jueves, 6 de febrero de 2014

Capítulo 21.- Una tira de fotos, un viaje muy largo y el principio de todas las cosas.

[Gates apoya las palmas de las manos a cada lado del lavabo. Cierra los ojos, resopla profundamente y baja la cabeza. Se limpia las lágrimas con rabia y tras mirarle por unos segundos breves a través del espejo, asiente despacio y resignado. -Tienes razón, Matt. Creo que lo mejor es dejarlo estar. Ella tiene una nueva vida ahora, y probablemente todo esté yéndole mejor. Estará con su familia, con su novio, y quizás pronto forme una familia propia y yo...- Suspira. -Yo no soy nadie para interrumpir todo eso.- Agarra la mochila y se la deja en los brazos a Matt, que le mira con lástima. -Voy a darme una ducha, tío. Necesito relajarme...-]

Han dado las cuatro de la tarde y tras casi un agotador día de viaje en tren, Ana y Charlie acaban de posar sus maletas en la estación. El trayecto desde California a Texas se les ha hecho interminable y, pese a que debería sentirse bien por volver a estar cerca de su familia, la chica de ojos verdes se siente peor con cada paso que da de camino hacia la salida de la estación. Cada vez se siente más lejos de su otra vida, esa vida que empezó tan lejos de su casa con la esperanza de que fuese mejor. Esa vida que inconscientemente construyó alrededor de alguien que no dudó en derribársela...

La bienvenida fue memorable. La madre, las tías, la abuela y el hermano de Annie la esperaban con los brazos abiertos y sonrisas De pura emoción cuando el taxi procedente de la estación frenó frente a la casa de la chica de ojos verdes. Hacía ya casi un año que se había ido, pero todo sigue exactamente igual.

Entre lágrimas de emoción por parte de todos, la familia se funde en un tierno abrazo, besos y caricias que dejan más que patente lo cómodos que se sienten todos con la vuelta de su eterna niña de ojos claros. Charlie emprende el camino hacia su casa y Ana entra en la suya, sin poder borrar una sonrisa que tiene tanto de emocionada como de triste y nostálgica. Emplea la tarde contándoles a todos sobre sus peripecias en la ciudad de Los Angeles pero, cuando da la hora de cenar, la chica de ojos claros se disculpa con la excusa de que está cansada y quiere deshacer la maleta y reinstalarse lo antes posible así que tras desearles buenas noches a todos, sube al piso de arriba acompañada de su maleta. Todo sigue igual dentro de su habitación. Tal cual como ella lo dejó cuando se despidió el día que emprendió el trágico viaje hacia su desdichada nueva vida. Cierra la puerta tras de sí, deja la maleta sobre la cama y tras tomarse unos minutos para recomponerse, se dispone a deshacerla. Saca la ropa y la coloca cuidadosa y pacientemente en el armario. 


Es justo cuando va a guardar la maleta cuando ve un pequeño sobre que se ha caído de ella. La chica de ojos claros, de una patada, la mete bajo la cama y agarra el sobre, sentándose con él al borde de la misma. Cuando lo abre se encuentra con algo que le rompe el corazón en mil pedazos y le descoloca los pensamientos por completo. Se trata de una tira de fotos. Una tira de unas séis fotos que se hizo una vez con Brian en un fotomatón. Salen abrazados, sonrientes, besándose y haciendo tonterías, y todos esos recuerdos hacen que los ojos de Ana se inunden repentinamente y que de forma incontrolable el llanto silencioso de escape de su garganta. Le echa de menos. Le echa muchísimo de menos, y es entonces cuando se da cuenta de que no le va a ser nada fácil superar su falta...




