jueves, 6 de febrero de 2014

Capítulo 21.- Una tira de fotos, un viaje muy largo y el principio de todas las cosas.

[Gates apoya las palmas de las manos a cada lado del lavabo. Cierra los ojos, resopla profundamente y baja la cabeza. Se limpia las lágrimas con rabia y tras mirarle por unos segundos breves a través del espejo, asiente despacio y resignado. -Tienes razón, Matt. Creo que lo mejor es dejarlo estar. Ella tiene una nueva vida ahora, y probablemente todo esté yéndole mejor. Estará con su familia, con su novio, y quizás pronto forme una familia propia y yo...- Suspira. -Yo no soy nadie para interrumpir todo eso.- Agarra la mochila y se la deja en los brazos a Matt, que le mira con lástima. -Voy a darme una ducha, tío. Necesito relajarme...-]

Han dado las cuatro de la tarde y tras casi un agotador día de viaje en tren, Ana y Charlie acaban de posar sus maletas en la estación. El trayecto desde California a Texas se les ha hecho interminable y, pese a que debería sentirse bien por volver a estar cerca de su familia, la chica de ojos verdes se siente peor con cada paso que da de camino hacia la salida de la estación. Cada vez se siente más lejos de su otra vida, esa vida que empezó tan lejos de su casa con la esperanza de que fuese mejor. Esa vida que inconscientemente construyó alrededor de alguien que no dudó en derribársela...

La bienvenida fue memorable. La madre, las tías, la abuela y el hermano de Annie la esperaban con los brazos abiertos y sonrisas De pura emoción cuando el taxi procedente de la estación frenó frente a la casa de la chica de ojos verdes. Hacía ya casi un año que se había ido, pero todo sigue exactamente igual.

Entre lágrimas de emoción por parte de todos, la familia se funde en un tierno abrazo, besos y caricias que dejan más que patente lo cómodos que se sienten todos con la vuelta de su eterna niña de ojos claros. Charlie emprende el camino hacia su casa y Ana entra en la suya, sin poder borrar una sonrisa que tiene tanto de emocionada como de triste y nostálgica. Emplea la tarde contándoles a todos sobre sus peripecias en la ciudad de Los Angeles pero, cuando da la hora de cenar, la chica de ojos claros se disculpa con la excusa de que está cansada y quiere deshacer la maleta y reinstalarse lo antes posible así que tras desearles buenas noches a todos, sube al piso de arriba acompañada de su maleta. Todo sigue igual dentro de su habitación. Tal cual como ella lo dejó cuando se despidió el día que emprendió el trágico viaje hacia su desdichada nueva vida. Cierra la puerta tras de sí, deja la maleta sobre la cama y tras tomarse unos minutos para recomponerse, se dispone a deshacerla. Saca la ropa y la coloca cuidadosa y pacientemente en el armario. 


Es justo cuando va a guardar la maleta cuando ve un pequeño sobre que se ha caído de ella. La chica de ojos claros, de una patada, la mete bajo la cama y agarra el sobre, sentándose con él al borde de la misma. Cuando lo abre se encuentra con algo que le rompe el corazón en mil pedazos y le descoloca los pensamientos por completo. Se trata de una tira de fotos. Una tira de unas séis fotos que se hizo una vez con Brian en un fotomatón. Salen abrazados, sonrientes, besándose y haciendo tonterías, y todos esos recuerdos hacen que los ojos de Ana se inunden repentinamente y que de forma incontrolable el llanto silencioso de escape de su garganta. Le echa de menos. Le echa muchísimo de menos, y es entonces cuando se da cuenta de que no le va a ser nada fácil superar su falta...




La noche ha caído ahora en la ciudad de Los Ángeles. Brian se ha negado a cenar, y ha vuelto a encerrarse en su habitación. Matt, que ahora termina de cenar solo, no acaba de entender cómo ha podido pasar todo eso, pero lo que sí sabe es que solo el tiempo curará las heridas de Brian. Ojalá encontrara a una chica como Ana, alguien que se lleve el recuerdo de su protegida de ojos verdes y que le ahorre el sufrimiento que aún no está seguro de si merece o no. Recoge los platos en el fregadero y por primera vez en mucho tiempo, no se va a ver la televisión como todas las noches. Es hora de irse a dormir, ya ha tenido suficiente. Entra en su habitación y cierra tras de sí, dejando en un completo silencio la casa. Pasa cerca de una hora, quizás una hora y media, y nada se mueve en todo el piso. Brian abre cuidadosamente la puerta de su habitación. Está completamente vestido, y lleva colgada al hombro su mochila. Escucha un sonido de traqueteo sobre el parqué de madera del pasillo, y al final de éste, a Pinkly. La perrita le mira jadeando, moviendo la cola frenéticamente y adoptando una de esas posturas juguetonas que delatan un ladrido inminente de pura alegría. 

Brian coloca el dedo índice sobre sus labios, con la mirada puesta sobre el animalito, y sisea por lo bajo. La perrita gime en un sonido breve y agudo como si hubiera captado el gesto, y le ve avanzar hacia ella en silencio. Gates camina con cuidado hasta el recibidor, coge las llaves del coche de Matt del mueble de la entrada y se las guarda en el bolsillo de los vaqueros sin hacer ruido. Se coloca en cuclillas frente a Pinkly, y con una sonrisa triste le acaricia la cabeza y el hocico. 
Habla en un susurro, como si por algún casual su fiel compañera pudiera entenderle. -Voy a estar fuera un tiempo, y no puedo llevarte conmigo. No quiero perderte, ni quiero que te pase nada. Pórtate bien y no líes ninguna. Sé buena con Matt, ¿eh...?- Suspira con una sonrisa eternamente triste, acariciándole el lomo por última vez antes de levantarse, mientras Pinkly le mira de fijo, ahora habiendo dejado de mover el rabo. Ni siquiera cuando Brian cierra la puerta de entrada tras de sí Matt se despierta. La perrita blanca gimotea por lo bajo, araña la puerta un par de veces y con un gemido triste y sin separarse de la puerta, se hace un ovillo, pero no duerme, sino que queda sus ojos castaños clavados en el salón vacío y suspira pesadamente. Pocas veces su dueño se ha separado de ella así.

Gates se mete en el ascensor y tras pulsar el botón del piso del garaje, suspira pesadamente, cierra los ojos y se lleva los dedos a las sienes. Está cansado. Cansado y moralmente destrozado. Lleva dias sin comer, sin dormir y sin salir y si no logra traer a Ana consigo de vuelta siente que las cosas tardarán en volver a la normalidad y que entonces, si le rechaza, tendrá que olvidarse de ella sin remedio, pues seguramente la chica de ojos verdes no querrá saber nada de él. Va a jugársela a una sola carta. Va a jugársela y arriesgar todo lo que tiene. La echa de menos, la necesita y la quiere con su vida, y juntará cielo y tierra si hace falta para traerla de vuelta consigo.

Cuando llega al garaje y encuentra el coche de Matt aparcado en su plaza de siempre, lo mira con una sonrisa cansada. Está realmente viejo, pero sabe que aguantará, se apuesta lo que sea. Abre la puerta, se sienta y se acomoda para después meter las llaves en el contacto de arranque. Cuando lo escucha rugir, suspira pesadamente. Ni siquiera tiene carnet, pero sabe conducir, y se va. Va a jugársela de verdad, con todas las palabras. Espera no cruzarse con ningún control, con nada parecido. Tomará las carreteras secundarias que hagan falta para no arriesgarse con la policía, pero llegará hasta ella. Ni siquiera cuando está fuera de la ciudad, con Johnny Cash sonando en la radio a todo volumen mientras surca una autopista casi despejada, con la ventanilla bajada descolocándole el pelo y dándole una increíble sensación de libertad, ni siquiera en ese momento aún se cree lo que está haciendo. Sabe cuál es su dirección. Texas le espera, y en ella, su princesa del Sur del país. No volverá sin ella, y se lo ha jurado a sí mismo por sus padres y por su vida... Matt va a matarle en cuanto se dé cuenta de que se ha largado y que se ha llevado su coche. Va a matarle lenta y dolorosamente.

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Han dado las doce del mediodía en Texas y Annie acaba de despertarse a causa de los rayos de sol que se cuelan entre las rendijas de sus persianas. Tras un gemido perezoso y varios intentos fallidos de volver a conciliar el sueño, la chica de ojos claros termina por darse por vencida y decide despertarse, abandonar su comodísima cama. Se mira de arriba abajo y se queda descolocada al ver que se ha quedado dormida con la ropa con la que llegó ayer y que ni siquiera ha deshecho la cama. Es entonces cuando, al mirar a un lado, ve la tira de fotos de ella con Brian y recupera la memoria. Se ha quedado dormida. Se ha quedado dormida llorando. Resopla, se frota los ojos y cuando se mira las manos puede verlas manchadas del lápiz de ojos negro. Menos mal que está sola, porque seguro que si alguien la viese ahora pensaría que es ridícula. Tras desperezarse unos minutos termina levantándose de un salto y, tras agarrar ropa limpia, se mete al baño dispuesta a ducharse. Se ve en el espejo y la imagen le da miedo incluso a ella misma. Tiene el maquillaje completamente corrido, la cara destrozada de llorar y el pelo muy muy enredado. Resopla profundamente y se lava la cara con agua helada que casi le corta la respiración. Se deshace de su ropa y se mete en la ducha, tras la cual se queda unos largos minutos. Cuando sale, lo hace vestida con una minifalda vaquera, una camiseta de tirantes negra, unas chanclas negras también y el pelo mojado cayéndole por los hombros. Cuando baja al piso de abajo a desayunar no encuentra a nadie pero lo que se encuentra al entrar en la cocina le hiela la sangre. Charlie está ahí, apoyado en la encimera, y al verla alza la mirada y le dedica una amplia y falsa sonrisa a la que la chica de ojos claros corresponde con otra sonrisa cansada y desganada, besándole después brevemente sobre los labios a modo de saludo. -Buenos días, cielo...-

El chico de ojos azul hielo suspira profundamente con una sonrisa amplia y se sienta al revés en una de las sillas, girándola para cruzar los brazos sobre el respaldo. -Ana, tengo que contarte algo. La mejor noticia que vas a escuchar en mucho tiempo.- La chica de ojos verdes está de espaldas a él, sirviéndose un café. Charlie se levanta, la aprisiona desde atrás contra la encimera y rodea su vientre con los brazos, besándole el cuello en un gesto que a cualquiera le hubiera parecido de lo más tierno, pero que solo Ana puede notar la hostilidad de la que está cargado. No ha dejado de tenerle miedo un solo día. Él susurra en su oído, sin perder esa sonrisa de superioridad, la que marca ese pequeño detalle de tener siempre todo controlado, de tenerla controlada. -¿No quieres saber qué es, princesa...?-

Ana suspira profundamente, asiente y, forzando una sonrisa, deja el vaso ahora lleno de leche sobre la encimera y en un gesto ágil y rápido se gira, encarándose con Charlie de una forma más que cortante* Claro, claro que quiero saberlo. -¿De qué se trata...?-

Charlie frunce el ceño por unos segundos fugaces, sorprendido por esa reacción de su chica. Suspira y habla mirándole a los labios y a los ojos indistintamente, como si no soportara estar demasiado cerca de su boca sin perder el hilo de la conversación. -He encontrado una casa a buen precio, aquí en Detroit. No es muy grande, pero tiene jardín y sería…- La besa en la punta de la nariz con delicadeza y susurra, acariciándole la mejilla con dos dedos. -Sería el sitio perfecto para empezar una familia. Tú, yo, y nuestros niños…-

Ana resopla, posa el vaso sobre la encimera en un golpe seco y se gira, mirando a Charlie de fijo y hablando seria, visiblemente molesta. -Oye, Charlie, tengo veinticuatro años, ¿Sí? No tenemos que tener los niños ahora mismo. Los tendremos, ¿de acuerdo? Te prometo que los tendremos. Pero no ahora. Aún no. Aún no estoy lista para tener hijos y adquirir una responsabilidad como esa. En unos años hablamos. Hablamos de niños, de casarnos y de todo lo que quieras. De momento...- Suspira, sin querer decir lo que va a decir. -De momento pongámonos con lo de la casa y dejemos que el resto venga a su tiempo...-

Charlie suspira y asiente, aunque no del todo satisfecho con la respuesta de Ana. Lo cierto es que prefería que le hubiera dicho a todo que sí, pero en el fondo sabía que no tendría esa suerte. Se levanta y se estira la camiseta para después mirar el reloj. -Voy a recoger el coche al taller, y después me pasaré a la inmobiliaria, para informarme un poco más. Te veré luego, Annie.- La besa en los labios con prisas y sonríe sin ganas, caminando apresuradamente fuera de la cocina. Ahí va, probablemente su futuro marido, el futuro dueño de su vida malgastada dispuesto a convertirla en un infierno a la mínima de cambio, el futuro padre de unos hijos que no quiere tener...

