchando con todas sus ganas por reprimir una sonrisa que ahora trata de escaparse de entre las comisuras de sus labios. El encargado, algo ofendido, baja la mirada y agarra la cajetilla de tabaco. Tras mirar el precio y cobrarle a Brian, éste le fulmina con la mirada y agarra a su chica de la mano, saliendo de la tienda con paso ligero. Cuando están ya a una distancia considerable, ambos se parten de risa ante la descarga de adrenalina que acaban de experimentar. Recorren las calles entre conversaciones idiotas y risas tontas y, ajenos a lo que está por pasar esa noche, terminan de vuelta en el precario hotel, dispuestos a disfrutar de su botín...


Como Bonnie y Clyde.]



Son casi las cinco de la mañana, pero el sueño y el cansancio han desaparecido por completo en su habitación. Ahora los dos chicos están sentados sobre la cama con la televisión encendida, pero ignorándola por completo. Han sacado todas las botellas de la mochila y las han dejado en el suelo excepto la de Jack Daniels y la de Johnnie Walker, que ahora van ya bajo mínimos.

Brian le pega un trago generoso a la botella de Jack, sacude la cabeza con fuerza por culpa del sabor del whiskey caliente. A los dos le importa poco la temperatura, hace rato que empezaron a reírse por cualquier cosa. Gates está sentado sobre la cama, con la espalda desnuda apoyada en el cabecero de madera de la cama y la botella de Jack sobre las piernas. Habla con los ojos cerrados, con una sonrisa maliciosa. -¿Has visto la cara que se le ha quedado al tío de la tienda cuando te ha visto…?- Resopla y su sonrisa se difumina de una manera que a Ana le parece de lo más cómica. -Te juro por Dios que no soy celoso. No mucho.- Aguanta la risa durante unos segundos pero acaba echándose a reír, hablando entre carcajadas. -Pero te juro que le hubiera hecho comerse la revista…-

La chica de ojos claros, ya bastante afectada por el alcohol que se está metiendo en vena, sacude la cabeza y ríe, apoyando la espalda en la pared y cerrando los ojos. -Bueno, al menos así habría visto tías desnudas y seguramente se le hubiese alegrado un poco la noche...- Se encoge de hombros con una sonrisa, dándole otro trago a su botella.

Gates ríe por lo bajo y se queda con la mirada fija en Annie, en un silencio completo, con una media sonrisa imborrable. Ella enarca una ceja con una sonrisa sarcástica, que parece gritar un “por qué me miras así” a gritos, y trata de luchar contra la risa tonta que empieza a apoderarse de ella. Él suelta la botella como si hubiera perdido por completo todo su interés, se acerca a su chica de ojos verdes y le muerde el labio inferior en un gesto travieso. Ana ya le conoce, y por su manera de mirarla o simplemente de respirar, puede deducir lo encendido que está ahora mismo. La besa desquiciantemente, jugando con su lengua de una manera más que obscena. A él siempre le ha parecido fascinante esa manera que tienen de coordinarse cuando se besan así…

Dejan de besarse unos segundos y se quedan mirándose a los ojos desde muy cerca, con la respiración agitada y los labios hinchados a causa de la intensidad de sus besos. Ambos han perdido la sonrisa por completo, y ahora sus miradas van cargadas de lujuria, deseo y malas ideas. Annie deja la botella a un lado de la cama y le besa de nuevo, con fiereza, mientras Gates la agarra del culo y, a horcajadas, la sienta sobre él. Ana empieza a besarle el cuello y el chico de ojos oscuros mete las manos por debajo de su camiseta, agarrándole los pechos y apretándolos de vez en cuando. Sin dejar de besarle, ella suelta un gemido apenas audible, lo cual da señal de lo fuera de control que está.

Brian se deshace de su camiseta, y ni siquiera es consciente de hacia dónde la lanza. Ha vuelto a entrar en ese mundo paralelo al que suele arrastrarle su chica. La muerde, la acaricia, la toca y la llena de besos. Idolatra esa faceta oculta de Ana, una que cree que apenas él ha podido descubrir y disfrutar, esa manera que tiene de hacerle perder los estribos. Suave, sutil y maliciosa, su angelito se ha vuelto a transformar en un pequeño demonio que se contonea rozándole todo y rozándose toda contra él, haciéndole arder de ganas por atraparla bajo él y jugar a no tener ninguna piedad con ella ni con sus gemidos. La manera en la que arrastra las uñas por su pecho es suficiente para avivar las caricias y acelerar su respiración. Ana sabe lo que se hace, y parece incitarlo ronroneando como una gata en celo junto a su cuello, que llena de mordiscos juguetones. Le fascina cómo contrasta con su atractiva imagen inocente de siempre esa otra faceta de diosa del sexo. Poca gente podría imaginar que la coyote más tímida del Red Dingo sea capaz de arrastrar a un Brian calculador e impulsivo al más oscuro de los abismos con solo un par de caricias subidas de todo como ninguna otra mujer podría hacerlo…

Antes de deshacerse del sujetador y lanzarlo contra la pared de la habitación, Ana le dedica una mirada fugaz a Brian, cargada de todo menos de buenas intenciones. El chico de ojos oscuros, ya vestido únicamente con sus bóxers negros, la observa con una sonrisa poco apropiada mientras se deshace de toda su ropa y se queda únicamente con un tanga de color rojo, exageradamente fino y que no hace sino resaltar aún más sus curvas. Cuando ha terminado, Ana se quita de encima de Brian y se coloca a cuatro patas sobre la cama, de espaldas a su chico, mordiéndose el labio inferior y preparándose para lo que se le sobreviene. 
Sabe lo bestia que Gates puede llegar a ser en estas situaciones, y mucho más cuando lleva alcohol en sangre, pero la verdad es que le encanta y está dispuesta a despertar a todo el motel si es necesario con tal de pasar una noche memorable. El chico de ojos oscuros rápidamente corre hacia la mochila y agarra la caja de condones, pero en cuanto Annie le ve, se gira, se la quita de las manos y la mete en el cajón de la mesita, cerrándolo después y dedicándole una sonrisa traviesa antes de volver a su posición.

Él enarca una ceja y la sigue con la mirada, de una manera perpleja y poco inocente. Ni siquiera está seguro de si esa decisión de Ana está bien, pero el alcohol en sangre y la más pura lujuria no le dejan pensar en absolutamente nada. Vuelve a la cama y presta toda su atención a Ana. Su chica es pura poesía. Está colocada a cuatro patas, con la piernas entreabiertas, la espalda arqueada en un gesto adorable y ansioso, y una sonrisa de pura malicia en sus labios. Brian acaricia su espalda con los dedos como si acariciara a un cachorro, siguiendo la curva de su espalda como hipnotizado. 
Annie conoce esa mirada, y casi respira triunfalmente al reparar en ella. Todo en Brian es ambiguo a veces. Puede pasar de ser un tierno adolescente, a un adulto más que serio; de un sufrido y pasional compañero de cama, a un experto y despiadado amante que la arrastra a descubrir sus límites físicos de maneras casi abusivas, llevándola al placer más absoluto.

Gates pasa los dedos por esa melena espesa y castaña llena de mechones ondulados, y agarra dentro de su puño una coleta con su pelo, de la que tira delicadamente hacia atrás y mantiene sujeta, haciéndola arquear la espalda un poco más. Annie se estremece cuando siente la presión de sus manos fuertes en su culo, cuando clava los largos dedos en su carne. Aparta la tela del tanga rojo a un lado, y resopla por lo bajo por culpa de la imagen. Nadie puede imaginarse lo suya que la siente en esos momentos. Es tal la excitación de su cuerpo, que la humedad hace que sus dedos resbalen brutalmente hacia dentro, y provocan un gemido que resuena en la habitación. Adora la manera en la que respira, en la que se mueve buscando su mano y la manera en la que respira, afectada por su particular manera de torturarla durante largos minutos. Empuja con una mano, en una mezcla de firmeza y delicadeza, la parte de atrás de su espalda, haciendo que sea su pecho lo que se apoye contra el colchón en lugar de sus manos, quedándola aún si cabe más expuesta a él. Agarra su cintura y sin querer retrasarlo más, la embiste profundo y fuerte, sin pensarlo. Sabe lo que sigue, y también sabe que ni siquiera están utilizando protección, pero ahora ya no puede pensar en nada más…

Ana agarra las sábanas entre sus manos y las aprieta, cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior a la vez que suelta un gemido desgarrador de puro placer. Lenta pero firmemente, Brian la embiste de nuevo. Al principio entra y sale de ella despacio, conservando la poca delicadeza que le queda en el cuerpo, pero poco a poco comienza a aumentar su velocidad, en proporción directa al aumento de temperatura que se produce en la habitación. Ana se desliza hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo, gimiendo con media cara apoyada en el colchón, que de alguna forma acalla sus gemidos. 
Le busca. No con la mirada, pero sí con su cuerpo. Busca su piel, su contacto, sus manos constantemente, y Brian siente que se muere, que en cualquier momento puede explotar, siente que ahora mismo está en el paraíso y que nunca jamás querría salir de él. La chica de ojos claros, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedan en el cuerpo, apoya las manos en la cama y se incorpora de nuevo sobre ellas, volviendo a quedarse a cuatro patas.

Las gotas de sudor descienden por su pecho, y sus gemidos no hacen más que ir en aumento, cada vez más intensos y mucho más ruidosos. Gates alza la mirada y puede verse reflejado en el espejo de la habitación. Entre leves gemidos y resoplidos, esboza una media sonrisa de pura satisfacción. Puede ver a Ana con los ojos cerrados y el ceño fruncido, causa del placer más absoluto, zarandeándose de adelante hacia atrás, y puede verse a sí mismo tras ella, agarrándola por la cintura, con las rodillas clavadas en la cama. Se ve a sí mismo haciéndola suya. Lo más suya que ha sido nunca. Ni siquiera cuando se largó con Charlie sintió que había dejado de serlo...