La noche ha caído ahora en la ciudad de Los Ángeles. Brian se ha negado a cenar, y ha vuelto a encerrarse en su habitación. Matt, que ahora termina de cenar solo, no acaba de entender cómo ha podido pasar todo eso, pero lo que sí sabe es que solo el tiempo curará las heridas de Brian. Ojalá encontrara a una chica como Ana, alguien que se lleve el recuerdo de su protegida de ojos verdes y que le ahorre el sufrimiento que aún no está seguro de si merece o no. Recoge los platos en el fregadero y por primera vez en mucho tiempo, no se va a ver la televisión como todas las noches. Es hora de irse a dormir, ya ha tenido suficiente. Entra en su habitación y cierra tras de sí, dejando en un completo silencio la casa. Pasa cerca de una hora, quizás una hora y media, y nada se mueve en todo el piso. Brian abre cuidadosamente la puerta de su habitación. Está completamente vestido, y lleva colgada al hombro su mochila. Escucha un sonido de traqueteo sobre el parqué de madera del pasillo, y al final de éste, a Pinkly. La perrita le mira jadeando, moviendo la cola frenéticamente y adoptando una de esas posturas juguetonas que delatan un ladrido inminente de pura alegría. 

Brian coloca el dedo índice sobre sus labios, con la mirada puesta sobre el animalito, y sisea por lo bajo. La perrita gime en un sonido breve y agudo como si hubiera captado el gesto, y le ve avanzar hacia ella en silencio. Gates camina con cuidado hasta el recibidor, coge las llaves del coche de Matt del mueble de la entrada y se las guarda en el bolsillo de los vaqueros sin hacer ruido. Se coloca en cuclillas frente a Pinkly, y con una sonrisa triste le acaricia la cabeza y el hocico. 
Habla en un susurro, como si por algún casual su fiel compañera pudiera entenderle. -Voy a estar fuera un tiempo, y no puedo llevarte conmigo. No quiero perderte, ni quiero que te pase nada. Pórtate bien y no líes ninguna. Sé buena con Matt, ¿eh...?- Suspira con una sonrisa eternamente triste, acariciándole el lomo por última vez antes de levantarse, mientras Pinkly le mira de fijo, ahora habiendo dejado de mover el rabo. Ni siquiera cuando Brian cierra la puerta de entrada tras de sí Matt se despierta. La perrita blanca gimotea por lo bajo, araña la puerta un par de veces y con un gemido triste y sin separarse de la puerta, se hace un ovillo, pero no duerme, sino que queda sus ojos castaños clavados en el salón vacío y suspira pesadamente. Pocas veces su dueño se ha separado de ella así.

Gates se mete en el ascensor y tras pulsar el botón del piso del garaje, suspira pesadamente, cierra los ojos y se lleva los dedos a las sienes. Está cansado. Cansado y moralmente destrozado. Lleva dias sin comer, sin dormir y sin salir y si no logra traer a Ana consigo de vuelta siente que las cosas tardarán en volver a la normalidad y que entonces, si le rechaza, tendrá que olvidarse de ella sin remedio, pues seguramente la chica de ojos verdes no querrá saber nada de él. Va a jugársela a una sola carta. Va a jugársela y arriesgar todo lo que tiene. La echa de menos, la necesita y la quiere con su vida, y juntará cielo y tierra si hace falta para traerla de vuelta consigo.

Cuando llega al garaje y encuentra el coche de Matt aparcado en su plaza de siempre, lo mira con una sonrisa cansada. Está realmente viejo, pero sabe que aguantará, se apuesta lo que sea. Abre la puerta, se sienta y se acomoda para después meter las llaves en el contacto de arranque. Cuando lo escucha rugir, suspira pesadamente. Ni siquiera tiene carnet, pero sabe conducir, y se va. Va a jugársela de verdad, con todas las palabras. Espera no cruzarse con ningún control, con nada parecido. Tomará las carreteras secundarias que hagan falta para no arriesgarse con la policía, pero llegará hasta ella. Ni siquiera cuando está fuera de la ciudad, con Johnny Cash sonando en la radio a todo volumen mientras surca una autopista casi despejada, con la ventanilla bajada descolocándole el pelo y dándole una increíble sensación de libertad, ni siquiera en ese momento aún se cree lo que está haciendo. Sabe cuál es su dirección. Texas le espera, y en ella, su princesa del Sur del país. No volverá sin ella, y se lo ha jurado a sí mismo por sus padres y por su vida... Matt va a matarle en cuanto se dé cuenta de que se ha largado y que se ha llevado su coche. Va a matarle lenta y dolorosamente.