Ana le ve atravesar el jardín a través de la ventana de la cocina y suspira amargamente, revolviendo el café con una cucharilla. Maldice su suerte, maldice su vida, se maldice a sí misma por tener que vivir una vida que no quiere vivir, lejos de la persona con la que quiere casarse, con la que quiere empezar de cero y con la que se muere de ganas de formar una familia. Probablemente ahora mismo él esté tirado en el sofá. O en su cama. Con alguna tía desnuda durmiendo a su lado. Seguro que ya se ha olvidado de ella. Seguro que ni siquiera la recuerda.

Mientras tanto, no muy lejos de donde Brian está ahora mismo y tras haberse despedido ya de su madre y su hermano hasta el día siguiente, Ana acaba de encerrarse en su cuarto. Lleva puesto su habitual y cortísimo pijama y cuando cierra la puerta, la nostalgia vuelve a asolarla y siente de nuevo unas horribles ganas de llorar. Desde que llegó se ha dormido todas las noches llorando, se ha quedado dormida llorando y se ha despertado llorando, pero no ha sido capaz de derramar una sola lágrima delante de nadie de su familia ni de ninguno de sus amigos. ¿Y si le piden explicaciones? ¿Cómo va a contarles todo lo que ha pasado? ¿Cómo va a explicarles su aventura con Brian, los celos de Charlie y los malos tratos recibidos por este...? No la entenderían, como llevan sin hacerlo toda su vida... Como es costumbre cada noche y para así combatir el aplastante calor que asola las noches de Detroit, la chica de ojos claros abre la ventana y se sienta en el borde de la cama, agarrando de nuevo la tira de fotos. Las lágrimas regresan a sus ojos rápidamente y tras llorar algo así como una hora, termina por quedarse dormida con las fotos en las manos.

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A menos de dos minutos de distancia su casa, jamás podría imaginarse lo que está sucediendo. Gates ha conducido durante larguísimas horas a una velocidad loca, saltándose la mitad de las leyes de circulación que existen. No ha dormido desde que salió de casa, solo paró algunas veces en gasolineras de paso para comprar algunas cosas de comer. Brian ha aparcado el coche y ahora ha tomado las calles de Detroit en busca de algo o de alguien que pueda darle una pista de cómo llegar hasta la casa de Ana. Un par de borrachos a los que, a cambio de unos dólares, logró sacarles información, lograron indicarle vagamente el aspecto de la casa de los O'Donell y tras recorrerse el pueblo durante más o menos dos horas, termina dando frente a una casa que cumple todas las características. Con la fachada blanca y de piedra, un jardín grande lleno de jazmines y una fuente de piedra. Una sonrisa triunfal e ilusionada se dibuja en los labios del chico de ojos oscuros cuando al mirar hacia arriba puede divisar que una de las ventanas está abierta, viendo en ella la mejor vía de entrada al edificio. Son las tres de la mañana y quizás llamar a la puerta y despertar a toda la casa sería un tanto... Descortés.
Sin tener ni idea de hasta qué punto puede meterse en problemas por lo que está a punto de hacer, salta la valla de entrada y corre por el jardín con pasos sigilosos y rápidos. Si de algo le sirvió su problemática banda de amigos de la infancia, es para cosas como haber aprendido a escalar casi cualquier cosa sin esfuerzo. Aprendió a base de querer librarse de detenciones de la policía, corriendo delante de las luces azules y parpadeantes de los coches patrulla. “Coches patrullas serán lo que se te venga encima como éste plan salga mal, Haner…”.

Escala la fachada lateral donde se encuentra la ventana, por suerte no a mucha altura, y se agarra al alféizar, quedándose inmóvil por unos segundos para escuchar. Entre la oscuridad puede divisar una cama, y dentro de ella, a alguien que desde donde está no puede reconocer, sumido en un profundo sueño. Sube al alféizar y sin mucho esfuerzo, pone un pie en el suelo, que cruje en reacción al peso de su cuerpo y que le obliga a quedarse quieto algunos segundos más. Avanza despacio hacia la cama, y entonces siente que se le para el corazón. Ana está dormida como un ángel entre las sábanas, y respira pausadamente. Sus ojos verdes están cerrados, y su pelo castaño y ondulado esparcido sobre la almohada. Brian siente de golpe una punzada de angustia. Si se despierta y no le reconoce, gritará y alarmará al resto de la casa. Si se despierta y le reconoce, probablemente y al verlo allanando su habitación, la reacción sería la misma, gritar con todas sus fuerzas. Cargado de angustia solo ve una solución, aunque la reacción de su protegida de ojos verdes, después pueda ser fatal. Está loco. De verdad está a punto de hacer la mayor de las locuras de su vida. Avanza hacia ella y con un movimiento resuelto, aparta la sábana de su cuerpo deslizándola bruscamente hacia atrás. Annie abre los ojos, y antes de que pueda abrir la boca para gritar, la figura en silueta que está de pie al lado de su cama, en medio de la habitación a oscuras, silencia su boca con la mano en un movimiento firme y fuerte y la coge sin esfuerzo cargándola sobre un hombro, sin dejar que hable ni que grite, pero dejando que patalee a sus anchas mientras cruza la habitación con ella, directo a la ventana. Dios mío, no puede explicar la angustia que la chica de ojos verdes debe estar sufriendo en ese momento, y no se lo perdonará en la vida, pero tiene que hacerlo. Ella patalea, trata de soltarse y emite gritos ahogados por culpa de unas manos que, aunque el pánico no la deje pensar, conoce muy bien…

Sin quitarle la mano de la boca a sabiendas de que si lo hace podría montarse el escándalo más grande en toda la historia del estado de Texas, Brian se cuelga a Annie a la espalda y, de pie en el alféizar de la ventana, se dispone a bajar. La chica de ojos verdes, asustada y aterrorizada, comienza a revolverse, intentando soltarse. Gates maldice por lo bajo cada una de las patadas que ella le da, pero llega incluso a sentirse agradecido por volver a sentir su tacto sobre la piel. Cuando está a pocos centímetros del suelo, se suelta de sus agarres y se deja caer, cayendo de pie y en un golpe seco. 

Tras asegurase de que nadie le oye y de que lo único que oye son los quejidos silenciosos de Ana, se dispone a cruzar el jardín, salta la vaya de nuevo y echa a andar hacia el coche, sin soltarla. Dios mío, se siente como uno de esos secuestradores locos que salen en las noticias a veces, es horrible. No puede negar que gracias a su fuerza y a lo poco que pesa Annie, no ha sido demasiado difícil. La chica de ojos claros, presa del miedo y de la angustia por no poder confirmar sus sospechas de quién es su supuesto secuestrador, decide darse por vencida. Está demasiado cansada y asustada, y sus energías se han reducido al mínimo. Cuando llegan al coche, Brian abre la puerta de atrás y la mete dentro, metiéndose él después. La deja en el asiento y él se sienta a su lado, cerrando la puerta tras de sí. 
Enciende la luz y se le queda mirando para después, respirando como un animal asustado, temeroso de que pueda rechazarle, quitarle la mano de la boca con cuidado. Annie alza la mirada hacia él y cuando lo hace se queda petrificada. Ha dejado de llorar de golpe, pero las lágrimas permanecen en sus ojos y al darse cuenta de que se trata de él, incluso se producen más y más. No sabe qué decir, e incluso parece que se ha quedado pálida a causa de la impresión. ''Es un sueño, Ana. Estás soñando. Brian está a muchísimos kilómetros de distancia... Ésto es solo un mal sueño'', se repite a sí misma por dentro constantemente...

Ahora es Brian quien tiene los ojos inundados, y parece un animal asustado y agitado. Tiene el pelo negro revuelto, y Annie podría jurar que está más delgado. Habla con la voz rota, desgarrándose por dentro con cada palabra. -Ana, no me guardes rencor por esto. No quería asustarte, no quería hacerte daño. He conducido desde los Ángeles hasta aquí durante veintidós larguísimas horas, y ahora que por fin he llegado mi mayor temor es solamente que vayas a bajarte de éste coche sin escuchar lo que tengo que decirte.- Pestañea un par de veces, y lo cierto es que parece al borde de un llanto silencioso. Le tiemblan las manos tanto como a Annie las suyas, y retuerce sus dedos discretamente como un niño pequeño y nervioso. Habla en un susurro, clavando sus ojos oscuros en los de ella. Esos enormes ojos de gato, ahora asustados e indefensos. -Prométeme que de bajarte del coche, lo harás cuando hayas escuchado lo que quiero que escuches, Annie…-

La chica de ojos claros pestañea, arrastrando un par de lágrimas seguido de otro par, y así hasta que sus ojos se encharcan por completo, su voz tiembla y sus mejillas se humedecen. Está al borde de un ataque al corazón. Habla en un susurro con la voz rota, asustada e impresionada, con unas terribles ganas de romper a llorar y soltar lo que llevaba dentro desde hace tanto tiempo. No puede creer que le tenga delante. Brian está loco, completamente loco, ahora puede jurarlo. -Qué... haces aquí...-

Gates se frota la cara nerviosamente, mira a un lado y a otro de la oscurísima calle y luego la mira a ella. -Hacer lo que debería haber hecho antes: Contarte lo que mereces saber.- Resopla y se frota los ojos. Agarra sus manos y las nota frías, y las moja con sus dedos mojados con sus propias lágrimas, pero se niega a soltarlas, en un agarre cuidadoso y dulcísimo. 


Clava sus ojos de nuevo en ella, y habla con una sinceridad que Annie jamás había visto en él antes, poniendo el alma en cada palabra que pronuncia. -He venido a buscarte, Ana. He venido a buscarte porque te adoro, porque eres lo más bonito que se me ha cruzado al paso jamás, porque te necesito y porque sin ti me siento verdaderamente huérfano. Apareciste en mi vida de caos como una bendición, como un golpe de buena suerte, y te llevaste todas las nubes que no me dejaban ver el camino. Yo nunca me había sentido querido de verdad, Ana. Nunca. Tú apareciste con esos enormes ojos verdes, con esa sonrisa, estabas asustada y desubicada en esa ciudad enorme de la que vengo. Lo que no sabías es que yo estaba más asustado y desubicado que tú, pero a pesar de todo me enseñaste qué era lo que se sentía, y me hice adicto a ti, a esa manera que tenías de tratarme, de hablarme. Una sola caricia tuya me da años de vida, y joder, echo de menos tu risa, tus manos, la manera en la que me estabas haciendo cambiar.- Una lágrima se le escapa mejilla abajo, y baja despacio por su cara hasta desaparecer. Su voz se quiebra, pero ya no quiere parar de hablar, sabe que de hacerlo solo rompería a llorar patéticamente y no podría seguir. -Todas esas veces en que te veía con Charlie yo… Yo sentía que me moría, que no quería seguir ahí para ver como el amor de mi vida perdía segundos de nuestra vida con un hombre que le hacía sufrir. 
Ojalá pudiera haber recibido yo por ti todos esos insultos, todos esos ataques, y juro por el Dios que hay ahí arriba que yo jamás me hubiera defendido si hubiera sido necesario. Me arrastraría al peor, al más profundo de los infiernos durante una eternidad solo por vivir cinco minutos de esos despertares en que me llenabas de besos hasta que abría los ojos y me encontraba con los tuyos.- Ha empezado a llorar en silencio, y su voz está rota, pero de alguna manera suena firme entre tanta fragilidad. -Nunca quise llorar delante de ti, ¿sabes?, y ahora que te has ido me despierto con la camiseta empapada de lágrimas y trato de convencerme a mí mismo de que estás mejor ahora. Y no lo creo. Nunca me creo a mí mismo, por la sencilla razón de que sé que nadie va a quererte como lo hago yo. 
Ana, he cometido errores, lo he hecho una y otra vez, me he tropezado con piedras de las que tú me avisaste, y aún así me tendiste la mano para levantarme después de la caída, y con toda paciencia ayudaste a que me curara para después volver a caer. Jamás te he dicho éstas cosas a la cara, porque prefería guardarlas para mí, pero eso se ha acabado. Echo de menos esos labios que me hicieron volar , y te juro por mi alma que los sueño cada noche, y que me he cansado de emborracharme a diario y prometer que te olvidaría, porque eso sería prometer mentiras. Necesito que vuelvas, que huyas conmigo, que vuelvas a despertarme como siempre, que dejes que te demuestre cómo soy capaz de querer a alguien. Te quiero, Ana, te quiero con mi vida, ha pasado mucho pero siento lo mismo, y rezo porque tú también lo hagas…-