Durante unos largos minutos lo único que inunda la habitación son los gemidos de la chica, y la respiración acelerada como la de un animal de él. Brian sale de ella, que ahora siente que le tiemblan las piernas y que apenas puede sostenerse sobre sus rodillas y sus manos. El la coge casi como a una niña pequeña cansada y, sentándose con la espalda de nuevo contra el cabecero, la sienta sobre él a horcajadas y flexiona las piernas, dejando que su chica utilice sus piernas como respaldo. Está preciosa, extenuada, acelerada, tan borracha como él y con ese brillo juguetón en los ojos. Le acaricia los labios con el revés del dedo índice y habla en un susurro, retándola con esa mirada oscura mientras le aparta un mechón salvaje de la cara. -Recuérdame cómo era eso que tan bien sabías hacer con las caderas y que tanto me gustaba…- 
Ella sonríe levemente y se muerde el labio al sentirle de nuevo dentro de ella, entero, caliente y de puro acero. Apoya las manos en su pecho y empieza a moverse de arriba abajo, marcando el ritmo como quiere ahora que puede hacerlo. Adora esa cara de Brian, cuando cierra los ojos, respira fuerte, se muerde el labio inferior y se abandona a sus movimientos. Últimamente ha empezado a descubrir mil maneras de amansar a la bestia que lleva dentro y que ahora se agarra a sus caderas, ansioso y desesperado, como si no pudiera tener suficiente de ella por muchas horas que pasaran…

La chica de ojos claros se zarandea, se menea, se agita y se retuerce sentada sobre él, volviéndole más y más loco con cada movimiento. Tras unos minutos llevando a Brian al más profundo abismo, le agarra la cara por la barbilla y hace que clave su mirada en la de ella. Se quedan mirándose, serios, concentrados, como si quisiesen ver más allá de los pensamientos del otro, y es justo en ese momento, por culpa de los movimientos rápidos y ágiles de Annie, los dos se precipitan al orgasmo más intenso. La chica de ojos claros resopla, reclina la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y suelta un gemido que hace retumbar las paredes, y Brian, exhausto, la agarra con aún más fuerza por las caderas y, haciendo el mismo movimiento con la cabeza que ella, resopla sonoramente y después suelta un gruñido desgarrador y condenadamente sexy, como si se dejase los pulmones en él, sintiendo todas y cada una de las contracciones interiores de su niña, aprisionándola contra él para sentir que la posee aún más, que no la dejará ir, que es suya y solamente suya...



Han pasado cinco minutos, y ahora los chicos han decidido alejarse de la cama para ocupar el baño. Más concretamente, la bañera. Annie y Brian están disfrutando de un baño de agua templada, sentados de la bañera, uno frente a otro, y lo hacen, increíblemente, con las respiraciones aún aceleradas. Están decididos a no dejar pasar la noche, y considerando que aún es temprano, han vuelto a coger las botellas de whiskey y de tequila y han empezado a beber dentro de la bañera, entre risas. Están relajados, felices y camino de estar borrachos de nuevo. Sienten que están en la cima del mundo, que lo tienen todo y que nada puede ir mejor. A Brian todavía le dura un ataque de risa provocado por un resbalón de Ana al entrar en la bañera que, de no haberla sujetado, hubiera acabado en tragedia. Ahora, metido en el agua, ha estado tentado de coger un cigarrillo, pero al estirar el brazo, Ana ha sacado la pierna del agua y con el pie, ha desviado el brazo de Brian, impidiéndole coger la cajetilla de Marlboro. Él ríe por lo bajo, resignado, y le pega otro trago a la botella de tequila. Habla entre dientes, cómicamente. -Qué enérgica te veo…-

Ella sonríe de medio lado con aire misterioso y, manteniéndole la mirada en los ojos, arquea una ceja, hablando antes de pegarle un trago considerable a su botella de Jack. -Te sorprendería saber la cantidad de energía que tengo en el cuerpo después de lo de antes...- Ríe traviesamente, coreada por Brian, quien vuelve a pegarle otro trago a la botella y sin perder la sonrisa, reclina la cabeza hacia atrás y cierra los ojos, dejándose resbalar un poco más abajo, haciendo que el agua le cubra más. Habla en un susurro, abriendo los ojos y clavando la mirada en el techo. -Estoy empezando a estar borracho otra vez. Con todo el esfuerzo se me había pasado, pero ahora veo que se me va la mano otra vez….- Ríe por lo bajo y mira el reloj que hay sobre una de las estanterías. -Oh, por Dios, son las siete menos diez de la mañana…-

Ana ríe y se le queda mirando con una sonrisa traviesa, mordiéndose el labio y sujetando la botella de forma desganada en una mano. -Si quieres te quito la borrachera otra vez....-

Tras un rato más de ducha, comentarios subidos de tono, tequila y whiskey, Brian sale de la bañera y se decide a secarse y ponerse ropa limpia. Ana decide quedarse un rato más dentro del baño, y Brian la informa de que la esperará en el recibidor del sitio en el que se están alojando. Han acordado salir a dar un paseo para ver el amanecer, y así aprovechar para, con el frío de la mañana, despejarse y quitarse de encima la borrachera que empieza a agobiarles. 
Gates sale de la habitación con sus habituales vaqueros rotos (a decir verdad cree que en todo su arsenal de ropa, solo tiene uno que no esté roto, y ahora no lo lleva consigo, debió dejárselo en LA), una sudadera sin mangas y con capucha y unas deportivas negras. Baja las escaleras de la primera planta hasta la planta baja y camina en silencio, con las manos metidas en los bolsillos. Ahora que Ana no puede verle, cree que es el momento idóneo para sacar un cigarrillo y encendérselo. La primera calada le sabe a gloria, todo sea dicho. Camina por el recibidor principal, y una chica joven de pelo oscuro y exageradamente liso, la recepcionista, tiene clavados sus ojos azules en él. Por la manera en que lo mira no es capaz de descifrar lo que ocurre, pero le resulta divertido. Igual es ilegal fumar en el motel y no lo sabe…

Cuando Brian se acerca, la chica se muerde el labio inferior con una media sonrisa y se apoya en el mostrador, mirándole a los ojos mientras enreda con un mechón de pelo entre sus dedos. Lleva una camiseta de tirantes blanca escandalosamente corta y mastica chicle de una forma grosera y desde luego poco educada, pero Brian tiene tanto alcohol en la sangre que incluso la encuentra atractiva. Le dedica una sonrisa fugaz y ella habla en un susurro, mirándole de arriba abajo. -No se puede fumar aquí, pero desgraciadamente no solemos tener a gente como tú por éste sitio, así que me haré... La tonta cuando mis padres pregunten que por qué huele a tabaco...- Ríe por lo bajo, falsamente, contagiando sus carcajadas a Brian. Pocos minutos pasan entre charlas bastante subidas de tono entre los dos chicos hasta que Annie irrumpe en la estancia, vistiendo unos vaqueros largos y una camiseta azul oscuro. Cuando los ve hablando tan cerca y la forma en la que lo están haciendo, no puede sino sentir una puñalada de celos en el estómago. 
Con paso decidido y sin vacilar un solo segundo, la chica de ojos claros camina hacia el mostrador. Le dedica una mirada furtiva y aplastante a la chica, que ahora, al igual que Brian, la miran confusos, sin entender el porqué de esa cara de pocos amigos. Ana centra su atención en su chico y le empuja hacia atrás ligeramente para después cruzarle la cara de una bofetada, hablando torpemente y tropezándose con las vocales a causa del alcohol. -¿Qué coño haces hablando con esta guarra...?-

La chica del mostrador se lleva una mano a la boca casi a la vez que el sonido del impacto. Brian se lleva una mano a la mejilla y fulmina a Ana con la mirada, susurrando hostil, casi amenazadoramente. -Qué coño… Acabas... De hacer…- La chica del mostrador, demostrando no tener ni un pelo de reparo a pesar de lo que acaba de pasar, enarca una ceja y sin dejar de masticar el chicle que tiene en la boca, habla con un tono cargado de sarcasmo, realmente molesta por el comentario. -Tú deberías callarte, que con esa ropa tienes pinta de prostituta en su día libre…- Resopla con desprecio, reprimiendo una sonrisa. -¿A quién le has robado esos pantalones?- Brian fulmina con la mirada a la recepcionista, agarra de la muñeca a Annie con fuerza, y trata de tirar de ella y alejarla antes de empezar algo que puede acabar muy mal. -Nos largamos de aquí, Ana. Ahora…-

Ana trata de zafarse de los agarres de Brian y le lanza una mirada de odio a la recepcionista, insultándola a voz de grito, diciendo todas las cosas malas que se le pasan por la cabeza en ese momento, dejándola a la altura del betún completamente y poniéndola de zorra para arriba. Ambas gritan tanto que los huéspedes del piso bajo y la primera planta comienzan a sentirse molestos y algunos incluso se han asomado al pasillo para ver lo que está pasando, con caras de sueño y fastidio. 
Cuando la chica de ojos verdes logra librarse de las manos de Gates, echa a correr hacia el mostrador dispuesta a enzarzarse en una pelea con su repentina enemiga, pero Haner enseguida se apresura a correr tras ella y agarrarla por detrás mientras Annie patalea y un hombre de unos cincuenta años que se alojaba en la habitación veintisiete se ve obligado a agarrar a la otra participante en la pelea, la recepcionista, que entre gritos, arañazos y patadas trata de soltarse, al igual que Ana.