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Han dado las doce del mediodía en Texas y Annie acaba de despertarse a causa de los rayos de sol que se cuelan entre las rendijas de sus persianas. Tras un gemido perezoso y varios intentos fallidos de volver a conciliar el sueño, la chica de ojos claros termina por darse por vencida y decide despertarse, abandonar su comodísima cama. Se mira de arriba abajo y se queda descolocada al ver que se ha quedado dormida con la ropa con la que llegó ayer y que ni siquiera ha deshecho la cama. Es entonces cuando, al mirar a un lado, ve la tira de fotos de ella con Brian y recupera la memoria. Se ha quedado dormida. Se ha quedado dormida llorando. Resopla, se frota los ojos y cuando se mira las manos puede verlas manchadas del lápiz de ojos negro. Menos mal que está sola, porque seguro que si alguien la viese ahora pensaría que es ridícula. Tras desperezarse unos minutos termina levantándose de un salto y, tras agarrar ropa limpia, se mete al baño dispuesta a ducharse. Se ve en el espejo y la imagen le da miedo incluso a ella misma. Tiene el maquillaje completamente corrido, la cara destrozada de llorar y el pelo muy muy enredado. Resopla profundamente y se lava la cara con agua helada que casi le corta la respiración. Se deshace de su ropa y se mete en la ducha, tras la cual se queda unos largos minutos. Cuando sale, lo hace vestida con una minifalda vaquera, una camiseta de tirantes negra, unas chanclas negras también y el pelo mojado cayéndole por los hombros. Cuando baja al piso de abajo a desayunar no encuentra a nadie pero lo que se encuentra al entrar en la cocina le hiela la sangre. Charlie está ahí, apoyado en la encimera, y al verla alza la mirada y le dedica una amplia y falsa sonrisa a la que la chica de ojos claros corresponde con otra sonrisa cansada y desganada, besándole después brevemente sobre los labios a modo de saludo. -Buenos días, cielo...-

El chico de ojos azul hielo suspira profundamente con una sonrisa amplia y se sienta al revés en una de las sillas, girándola para cruzar los brazos sobre el respaldo. -Ana, tengo que contarte algo. La mejor noticia que vas a escuchar en mucho tiempo.- La chica de ojos verdes está de espaldas a él, sirviéndose un café. Charlie se levanta, la aprisiona desde atrás contra la encimera y rodea su vientre con los brazos, besándole el cuello en un gesto que a cualquiera le hubiera parecido de lo más tierno, pero que solo Ana puede notar la hostilidad de la que está cargado. No ha dejado de tenerle miedo un solo día. Él susurra en su oído, sin perder esa sonrisa de superioridad, la que marca ese pequeño detalle de tener siempre todo controlado, de tenerla controlada. -¿No quieres saber qué es, princesa...?-

Ana suspira profundamente, asiente y, forzando una sonrisa, deja el vaso ahora lleno de leche sobre la encimera y en un gesto ágil y rápido se gira, encarándose con Charlie de una forma más que cortante* Claro, claro que quiero saberlo. -¿De qué se trata...?-

Charlie frunce el ceño por unos segundos fugaces, sorprendido por esa reacción de su chica. Suspira y habla mirándole a los labios y a los ojos indistintamente, como si no soportara estar demasiado cerca de su boca sin perder el hilo de la conversación. -He encontrado una casa a buen precio, aquí en Detroit. No es muy grande, pero tiene jardín y sería…- La besa en la punta de la nariz con delicadeza y susurra, acariciándole la mejilla con dos dedos. -Sería el sitio perfecto para empezar una familia. Tú, yo, y nuestros niños…-