Instantáneamente y en reacción a sus palabras, la chica de ojos claros rompe a llorar. Entierra la cara entre sus manos y llora. Llora largo y tendido, tomándose todo el tiempo que necesita para soltar toda la angustia que había arrastrado consigo durante todos y cada uno de los días que ha estado separada de él. Después, sin si quiera secarse las lágrimas a causa de encontrarlo inútil y sin molestarse en aclarar la voz, clava sus ojos en los de él y habla sin dejar de llorar, con los ojos destrozados y las manos, aún sujetando las de él, frías y temblorosas. -¿Qué esperas que te diga a todo esto...? ¿Esperas que lo deje todo ahora de repente para irme contigo!? ¿¡De verdad...!?- Brian traga saliva y se la queda mirando, temiéndose lo peor. Ana baja la voz, agarrando sus manos fuertemente y sin apartarle la mirada. -Pues por supuesto que sí. Por supuesto que me iré contigo. A donde sea, pero ahora. Sácame de aquí, Brian, vayamos a empezar de cero eso que los dos queremos empezar con tantas ganas, por favor...- Lanza una mirada rápida hacia el asiento del conductor y después le mira a él. -Vámonos, y vámonos cuanto antes. Yo no tengo nada que me ate aquí. Después de este tiempo me he dado cuenta de que tú eres mi única atadura, y por razones que desconozco necesito estar contigo. A tu lado. Despertarme contigo, irme a dormir contigo, vivir en tu casa y tenerte conmigo, cielo... Iremos a Los Ángeles y nos instalaremos de nuevo, y una vez allí sé que estaremos bien sin que nadie pueda molestarnos. Empezaré de nuevo en el Red Dingo y dentro de unos años nos casaremos, Brian. Nos casaremos y tendremos unos hijos preciosos. Formaremos una familia que no puedo esperar a darte, y te aseguro que nunca más volverá a pasar nada de esto, cielo. Te lo aseguro. Te quiero. Te quiero más que a nada en este mundo y si hay algo de lo que me he dado cuenta y algo que he sacado de todo esto es que puedo vivir sin ti, pero sin ti me sentiría miserable hasta el fin de mis días...- Susurra, sin dejar de llorar, sonriendo entre lágrimas después de haberle besado sobre los labios con prisas. -Vamos, mi desastre andante. Haz algo bien por primera vez en un tiempo, arranca este maldito coche y larguémonos de aquí, ¿de acuerdo...?


Brian sonríe con la cara empapada en lágrimas, mirándola casi con adoración antes de bajarse del coche para montar en el asiento del conductor. Annie no tarda en ocupar el asiento del copiloto con una sonrisa a pesar de todo, y antes de arrancar ambos se dedican una mirada tan cómplice que duele, un beso en los labios tan lento y silencioso que ninguno de los dos querría que acabara jamás. Ahora ambos saben que habrá muchos más besos como ese, y ahora tienen prisa, necesitan salir de esa ciudad lo antes posible. Brian habla, con la mirada fija en la carretera, arrancando el coche. -Te he echado de menos, Miss American Pie...-

 El motor del viejo coche ruge mientras rueda asfalto arriba, abandonando la calle de Ana. Las lágrimas que aún empapan las sábanas de sus camas vacías eran de pura tristeza, y las que ahora les llenan la cara son producto de la alegría más absoluta.
Annie se siente como en uno de esos finales de película de amor,
pero ésto no es un final.
Es una vuelta al inicio.
Es un principio.

Capítulo 20.- Pésimas noticias, Little Boy y una mochila a medio llenar.


[El chico de ojos verdes sacude la cabeza como quitándole importancia, en un gesto que se adivina como triste y cansado. -Nos vemos mañana, Annie.- Chasquea la lengua y le pega un toque con el dedo índice en la punta de la nariz. No es él el único que parece infinitamente triste, ella le supera con creces. -Buenas noches, y que… Que descanses.- Abre la puerta y justo cuando va a entrar, se vuelve y mira a la chica. No sabe muy bien qué es lo que quiere decir, pero necesita decirlo, y lo hace bajando el tono de voz y frunciendo el ceño. -Siempre he escuchado por ahí que la vida es como un río. A veces se desborda y todo se convierte en un caos y un desastre por un tiempo, pero al cabo termina por volver a su cauce normal, a su cauce correcto, y a veces el agua cambia de camino para corregir una trayectoria que no era la correcta. Sólo el tiempo puede hacer que el río vaya por su lugar correcto.- Enarca una ceja. -Y quién sabe, quizás… Quizás tú ahora estés desbordada, y aunque no ahora, sí después de un tiempo descubras cuál es el camino correcto.- Se encoge de hombros. -No sé si me he explicado, pero tampoco puedo ser más claro.- Sonríe con una de sus adorables gestos tristes, con una de esas sonrisas con hoyuelos y se despide de ella con un vago saludo militar y un guiño de ojo, para, despacio, después cerrar tras de sí. ]


En cuanto entra en casa, Matt descubre de nuevo la pesadilla. Brian está en el balcón que da a la avenida, vistiendo sólo unas calzonas surferas negras y fumándose un cigarrillo, ajeno a todo. Ojalá dejara de estar tan ausente por unos días, sólo para recordar cómo era su amigo hace un tiempo. Ojalá dejara de frecuentar las malas compañías de antes que han vuelto a su vida, y que tienen nombre, apellidos, la lengua afilada y la falda muy corta. El chico de ojos oscuros casi parece haberse vuelto salvaje, con ese pelo negro revuelto, ojeras que ensombrecen de una manera atractiva su rostro y con toda esa tinta adornando su piel. Brian se vuelve, clava una mirada de lobo hambriento y fiero sobre Matt y habla con voz ronca y seca a modo de saludo. -¿Desde cuándo las coyotes saben lo que me pasa?- Enarca una ceja, le pega otra calada al cigarrillo mientras Matt trata de ubicarse en la situación, desconcertado y en silencio, preguntándose qué tiene él que ver con todo eso. Gates deja escapar por unos segundos el espesísimo humo blanco por la nariz, como si fuera un dragón furioso de ojos casi negros. Sin apartar su mirada de él, habla y sus palabras se llevan el resto de la bocanada de tabaco de marca Marlboro que ocupaba el interior de su pecho. -¿Dean les ha contado algo de lo que yo le confesé a él? Charlotte me llamó a media mañana, preguntándome sobre cómo estaba con “mi problema con Ana”. ¿Qué sabes tú? ¿Ya se han enterado todos?- Tras él, atardece en la ciudad de Los Ángeles con unas vistas espectaculares. Todo empieza a teñirse de un naranja mágico, pero el comportamiento de Brian tiene a Matt tan nervioso que el chico de ojos verdes apenas puede fijarse en lo despampanante de la situación sobre la ciudad. Gates se pasa una mano por el pecho desnudo, acariciando sus tatuajes inconscientemente cuando lo hace, colocándose en un movimiento fugaz el piercing de la nariz, y convirtiendo su voz en un susurro cabreado que hace despertar a Shadows. -Matt, estoy hablando contigo…-

El chico de ojos claros sacude la cabeza, frunce el ceño en un gesto molesto y camina hacia el salón mientras se baja la cremallera de la chaqueta. -Bah tío, yo qué sé. Seguramente se lo habrá contado Dean. O tal vez Annie. No sé, ya sabes lo rápido que se extienden los rumores en ese lugar...- Se deja caer sentado en el sofá con un profundo suspiro. Agarra el mando de la tele y cuando la enciende se da cuenta de que están retransmitiendo un partido de los Lakers. Una media sonrisa triunfal se deja ver en sus labios, pues sabe que Brian detesta ver los partidos repetidos y que cada vez que emiten uno se va a su habitación y se encierra ahí hasta el día siguiente.

Gates apaga el cigarro sobre la barandilla, pone los ojos en blanco tras un breve resoplido y entra en el salón. Mira la televisión y tal como Matt había predicho, resopla largamente cargado de fastidio. -Vaya puto asco de programación. Alguien debería ir a la centralita de ESPN y prenderle fuego con todos esos asquerosos redactores dentro. Como si no tuvieran dinero para comprar la NBA mil veces...- Pone los ojos en blanco y desaparece por el pasillo, dejando a Matt en una tranquilidad y un alivio bestiales. No les va a volver a contar nada a las coyotes, desde luego.





Lo más fatídico de todo para la chica de ojos verdes llega sin duda el sábado por la mañana. Está sentada en la cama, limándose la uñas y escuchando la radio sin demasiada atención. Charlie ha salido a correr, y eso le recuerda a cuando aprovechaba su ausencia para estar con Brian. Resopla en silencio por culpa de sus pensamientos y dirige la mirada hacia la ventana. Puede ver la habitación del chico de ojos oscuros, cuya ventana también está abierta de par en par. No hay nadie en la cama, pero está revuelta y silenciosa, al igual que la estancia completa. Se regaña a sí misma por prestarle atención a una sala que ya no debería significar nada para ella, pero lo cierto es que sabe que no es verdad. En esa cama que ahora está revuelta y vacía pasó una de las mejores noches de su vida con una persona que curiosamente decidió dejar de pasar esas noches con ella. Escucha jaleo en el recibidor, y después una voz femenina que no alcanza a reconocer. Aún a sabiendas de que no debería importarle, baja el volumen de la radio, tratando de escuchar algo más. Odia sentirse así, nadie se imagina cuánto. Sería genial que dejara de importarle todo lo que tiene que ver con Brian Haner, y mucho más sin saber a ciencia cierta si él dedica aún un minuto de su día a pensar en ella y en sus ojos verdes…


Conforme va oyéndola mejor, la voz le va resultando más y más familiar pero no logra averiguar de quién es exactamente. Finalmente resopla, dándose por vencida ante su curiosidad y se levanta, caminando hacia la puerta. Cuando llega se acerca a ella silenciosamente y con cuidado de no hacer el más mínimo ruido y se asoma a la mirilla. Desde luego que la imagen que ve le da de todo menos una alegría para sus demacrados sentimientos, e incluso siente unas irrefrenables ganas de llorar. 