De una manera que ninguno de los dos chicos se esperan, lo siguiente que rompe el griterío que se ha montado en el motel, son las luces azules y parpadeantes de un coche de policía. Alguien ha debido de avisar a las autoridades, y a decir verdad puede haber sido cualquiera de los huéspedes que trataban de dormir. Un par de oficiales de policía entran en el recibidor del sitio, dejando a todos helados, incluso a la recepcionista y a Ana, que parecían a punto de agarrarse otra vez. El hombre de unos treinta años alza la voz, mirando a toda la gente. -Bueno, según la llamada aquí estaba habiendo una pelea, y ya veo que no es mentira. ¿Quién o quiénes son los responsables de éste jaleo…?-

La muchedumbre que ahora se agolpa en las barandillas y en el recibidor señalan a Ana y a Brian, y la recepcionista se apresura a hablar, haciendo un buen papel de víctima inocente e inofensiva. -Han sido ellos dos. Están borrachos y han empezado a montar jaleo por el motel. Yo solo les he pedido que se callasen…- El otro oficial, un hombre de unos cincuenta años, resopla cansado, como si se lo esperara, y mira de fijo a Brian. -Borrachos…-

Ana fulmina a la recepcionista con la mirada y después mira al oficial, poniendo todo su esfuerzo en hablar bien, pero tal y como está le resulta imposible. -Verá agente, todo esto empezó porque cuando bajé de darme un baño en mi habitación me encontré a MI novio, hablando con esa fulana de ahí. Así que no le haga caso a nada de lo que dice, esa víbora quiere salirse con la suya...- Resopla, hablando con la voz ahora temblorosa, como si fuese a romper a llorar en cualquier momento, clavando sus ojos cristalinos en los de la otra chica. -Es mío, perra. Y como se te ocurra acercarte a él te juro que lo vas a pagar caro. Y me da igual tener cien mil litros de alcohol en sangre o no. Las consecuencias las pagarás igualmente porque yo cuando juro no lo hago en vano…- Brian pone los ojos en blanco, pensando para sí con la mano aún colocada sobre la mejilla en la que recibió el impacto. Menos mal que me quieres, no quiero saber qué pasaría si me odiaras... Gates la mira y enarca una ceja, hablando por lo bajo. -Ana, no lo empeores, estás sonando como si fueras el maldito Padrino, cállate de una vez...-

El hombre de unos treinta años, el oficial de policía más joven de los dos, mira a Ana como si fuera una niña pequeña enfadada, como si le resultara adorable, y esa sonrisa que le sale pone de los nervios a Brian. El chico de ojos oscuros siente que alguien le coge las manos desde atrás, y antes de poder defenderse, siente el tacto metálico y frío de unas esposas rodeando sus muñecas. El oficial más mayor suspira y le hace andar hacia adelante, a pesar de lo mucho que le cuesta a Brian coordinar sus movimientos ahora. -Vamos, hijo. Vamos a dar una vuelta a comisaría.-
Ana mira a Brian y como una madre protectora con sus niños, se lleva una mano a la boca horrorizada y musita un “No, no, por favor…” que hace que al oficial más joven se le borre la sonrisa por pura lástima. Es un pueblo tranquilo, no están acostumbrados a ese tipo de revueltas. El oficial agarra del brazo a Ana con cuidado y la chica, que mira ensimismada y a punto de llorar cómo el otro policía saca a Brian por la puerta, apenas puede oponer resistencia cuando el otro hombre le coloca las esposas a ella también. La recepcionista habla con una sonrisa reprimida, adoptando un fingido gesto de pena. -Una lástima, en los calabozos no hay camas de matrimonio. Vais a tener que dormir separados…- El policía chasquea la lengua harto de juegos de niños y hace andar a Ana, hablándole como si quisiera tranquilizarla. -No te asustes, no va a pasaros nada. Iremos a comisaría un rato, os tomaremos los datos y en cuanto estéis bien de nuevo os volveréis a ir. No vamos a encerraros por esto, ¿eh…?-

La chica de ojos claros baja la mirada al suelo y abandona el hostal, saliendo por la puerta detrás de Brian y seguida por uno de los policías. Las luces azules y rojas del coche iluminan toda la calle que ahora deja entrever las primeras luces del alba y pese a que no se oye un solo ruido, es imposible conservar la tranquilidad. Flanqueados por los agentes, los dos chicos se suben en el coche y este los lleva en cuestión de pocos minutos a la comisaría. Allí los tienen esperando un par de horas en la sala de espera, tiempo durante el cual no se dirigen la palabra. Ni siquiera se miran. Ni siquiera se sientan juntos. Después les toman los datos y más tarde los meten en dos celdas contiguas para que puedan dormir, bajar la borrachera y así puedan volver a su lugar de residencia en pocas horas. La chica de ojos verdes está ahora tumbada en la cama de la celda de espaldas a Brian, que está también tumbado en la cama de su celda, en silencio, sin poder dormir...




Algunas horas después, los chicos despiertan a la vez. Lo hacen sobresaltados, sin saber muy bien qué pasa. Unos de los policías ha golpeado la porra contra las barras metálicas de las celdas, haciendo un sonido estruendoso que despierta a Annie y Gates de golpe. Como una pesadilla hecha realidad, Brian se incorpora en su cama, se frota los ojos y encuentra a los dos oficiales de policía y a un hombre en medio cuya cara le resulta familiar. Es el encargado de la licorería. El hombre pronuncia unas palabras que hacen que a Brian se le caiga el mundo encima. -Sí, éste es el chico. Y la de la celda de al lado de su novia. Iba con él.-

El policía de edad más avanzada chasquea la lengua y sacude la cabeza, mirando a Brian de fijo. -Hijo, las borracheras no se multan, pero los robos sí. Éste hombre dice que anoche, después de que visitárais su tienda, echó en falta unas cuantas botellas de alcohol, bastante caras.- Enarca una ceja. -¿Es eso verdad?- Brian traga saliva y se pregunta qué estará haciendo Ana en la celda contigua. Estará tan atacada como él. No le queda más remedio que confesar. Es su palabra contra la de él, pero él dice la verdad y si se atreviera a negarlo, podrían ir a registrar la habitación que ocupaban, encontrar todas las botellas y quizás la multa podría ser mucho peor. Ni siquiera sabe si es un agravante eso de mentirle a la autoridad. Resopla fastidiado, casi hostil, bajando sus ojos oscuros al suelo. -Sí. Pero fui yo. Ella no se dio cuenta hasta que no salimos de la tienda. El robo fue cosa mía, fue... Fue una idiotez. Agente, puedo pagar el importe de todo lo que me llevé, fue una chiquillada, podemos llegar a un acuerdo...-

Ana, desde la celda de al lado, tiene la cara enterrada en la almohada y llora en silencio, intentando acallar sus sollozos de la mejor manera posible. Está confusa, asustada y tiene mucho miedo de meterse en problemas ahora o de que metan a Brian en la cárcel. No podría soportarlo, desde luego que no. Si hay algo de lo que está segura es de que la multa costará bastante pagarla, y la verdad es que llevan encima el dinero justo para sobrevivir al viaje. Sabía que no era buena idea eso de robar, no le gustaba ni un pelo, pero aún así lo hizo. Aún así permitió que Gates se hiciese con las botellas de forma ilegal, así que tiene tanta culpa ella como él. Se levanta de la cama de un salto y sin dejar de llorar y ni siquiera secarse las lágrimas, se asoma por entre los barrotes de la celda de su chico y habla mirando a los policías, con un dolor de cabeza que hace que le retumbe cada palabra que dice.

-No le hagan caso, agentes. Yo... Sabía que estaba mal y aún así permití que lo hiciera. Solo... Solo estábamos celebrando, de veras, nada más, pero se nos fue de las manos... Estamos en medio de un viaje larguísimo que no ha hecho más que empezar y de verdad que necesitamos el dinero, así que no podíamos gastarlo en caprichos como ese.... Pero al final nos ha salido caro y... De verdad que lo sentimos. Muchísimo. Ténganos aquí todo el tiempo que quiera pero por favor no nos cobren, nos queda mucho trayecto que recorrer hacia Los Ángeles y no nos queda dinero, ¿sabe...?- Le dirige una mirada rápida a Brian y después vuelve a mirar al policía. -Y por favor, no le encierren, llevábamos mucho tiempo separados y no quiero tener que separarme de él otra vez...-

El oficial más joven ríe por lo bajo, chasqueando la lengua. -Bueno, bueno, bueno, pero si tenemos aquí a la dulce Julieta tratando de salvar a la versión macarra de Romeo.- Se acerca a la celda, a Annie, poniendo en guardia a Brian, que como un perro guardián, sigue la trayectoria del oficial con una mirada asesina. “Que no le ponga una mano encima, que no se la ponga porque…”. El hombre joven habla de nuevo, bajando el tono de voz, con la mirada fija en Annie. Gates conoce esa mirada. Podría jurar que la mira con algo más que sarcasmo… -Mira, preciosa, aquí hay unas leyes que cumplir. Robar es un delito serio, y no me importa que haya sido producto de vuestras chiquilladas, porque toda mala acción tiene sus consecuencias. Ya veremos qué hacemos con vosotros dos.- Mira al encargado de la licorería. -Henry, puedes irte, gracias…- El policía más mayor acompaña al hombre fuera de los calabozos, y es entonces cuando el oficial joven, que resulta apellidarse Taylor, se encuentra con la mirada asesina de Brian, que lucha por no levantarse de donde está sentado e ir a partirle la cara. Está harto de verle tratar a Ana como a una niña, y si vuelve a escuchar eso de preciosa una vez más, siente que se volverá loco.


Sintiéndose impotente e inútil, Ana se sienta en el borde de su cama y, enterrando la cara entre sus manos, resopla sonoramente y se queda quieta en esa posición. En un silencio total. El policía más joven, que ahora se ha quedado solo en la comisaría con ellos, sacude la cabeza con una sonrisa burlona casi imperceptible y se sienta en su silla, de espaldas a las celdas. Coloca los pies sobre la mesa y, reclinándose en su asiento, se dispone a leer el periódico. Brian puede darse cuenta de que su niña de ojos claros está llorando silenciosamente a juzgar por lo irregular de su respiración y la cantidad de tiempo que lleva sin moverse, como si tratase de ocultar las lágrimas para que nadie la viese llorar y para que el estúpido de Taylor no pueda reírse de ella. Brian siente que la imagen le conmueve.