Ana resopla, posa el vaso sobre la encimera en un golpe seco y se gira, mirando a Charlie de fijo y hablando seria, visiblemente molesta. -Oye, Charlie, tengo veinticuatro años, ¿Sí? No tenemos que tener los niños ahora mismo. Los tendremos, ¿de acuerdo? Te prometo que los tendremos. Pero no ahora. Aún no. Aún no estoy lista para tener hijos y adquirir una responsabilidad como esa. En unos años hablamos. Hablamos de niños, de casarnos y de todo lo que quieras. De momento...- Suspira, sin querer decir lo que va a decir. -De momento pongámonos con lo de la casa y dejemos que el resto venga a su tiempo...-

Charlie suspira y asiente, aunque no del todo satisfecho con la respuesta de Ana. Lo cierto es que prefería que le hubiera dicho a todo que sí, pero en el fondo sabía que no tendría esa suerte. Se levanta y se estira la camiseta para después mirar el reloj. -Voy a recoger el coche al taller, y después me pasaré a la inmobiliaria, para informarme un poco más. Te veré luego, Annie.- La besa en los labios con prisas y sonríe sin ganas, caminando apresuradamente fuera de la cocina. Ahí va, probablemente su futuro marido, el futuro dueño de su vida malgastada dispuesto a convertirla en un infierno a la mínima de cambio, el futuro padre de unos hijos que no quiere tener...

Ana le ve atravesar el jardín a través de la ventana de la cocina y suspira amargamente, revolviendo el café con una cucharilla. Maldice su suerte, maldice su vida, se maldice a sí misma por tener que vivir una vida que no quiere vivir, lejos de la persona con la que quiere casarse, con la que quiere empezar de cero y con la que se muere de ganas de formar una familia. Probablemente ahora mismo él esté tirado en el sofá. O en su cama. Con alguna tía desnuda durmiendo a su lado. Seguro que ya se ha olvidado de ella. Seguro que ni siquiera la recuerda.

Mientras tanto, no muy lejos de donde Brian está ahora mismo y tras haberse despedido ya de su madre y su hermano hasta el día siguiente, Ana acaba de encerrarse en su cuarto. Lleva puesto su habitual y cortísimo pijama y cuando cierra la puerta, la nostalgia vuelve a asolarla y siente de nuevo unas horribles ganas de llorar. Desde que llegó se ha dormido todas las noches llorando, se ha quedado dormida llorando y se ha despertado llorando, pero no ha sido capaz de derramar una sola lágrima delante de nadie de su familia ni de ninguno de sus amigos. ¿Y si le piden explicaciones? ¿Cómo va a contarles todo lo que ha pasado? ¿Cómo va a explicarles su aventura con Brian, los celos de Charlie y los malos tratos recibidos por este...? No la entenderían, como llevan sin hacerlo toda su vida... Como es costumbre cada noche y para así combatir el aplastante calor que asola las noches de Detroit, la chica de ojos claros abre la ventana y se sienta en el borde de la cama, agarrando de nuevo la tira de fotos. Las lágrimas regresan a sus ojos rápidamente y tras llorar algo así como una hora, termina por quedarse dormida con las fotos en las manos.