Cynthia ríe con sus brazos alrededor del cuello de Brian, quien le besa el cuello mientras con el pie cierra la puerta. Ella va vestida con una de sus escandalosas mini faldas y él lleva sus característicos vaqueros rotos, camiseta de cuello en V y chupa de cuero negra. ''Seguro que van a salir...'' Ana resopla y se aparta de la puerta, sintiéndose jodidamente mal por dentro con lo que acaba de ver. Se deja caer sentada en el sofá y se queda con la mirada clavada en la pared mientras su hasta ahora impasivo gesto se humedece con las lágrimas que le caen a chorretones por las mejillas. Ahora lo entiende todo. Ahora entiende las prisas de Brian por terminar con ella. No fue más que un segundo plato para él. Quién sabe, tal vez incluso mientras estaba con ella seguía viéndose con Cynthia, y le parece jodidamente sucio y rastrero tanto por parte de Matt como por parte de las chicas del Dingo que no se lo hubiesen dicho, porque está segura de que lo sabían. Habla para ella en un murmullo, con la voz temblorosa, escupiendo cada palabra empapada en rabia, caminando entre lágrimas de vuelta a su habitación. -Soy una imbécil. No sé por qué coño no me he ido antes. Y ese cabrón... Ese cabrón nunca me quiso. Solo fui un entretenimiento para él. Maldita sea Ana, maldita sea. Cómo has podido ser tan tonta...-

No espera un solo minuto más. Aún empapada en lágrimas, sin dejar de llorar en silencio, camina hasta su habitación y abre el armario de par en par. Saca la maleta y con cuidado y paciencia, empieza a meter ropa ordenadamente en su interior. Hoy empieza su primer día de mudanza. Entre sollozos piensa que tristemente, cuando Charlie llegue a casa, le dará la mejor noticia de su vida, y quizás la más triste de la suya propia. Abandona Los Ángeles, empujada por muchos motivos, pero sobre todo por uno de ojos castaños y pelo negro azabache. Se siente tan destrozada como cuando llegó y se encontraba sola. Nadie está ahí para agarrar su mano, para convencerla de que no debe abandonar su talento musical, su diversión en el Red Dingo ni a sus nuevos amigos. Como ya dijo, nada la retiene en la gran ciudad en éste momento, y estando el río desbordado o no, es hora de abrir las alas y echar a volar de vuelta a casa, donde seguro que las cosas estarán mejor. Verá a Toby, a su madre, a sus tías, empezará una vida nueva con Charlie en la que el chico de ojos azules empezará a tratarla como lo hacía en Detroit y olvidará esos ataques de furia que Ana cree provocados por ella misma. Nada la va a hacer cambiar de decisión. Ha sido un juguete para la única persona que creía que la quería con cierta honestidad, y su herida es más profunda que un pozo, y duele más que cualquier otra cosa…

Cuando Charlie llega a casa, cosa de dos horas más tarde, Ana le ayuda a hacer las maleta ya que ha terminado de hacer la suya. No es de extrañar que Charlie acogiera la noticia como una bendición del cielo. Terminan viendo una película en el sofá y la noche no se alarga más, pues terminan yéndose a la cama pronto, pues deben estar descansados para el día siguiente. Va a ser un viaje muy largo. Para quien sí que se hace eterna es para Matt. A eso de las cuatro de la mañana el chico de ojos verdes continúa sin poder dormir. Tiene la mirada clavada en el techo y respira como un animal enjaulado mientras gotas de sudor empapan su almohada. Ana va a irse y Brian aún no lo sabe. Pese a que la chica de ojos claros le pidió que no le dijera nada, la incertidumbre de saber cómo reaccionará su amigo le está matando. Tal vez sea verdad eso que él dice de que ya se ha olvidado de ella y entonces es posible que no le importe. O tal vez sea mentira y se encierre en sí mismo aún más, volviéndose aún más bestia, aislándose aún más del mundo que le rodea y haciendo alguna locura. ''Annie Annie Annie, qué cosas me haces hacer, pequeña...”


Brian casi siente que se le desboca el corazón cuando escucha la puerta de su habitación abriéndose y chirriando. Se lleva una mano al pecho, se incorpora en la cama y enciende la luz. Matt está en la puerta, y apenas le da tiempo a hablar antes de que Gates le hable con los ojos muy abiertos, sin quitarse la mano del pecho que le sube y le baja como loco, entonando rabioso y cansado. -¡Joder tío! ¿No te han enseñado a llamar a la puta puerta? ¡Casi me da algo, estaba a punto de dormirme…! Soy un fumador apasionado, no sé si te das cuenta de que cada vez que me asustas te arriesgas a matarme por asfixia. - Se deja caer hacia atrás, se lleva las manos a la cara, resopla y en un tono casi cómico, cargado de fastidio y de sueño, sin descubrirse, masculla entre dientes. -¿Qué pasa ahora…? ¿Qué quieres…?-

Matt suspira profundamente y camina hacia su cama. -Tenemos que hablar...- Se sienta en el borde y le mira, con aire serio y preocupado. Brian se le queda mirando expectante y es entonces cuando siente una punzada de mal presentimiento. No suele ver a su amigo tan serio muy a menudo, pero cuando lo ve nunca augura nada bueno. El chico de ojos oscuros se aclara la garganta y habla en un murmullo, bajando la mirada. Nada de tapujos, nada de rodeos. -Ana... Ana va a irse, Brian.-

Gates enarca una ceja y siente que se le hiela la sangre dentro de las venas. Sacude la cabeza con rapidez y susurra. -¿Qué dices?- Ríe nerviosamente esperando que todo sea un broma de mal gusto y sacude la cabeza de nuevo. -No hablas en serio.- Su sonrisa nerviosa y amarga se desvanece, dejando paso a un gesto de puro miedo. -Matt… Dime que no estás hablando en serio.- Se incorpora en la cama de nuevo al reparar en su cara seria. Habla en un susurro agónico, matándolo con una mirada de súplica. -¿Por qué? Dime que no se va por mí, por lo nuestro… Por favor, dime que no…-

Su amigo de toda la vida suspira profundamente y alza la mirada hasta sus ojos. -No... No solo por eso. Pero...- Asiente, nervioso. -Sí, es una de las razones...- Se encoge de hombros. -He intentado hablar con ella pero me ha dado sus propios motivos y yo no soy quién para impedírselo. Dice que no hay nada que la retenga aquí ni un día más y que ahora que tiene la oportunidad de volver, va a irse...- Traga saliva. -Pasado mañana, según parece.-

Los ojos de Brian se humedecen y se ve obligado a parpadear repetidas veces y a bajar la mirada, escondiéndola de Matt. Aprieta los labios en una dura línea, y no sabe realmente qué decir. Sentado sobre la cama, flexiona las piernas y se abraza a ellas entrelazando los dedos de sus manos tatuadas. Pierde la mirada en la pared de en frente tan rápido como pierde la fuerza en la voz, y dice algo en un susurro roto que provoca un suspiro en Matt. -Yo creí estar haciendo esto por su bien, alejarme de ella y acercarme a otras chicas para olvidarme de ella y…- Mira hacia el techo y suspira, con los ojos congestionados. No quiere llorar delante de su amigo. Eso sí que no… -¿Y resulta que lo único que estoy haciendo es hacerla huir…?- Resopla largamente, desilusionado consigo mismo. -¿Va a volver a Detroit…?-

Matt asiente, apesadumbrado y hablando en su mismo tono, sintiendo que se muere cada vez que ve a quien considera casi su hermano llorar. -Así es. Se va pasado mañana. Ya ha ido al Dingo, se ha despedido de Dean y de las chicas y ha cobrado su último sueldo... Seguramente hoy se habrá pasado el día haciendo las maletas y ocupándose de la mudanza...-

Brian traga saliva, pero por desgracia no orgullo. Habla como su enorme nudo en la garganta le permite, tratando de parecer fuerte e impasible, sin mirar a su amigo en ningún momento. -Bueno, pues que se vaya. Que se largue con ese tío que tanto la quiere y tan bien la trata, y tengan una vida perfecta juntos en ese pueblo de Texas.- Se encoge de hombros y resopla, chasqueando la lengua y tumbándose en la cama de nuevo por completo. -Espero que le vaya muy bien.- Tira de las mantas y se arropa, tirado de lado sobre una cama que en realidad se le hace ancha sin esa que ahora pretende irse. Susurra, cerrando los ojos y tratando de aparentar que no pasa nada. -Déjame, Matt. Quiero dormir…-

Matt pone los ojos en blanco, resopla y se levanta, recuperando su seriedad. -Como quieras, tío. Que quede en tu conciencia.- Susurra y sale de la habitación, cerrando de un portazo.Le jode. Le jode muchísimo que sea tan valiente para ir por ahí acostándose con la primera que se le cruza por delante pero que después sea un cobarde a la hora de tragarse su orgullo. Por supuesto que sabe que está hecho una mierda por lo de Annie, pero esa forma de ocultarle sus sentimientos a él, a su mejor amigo, después de tantos años, es lo que realmente le molesta. ''Haz lo que te dé la gana Brian, ya te arrepentirás algún día...''

Sus sentimientos quedan más que patentes cuando el chico de ojos verdes, desde su habitación, puede escuchar cómo Brian se levanta de la cama, resopla largamente y luego suena un golpe sordo contra el armario. Sabe que no debería, pero en los labios de Matt se dibuja una sonrisa triunfal, triste y rabiosa. Por supuesto que a Brian le duele. Por supuesto que ahora mismo está llorando de rabia en silencio. Por supuesto que le duele que Ana se vaya porque sabe que es una parte importante de él. Ahora que Shad se dispone a dormir, con los ojos cerrados y los sueños sobreviniéndole, no puede imaginarse lo que está pasando al otro lado de la pared. Brian está sentado en el borde de la cama, y el cajón más bajo de su mesita de noche está abierto. 

Hacía tiempo que no lo abría, que no quería abrirlo, porque en él guardaba algo que no quería que se perdiese entre el olor a tabaco y a ambientador de ropa. La camiseta de pijama que Annie se trajo en una de las noches que aún compartían juntos. Huele a ella, a su perfume y a su jabón, y ahora la prenda descansa entre las manos de Brian. La está llenando de lágrimas aunque no querría hacerlo, lágrimas que caen en silencio y se pierden entre la tela blanca de la camiseta de tirantes para desaparecer entre ella. Se siente cruel, roto, huérfano y estúpido. Al fin y al cabo, y sin faltar a la verdad, teme no haber dejado de ser jamás cruel, se siente roto por dentro, es terriblemente huérfano en todos los sentidos y desde luego, es un estúpido por haber tomado una decisión tan fatídica. Se frota los ojos con angustia. Quiere parar de llorar, pero no puede. Entierra la cara en la camiseta y se mantiene así unos segundos, tirado en la cama. Se siente como en casa, como cuando estaba entre sus brazos, como cuando apoyaba la cabeza en su pecho y se dejaba acariciar el pelo por sus finos dedos, permitiendo que incluso le llevara al sueño más dulce y más profundo. Echa de menos su risa, sus discusiones por nada, las perrerías que se dejaba hacer en sus manos sólo por verla sonreír, esos besos que se robaban en cualquier lado… “Vuelves a ser huérfano del todo, Brian, enhorabuena. Eres un experto sacando de tu vida a la gente que trata de iluminarla.” Viene a su mente una frase que escuchó hace algunos meses, en boca de Matt. Cada vez toma más sentido ese “Espero que algún día sientes la cabeza y dejes de hacer daño a los que te quieren, Brian, de verdad que lo espero”...



Y finalmente llegó el día del gran viaje de vuelta a casa. El despertador puso en pie a Ana y a Charlie a las siete de la mañana, que en cuanto se levantaron no pararon de ultimar detalles y recoger las últimas cosas que les quedaban. Cuando partieron en el taxi hacia la estación Charlie lucía la más triunfal de las sonrisas pero conforme se iba alejando Ana miraba el edificio con nostalgia y tristeza y justo antes de doblar la esquina de la calle pudo ver las cortinas de la habitación de Gates. Las ventanas seguían bajadas así que la chica de ojos verdes supuso que los chicos estarían durmiendo por lo que sería mejor no molestarles. Y además no querría despedirse de ellos, ni de Matt por pura pena y mucho menos de Brian, por pura rabia. Ahora, tras haber esperado un buen par de horas sentados en un banco de la estación de tren, la voz por megafonía les informa de que el próximo tren con destino a Texas acaba de llegar y partirá en exactamente seis minutos. De pronto el andén se llena de viajeros que se mueven ajetreadamente de un lado a otro de la estación, con bastante prisa por llegar a sus destinos. Tras sumergirse en una inmensa marea de gente, los dos muchachos logran meterse en el tren. Charlie se sienta para el lado del pasillo y Ana se sienta para el lado de la ventanilla. No ha hablado, no se ha molestado en abrir la boca en toda la mañana. Cada vez que Charlie le habla ella le mira y fuerza una leve y tristísima sonrisa para después desviar la mirada de nuevo, como si de alguna manera quisiera convencer a su chico de que "el plan no está tan mal". Suspira y apoya su cabeza contra el cristal de la ventanilla. El tren aún no ha arrancado y ya parece arrepentirse de su rápida decisión. ''Ana, no deberías hacerlo, tal vez el río intenta encontrar el cauce correcto y tú no lo permites...".