Él suspira profundamente, y chasquea la lengua por pura decepción. Todo ha salido al revés. Ana está sentada en su cama, balanceando las piernas en el vacío. Tiene los ojos llenos de lágrimas, y solo rompen el silencio de la estancia el pasar de las hojas del periódico, y la radio muy muy baja que retransmite sobre el escritorio del oficial. De pronto, una voz débil rompe el ambiente, una voz que conoce bien.

-A long, long time ago… I can still remember how that music used to make me smile…-

Brian, al otro lado de la pared, está cantando. Lo hace con una sonrisa triste que Ana no puede ver, pero que en seguida se le contagia. Y de nuevo su voz rompe el silencio, haciéndola reír por lo bajo. 

-And, I knew if, I had my chance that I could make those people dance, and... Maybe they'd be happy for a while…-


Taylor sisea mandándoles callar sin girarse, pero Ana ya está secándose las lágrimas sin perder la sonrisa. Le adora. Solo él es capaz de hacer éste tipo de cosas en situaciones como esa. Y ahí le tiene. El amor de su vida está sentado en la cama de una celda contigua, cantándole American Pie solo para asegurarse de que ella sonríe un poco y deja de llorar…

Annie, con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa infinitamente triste dibujada sobre los labios, se levanta de la cama y se sienta como los indios frente a los barrotes. Le mira, suspira y estira una mano hacia él, indicándole que se acerque. Enseguida, Brian se levanta de la cama y se acerca, sentándose frente a ella. Annie coloca la mano sobre su mejilla y se la acaricia con suavidad, dejando que la última lágrima se le deslice por la mejilla. Apoya la cabeza en un barrote sin dejar de acariciarle la mejilla ni apartarle la mirada, ofreciendo una escena realmente adorable y tierna a todo aquel que la vea. En total silencio y moviendo los labios despacio para que Gates pueda entenderla, logra transmitirle un Lo siento que hace que la sonrisa del chico de ojos oscuros se amplíe, suspire y sacude la cabeza. No importa en cuántos líos le meta, él seguirá queriéndola siempre como el primer día que la vio, tan bonita, perdida y asustada apoyada en la barra del Red Dingo.

El le acaricia la punta de la nariz con el dedo índice y le limpia una lágrima de la cara. Suspira profundamente, la besa sobre los labios con una delicadeza extrema, y habla en un susurro casi inaudible, con una sonrisa triste. -Saldremos de ésta. Ya lo verás. Saldremos igual que salimos de todo.- Baja aún más su tono de voz. -Te quiero, Ana. No tengas miedo…- El oficial se gira por un momento, los mira, pone los ojos en blanco en un gesto de desesperación y desagrado y tras chasquear la lengua, vuelve a poner toda su atención en el periódico. Es horrible la incertidumbre de no saber qué va a pasar con ellos dos, de no saber cuál será la decisión que tome la comisaría. ¿Les darán un indulto o tendrán que pagar la dichosa multa…? Brian resopla pesadamente, ahora con sus ojos oscuros clavados en el suelo. Ni siquiera sabe si tendrían dinero suficiente para pagarla…

La chica de ojos claros chasquea la lengua, resopla y, sin soltar su mano, apoya la cabeza en uno de los barrotes, quedándose con la mirada infinitamente triste y perdida en el suelo. Si ya tenían bastante con el viaje que les queda por delante, ahora además están metidos en el que probablemente será el lío de sus vidas. No solo están arrestados por armar escándalo estando borrachos, sino también por robar en una licorería y, en lo más profundo de su ser, ambos rezan todo lo que saben porque a los policías no les dé por investigar y descubrir que Brian conduce de forma ilegal y sin carnet. Si eso pasa, ya sí que no sabrían cuándo volver a casa...

Pasan otro par de horas más de encierro, otras dos horas más de puro aburrimiento, silencio, cargos de conciencia y arrepentimiento, hasta que el oficial más mayor entra en la zona de los calabozos, con un informe en las manos. Le dice algo a Taylor y éste sale fuera, dejándolos solos a los tres. El hombre, con pintas de cansado, de tener demasiada paciencia y de sentir incluso algo de pena por ellos, se sienta en la silla mirando hacia las celdas y suspira profundamente. -Vamos a tener que tomaros los datos, porque desde la centralita me han avisado de que la multa no se puede retirar. Son 1500 dólares, o un par de meses de estancia aquí.- El hombre advierte la expresión de sus caras cuando dice eso de “un par de meses”, y suspira pesadamente. -Lo sé, hijos, lo sé. En éste estado el robo está penado de verdad, se considera un delito serio, sea lo que sea lo que se haya robado. Además, se le suma el agravante de la alteración del orden público…-

Ana baja la mirada al suelo y resopla, hecha trizas por dentro. Sus ojos se humedecen y habla en un susurro con la voz rota, intentando esconder sus lágrimas. -Solamente tenemos quinientos dólares para volver a casa, agente. Solamente quinientos dólares para recorrer todo el camino que nos queda hasta Los Ángeles, y no podemos quedarnos dos meses aquí...- Suspira y le mira, con la tristeza más infinita plasmada en el verde de sus ojos. -¿No hay nada que podamos hacer...? ¿Trabajos comunitarios durante una semana o algo así...? Usted... Usted no lo entiende. No lo hicimos con ninguna mala intención, de verdad... Está mal pero no medíamos la intensidad de nuestros actos...- Baja la mirada de nuevo y su voz se quiebra. -Por favor, nos quedaremos sin nada...-

El oficial se encoge de hombros, apesadumbrado. -Ojalá pudiera hacer algo, pero… O pagáis la fianza o… Tendréis que quedaros aquí.- Chasquea la lengua y los mira a uno y a otro, visiblemente incómodo. Seguro que en esos momentos odia ser policía. -Tenéis derecho a un par de llamadas. Podríais llamar a alguien que viniera y os prestara el dinero.- Brian clava su mirada en Ana, y enarca una ceja. -Matt… Dean y él vendrían seguro, Annie…-

La chica de ojos claros resopla y sacude la cabeza, encogiéndose de hombros y, finalmente, asintiendo.
Gates se levanta del suelo de la celda, se sacude los pantalones y suspira pesadamente, acercándose a la puerta también hecha de barrotes. Se siente como un verdadero animal, y siente que todo es injusto. Él no va a atacar a nadie, no necesita que le tengan encerrado. Ana y él no son peligrosos, y sabe que el oficial es consciente de ello. Habla agarrado a los barrotes, apagado, con la mirada fija en el hombre de cincuenta años. -Oficial, quiero hacer esa llamada…- El hombre asiente y se levanta de la silla, llevando unas llaves en su mano. Brian mira a Annie y deja que ella en sus labios lea un “no te preocupes”. 

El oficial habla de nuevo, abriendo la puerta y dejando salir a Brian sin esposarlo. -Puedes llamarme Tom, hijo.- Le acompaña hasta la mesa y descuelga el teléfono, poniéndole el auricular en una mano y apartándole una silla para que se siente. Gates le sonríe casi imperceptiblemente cargado de gratitud silenciosa, y marca el número de su casa. Matt debe de haberse levantado hace poco, y no puede imaginarse cómo va a reaccionar después de todo. Cuando oye su voz al otro lado de la línea, no puede evitar sentir una presión tremenda en el pecho, una que le impide hablar en algunos segundos. -M-Matt, soy yo, Brian…-


Cuando se da cuenta de que Matt ha descolgado el teléfono, Annie se deja caer sentada en el borde de la cama de su celda y suspira profundamente con nerviosismo, rezando todo lo que sabe porque no cuelgue ni se ponga a gritar como un loco. El silencio se hace al otro lado de la línea y de pronto Gates puede oír un sonoro resoplido. Poco después Matt habla secamente y con un tono de voz frío y cortante. -¿Qué cojones quieres?-



Brian traga saliva y chasquea la lengua. -Tío, escucha. Sé que no debí largarme de casa, sé que no debí hacerlo sin avisar, y tampoco debí haber cogido tu coche sin permiso, pero Matt, estoy metido en un problema gordo. Te estoy llamando desde una comisaría y…- Gates ni siquiera puede imaginarse la cara que se le debe estar quedando a Matt, pero está hablando tan acelerado que no le está dando tiempo a su amigo a rebatirle nada. -Y estoy encerrado aquí, tío, en un pueblo de la frontera de Texas que creo que se llama Valentine, o algo así. Joder, necesito pagar una fianza de mil quinientos dólares para salir de aquí. No tengo ese dinero, tenía lo justo para la gasolina del viaje de vuelta. Matt, escucha, lo siento, y te estoy pidiendo lo más importante que te he pedido jamás. Tengo mucho que explicarte, y te juro que lo compensaré, pero por favor, ven a buscarme. Tengo a Ana conmigo, fui a buscarla y arreglé todo lo que había jodido, y ahora estamos juntos, pero no podemos volver a LA sin tu ayuda. Pídele a Dean que te eche una mano o algo así, sé que ninguno de vosotros dos me dejaría tirado...-

El silencio se ha hecho al otro lado de la línea y la voz de su amigo no suena por ningún lado. La voz de Brian suena dolorosamente angustiada, desgarradora y realmente nerviosa, y Matt puede notarlo todo. Habla de nuevo bajando el tono de voz, intentando no derrumbarse. -Necesito tu ayuda, hermano. Sácame de aquí, por el amor de Dios…-

Matt se queda en silencio unos largos segundos que para todos los presentes en la comisaría se hacen interminables. El comisario observa con lástima la ahora palidísima cara de Brian. Ana, sentada al borde de la cama, siente que se muere de la incertidumbre y que los nervios se la comen y Gates siente que se desmayará en cualquier momento si no obtiene una respuesta de su amigo. -Matt, por favor...-

Segundos después la voz del chico de ojos claros resuena rota y quebrada, en un susurro. Matt parece estar al borde del ataque de rabia.