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A menos de dos minutos de distancia su casa, jamás podría imaginarse lo que está sucediendo. Gates ha conducido durante larguísimas horas a una velocidad loca, saltándose la mitad de las leyes de circulación que existen. No ha dormido desde que salió de casa, solo paró algunas veces en gasolineras de paso para comprar algunas cosas de comer. Brian ha aparcado el coche y ahora ha tomado las calles de Detroit en busca de algo o de alguien que pueda darle una pista de cómo llegar hasta la casa de Ana. Un par de borrachos a los que, a cambio de unos dólares, logró sacarles información, lograron indicarle vagamente el aspecto de la casa de los O'Donell y tras recorrerse el pueblo durante más o menos dos horas, termina dando frente a una casa que cumple todas las características. Con la fachada blanca y de piedra, un jardín grande lleno de jazmines y una fuente de piedra. Una sonrisa triunfal e ilusionada se dibuja en los labios del chico de ojos oscuros cuando al mirar hacia arriba puede divisar que una de las ventanas está abierta, viendo en ella la mejor vía de entrada al edificio. Son las tres de la mañana y quizás llamar a la puerta y despertar a toda la casa sería un tanto... Descortés.
Sin tener ni idea de hasta qué punto puede meterse en problemas por lo que está a punto de hacer, salta la valla de entrada y corre por el jardín con pasos sigilosos y rápidos. Si de algo le sirvió su problemática banda de amigos de la infancia, es para cosas como haber aprendido a escalar casi cualquier cosa sin esfuerzo. Aprendió a base de querer librarse de detenciones de la policía, corriendo delante de las luces azules y parpadeantes de los coches patrulla. “Coches patrullas serán lo que se te venga encima como éste plan salga mal, Haner…”.

Escala la fachada lateral donde se encuentra la ventana, por suerte no a mucha altura, y se agarra al alféizar, quedándose inmóvil por unos segundos para escuchar. Entre la oscuridad puede divisar una cama, y dentro de ella, a alguien que desde donde está no puede reconocer, sumido en un profundo sueño. Sube al alféizar y sin mucho esfuerzo, pone un pie en el suelo, que cruje en reacción al peso de su cuerpo y que le obliga a quedarse quieto algunos segundos más. Avanza despacio hacia la cama, y entonces siente que se le para el corazón. Ana está dormida como un ángel entre las sábanas, y respira pausadamente. Sus ojos verdes están cerrados, y su pelo castaño y ondulado esparcido sobre la almohada. Brian siente de golpe una punzada de angustia. Si se despierta y no le reconoce, gritará y alarmará al resto de la casa. Si se despierta y le reconoce, probablemente y al verlo allanando su habitación, la reacción sería la misma, gritar con todas sus fuerzas. Cargado de angustia solo ve una solución, aunque la reacción de su protegida de ojos verdes, después pueda ser fatal. Está loco. De verdad está a punto de hacer la mayor de las locuras de su vida. Avanza hacia ella y con un movimiento resuelto, aparta la sábana de su cuerpo deslizándola bruscamente hacia atrás. Annie abre los ojos, y antes de que pueda abrir la boca para gritar, la figura en silueta que está de pie al lado de su cama, en medio de la habitación a oscuras, silencia su boca con la mano en un movimiento firme y fuerte y la coge sin esfuerzo cargándola sobre un hombro, sin dejar que hable ni que grite, pero dejando que patalee a sus anchas mientras cruza la habitación con ella, directo a la ventana. Dios mío, no puede explicar la angustia que la chica de ojos verdes debe estar sufriendo en ese momento, y no se lo perdonará en la vida, pero tiene que hacerlo. Ella patalea, trata de soltarse y emite gritos ahogados por culpa de unas manos que, aunque el pánico no la deje pensar, conoce muy bien…

Sin quitarle la mano de la boca a sabiendas de que si lo hace podría montarse el escándalo más grande en toda la historia del estado de Texas, Brian se cuelga a Annie a la espalda y, de pie en el alféizar de la ventana, se dispone a bajar. La chica de ojos verdes, asustada y aterrorizada, comienza a revolverse, intentando soltarse. Gates maldice por lo bajo cada una de las patadas que ella le da, pero llega incluso a sentirse agradecido por volver a sentir su tacto sobre la piel. Cuando está a pocos centímetros del suelo, se suelta de sus agarres y se deja caer, cayendo de pie y en un golpe seco. 