Matt cruza el pasillo casi tambaleándose del puro sueño. Son las dos de la tarde, y ha dormido tanto que le duele la espalda y la cabeza como si le hubieran pegado una paliza. Brian no está por ningún lado, y a juzgar por la quietud de la casa, juraría que sigue metido en su habitación. Un timbrazo hace que casi tire la taza de café que estaba a punto de beberse apoyado en la encimera de la cocina, y maldice por lo bajo no poder desactivar el maldito timbre de la puerta. Cruza la cocina vestido con unos vaqueros y con la taza en la mano, y abre la puerta sin ni siquiera mirar antes. Cynthia está al otro lado, mirándole con una de sus arrebatadoras sonrisas indescifrables. Saluda casi en un gruñido, enarcando una ceja con su cara de sueño, hablando en un tono cargado de sarcasmo. -¿A qué se debe el honor…?-

La chica de ojos color miel se encoge de hombros sin borrar la sonrisa y suspira. -Bueno, vengo a ver a Brian. Sé que es muy temprano pero no podía dormir y bueno, como últimamente tiene problemas para dormir él también, he pensado que a lo mejor conmigo se le hace un poco más fácil la cosa...- Ríe.

Matt frunce el ceño y sacude la cabeza. No parece dispuesto a dejarla pasar, desde luego que no. Ojalá pudiera pegarle un puntapié y tirarla por el hueco del ascendor. Por el amor de Dios, si nadie fuera a emprender acciones legales contra él después de eso, lo haría sin dudarlo. Parece el mismísimo Satán viniendo a tentar a su amigo, que ya es más que un cordero descarriado. -Brian ha dormido muy poco hoy y es precisamente ahora cuando está haciéndolo, así que no creo que vaya a dejarte que lo despiertes. Posiblemente eso sea lo último que haga hoy.- Se encoge de hombros, falsamente conciliador. -Como mucho puedo dejar que entres a tomarte un café si te apetece, pero no creo que hoy sea el día indicado para verle. Es el peor, de hecho.- Suspira. -No te va a gustar tener que verle ni aguantarle hoy…-

Frunce el ceño y le mira extrañada. Se abre paso dentro de la casa y habla mientras camina por el pasillo en dirección a la habitación de Gates. -¿Pero qué dices? No digas tonterías Matt, si tiene un mal día yo estoy aquí para que me lo cuente...- Abre la puerta, quedándose helada ante lo que ve.
La habitación está a oscuras. Huele a tabaco, a alcohol, y casi podría decirse que a desesperación. Matt le vio, y ha sido la noche más angustiosa de su vida, teniendo que escuchar a su mejor amigo, el bastardo frío e impasible, llorando como un niño pequeño, derrumbado ante una ida que no pudo parar por mucho que lo deseaba. Matt aparece tras ella, y le pone una mano en el hombro, susurrando. -Escucha, Cynthia, déjale. Ahora no. Vuelve mañana, ¿quieres? No es un buen momento para visitas…- La chica se despoja de su mano y cruza la habitación, decidida. Sube las persianas, dejando que entre la luz del sol y que inunde la habitación. Brian la mira, despierto, con la espalda apoyada en el cabecero, y ella se sobresalta cuando se encuentra con su mirada. Jamás le ha visto peor cara en la vida, y le ha visto en momentos muy jodidos. Su voz está escalofriantemente hosca y grave. Habla dejando patente una media afonía causada por el llanto imparable de anoche, sonando frío, hostil y autómata. -¿Qué estás haciendo…?-

Cynthia clava su mirada en él bastante sorprendida y traga saliva, hablando nerviosa mientras se coloca un mechón de su pelo negro tras la oreja. Da verdadero miedo cuando está tan serio, cuando parece una especie de lobo enorme a punto de saltar sobre ella. -Yo... Bueno, Matt me dijo que estabas mal y yo...- Suspira. -Pensé que te vendría bien un poco de iluminación y aire fresco asi que... ¿Qué tal si salimos a comer por ahí y damos un paseo...? Quizás asi te dé por contarme lo que te pasa Brian, porque estás muy extraño...-

Brian mira suplicante a Matt, que realmente no sabe qué hacer ante la escena. Gates está destrozado, casi tanto, seguro, como la chica que a éstas alturas ya habrá llegado a su pequeño Detroit con un hombre que no le llega ni a las suelas de los pies y que no se la merece en absoluto. Gates se da la vuelta en la cama y se tapa de nuevo, como si tratara de defenderse torpemente de una compañía que no le agrada en absoluto. Preferiría que le rallaran los pies con un rallador antes que tener que aguantar a Cynthia un minuto más. No quiere ver a nadie. Por no ver no quiere ni verse en el espejo. Matt suena fuerte y autoritario cuando coge de la mano a Cynthia y la lleva hacia la puerta, aunque ella no parece querer poner de su parte. -Déjalo ya, te lo dije, hoy no es el día. Brian no está bien, necesita estar solo. Estoy pidiéndotelo de buenos modos, tenlo en cuenta...-

La chica de ojos claros resopla, pone los ojos en blanco y sacude la mano de Matt, intentando librarse de su agarre lo más violentamente posible. Se gira hacia la cama y habla mirando a Brian que ahora está de espaldas a ella, alzando el tono de voz y provocando de forma más que peligrosa a los nervios de Brian, que están a punto de llegar al límite. -¿Qué coño te pasa, Brian?! Ayer salimos a comer y estabas perfectamente. ¿Te has puesto así de la noche a la mañana? No me lo creo...- Se queda en silencio y de pronto recae en el detalle del que se enteró esta misma mañana de la que pasaba por el Dingo a saludar a su tío. -Ah, osea que es por Ana. Es porque se ha ido, ¿verdad? Vamos, habla. ¿¡Es por ella..?! Déjame decirte algo, Brian. Esa chica está haciendo lo correcto. Tiene novio y se ha ido con él para cumplirle como novia. Está bien. Si se ha largado así como así ha tenido que ser porque no le importas una mierda. Lo malo es que has tardado demasiado en darte cuenta…-

Matt se cubre la cara con las manos y se aleja unos metros pasillo adelante, sintiendo como si en la habitación de Gates fuera a explotar una bomba de destrucción masiva o algo así. 'Little Boy' es un mal chiste comparado con lo que su mejor amigo puede llegar a hacer estando cabreado. No quiere saber nada de lo que pueda pasar después de ese comentario. Nadie a parte de él y el propio Brian sabe lo que siente de verdad por Ana, y Cynthia está tocando un tema que definitivamente no debería tocar.
Gates se gira en la cama, y mira a Cynthia de una manera que asusta. La fachada es completamente falsa. No está rabioso, solo tiene ganas de llorar. Ganas de llorar como si no hubiera un mañana, porque sabe que algunas cosas son ciertas. 


Habla con la voz rota, furioso, fuera de sí. -No te atrevas a juzgarme, a joderme, ni a pronunciar su nombre. Se ha ido porque tenía sus motivos, y yo tengo también los míos para querer que te largues de aquí.- Entrecierra los ojos con odio. -Tú no has venido aquí a hacer que me sienta mejor, ¿y quieres saber por qué lo sé?- Resopla con desprecio, envenenando las palabras al hablar. -Porque eres igual que yo. Otra obsesa perdida por una persona a la que no le importas una mierda, otra más del montón. Nadie te ha querido de verdad en la vida, y después de tantos años yo lo sé mejor que nadie. Te metes en la cama de cualquiera porque estás vacía, y no sé en qué coño piensas si crees que yo soy el que va a salvarte de ese vacío existencial que sientes. Yo no soy tu puto príncipe azul. Mírame, Cynthia, soy un jodido demonio, soy el antagonista de cualquier asquerosa historia de amor. 
El día en que encuentres a alguien que no te haga sentir como una zorra desagradecida con todo y todos, el día en que encuentres a un tío que en un día de lluvia prefiera prestarte su chaqueta antes que dejar que se te moje la camiseta para reírse después, cuando encentres a un tío que prefiera quitarte los complejos antes que las bragas, entonces lo entenderás, me entenderás. Y quizás el día en que ese hombre se largue con una mujer que lo trata como a una basura, tú te sentirás frustrada, triste e inútil, y es posible que te veas a ti misma encerrada en una habitación, con el pijama apestando a vodka, los oídos zumbándote y echando de menos hasta la manera en la que respiraba o te mandaba a la mierda. -Sus ojos color chocolate negro hirviendo están inundados, y parecen hablar por sí solos con una sinceridad que desgarra el tono de su voz, y el ambiente de la habitación. -Pero no. Tú no vas a entenderlo. Tú no quieres entender nada…-

Matt frena en seco en medio del pasillo y, de espaldas a la habitación, trata saliva, baja la mirada al suelo y aprieta la mandíbula. Sabe cómo se siente su amigo. Lo sabe perfectamente. La echa muchísimo de menos y tan sólo hace unas horas que se ha ido. Será duro para Gates el habituarse a estar sólo de nuevo, a salir de casa y no encontrársela en el rellano, a tener que sonreír a los nuevos vecinos que tengan aunque se muera de ganas de llorar por dentro por lo mucho que le recuerdan a ella...

Cynthia, por otra parte, se ha quedado petrificada ante las palabras del chico de ojos oscuros. Traga saliva y se queda en silencio unos minutos. Después, se pasa el revés de la mano por los ojos para secarse las lágrimas y habla en un murmullo con la voz quebrada- -¿Sabes...? Tienes razón. Tienes toda la razón. Para mi no eres más que otro cerdo con el que meterme en la cama. ¿Y sabes qué más? Tú sí que estás vacío. Estás vacío y jodidamente muerto por dentro, y te diré por qué. Porque la querías y la dejaste ir como un imbécil. Y porque tuviste las narices de acostarte conmigo echándola de menos a ella, porque sé que me ponías su cara y su nombre cada vez que me quitabas la ropa. Y ahora está lejos. Muy lejos. Y es cuando te das cuenta de que la echas de menos. Le hiciste daño. Mucho daño. Y te lo dice alguien que la ha visto llorar en los baños del Dingo después de vernos a ti y a mi enrrollándonos sobre la barra. Ella te quería. No sé si sigue haciéndolo, pero sé que lo hizo. Y mucho. Y ahora no está. Está en otro lugar diferente con un hombre muy diferente a ti.- Traga saliva, luchando por no romper a llorar. -No te preocupes por mi, Brian. Yo estoy bien. Si al menos fueses responsable te dirías a ti mismo esto que me acabas de decir antes de decírmelo a mi mismo. Date cuenta de que tú eres igual o peor que yo. Estás perdido, Brian. Y te has quedado solo, que es la única manera en la que te mereces estar...- Asiente y se da la vuelta, saliendo de la habitación de camino a la puerta para después abandonar la casa, dejándola en un silencio pesado y triste.