-Déjame en paz, tío. Déjame en paz. Olvídame. Quédate con el puto coche si quieres. A mí me da igual. Me da exactamente igual. No quiero nada que venga de ti y no quiero tener nada que ver contigo. Eres penoso, hermano. Jodidamente penoso. ¿Sabes? Por un momento creí que cuando me senté a hablar contigo aquella tarde te hice entrar en razón. De verdad que lo creí. De hecho pensé que lo habías entendido y que dejarías de cometer locuras por una cría que te dejó tirado como el perro que eres. Estoy decepcionado, Brian. Muy decepcionado. Nunca pensé que nuestra amistad podría terminar así. No quiero saber nada de ti, ni de comisarías, ni de dinero, ni de coches, ni de Annie. Absolutamente nada. Búscate la vida tú solo, tío, no vuelvas a contar conmigo, nunca jamás. Hasta ahora lo has hecho muy bien.

Cuelga, de pronto, simplemente, cuelga.


El sonido de la llamada cortada, ese pitido incesante y sin cortes que taladra sus oídos, es lo único que Gates escucha ahora. Tiene la mirada clavada en la mesa, y apenas puede recuperar la respiración. Puede escuchar a Ana llorando en la celda de atrás. Supone que ha intuido todo lo que acaba de pasar, y ahora escucha sus sollozos asustados y reprimidos. Tom traga saliva cuando Brian deja el auricular muy despacio sobre el teléfono, y habla con su voz ronca a la que los chicos ya empiezan a habituarse, tratando de hacerla sonar con tacto y comprensión. -Aún te queda otra llamada, hijo. Puedes intentar llamar a otra persona…- 

      Brian cierra los ojos y suspira. Lo cierto es que está a punto de llorar de rabia. Descuelga de nuevo el teléfono y trata de llamar al móvil de Dean. Está apagado, apagado por completo. Cuelga de nuevo y tras un largo y desesperado resoplido, se lleva las manos a la cabeza, y alcanza a susurrar como puede, cubriéndose la cara con las manos. -Venga ya, no puedo creerlo…-

Nadie va a ayudarles, y por mucho que duela aceptarlo, están completamente solos.
Solos en ésto.

Capítulo 22.- Un chico de reformatorio, Bonnie y Clyde y un botín.


[-Vámonos, y vámonos cuanto antes. Yo no tengo nada que me ate aquí. Después de este tiempo me he dado cuenta de que tú eres mi única atadura, y por razones que desconozco necesito estar contigo. A tu lado. Despertarme contigo, irme a dormir contigo, vivir en tu casa o enfrente tuyo, cielo... Iremos a Los Ángeles y nos instalaremos de nuevo, y una vez allí sé que estaremos bien sin que nadie pueda molestarnos. Empezaré de nuevo en el Red Dingo y dentro de unos años nos casaremos, Brian. Nos casaremos y tendremos unos hijos preciosos. Formaremos una familia que no puedo esperar a darte, y te aseguro que nunca más volverá a pasar nada de esto, cielo. Te lo aseguro. Te quiero. Te quiero más que a nada en este mundo y si hay algo de lo que me he dado cuenta y algo que he sacado de todo esto es que puedo vivir sin ti, pero sin ti me sentiría miserable hasta el fin de mis días...- Susurra, sin dejar de llorar, sonriendo entre lágrimas después de haberle besado sobre los labios con prisas. -Vamos, mi desastre andante. Haz algo bien por primera vez en un tiempo, arranca este maldito coche y larguémonos de aquí, ¿de acuerdo...?]

Brian sonríe con la cara aún empapada en lágrimas, mirándola casi con adoración antes de bajarse del coche para montar en el asiento del conductor. Annie no tarda en ocupar el asiento del copiloto con una sonrisa a pesar de todo, y antes de arrancar ambos se dedican una mirada tan cómplice que duele, un beso en los labios tan lento y silencioso que ninguno de los dos querría que acabara jamás. Ahora ambos saben que habrá muchos más besos como ese, y ahora tienen prisa, necesitan salir de esa ciudad lo antes posible. El motor del viejo coche ruge mientras rueda asfalto arriba, abandonando la calle de Ana. Las lágrimas que aún empapan las sábanas de sus camas vacías eran de pura tristeza, y las que ahora les llenan la cara son producto de la alegría más absoluta...


Arranca y conforme van avanzando hacia la salida del pueblo, Ana recorre con la mirada cada uno de los rincones de este, aunque al ser de noche se le hace bastante difícil distinguir las casas. Una sonrisa ahora de pura felicidad está dibujada en sus labios, pero también tiene un aire de nostalgia al saber que se va otra vez, que vuelve a dejar ahí a su familia y que esta vez ni siquiera ha podido despedirse. Se asustarán al ver que no está, pero en cuanto consiga un teléfono se asegurará de que la primera persona a la que llame sea a su madre. Se siente bien por fin. Se aleja de Charlie y deja con él todos sus demonios, todos sus gritos, sus insultos, sus faltas de respeto, sus palizas....

Y lo deja todo por irse con un hombre bueno, con un tío que la quiere de verdad y que la cuidará pase lo que pase. Se va con quien realmente quiere irse. Tras mirar por la ventanilla unos minutos, cuando ya han abandonado Detroit, Annie dirige su mirada a Brian. Conduce concentrado, tanto que ni siquiera se ha dado cuenta de que Ana estaba mirándole, pero en sus labios finísimos lleva dibujada una media sonrisa que ahora se le antoja imborrable. La chica de ojos verdes sonríe también sin apartarle la mirada y, aunque está muerta de sueño, no quiere dormirse. Quiere darse cuenta de que lo que está pasando sea real, y teme despertarse en cualquier momento. Con ternura y suavidad le agarra la mano que Gates tenía sobre la palanca de cambios y entrelaza sus dedos con los de él, exhalando un suspiro mientras, clavando ahora la mirada en el frente, se acomoda en el asiento.

Su chico de ojos oscuros aún anda dándole vueltas a la manera en que la ha sacado de casa. No lleva nada con ella, ni el más mínimo equipaje, y tampoco es que Annie pareciera muy dispuesta a coger nada del interior de su casa. A pesar de todo, ha podido ver en sus ojos una necesidad irrefrenable de que la rescataran, como si de nuevo hubiera adoptado esa actitud asustada del principio de todo.

No va a preguntarle por Charlie, porque sabe que no le contará nada bueno, y eso solo hará que le hierva la sangre y se sienta impotente y rabioso sin sentido. Algún día le devolverá todo lo que le ha hecho a su alma gemela, y quién sabe cuándo será eso, pero desde luego no lo olvidará. Al contacto suave y cálido de la mano de Annie con la suya, su sonrisa se amplía, y la mira por un par de segundos en silencio. Está cansada, por supuesto que lo está. Cansada y preciosa, con sus ojos verdes clavados en el frente, dejándole ver ese perfil perfecto que tuvo siempre, y sonríe casi imperceptiblemente de una manera adorable. Ésta escapada, éste rescate le ha salvado la vida. Y a él también, que sentía que en ausencia de Ana se le acababa a cada minuto. Ni siquiera tiene prisas por volver a casa ahora. Les queda por delante un largo, larguísimo viaje, y recorrerán mil carreteras, mil sitios diferentes para volver de nuevo a la gran ciudad de las luces. Ambos están destrozados, él por el viaje que hizo de ida más el de vuelta y todas las emociones que vuelve a sentir, y ella por una noche de llanto interrumpida por un secuestro inesperado cuando ya por fin había conciliado el sueño. Él le cuenta cómo consiguió largarse de casa, y todas las novedades en la ciudad, y ella hace lo mismo. Lo cierto es que su niña ha estado pasándolo peor de lo que creía, y muy pronto se queda dormida en el asiento del copiloto. Dormida le parece el más bonito de los ángeles, y le inspira una tranquilidad arrolladora. Conducirá algunas horas más antes de parar el coche y echarse a dormir…

Cuando el reloj barato que Brian lleva en la muñeca marca las seis de la mañana, el chico de ojos oscuros siente que se quedará dormido en cualquier momento. Está agotado y apenas puede mantener los ojos abiertos. A pocos metros de donde se encuentran ahora mismo puede divisar un cartel enorme que en letras de neón que parpadean anuncia ''Motel''. Una sonrisa triunfal y casi imperceptible se le dibuja en los labios. Desvía su mirada hacia Ana, que sigue durmiendo, y sacude la cabeza, ampliando su sonrisa. Por fin podrá dormir con ella. Por fin dejará de sentirse vacío, y por fin volverá a despertarse a su lado. Cuando aparca en el pequeño parking se da cuenta de que el lugar tiene bastante mala calidad, pero al menos tiene camas, y es justo lo que ambos necesitan ahora, una cama.
Se baja del coche, abre la puerta del copiloto y coge a una dormidísima Annie en brazos como si se tratara de una recién casada, cerrando después la puerta de una patada. Entra con ella en brazos dentro del motel y tras pedir una habitación para dos y recoger las llaves, se encamina hacia ella. La treinta y cuatro, en el segundo piso. Cuando llega y abre la puerta no puede reprimir una sonrisa ilusionada. Es bastante pobre, tiene humedades y solamente está ocupada por una cama matrimonial, pero es justo lo que necesita. No quiere nada más. Todo lo demás Ana puede dárselo perfectamente. Cierra la puerta delicadamente y deja a su chica sobre la cama, sentándose a su lado. Se quita la camiseta y los pantalones y quedándose en bóxers negros, se acuesta a su lado, abrazándola por la cintura y atrayéndola hacia él, sin despertarla. Le da un beso en la frente y le acaricia la mejilla, enredando los dedos en su pelo. Con la sábana la arropa y después se arropa a sí mismo. Se queda en silencio unos minutos, observando a Ana dormir. Con el sonido de su respiración acompasada y la calma que le transmite, no tarda mucho en quedarse profundamente dormido él también.