Tras asegurase de que nadie le oye y de que lo único que oye son los quejidos silenciosos de Ana, se dispone a cruzar el jardín, salta la vaya de nuevo y echa a andar hacia el coche, sin soltarla. Dios mío, se siente como uno de esos secuestradores locos que salen en las noticias a veces, es horrible. No puede negar que gracias a su fuerza y a lo poco que pesa Annie, no ha sido demasiado difícil. La chica de ojos claros, presa del miedo y de la angustia por no poder confirmar sus sospechas de quién es su supuesto secuestrador, decide darse por vencida. Está demasiado cansada y asustada, y sus energías se han reducido al mínimo. Cuando llegan al coche, Brian abre la puerta de atrás y la mete dentro, metiéndose él después. La deja en el asiento y él se sienta a su lado, cerrando la puerta tras de sí. 
Enciende la luz y se le queda mirando para después, respirando como un animal asustado, temeroso de que pueda rechazarle, quitarle la mano de la boca con cuidado. Annie alza la mirada hacia él y cuando lo hace se queda petrificada. Ha dejado de llorar de golpe, pero las lágrimas permanecen en sus ojos y al darse cuenta de que se trata de él, incluso se producen más y más. No sabe qué decir, e incluso parece que se ha quedado pálida a causa de la impresión. ''Es un sueño, Ana. Estás soñando. Brian está a muchísimos kilómetros de distancia... Ésto es solo un mal sueño'', se repite a sí misma por dentro constantemente...

Ahora es Brian quien tiene los ojos inundados, y parece un animal asustado y agitado. Tiene el pelo negro revuelto, y Annie podría jurar que está más delgado. Habla con la voz rota, desgarrándose por dentro con cada palabra. -Ana, no me guardes rencor por esto. No quería asustarte, no quería hacerte daño. He conducido desde los Ángeles hasta aquí durante veintidós larguísimas horas, y ahora que por fin he llegado mi mayor temor es solamente que vayas a bajarte de éste coche sin escuchar lo que tengo que decirte.- Pestañea un par de veces, y lo cierto es que parece al borde de un llanto silencioso. Le tiemblan las manos tanto como a Annie las suyas, y retuerce sus dedos discretamente como un niño pequeño y nervioso. Habla en un susurro, clavando sus ojos oscuros en los de ella. Esos enormes ojos de gato, ahora asustados e indefensos. -Prométeme que de bajarte del coche, lo harás cuando hayas escuchado lo que quiero que escuches, Annie…-

La chica de ojos claros pestañea, arrastrando un par de lágrimas seguido de otro par, y así hasta que sus ojos se encharcan por completo, su voz tiembla y sus mejillas se humedecen. Está al borde de un ataque al corazón. Habla en un susurro con la voz rota, asustada e impresionada, con unas terribles ganas de romper a llorar y soltar lo que llevaba dentro desde hace tanto tiempo. No puede creer que le tenga delante. Brian está loco, completamente loco, ahora puede jurarlo. -Qué... haces aquí...-

Gates se frota la cara nerviosamente, mira a un lado y a otro de la oscurísima calle y luego la mira a ella. -Hacer lo que debería haber hecho antes: Contarte lo que mereces saber.- Resopla y se frota los ojos. Agarra sus manos y las nota frías, y las moja con sus dedos mojados con sus propias lágrimas, pero se niega a soltarlas, en un agarre cuidadoso y dulcísimo. 