El chico de ojos oscuros se queda en un profundo silencio. Matt se acerca a la puerta, y cuando le ve, no puede más que sentir que algo se le rompe por dentro. No puede ponerse de parte de uno de los dos en esa discusión que acaba de tener lugar, porque ambos tienen una razón aplastante, pero Brian es su amigo de la infancia, y no puede verle en ese estado. Gates se ha levantado de la cama, y, llorando lágrimas silenciosas de rabia, abre el armario sacando una mochila de su interior, y después agarrando prendas de ropa, arrancándolas de las perchas, bajo la mirada atónita de Matt. Ha tomado una decisión, y va a llevarla a cabo...
Matt, aún situado en la puerta, pone los brazos rn jarras y frunce el ceño, siguiendo con la mirada los movimientos de su amigo, cuyos llantos inundan ahora la habitación. Habla en un susurro, confuso pero sin querer romper la poca tranquilidad que le queda a Gates en el cuerpo. -¿Qué haces, tío...?-

Brian habla, y su voz ya no se parece a lo que era antes, a su voz de siempre. Está rota, apagada y sin un tono concreto. -Me largo. Voy a ir a buscarla.- Resopla largamente, cerrando el armario y la mochila después. -No me importa qué vaya a contestarme, pero yo necesito hablar con ella. Jamás fui sincero del todo, Matt. Nunca le conté lo que sentía en realidad, me lo callé todo, dejé que ella se lo imaginara pero nunca le concreté lo mucho que la quería...- Se cuelga la mochila al hombro y camina hacia el baño. -No sé si podré traerla de vuelta, pero sí sé que arreglaré el motivo que la hizo irse...-

Shadows resopla, descolocado, y entierra la cara entre sus manos. Habla avanzando por el pasillo tras su amigo, caminando con él hasta el baño, donde él está empezando a meter sus cosas en la mochila. -¿Pero qué dices...? Estás mal de la cabeza? ¿Apenas tenemos para llegar a fin de mes y ahora quieres largarte a Texas a perseguir un imposible...?!- Sacude la cabeza con desaprobación y resopla largamente. -Tío, déjalo estar. No te metas en líos, ¿sí...? Podrías tener problemas con Charlie, y eso no te conviene. Además es una pérdida de tiempo, Brian. No va a volver contigo así como así, dejándolo todo atrás de nuevo. No lo ha pasado bien aquí. Y por mucho que me duela decirlo, tú tienes gran parte de la culpa y lo sabes así que déjala tranquila. Hay muchos más peces en el mar, hermano. Encontrarás a otra tan buena o mejor y que esté soltera para volcarse en la relación por completo...- Le coloca una mano en el hombro y suspira, mirándole a través del espejo. -Acéptalo, ya han sido demasiados baches en tan poco tiempo. Annie no es para ti…-

Gates apoya las palmas de las manos a cada lado del lavabo. Cierra los ojos, resopla profundamente y baja la cabeza. Se limpia las lágrimas con rabia y tras mirarle por unos segundos breves a través del espejo, asiente despacio y resignado. -Tienes razón, Matt. Creo que lo mejor es dejarlo estar. Ella tiene una nueva vida ahora, y probablemente todo esté yéndole mejor. Estará con su familia, con su novio, y quizás pronto forme una familia propia y yo...- Suspira. -Yo no soy nadie para interrumpir todo eso.- Agarra la mochila y se la deja en los brazos a Matt, que le mira con lástima. -Voy a darme una ducha, tío. Necesito relajarme...
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Capítulo 19.- Tristeza profunda, una charla en el Vintage y un último sueldo.


[Como si fuera poco, su 'novio' la ha obligado a dejar el Dingo y a dejar de ver a Brian, lo cual le duele incluso más que las bofetadas. No, no Annie, tienes que hacer algo... cuanto antes, se dice a sí misma entre lágrimas sin apartar la mirada de su reflejo. Obedientemente se mete en la ducha y se tira una media hora llorando bajo el agua, dejando que esta se lleve todas sus lágrimas. Se pone un pijama que consta de un pantalón largo y una camiseta de tirantes y tras recogerse el pelo en una coleta sale del baño. Está destrozada y lo único en lo que puede pensar es en Brian. En dónde y en cómo estará. No ha oído ningún ruido en el rellano así que ni siquiera sabe si ha vuelto a casa, pero juraría que no es así. Avanza por la casa en plena oscuridad y entra en el salón. Se sienta en el sofá y se queda con la mirada clavada en el suelo. Rompe a llorar de nuevo pero esta vez lo hace silenciosamente, sin querer que nadie y mucho menos Charlie pueda oírla…]

En casa de Annie las cosas no están yendo mucho mejor. La chica de ojos verdes se pasa en su mundo la mayoría del día, y ya no quiere salir, jamás acepta los pocos planes de salida que Charlie le propone. Come y duerme mal, y llora cada dos por tres sin que su chico pueda entender nada. Incluso ha dejado de estar tan áspero con ella, como si se amoldara a su tristeza y empezara a tratarla bastante mejor sólo por no empeorar la situación. Ahora ha caído la noche, y la pareja descansa en el sofá, en el salón a oscuras, sólo iluminados por la luz de la televisión. Charlie está sentado en un extremo del sillón, y Ana tiene la cabeza apoyada en sus rodillas, está tumbada de lado y tiene sus ojos tristes clavados en la pantalla. Él clava sus ojos azules en Annie, le acaricia el pelo y susurra, ahora que ha dejado de llorar por algunos minutos.

-Princesa, vas a tener que contarme qué está pasando. Estoy preocupado, ¿sabes? No hablas, no comes, no duermes y no te veo sonreír jamás. Es más, cada vez que me descuido, me vuelvo y siempre andas llorando en silencio.- Suspira largamente, sin parar de acariciarla con aires de protección. -¿Es por mí…?-

Ana suspira profundamente y sacude la cabeza, manteniendo su mirada en la televisión para después hablar en un murmullo con la voz rota, pasándose el sobrante de la manga de la chaqueta por los ojos para secarse las lágrimas. -No, no es por ti, estoy... Estoy bien...-

Charlie chasquea la lengua y suspira, hablando en un susurro cargado de comprensión falsa. -Annie, si me dijeras qué es, tal vez podría tratar de ayudarte. Cerrándote en banda no vas a conseguir nada. Si no es por mí, ¿entonces qué ocurre? ¿Estás cansada de la ciudad? ¿De la gente…?- Chasquea la lengua. -¿Echas de menos a tu familia?-

Ella suspira y sacude la cabeza de nuevo, hablando en el mismo tono, sin apartar la mirada de donde la tiene. -No, no es eso, es que...- Se encoge de hombros. -Estoy triste estos días y no sé por qué. Tal vez lo que necesito es llorar, dormir, no comer y no hablar hasta que se me pase...-

Charlie pone los ojos en blanco de pura desesperación, resopla largamente y devuelve su mirada a la pantalla. Odia esa nueva faceta de su chica. Considera que solo es un intento victimista para hacerle sentir mal, o para hacer que se vaya. Lo único que sabe es que huye de él y de todo, y no es capaz de devolverle un buenos días con una sonrisa, y mucho menos de acostarse con él. Últimamente incluso parece no soportar que la toque, y él empieza a agotársele la poca paciencia que tiene...
Annie suspira y se levanta, estirándose la camiseta y hablando en un susurro, mirándole a través de la oscuridad que ahora ocupa el salón. -Me... Voy a dormir ya, Charlie. Estoy agotada... ¿Vienes o te quedas..?-

El chico de ojos azules la mira y sacude la cabeza. Susurra, encogiéndose de hombros. -Aún es temprano. Me quedaré a ver la película.- Parece como si incluso hubiera algo de cariño en sus palabras mientras las acompaña con una sonrisa triste. -Descansa, princesa. Intentaré no despertarte luego, a ver si eres capaz de dormir más que ayer...-

Ana asiente, suspira y se inclina sobre él, besándole brevemente en los labios para después, forzando una media sonrisa triste, abrirse paso por el pasillo y terminar encerrándose en su habitación. Lanza una mirada rápida a la ventana y tras comprobar que la casa de Gates está en calma, se deja caer sobre la cama, se tumba boca arriba y cierra los ojos. De forma inconsciente arrastra un par de lágrimas y como si saliera de la nada, rompe a llorar de nuevo pero lo hace en silencio para no molestar a Charlie. ''¿Está bien…? ¿Qué está haciendo…? ¿Habrá conocido ya a alguien...? ¿Por qué me ha dejado así...? ¿Acaso se cansó? ¿Tal vez no me quería...?” Son las preguntas que no dejan de rondarle por la cabeza y que la tienen hecha polvo, es innegable.



A la mañana siguiente es el teléfono fijo el que despierta a la pareja. Son las doce, y Charlie rezonga por lo bajo cuando escucha el taladrante y cadente sonido del aparato, dando claras señales de no querer cogerlo, contando con que además está en la mesilla de Ana. La chica de ojos verdes resopla, se incorpora y coge el teléfono. Al otro lado de la línea, la voz de un hombre que conoce bien, cargada de energía y casi de felicidad, es la primera que escucha en todo el día. -¡Buenos días, Annie! Oye, soy Dean. ¿Te pillo en un mal momento?- Charlie, que desde su aplastante sueño ha podido reconocer la voz de un hombre al otro lado de la línea, mantiene cerrados los ojos pero bien abiertos los oídos, esperando captar hasta la última palabra.

Ana suspira, se rasca la nunca y fuerza una media sonrisa. Casi le da vergüenza tener que admitir que ha estado dormida hasta tan tarde. No es precisamente propio de ella. -Oh, buenos días Dean. No, no te preocupes, estaba... Recogiendo un poco la casa. Tengo esto hecho un desastre... ¿Qué sucede?-

Dean baja el tono de su voz, y sentado en el sillón de su despacho con los pies sobre la mesa, enredando el cable del teléfono en su dedo índice, dice algo que hace que Annie mire nerviosamente a Charlie. -Es sobre el Red Dingo, Ana. Vamos a reabrir, creo que lo sabes. Y quería pedirte algo en relación…-

La chica suspira profundamente, aparta la mirada de Charlie y la clava en la ventana, desde la que puede ver el salón de la casa de enfrente, sin movimiento alguno. Habla bajando el tono de voz, colocándose un mechón de pelo tras la oreja. -Claro, ¿De qué se trata...?-

Dean suspira profundamente. De fondo puede escucharse pasar las hojas de algo. “Él y su dichosa contabilidad…”. Su voz rompe el silencio de la línea. -Ana, no me importa lo que pasara con… Con tu chico, ya sabes. Esa pelea no afecta a tu puesto aquí, ¿me oyes? Quiero que para cuando reabramos, tú, Texas, sigas en nuestras filas. El Red Dingo te necesita, las coyotes te necesitan, los clientes te necesitan y yo te necesito.- Chasquea la lengua y su voz se vuelve ronca y severa. -¿Podré contar contigo…?-

Annie se queda unos largos segundos en contestar, tiempo que Dean considera que ella utiliza para pensárselo. Desvía su mirada hacia Charlie, que sigue durmiendo de espaldas a ella, suspira y vuelve a mirar a la ventana para después bajar la mirada al suelo, hablando en un murmullo. -Dime día y hora y estaré ahí...-

Dean sonríe ampliamente, asiente en un gesto de alivio y deja que su sonrisa se vuelva a borrar poco a poco. -Sabía que no ibas a fallarme, Ana.- Suspira. -Oh, y una cosa más que debe quedar clara. Charlie, tu… Tu novio. Ya no tiene permitida la entrada al Dingo. Lo siento, pero tendrás que quedárselo claro para evitar futuras confrontaciones.- Chasquea la lengua. -No puedo permitir que vuelva a agredir a uno de mis empleados por muchos motivos que tuviese para hacerlo, y tampoco puedo permitir perder la mitad de la cristalería por una estúpida pelea de bar- Suspira, paciente. -Me comprendes, ¿verdad?-

Ana asiente y suspira enredando con un mechón de pelo entre sus dedos nerviosamente. Habla en el mismo tono, con la mirada gacha y sonando más bien como si realmente lo que estuviese haciendo fuese rogarle a Dean que le disculpase. -Oye Dean, yo... Bueno. Siento lo sucedido la última vez. Tal vez yo no te haya roto ninguna botella pero si no hubiese sido tan...- Resopla. -imbécil y si no me hubiese juntado con quien no debía esto no hubiese pasado y bueno, iba a llamarte para pedir disculpas, pero te me has adelantado…- Ríe sin ganas, notablemente triste.