Cuando la chica de ojos verdes abre los ojos siete horas después, ya son las once de la mañana, y el sol inunda una habitación que no conoce. Se produce en su mente entonces un momento de miedo. Dónde está, y qué si lo ha soñado todo, si lo de ayer no fue real. Baja la mirada a su cintura, que aún está rodeada por un brazo cuyos trazos de tinta ya conoce bien. Esboza una adorable sonrisa cargada de sueño aún, y da la vuelta en la cama. Brian duerme plácidamente, con su pelo negro revuelto, su cara de rasgos finos apoyada en la almohada, su pecho alzándose con la respiración acompasada que aún dirige su sueño, durmiendo semidesnudo y medio enredado en las sábanas. Parece una especie de demonio dormido. Annie acaricia su cara con los dedos en un gesto infinitamente tierno, y se fija en su ceja partida. No le sienta nada mal, pero esa cicatriz le recuerda un momento amargo, más que amargo, que hace que su sonrisa de difumine. Un suspiro profundo y sonoro de Brian aún dormido que parece provocado inconscientemente por las caricias de su protegida de ojos verdes, la hace sonreír de nuevo. Incluso dormido, sin hacer ningún gesto, parece más feliz que nunca…

Ana baja los dedos que ahora tenía sobre su mejilla del chico de ojos oscuros hacia sus labios y se los acaricia suavemente para después suspirar ella también. Se apoya sobre sus codos y le mira atentamente mientras él continúa durmiendo. Con una sonrisa traviesa pero infinitamente tierna enreda los dedos en su pelo negro con el carbón y le acaricia suave y pausadamente, sin querer despertarle. Gates suspira de nuevo y Ana, sin pensárselo dos veces, pega sus labios a los de él, fundiéndose seguidamente en un beso delicado y tierno que Brian, por muy dormido que está, de alguna forma es capaz de seguir.

Cuando Annie se separa de sus labios unos milímetros, él abre sus ojos oscurísimos y apenas tarda un segundo en sonreír ampliamente, visiblemente afectado por el sueño, pero sintiendo que por fin despierta cómo y con quien había estado esperando hacerlo desde hace mucho tiempo. Consigue murmurar en un gruñido adorable un buenos días, cielo, le aparta un mechón castaño y salvaje de la cara con delicadeza y la besa despacio sobre los labios. Está en un motel bastante precario, a kilómetros y kilómetros de casa, sin demasiado dinero ni medios, pero no querría estar en otro sitio en ese momento. La definición del paraíso viene con el aroma de la espesa melena de su chica de ojos verdes, con sus manos y con sus labios. Aplazaría el viaje y se quedaría meses tirado en esa cama…

Al oír sus palabras y el tono en el que las dice, una sonrisa amplia se dibuja en los labios de Annie. Una sonrisa que incluso parece reflejarse en sus ojos. Se acurruca a su lado y, manteniéndole la mirada, le acaricia la mejilla con dos dedos suavemente para después hablar en un susurro mientras Gates le coloca un mechón de pelo tras la oreja. -¿Has dormido bien...?-

Él asiente sin perder la sonrisa, acariciándola de un modo protector y cargado de cariño. -Mejor que en mi propia cama. Creo que el hecho de que durmieras conmigo ha tenido mucho que ver.- Le toca la nariz con el dedo índice en un gesto juguetón mientras su sonrisa se amplía. -Y eso que mi preciosísima rehén se quedó dormida ayer en el coche, así que el señor secuestrador la trajo a la cama en brazos.- Ríe con ternura. -Deberías haber visto la cara de la dueña del motel cuando me vio entrar. Dios sabe qué pensaría al ver la escena...

Ana se parte de risa y se queda tumbada boca arriba en la cama, retorciéndose entre las sábanas de una forma adorable, sin ser capaz de parar de reír. La adora. Adora su risa, su sonrisa, las arrugas que le salen en las comisuras de los labios cuando se ríe, en sonido de su voz, todo. Absolutamente todo. Si tuviese que cambiar algo de ella, sacaría a Charlie de su vida y sin dudarlo un segundo se pondría él en su lugar. Cuando tras unos largos segundos la chica de ojos claros deja de reírse, Brian la mira y ella le corresponde la mirada, borrando la sonrisa poco a poco hasta que esta se hace apenas perceptible. Le revuelve el pelo y habla en un susurro, cruzando las manos sobre su vientre. -No querría estar en otro lugar ahora mismo, ¿sabes...? Soy muy feliz. Muchísimo. No tienes idea de lo reconfortante que ha sido para mí despertarme hoy y ver que eras tú quien dormía a mi lado y no Charlie...- Suspira, sin dejar de mirarle, apartándole un mechón de pelo de la cara con delicadeza. -Te quiero.- Susurra, sonriendo levemente. -Mucho.-

Brian deja que su sonrisa se amplíe cuando las palabras de Annie rozan sus oídos. -Oh vamos…- Ríe, la besa sobre los labios a traición, gira sobre sí mismo y la atrapa bajo él. Le sube la camiseta del pijama y le llena la tripa de besos sonoros que además hacen cosquillas a Annie, que se revuelve sin poder parar de reír, tratando de quitárselo de encima aunque quitárselo de encima es lo último que quiere. Asciende entre besos por ella, sintiendo que cada carcajada que le arranca a su chica es pura poesía para él, dejando que cada risotada se le contagie, en una escena de lo más tierna. Planta un beso dulcísimo y lento en su frente, otro en la punta de su nariz perfecta y otro sobre sus labios. Habla en un susurro, con una media sonrisa imborrable, cerca de sus labios. -Yo también te quiero, Ana. Te quiero muchísimo.- La besa de nuevo, deteniendo sus palabras por un par de segundos. -Y te aseguro y te prometo que Charlie no va a volver a molestarte jamás. Éste es el primer despertar de muchos que vamos a vivir juntos en mil sitios diferentes, y Charlie no va a estar cerca de ninguno de ellos.- Acaricia su cara con ternura y sonríe amplio de nuevo. -Es el primer día de una vida nueva…-

Ana sonríe ante sus palabras y suspira. Su camiseta sigue remangada hasta por debajo de su pecho, justo por encima de su tripa, sobre la cual Brian tiene ahora apoyada la cabeza. Ana le acaricia el pelo suavemente y le mira con una sonrisa y él mantiene los ojos cerrados y controla la respiración, escuchando cada movimiento interno que realiza el cuerpo de su chica de ojos claros, escuchándola respirar, el latido de su corazón, todo. En un gesto casi inconsciente le acaricia la tripa suavemente y Annie suelta una risilla por lo bajo, mordiéndose el labio inferior y sin dejar de acariciarle el pelo, como si de alguna forma quisiera amansar esa fiera que lleva dentro. Le haría ilusión tener hijos con él. Sí. Muchísima. Tal vez no sea el momento pero si hay algo de lo que está segura es de que antes de que pase un año, su chico ya tendrá un bebé en brazos, y no se refiere a Charlie precisamente...

Gates suspira profundamente, acomodado sobre ella. Lo cierto es que la ha necesitado con locura todo éste tiempo, y aunque aún maldice haberle dejado ir, sabe que de éste viaje juntos saldrán experiencias inolvidables. Abre sus ojos color chocolate negro y los clava en los de ella, que le observan con atención y dulzura. Suspira profundamente y habla, sin querer apartarse de ella. -Sé que la salida fue demasiado precipitada y que no te dio tiempo a coger nada tuyo. Hay cosas que podremos comprar en los Ángeles, pero hay otras que no pueden esperar.- Sonríe, y al hacerlo deja entrever una de esas sonrisas cargadas de travesura. -Va a haber que buscar algo de ropa para ti, princesa…-

Ana ríe y asiente, mirándole con una atención adorable. -Pues sí, la verdad es que no tenía pensado pasarme la vida en pijama, ¿sabes?- Ríe de nuevo, sacudiendo la cabeza. -Pero me temo que tendremos que esperar. Estamos en medio de una carretera que lleva a ninguna parte, ni siquiera sé cómo has encontrado este lugar...-

Él se encoge de hombros con aire de misterio, ríe por lo bajo y se levanta de la cama, recogiendo sus vaqueros y poniéndoselos después, haciendo lo mismo con el resto de las prendas. Cuando termina de atarse los cordones de sus botas negras, se levanta, coge las llaves del coche y se las pone a Annie en la mano, junto con las de la habitación. Ha vuelto a tomar ese aire de misterio que adopta a veces, con una sonrisa arrebatadora y segura. -Lleva las llaves a recepción y luego quiero que vayas al coche, lo abras, lo arranques y te sientes ahí.- Suspira y la besa en la punta de la nariz con una mirada de complicidad extrema. -Tienes que ser rápida, ¿de acuerdo?-

Ana frunce el ceño con una sonrisa confusa y asiente, observando a Brian salir de la habitación sin siquiera darle tiempo a responder. -Cla... Claro cielo...- Seguidamente se levanta, se calza las zapatillas y abandona la habitación, avanzando por el pasillo hacia recepción mientras se recoge el pelo en una coleta. Cuando entrega las llaves se despide de la señora con una sonrisa amable y la mujer la mira abandonar el motel con extrañeza por eso de que va vestida con el pijama, tal y como llegó. La anciana mujer la mira con el ceño fruncido y antes de que Ana salga por la puerta, alza la voz, luciendo un claro tono de preocupación en ella.
-¿Te encuentras bien, joven...?-

Ella fija sus ojos verdes en los de la anciana y reprime una risotada al ver su cara de plena preocupación. Habla frunciendo el ceño, haciéndose la loca con una de sus preciosas sonrisas inocentes. -¿Por qué? Quiero decir, ¿por qué iba a encontrarme mal?- . La anciana la mira de arriba a abajo y traga saliva, preocupada. -Bueno, anoche... Anoche un chico te llevó a la habitación. Te estaba cargando al hombro, como si... Como si estuvieras inconsciente. Él pagó la habitación, me dijo que se llamaba...- Le echa una rápida ojeada al libro de los pagos, y mira de nuevo a Ana- Axl Rose. Parecía muy tranquilo, como si no le importara que estuvieras desmayada...-
Annie rompe a reír, tratando de frenarse a sí misma. Axl Rose, típico. No se esperaba menos de Brian. Se encoge de hombros con una sonrisa inocente y ladea la cabeza, mirando a la mujer como si fuera el día más feliz de su vida. -Oh, bueno. Es genial que ese chico me llevara a un lugar seguro, ¿no cree? Tengo... Tengo narcolepsia y a veces me quedo dormida sin esperarlo, sí. ¡Tenga un buen día!- Se despide de ella con un vago saludo militar y una sonrisa de esas que derriten el hielo, dejando a la anciana con una cara digna de presenciar.
Annie camina hacia el coche, entra, se sube en el asiento del piloto y, tras meter la llave en el contacto y arrancar, se baja de nuevo y se sube en el asiento del copiloto, mirando por la ventanilla y tratando de ver a Brian. No le gusta nada dejarle solo por ahí. Esa sonrisa maliciosa que llevaba cuando se largó de la habitación y las directrices que le dio no pueden significar nada bueno. Esa sonrisa suya no significa nada bueno.

Annie no puede si no llevarse una mano a la boca, luchando para no echarse a reír e invadida por la más absoluta sorpresa cuando ve a Brian salir corriendo de la parte de atrás del motel. Viene cargado con lo que parece ropa, y la lleva sobre el hombro mientras avanza apresuradamente. Abre la puerta de atrás del coche, suelta el montón y respirando agitadamente, se sube al asiento del conductor y arranca con rapidez para incorporarse a la autopista. Abre la ventanilla, enciende la radio en la que suena Out Of Time Man de Iggy Pop a todo volumen, y suelta un grito de pura adrenalina que hace a Ana partirse de risa. El aire caliente del estado de Texas le golpea en la cara y le revuelve el pelo negrísimo. Le pide a Annie que sujete el volante, y sin perder la misma sonrisa traviesa, se quita la camiseta y la tira al asiento de atrás, se enciende un cigarrillo y vuelve a tomar el control del coche. Es alucinante, ese maldito cuerpo de piel perfecta y trazos de tinta adornándola es la mismísima representación del pecado. Parece un adolescente, y Ana juraría, sin ánimo de tirarse flores, que su presencia desinhibe por completo a su chico, que de pronto vuelve a ser el cabeza loca de siempre, como un adorable gamberro que acaba de escaparse de un reformatorio.


Annie resopla, sacude la cabeza y sin borrar la sonrisa habla clavando su mirada en la ventanilla. -Estás como una cabra, más nos vale que esa pobre mujer no necesite la ropa urgentemente...- Brian la mira, sonríe y sacude la cabeza, concentrándose después en la carretera. Siempre tan precavida con todo... Unas horas más tarde, cuando el reloj de la guantera del coche da las siete de la tarde, Brian para el coche en el arcén de otra carretera desierta que parece no llevarles a ningún lugar. Sólo pararon dos veces desde que abandonaron el motel, y a decir verdad están hartos de viajar por hoy. Gates se lleva una mano al pelo y mira a Ana con una sonrisa mientras esta se baja del coche con un montón de ropa en la mano. Necesita cambiarse de ropa cuanto antes, y, ¿qué mejor momento que ahora que están tirados en medio de la nada sin nadie que pueda verlos...? La chica de ojos claros deja la ropa limpia sobre el capó del coche y comienza a desvestirse de espaldas a un más que sonriente Brian, que la observa atentamente a través del espejo retrovisor sin que se dé cuenta. Sigue teniendo el mismo cuerpo: delgado, fino y bien perfilado. Recuerda lo que sentía al verla desnuda, esos malditos escalofríos, esas ganas de perderse en ella. La visión de su pelo ondulado tapándole sus pechos perfectamente proporcionados y esa forma que tenía de contonear las caderas al caminar le vuelve loco. Es irremediable, lo suyo por Ana es simplemente irremediable.

Se muerde el labio sin dejar de mirar el retrovisor. Su sonrisa ha perdido toda la inocencia que le quedaba, y siente que el ambiente es aún más sofocante, y que por sobrarle ropa, le sobra hasta la piel. No va a negar que ha soñado con ella de todas las maneras posibles, y que sentía que se quemaba por dentro cuando se acordaba de la manera que tenía de hacerse con él, de poner todos sus sentidos al límite, de convertir esos ojos adorables en ojos de gata en celo. En momentos como éste se le olvida hasta qué punto es un caballero… Le pega una calada al cigarrillo que tiene en la mano, y deja que el humo se resbale por entre sus finísimos labios, con la mirada aún fija en la imagen del retrovisor. Los shorts vaqueros son quizás una talla más de la debida, pero cuelgan de sus caderas caprichosamente, resaltando sus curvas. Brian saca el brazo por la ventanilla y suspira profundamente, tratando de recuperar la cordura, intentando que sus pensamientos no se oscurezcan ahora. Sacude la ceniza del cigarrillo y maldice hasta su manera de pestañear…

Annie se pone una camiseta blanca y ajustada de manga corta y tras meter la ropa sucia en el maletero, se sienta en el asiento del copiloto. Brian está mirando por la ventanilla y parece ansioso y nervioso. La chica de ojos claros ríe algo confusa y arquea una ceja, clavando su mirada en él. -¿Pasa algo...?- Menuda pregunta. Por supuesto que sabe lo que le pasa a Brian. Nada más fácil de adivinar. Solo con una mirada rápida a esos ojos oscuros, puede adivinar qué es lo que anda pensando. Al fin y al cabo, ponerle nervioso puede llegar a ser un pasatiempo más que gratificante a la par que peligroso. Su chico es puro material inestable e inflamable, y cuando le da por estallar se convierte en algo casi animal, algo que cualquier chica querría tener atado a la pata de la cama.

Gates le pega una calada rápido al cigarrillo, ríe nerviosamente y sacude la cabeza. La mira un segundo antes de arrancar, luciendo una adorable sonrisa nerviosa que oculta sus malas ideas. Imposible no desearla a lo bestia, incluso la ropa ajena le sienta de muerte... -¿Qué va a pasar? Nada en absoluto, nada más que tenemos mucho camino por delante y pocas señalizaciones.- Ríe mordiéndose el labio inferior en un gesto travieso -Es solo que hace mucho calor en tu tierra, Annie...-

Ana ríe y suspira, clavando la mirada en el frente, mordiéndose la punta de la lengua. Brian vuelve a hacerse a la carretera, manteniendo las manos sobre el volante y la vista en el frente. Annie habla por lo bajo, reprimiendo como puede una risa maliciosa. -Créeme, podría llegar a ser peor.- Le mira y fija sus ojos verdes en sus pantalones vaqueros. Se inclina sobre él mientras habla, poniéndole extremadamente nervioso. -Lo que podrías hacer es...- Le desabrocha la hebilla del cinturón en un movimiento ágil y rápido, y seguidamente le desabrocha el par de botones que cierran los vaqueros. -Quitarte los pantalones. Total, no hay nadie por los alrededores, no va a verte nadie...- Gates quita una mano del volante y le pega un suave manotazo en la mano a Annie, que estaba a punto de bajarle la cremallera, y habla acelerado de una manera muy cómica, fijando la vista en la carretera mientras ríe por lo bajo. -Ana Marie O'Donell, ¿quieres que nos estrellemos o algo así? Y además, deja de usar esa maldita voz inocente conmigo porque no cuela. Y cuela mucho menos si la usas mientras me desabrochas los pantalones...-

Annie ríe por lo bajo con malicia, se coloca de rodillas en su asiento y le muerde el cuello a Brian con una lascividad arrolladora, incluso poco corriente en ella. Gates se muerde el labio inferior, resopla por lo bajo y lucha con todas sus fuerzas por concentrarse en la carretera y obviar a su chica, que no para de llenarle el cuello de besos, mordiscos y lametones. Habla en un tono muy bajo, casi entre dientes, sonando a pesar de todo muy por encima de Shoot To Thrill, que no para de sonar en la radio. -¿Has follado alguna vez en medio de un desierto de Texas, Annie?- Ella deja de torturarlo por un segundo para sacudir la cabeza con una media sonrisa cargada de malas intenciones, sonrisa que se agranda cuando Gates empieza a frenar bruscamente, saliéndose de la carretera y una vez fuera, echando el freno de mano con fiereza.

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Pasa cerca de una hora hasta que el coche vuelve a arrancar, y otras pocas horas hasta que por fin se encuentran con la civilización. Llegan a un pueblecillo de nombre desconocido para ambos y, pese a que ya son las diez de la noche, las calles no están tan desiertas como las de Detroit a esas horas. Las farolas ya están encendidas, pero en la distancia, el sol no se ha ocultado aún. Gates aparca frente a un parque infantil que ahora mismo está vacío y se baja del coche, seguido de Annie, quien ahora lleva el pelo suelo, haciéndolo resaltar con su ajustadísima camiseta. Brian la agarra de la mano y, con sonrisas dibujadas en los labios de ambos, echan a andar por el pueblo hasta que finalmente van a dar a una posada. Es bastante humilde, pero sin duda muchísimo mejor que la anterior en la que pasaron la noche. Las tiendas ya están cerradas, pero hay bastantes así que al día siguiente los dos chicos se encargarán de provisionarse para el viaje. Gates pide habitación y el encargado enseguida le da las llaves de la ciento catorce. Cuando entran Brian se tira en la cama con un resoplido y Ana recorre el cuarto con la mirada, sonriente. Es mucho más grande, limpio y espacioso que el anterior. Además este tiene televisión, baño contiguo y dos armarios. Qué pena que no puedan llenarlos...