Él se encoge de hombros. -Ana, no. La culpa fue más suya que tuya, al menos desde mi punto de vista. Me importa poco lo que tengas con Brian fuera de casa y en el Dingo, pero si vuestra aventura va a traerme problemas, entonces sí empezará a importarme, y tomaré medidas.- Chasquea la lengua. -No vayas a pensar que solo te he echado la bronca a ti. Qué va. A él también le llamé hace unos días, y aunque me aclaró que sólo trataba de defenderse y que vuestra “aventura” se ha acabado, no se libró de que le echara una bronca.- Resopla. -Ana, Brian y tú sois mi personal estrella. Tanto tú sobre la barra como él tras ella sois los iconos actuales de mi bar, y no quiero perderos a ninguno, ya sea que me cueste toda la cristalería, pero por favor, no más problemas. Tu novio entró en mi bar y él fue quien comenzó la pelea, así que a mi juicio, la mayoría de culpa es suya. No entrará en el bar, y me importa poco si tengo que decírselo yo mismo, pero desde luego no quiero que sea Shadows quien tenga que hacerlo durante uno de sus turnos de portero, ¿me entiendes…?-

La chica asiente y cuando Dean ha terminado de hablar suspira pesadamente y se seca una lágrima que ahora se le cae por la mejilla. Habla en un susurro para que nadie pueda notar que su voz se ha quebrado. -Está bien Dean, lo entiendo. Aunque no te preocupes. No volverá a pasar nada de esto. Ya no... Como tú bien has dicho se ha acabado, así que ya no habrá más problemas. Puedes… Puedes estar tranquilo-

Dean asiente, vagamente satisfecho. -De acuerdo, Ana. Tendrás más noticias mías. En un par de semanas estaremos en funcionamiento, y te quiero al pie del cañón con las chicas. Vamos a hacer que esto despegue fuerte, ¿sí? Puede que incluso me plantee una reforma express en el local.- Ríe y suena una palmada sobre la mesa. -Shows más salvajes, cócteles y copas nunca antes en venta, mucho más aforo, mis preciosas coyotes y mis deseados camareros, y ¡boom! Tendremos el Red Dingo 2.0. Una versión mejorada que traiga a todos los clientes de todo Los Ángeles. ¿Qué me dices, Annie? ¿Te suena bien?-

La chica suspira y asiente, con la mirada perdida, hablando sin alzar el tono de voz. -Sí Dean, me parece perfecto... Suena genial.- Él hombre de ojos claros puede darse cuenta de que desde que nombró a Brian, el estado de ánimo de Ana cayó en picado. No va a insistirle, de todas formas no tendría por qué interesarle... Ana suspira de nuevo y habla mientras se pone en pie, estirando su camiseta al hacerlo. -Llámame cuando sepas qué hacer seguro, ¿sí? Y estate tranquilo, volverás a tenerme allí. Muchas gracias Dean, muchas gracias por todo.- Cuelga y cuando lo hace se queda mirando al teléfono largamente. Mira a Charlie, que ha vuelto a quedarse dormido, agarra una chaqueta y sale de la habitación mientras se la pone. Cuando llega a la cocina, la casa está en completo silencio. Se sienta en la pequeña mesa tras haberse servido un café y con los brazos cruzados y la mirada perdida habla en un murmullo, recitando unas palabras que a ella la hieren como puñales. -No hay nada. Nunca más...- Suspira pesadamente y puede notar cómo sus ojos se humedecen y las lágrimas empiezan a descender por sus mejillas de forma incontrolable. Cruza los brazos sobre la mesa, entierra su cara en ellos y rompe a llorar en silencio, como si esa fuese la única manera razonable que encuentra de deshacer el nudo que se le crea en la garganta cada vez que se acuerda de Brian.


Desayuna sin ganas una taza de café que, a pesar de todo el azúcar que lleva, le sabe muy amargo. El timbre la sobresalta, y una chispa de ilusión idiota se dibuja en sus ojos verdes. Se frota la cara esperando quitarse las lágrimas y camina desganada hacia la puerta. La abre sin ni siquiera mirar, más bien porque no quiere revelar nada antes de tiempo. Cuando abre, se encuentra a Matt, mirándola con sus eternos ojos verdes ahora cargados de preocupación. Tras él, la puerta del piso está abierta. Parece entristecerse con solo verla, y fe de ello da su sonrisa, que se borra poco a poco mientras habla, en un tono recogido y tranquilo. -Ey, Annie. Sólo… Sólo he venido a ver cómo estabas. Me tienes preocupado, hace días que no te veo salir de casa.- Suspira, lanzándole una mirada cómplice que ambos traducen por un “Los dos sabemos a qué viene tanta tristeza”. Chasquea la lengua nerviosamente y le tiende un manojo de cartas en un gesto cortés. -Bueno, yo… Tenías el buzón lleno, casi ni cabían más cartas. Pensé que… Quizás sería buena idea, ya sabes, traerte el correo ahora que tú no bajas a buscarlo…- Suspira.

Ana baja la mirada hasta las cartas con la más profunda tristeza y desilusión reflejada en el rostro. Suspira pesadamente, asiente y forzando una sonrisa de medio lado, estira la mano hacia la suya y las agarra, hablando en un murmullo. Sus ojos luchan por llenarse de lágrimas y su voz pide a gritos quedarse en un hilo, pero pese a que Annie lucha con todas sus fuerzas para que eso no ocurra, sabe que no podrá aguantar mucho tiempo. Ni siquiera es capaz de mirarle a los ojos al hablar, solo se mantiene con la mirada clavada en las cartas, cuyos remitentes revisa una y otra vez. -Gra...Gracias, Matt...-

Sanders se aclara la garganta, mira hacia la puerta abierta del piso nerviosamente y levanta el índice, como si le indicara que esperara un momento. Se acerca a la puerta y la cierra casi por completo, probablemente sin querer que Brian escuche nada. Camina hacia Ana de nuevo y susurra, muy muy por lo bajo. -Escucha, Ana, tú y yo deberíamos hablar. Sin Charlie, sin Brian, sin nadie. Tú y yo solos. Hablar sobre lo que está pasando…- Chasquea la lengua, adelantándose a la respuesta de Ana. -No. Escucha. Soy el desgraciado más neutral en éste tema, y creo que tú necesitas hablar con alguien de esto.- La más pura sinceridad se refleja ahora en sus vivos ojos verdes. -Gates no va a enterarse de nada de lo que hablemos tú y yo. Quedará entre nosotros, ¿de acuerdo…?-

Ana suspira y asiente resignada. Baja la mirada y después la alza hasta sus ojos, hablando en un susurro. -¿Puedes darme cinco minutos...? Voy a vestirme. Pasa y tómate algo o lo que quieras, enseguida vuelvo...- Se gira y desaparece por el pasillo para al cabo de unos breves minutos, volver ya vestida con una camiseta de manga corta de color blanco, unos pantalones vaqueros largos, unas Converse negras y una chaqueta de chándal gris. Agarra las llaves de casa y sin hacer ruido sale, seguida por Matt. 


Los dos chicos toman el ascensor y cuando salen del edificio lo hacen en silencio, caminando sin pronunciar palabra hasta que llegan al Vintage. Amber los saluda con una sonrisa triste a la que apenas son capaces de responder y se sientan en una mesa al fondo del bar. Matt se sienta frente a Ana y mantiene sus ojos clavados en ella. Tiene los brazos cruzados sobre la mesa y está cabizbaja, triste y apagada. Incluso podría decirse que sus ojos verdísimos color esmeralda han perdido color. Matt suspira y le agarra las manos, e instintivamente Annie clava sus ojos en los de él, suspirando profundamente.

El chico habla, en un tono que no inspira mucha felicidad. -Supongo que estás hecha un lío, Ana. Estás hecha un lío con todo esto.- Resopla y baja la mirada. -Tienes la misma carita que él. Por el amor de Dios, si parece que os han sacado el alma a la fuerza. Mira, me mata verte destrozada por un tema como éste, tanto tú como él. Yo ya supongo que lo que sentías por Brian era… Era fuerte. No me equivoco, ¿verdad?- Clava sus ojos verdes en ella, cargado de paciencia y de comprensión.

Ana traga saliva y suspira, bajando la mirada y hablando en un susurro. -No, Matt. No te equivocas en absoluto...-

El chico suspira y asiente, hablando con la mirada clavada en la mesa. -Yo… Yo puedo asegurarte que Brian sentía algo muy parecido, aunque nunca llegué a estar seguro del todo.- Resopla y cierra los ojos, hablando en un tono tranquilo pero cargado de dramatismo. -Brian Haner es el tío más extraño del mundo. Jamás cuenta más de lo necesario, es reservado hasta límites insospechados, es frío, es distante y es desconfiado. ¿Sabes lo que me llamó la atención? Que desde el primer día se volcara contigo a diario, con todo lo que se le ocurría. Escuchaba tu nombre en su boca cerca de diez veces al día, y dejó de hacer el idiota con todas, como hacía siempre, como si quisiera adecentarse a tus ojos.- La mira y enarca una ceja. -Y créeme, eso me puso muy nervioso. Yo no entendía nada. No sabía qué narices estaba pasando. Estabas transformándolo.- Chasquea la lengua. -Ana, quizás no conozcas al antiguo Brian, pero el nuevo Brian que estabas consiguiendo era... Mejor en todos los aspectos posibles.

Ana sacude la cabeza y chasquea la lengua. Suspira y alza la mirada hasta clavarla en la suya. -Yo te agradezco mucho todo esto, pero no tengo interés ninguno en conocer al ''Antiguo Brian''. ¿Para qué?- Se encoge de hombros en señal de indiferencia. -No necesito conocerle. Entre él y yo ya no...- Suspira profundamente, como si estuviese intentando coger aire para decir lo que va a decir. -Entre él y yo ya no hay absolutamente nada y dudo mucho que si quiera quede una pizca de confianza, ¿Sabes? Ahora somos dos extraños. Dos completos desconocidos que viven puerta con puerta y que trabajan en el mismo lugar. Las... Tardes de conversación, las risas, las noches en tu casa... Todo eso...- Se seca una lágrima pero sigue hablando, impasible. -Todo eso se ha terminado para siempre. Por supuesto que lo que yo sentía por él era fuerte. Y no lo sentía. De hecho lo siento. Lo siento mucho y lo siento a diario. Y cada vez que me voy a la cama me pregunto cómo estará y si me echa de menos tanto como yo a él, ¿sabes?- Su voz se quiebra. -Me pregunto muchas cosas pero me tengo que tragar mis dudas porque no hay nadie a quien le interese que yo me pase las noches llorando como una niña pequeña por un tío que se presentó en mi casa y cuarenta minutos después de follar me dijo que lo nuestro se había terminado para siempre, que no había vuelta atrás y que no esperaba que lo entendiese. A nadie le importa eso, Matt. Ni siquiera debería importarme a mí...-
Matt habla con la voz queda y ronca, sin apartarle la mirada. -Mira, Brian a veces hace cosas que son un asco, nunca es capaz de hacer nada a derechas y tú lo sabes porque le conoces. Él está mal, y te echa de menos. Duerme y come mal, y está rodeándose de nuevo de compañías que no me gustan en absoluto. *Resopla, cargado de impotencia* Ana, te diré algo. Si Brian ha cortado esto no ha sido por gusto, puedo asegurarlo. Él cree que lo ha hecho para salvarte la existencia.- Enarca una ceja.