El chico de ojos oscuros suspira profundamente y se incorpora, sentándose en el borde de la cama. Está cansado, empapado en sudor y aunque no tiene demasiada hambre gracias a las porquerías que compraron en una gasolinera y que se comieron el viaje, no puede negar que necesitará cenar dentro de poco, y su cuerpo le pide una ducha a gritos. Observa a Ana igual que un padre vigila a sus niños en el parque, con atención y protección, y con una sonrisa dibujada en los labios. Su chica de ojos verdes lo curiosea todo de una manera adorable. Abre los cajones, toquetea las cortinas, mira por las ventanas y comprueba las lámparas. Jamás van a dejar de sorprenderle sus gestos. Habla levantándose, después de casi tropezarse con su propia mochila. -Creo que voy a ocupar la ducha por un rato.- Resopla con una media sonrisa. -Necesito agua caliente, las horas en el coche me han hecho polvo la espalda…-
Ana, ahora sentada en el borde de la cama acomodando la poca ropa que tienen en el armario, alza su mirada hacia él y asiente con una sonrisa. -Vale cielo. Yo voy a terminar de colocar la ropa y después bajaré a ver si hay algo de cena o lo tengo que coger en otro sitio o lo que sea...- Suspira. -Y no tardes en la ducha que en cuanto termines voy yo...-

El chico de ojos oscuros no tarda demasiado en salir de la ducha, con una toalla enrollada en la cintura y el pelo empapado, mientras Annie le mira con una sonrisa discreta. Él se tira en la cama y enciende la televisión, poniendo toda su atención en la pantalla y dejando que le haga sonreír la noticia de otra victoria de los Lakers. Es algo así como una especie de niño grande. Ana entra en el baño y se ducha, disfrutando del agua caliente, tratando de desconectar y relajarse por unos largos minutos en los que solo las gotas del agua golpeando la cerámica y la televisión en el exterior del baño rompen el silencio. Brian, en la habitación, se deshace de la ropa sucia que sacó del baño y se viste con unos vaqueros limpios pero destrozados, una camiseta negra de cuello 'en uve' y unas zapatillas negras. No tiene nada de sueño, a pesar del cansancio. Abre la ventana de par en par y se enciende un cigarrillo. La primera calada que le pega inunda sus pulmones con humo espeso y caliente. Debería dejar de fumar, pero no cree que eso entre dentro de sus planes ahora…
Cuando Annie sale del baño, lo hace con unos pantalones largos vaqueros y destrozados y con una camiseta negra, a juego con sus playeras. Cierra la puerta del baño y se apoya en ella, mirando a Brian con una sonrisa traviesa, mordiéndose el labio inferior. Nunca dejará de impresionarle lo sexy que se ve vestido así, con el pelo mojado y mucho más cuando fuma, aunque esto último no le agrade mucho.

Gates se gira y la pilla con un gesto en la cara muy poco propio de su habitual inocencia. Enarca una ceja y ríe por lo bajo con picardía, ahora que su chica de ojos verdes ha bajado la mirada y se dedica a hacer como que se recoloca la camiseta. Brian habla sin poder dejar de sonreír de una manera poco inocente que amenaza con convertirse en carcajada. -¿A qué viene esa cara, Annie...?-

Ella alza la mirada hacia él y enarca una ceja, intentando aparentar confusión. Se echa a reír y sacude la cabeza sin dejar de mirarle, hablando en un susurro. -No sé de qué estás hablando...- Le rodea el cuello con los brazos y habla rozándole los labios. -No fumes más por hoy...-

Brian suspira profundamente, la besa en los labios y apaga el cigarrillo en el alféizar de mármol sucio de la ventana. Chasquea la lengua, se estira la camiseta y clava sus ojos infinitamente oscuros en los de ella. Parece realmente animado ahora, como un niño al que sus padres han dejado suelto en un parque de atracciones. -¿Estás cansada? Porque si no tienes mucho sueño podríamos salir por ahí. Damos una vuelta, buscamos un parque, nos tiramos en algún parque...-

Ana ríe, desvía la mirada un segundo hacia el reloj de la pared y después le mira a los ojos, con una sonrisa confusa dibujada en los labios. -¿Ahora..? Pero si son las cuatro de la mañana Brian, no hay nadie por ahí...-

Él ríe con picardía y se encoge de hombros, pasándose los dedos hacia atrás por el pelo negro, brillante y húmedo. -Bueno, pues mejor para nosotros.- Cruza la estancia, vacía su mochila sobre la cama y mete una sábana dentro, con esperanzas de, durante la salida, encontrar un césped sobre el que colocarla. Coge las llaves de la habitación y se las mete en el bolsillo. Abre la puerta de entrada y mira a Ana expectante. Ella entorna los ojos, resopla con humor y pasa delante de él, cruzando el pasillo del enorme motel. En pocos minutos caminan de la mano en medio del asfalto de la carretera de la que parece la calle principal del pueblo en el que están. Pueden hacerlo sin preocuparse porque no pasa ni un coche. Todas las tiendas están cerradas, o casi todas, y la madrugada ha cerrado por completo la luz de la luna, que está casi desaparecida en el cielo.




Pasean de la mano por varias calles. La oscuridad inunda ahora la pequeña localidad en la que se encuentran, y el silencio de todos los que duermen en sus casas hace que los dos chicos puedan escuchar sus propias respiraciones e incluso el sonido de sus pasos en las aceras. Las pocas farolas que se mantienen sin fundirse iluminan escasamente las desgastadas fachadas de los edificios, dando un aspecto siniestro y bastante poco acogedor. De pronto, ambos se detienen, casi de forma sincronizada, ante una licorería, que es una de las pocas tiendas que continúa abierta. Está atendida por un chico joven, de unos... Cuarenta años. Está apoyado sobre el mostrador ojeando una revista en cuya portada aparece una mujer desnuda, y la contempla con bastante poco interés. 
La chica de ojos claros le lanza una mirada cómplice a Brian y éste ríe por lo bajo, guiñándole un ojo. Sin mediar palabra y sin soltarse la mano, los dos se abren paso dentro de la tienda y tras saludar al encargado con un desganado gesto de cabeza, se dividen y empiezan a avanzar entre los estantes, recorriendo con la mirada cada botella. Jack Daniel's, Johnnie Walker, Vodka, tequila... Brian se para frente a uno de los estantes y, con la mirada clavada en las bebidas, se muerde el labio inferior, ensimismado. No podría permitírselas ya que no tiene dinero, pero hace mucho tiempo que no prueba el alcohol. Además, quiere celebrar que Ana y él vuelven a estar juntos, y desde luego quiere celebrarlo con ella. No hay nada mejor que su niña de ojos verdes cuando pierde el control...
Ana y él se lanzan una mirada cómplice sin sonreír, y ella no puede sino enarcar una ceja silenciosamente sorprendida cuando, seguro de que el encargado no le ve, Brian mete un par de botellas de Jack Daniel’s en la mochila que lleva cargada al hombro. Contra todo pronóstico, la chica de ojos verdes siente una curiosísima fascinación por ese arrebato que acaba de darle a su chico, y es entonces cuando ella camina disimuladamente junto a él y en casi un completo silencio, convirtiendo la comunicación en una lectura de labios, le musita a Brian un “pero qué haces”. El sonido de una canción en la radio oculta el sonido de sus voces por completo. Gates habla en un susurro, con la mirada fija en el encargado, que parece preferir prestarle atención a su comprometedora revista que a sus sospechosos y silenciosos clientes. -Cielo, no hay cámaras…- Agarra una botella de Johnny Walker y otra del tequila más caro, y vuelve a susurrar, poniéndoselas en la mano a Ana. -Sé buena y ayúdame a meter esto en la mochila, anda…- Resopla y ríe por lo bajo como un crío travieso, mirando de nuevo al encargado. -No se está enterando de nada…-

Ella camina frente a Brian, que ahora lleva una sonrisa maliciosa en los labios. Sin pararse, jugando con la agilidad de sus manos en las estanterías, coge una caja de condones que guarda en la mochila y sujeta otra de Marlboro en la mano. Camina hacia el mostrador bajo la mirada atenta de Annie, que le ve plantar la cajetilla de tabaco sobre la mesa. Habla con una tranquilidad pasmosa, teniendo en cuenta la cantidad de cosas que lleva en el interior de su mochila y que no ha pagado ni piensa pagar. -¿Me cobras ésto?- El encargado levanta la mirada de la revista por un segundo, musita un ¿qué? confuso, y enseguida sus ojos se quedan clavados en Ana. Brian le mira enarcando una ceja, como esperando ofendido y hostil a que el hombre vuelva en en sí y deje de mirar a su chica de una vez. Deja pasar algunos segundos, y el chico de ojos oscuros pega una palmada sobre el mostrador que hace volver en sí al encargado de una manera bastante patética y nerviosa. El hombre se encuentra con los ojos entrecerrados de Brian, que habla tensa y secamente. -¿Vas a hacerme descuento por dejar que mires así a mi novia o vas a cobrarme el precio íntegro...?-

Al oír sus palabras, Annie pone los ojos en blanco y resopla, desviando la mirada y luchando con todas sus ganas por reprimir una sonrisa que ahora trata de escaparse de entre las comisuras de sus labios. El encargado, algo ofendido, baja la mirada y agarra la cajetilla de tabaco. Tras mirar el precio y cobrarle a Brian, éste le fulmina con la mirada y agarra a su chica de la mano, saliendo de la tienda con paso ligero. Cuando están ya a una distancia considerable, ambos se parten de risa ante la descarga de adrenalina que acaban de experimentar. Recorren las calles entre conversaciones idiotas y risas tontas y, ajenos a lo que está por pasar esa noche, terminan de vuelta en el precario hotel, dispuestos a disfrutar de su botín...

Como Bonnie y Clyde.