-Durante todas tus discusiones con Charlie, mientras escuchaba todos esos bofetones, todos esos insultos, todas esas humillaciones y maltratos que tan nítidamente se escuchan y a veces se ven desde nuestro piso, podías encontrarlo sentado en el sillón. Sentado en silencio, con los ojos llenos de lágrimas y apretando los puños cada vez que escuchaba su nombre en boca de Charlie. Ana, si Brian se ha alejado de ti es porque cree que su presencia solo hace mal en tu vida de pareja, cosa que es bastante cierta, a juzgar por los moratones que todavía se te ven. -Chasquea la lengua, nervioso. -Ana, puedo jurar que Brian sentía lo mismo que tú. Te cargaste magistralmente al bastardo cabrón que vivía dentro de él antes de que te diera por pisar esa ciudad, y lo hiciste al primer día, con la primera conversación. Sé que siente mucho por ti, y también sé que no quiere esto. Al igual que tú, no consigo sacarlo de casa, no consigo hacerle hablar, no consigo que haga una vida normal. Si no vais a arreglarlo, al menos deberíais hablar para desahogaros. Annie, mira qué cara…- Le acaricia la mejilla con los dedos, en un gesto de lo más triste. -¿Cuánto has dormido hoy…?-

Ana gira la cara para apartar los dedos de Matt y habla seria, intentando aparentar una fortaleza que pierde por momentos conforme las lágrimas se le van cayendo. Habla con la mirada clavada en la cristalera que se alza a su lado, en un murmullo, clavando la mirada en la gente que pasea por la calle. -Yo arriesgué, Matt.- Se gira y le mira. -Arriesgué. Lo que pasa es que hay cosas que no sabéis. Una semana después de llegar aquí, cuando supe definitivamente que no podría hacer lo que quería, tuve la oportunidad de irme. Pero no lo hice. ¿Y sabes por qué?- Susurra. -Por él. Porque me gasté todo el dinero del viaje en comprarme un piso a su lado para poder estar más cerca. Ni siquiera cuando vino Charlie pensé en terminar lo nuestro. Ni siquiera entonces. Y he soportado insultos, bofetones, insultos, tirones de pelo, arañazos y palizas. Y nunca jamás, ni siquiera mientras ese hijo de puta me pegaba, pensé en terminar con Brian. Nunca. Porque él era la única cosa que de alguna manera me mantenía a flote, y cuando estaba con él podía desconectar de todo. Ni siquiera me importaban las consecuencias. Porque le quería, Matt. Le quería y le quiero, pero es un maldito cobarde y lo que pasa es que tiene miedo a enfrentarse a la realidad. Cuando quiero a alguien yo arriesgo y hago todo lo que haga falta para estar a su lado, porque le demuestro que le quiero. En cambio él lo único que me ha demostrado es que soy una gilipollas que se va a tropezar con la misma piedra miles de veces y que jamás aprenderá la lección...


Matt resopla largamente y baja la mirada. Tiene los codos apoyados en la mesa, y mientras Amber coloca dos tazas de café en ella, los dos chicos se mantienen en silencio. Le dedica una sonrisa triste a la camarera que ésta le devuelve, y después deja que se borre poco a poco mientras alza la mirada hacia Ana. Su voz suena como un susurro casi cargado de miedo. -¿Entonces qué…? ¿Ya está? ¿Se ha acabado…? ¿Ninguno de los dos va a hacer nada...?-

Annie se encoge de hombros, hablando en un murmullo con la mirada clavada en la mesa mientras las lágrimas se le siguen cayendo. -No sé para qué quieres que hablemos, solo serviría para ponerme peor...-

Él sacude la cabeza y le pega un sorbo al café, bajando la mirada. -Serviría para algo. Hablar siempre sirve para algo. Traerte aquí para hablar ha servido para algo. Ha servido para confirmar lo que ya sabía, que lo que le aconsejé hacer fue un error terrible.- Siente la mirada de Ana, ahora clavada sobre él. Susurra. -Él pensaba que era lo mejor, y yo le di la razón. No pensé que su falta iba a hacerte más daño que todos los problemas que te daba tenerlo cerca. Y creo que él tampoco lo pensó, porque de haberlo hecho, jamás hubiera dejado de verte…-

Ana suspira profundamente y sacude la cabeza, bajando de nuevo la mirada y hablando en el mismo tono de antes. -Da igual. Ya da igual. Se me pasará, supongo…- Se coloca un mechón de pelo tras la oreja y alza la mirada hacia él. -Solo espero que esté bien y no haga ninguna tontería de las que hacía antes... Y...- Suspira. -por lo que a mí respecta, yo... Voy a irme, Matt. He decidido que ya no tengo nada que me retenga aquí y es por eso que cuando Charlie se marche dentro de dos semanas yo me iré con él. Haré como que no ha pasado nada y continuaré con los planes de futuro que teníamos antes de que yo me viniese a LA. Supongo que para el año que viene nos casaremos y...- Se encoge de hombros. -Tendré que volver a trabajar en el bar en el que trabajaba en Texas.-

Matt frunce el ceño y después parece quedarse congelado. Mira a un lado y a otro, perplejo, tratando de digerir lo que acaba de escuchar. -Ana, escucha, no es que yo esté diciendo que Brian sea el hombre perfecto para ti, pero por el amor de Dios, ¿Charlie?- Resopla largamente y la mira de fijo. -Ana, ¿quién en su sano juicio querría pasar el resto de su vida con alguien que no te quiere ni te respeta, y que por supuesto, tampoco te cuida…?-

Ella suspira y sacude la cabeza. -Matt, antes las cosas nos iban bien. Es esto. Es esta maldita ciudad. Es la gente con la que nos relacionamos la que nos está cambiando. Sé que cuando volvamos a Texas todo será diferente. Nada es lo mismo que estar en casa, y cuando lleguemos las cosas volverán a la normalidad.- Baja la mirada, al igual que su tono de voz. -Tengo que hablarlo con Dean, decirle que no firmaré el contrato para el mes entero...- Le mira a los ojos. -Me voy, Matt. Lo tengo decidido. Ya no... Ya no hay nada que me retenga aquí.-

El chico de ojos verdes levanta las palmas de las manos y asiente. -Escucha, mira, está bien. Creo que te estás equivocando con ese tío al que sigues llamando “tu novio”. No pretendo ponerme paternal, y tampoco hacer de hermano mayor, pero quiero que sepas que conozco a ese tipo de gente, y sé que no cambian jamás. Yo he escuchado todo lo que te hacía y lo que te decía, y créeme, pienso que si te vas entregar a ese tío, que vas a abandonarlo todo por la única razón de que Brian ha tomado una decisión que no era la correcta, creo que vas a tropezarte aún más fuerte.- Se termina el café y suspira. -Haz lo que debas. Ahora ya sé lo que sientes y sé lo que siente Brian. ¿Y quieres saber algo? Creo que los dos estáis ciegos.- Se levanta y se estira la camiseta, airado. -Espero que pase algo en éstas próximas dos semanas que os haga cambiar de opinión, porque si todo esto os quita el sueño a ambos, debe ser que no es tanta tontería. Haced lo que os dé la gana, pero estáis equivocándoos como nunca antes...-

Ana resopla y entierra la cara entre sus manos, hablando en un susurro. -Déjalo Matt. Déjame, ¿sí? Necesito... Necesito estar sola. Ya tengo bastante con lo que tengo y sé perfectamente lo que sucede dentro de mi casa entre Charlie y yo, no necesito que vengas a decirme cómo me trata. La decisión está tomada. Tal vez no sea la correcta pero...- Le mira, levantándose. -Pero yo también tengo derecho a equivocarme, ¿sabes? Solo quiero irme. Quiero volver a Texas, a mi casa, y olvidarme de todo lo que he vivido aquí.-

Él la mira en silencio por unos segundos que a la chica de ojos verdes se le hacen interminables, y finalmente asiente despacio. Habla con su habitual voz grave, pero que no se parece nada a la de Charlie. -No se hable más entonces. ¿Quieres que te acerque a casa, Annie…?- Parece serio, como si hubiera digerido de golpe la decisión de Ana. No quiere saber cómo reaccionará Brian cuando tenga que contárselo… -Tendría que ir al Dingo, he quedado allí con Dean, podrías aprovechar para hablar con él…-

Annie asiente y suspira. Desvía la mirada al ventanal, se encoge de hombros y después vuelve a mirarle, con tristeza. -Sí, vamos…- Pocos minutos después los dos muchachos se encuentran en la carretera de camino al Dingo, al que llegan cosa de quince minutos después a causa del tráfico. Matt entra serio y con las manos metidas en los bolsillos y Annie entra tras él. Las chicas, que se encontraban repartidas por el local limpiando, recogiendo y preparándolo todo para la noche los reciben con una sonrisa cordial a la que ellos no responden. Ni siquiera las miran, sino que entran directos en dirección al despacho de Dean, lo cual les da una punzada de mala espina. Karina y Charlotte, que son las que más confianza tienen y, por así decirlo, las más atrevidas, se asoman a la puerta del despacho del hombre de ojos oscuros, que ahora está entreabierta. 

Dean está sentado de brazos cruzados, mirando de fijo a Ana, quien está diciendo algo que las chicas no pueden concebir. Cuando dice la frase de ''Dean, no voy a quedarme más de dos semanas, dejo esto, me voy'', Karina se lleva la mano a la boca y Charlotte mantiene sus claros y vivarachos ojos azules abiertos como platos. Matt, apoyado en la pared de brazos cruzados, suspira y contempla la escena sin cambiar la expresión de su rostro, serio como si viniese de un funeral. Dean, tras escuchar a Annie durante unos minutos, suspira profundamente y, cruzando las manos sobre la mesa, asiente, mirándole y hablando en un murmullo, igual de serio que Sanders. No, desde luego no es una buena noticia en absoluto. -Está bien, Ana. Lo entiendo. Yo no soy quien para decirte qué hacer con tu vida y reconozco que estás en tu derecho de marcharte pero...- Se aclara la garganta tratando de deshacer el nudo que se le ha formado en ella. -Pero te vamos a echar mucho de menos por aquí. El Dingo no volverá a ser lo mismo sin ti...- Sacude la cabeza, se levanta y le dedica una sonrisa triste, colocando una mano sobre su hombro y tendiéndole un sobre blanco. -Aquí tienes. Tu sueldo. Te ayudará a mantenerte por allí...- Le guiña un ojo y le pellizca la nariz en un gesto tierno pero infinitamente triste. Ana suspira y fuerza una sonrisa y él le acaricia la mejilla. -Cuídate mucho, pequeña. Y no te olvides de nosotros cuando estés en Texas, ¿eh...?- Ana sacude la cabeza sin ser capaz de hablar, con las lágrimas cayéndole por las mejillas. Tras un cálido abrazo con Dean que deja a Matt sin respiración y una triste despedida, Ana sale del despacho acompañada del chico de ojos verdes. El rumor ha corrido rápidamente entre las chicas del bar, que ahora la miran con caras tristes y los ojos húmedos. Ana les dedica una sonrisa tristísima y sin molestarse en secarse las lágrimas, las abraza y se despide de ellas. Aunque se niega, las chicas le dan pequeñas cantidades de dinero para que pueda salir adelante y pese a que le cuesta, Ana lo agradece muchísimo. En cosa de media hora Matt está con ella frente a la puerta de su casa. La chica de ojos verdes clava su mirada en él y habla en un susurro, con las lágrimas empapando sus mejillas y la voz rota. -Gracias, Matt. Gracias por acompañarme y todo eso...- Suspira pesadamente. -Nos vemos mañana, ¿sí…?-

El chico de ojos verdes sacude la cabeza como quitándole importancia, en un gesto que se adivina como triste y cansado. -Nos vemos mañana, Annie.- Chasquea la lengua y le pega un toque con el dedo índice en la punta de la nariz. No es él el único que parece infinitamente triste, ella le supera con creces. -Buenas noches, y que… Que descanses.- Abre la puerta y justo cuando va a entrar, se vuelve y mira a la chica. No sabe muy bien qué es lo que quiere decir, pero necesita decirlo, y lo hace bajando el tono de voz y frunciendo el ceño. -Siempre he escuchado por ahí que la vida es como un río. A veces se desborda y todo se convierte en un caos y un desastre por un tiempo, pero al cabo termina por volver a su cauce normal, a su cauce correcto, y a veces el agua cambia de camino para corregir una trayectoria que no era la correcta. Sólo el tiempo puede hacer que el río vaya por su lugar correcto.- Enarca una ceja. -Y quién sabe, quizás… Quizás tú ahora estés desbordada, y aunque no ahora, sí después de un tiempo descubras cuál es el camino correcto.- Se encoge de hombros. -No sé si me he explicado, pero tampoco puedo ser más claro.- Sonríe con una de sus adorables gestos tristes, con una de esas sonrisas con hoyuelos y se despide de ella con un vago saludo militar y un guiño de ojo, para, despacio, después cerrar tras de sí.