Clava sus ojos de nuevo en ella, y habla con una sinceridad que Annie jamás había visto en él antes, poniendo el alma en cada palabra que pronuncia. -He venido a buscarte, Ana. He venido a buscarte porque te adoro, porque eres lo más bonito que se me ha cruzado al paso jamás, porque te necesito y porque sin ti me siento verdaderamente huérfano. Apareciste en mi vida de caos como una bendición, como un golpe de buena suerte, y te llevaste todas las nubes que no me dejaban ver el camino. Yo nunca me había sentido querido de verdad, Ana. Nunca. Tú apareciste con esos enormes ojos verdes, con esa sonrisa, estabas asustada y desubicada en esa ciudad enorme de la que vengo. Lo que no sabías es que yo estaba más asustado y desubicado que tú, pero a pesar de todo me enseñaste qué era lo que se sentía, y me hice adicto a ti, a esa manera que tenías de tratarme, de hablarme. Una sola caricia tuya me da años de vida, y joder, echo de menos tu risa, tus manos, la manera en la que me estabas haciendo cambiar.- Una lágrima se le escapa mejilla abajo, y baja despacio por su cara hasta desaparecer. Su voz se quiebra, pero ya no quiere parar de hablar, sabe que de hacerlo solo rompería a llorar patéticamente y no podría seguir. -Todas esas veces en que te veía con Charlie yo… Yo sentía que me moría, que no quería seguir ahí para ver como el amor de mi vida perdía segundos de nuestra vida con un hombre que le hacía sufrir. 
Ojalá pudiera haber recibido yo por ti todos esos insultos, todos esos ataques, y juro por el Dios que hay ahí arriba que yo jamás me hubiera defendido si hubiera sido necesario. Me arrastraría al peor, al más profundo de los infiernos durante una eternidad solo por vivir cinco minutos de esos despertares en que me llenabas de besos hasta que abría los ojos y me encontraba con los tuyos.- Ha empezado a llorar en silencio, y su voz está rota, pero de alguna manera suena firme entre tanta fragilidad. -Nunca quise llorar delante de ti, ¿sabes?, y ahora que te has ido me despierto con la camiseta empapada de lágrimas y trato de convencerme a mí mismo de que estás mejor ahora. Y no lo creo. Nunca me creo a mí mismo, por la sencilla razón de que sé que nadie va a quererte como lo hago yo. 
Ana, he cometido errores, lo he hecho una y otra vez, me he tropezado con piedras de las que tú me avisaste, y aún así me tendiste la mano para levantarme después de la caída, y con toda paciencia ayudaste a que me curara para después volver a caer. Jamás te he dicho éstas cosas a la cara, porque prefería guardarlas para mí, pero eso se ha acabado. Echo de menos esos labios que me hicieron volar , y te juro por mi alma que los sueño cada noche, y que me he cansado de emborracharme a diario y prometer que te olvidaría, porque eso sería prometer mentiras. Necesito que vuelvas, que huyas conmigo, que vuelvas a despertarme como siempre, que dejes que te demuestre cómo soy capaz de querer a alguien. Te quiero, Ana, te quiero con mi vida, ha pasado mucho pero siento lo mismo, y rezo porque tú también lo hagas…-

Instantáneamente y en reacción a sus palabras, la chica de ojos claros rompe a llorar. Entierra la cara entre sus manos y llora. Llora largo y tendido, tomándose todo el tiempo que necesita para soltar toda la angustia que había arrastrado consigo durante todos y cada uno de los días que ha estado separada de él. Después, sin si quiera secarse las lágrimas a causa de encontrarlo inútil y sin molestarse en aclarar la voz, clava sus ojos en los de él y habla sin dejar de llorar, con los ojos destrozados y las manos, aún sujetando las de él, frías y temblorosas. -¿Qué esperas que te diga a todo esto...? ¿Esperas que lo deje todo ahora de repente para irme contigo!? ¿¡De verdad...!?- Brian traga saliva y se la queda mirando, temiéndose lo peor. Ana baja la voz, agarrando sus manos fuertemente y sin apartarle la mirada. -Pues por supuesto que sí. Por supuesto que me iré contigo. A donde sea, pero ahora. Sácame de aquí, Brian, vayamos a empezar de cero eso que los dos queremos empezar con tantas ganas, por favor...- Lanza una mirada rápida hacia el asiento del conductor y después le mira a él. -Vámonos, y vámonos cuanto antes. Yo no tengo nada que me ate aquí. Después de este tiempo me he dado cuenta de que tú eres mi única atadura, y por razones que desconozco necesito estar contigo. A tu lado. Despertarme contigo, irme a dormir contigo, vivir en tu casa y tenerte conmigo, cielo... Iremos a Los Ángeles y nos instalaremos de nuevo, y una vez allí sé que estaremos bien sin que nadie pueda molestarnos. Empezaré de nuevo en el Red Dingo y dentro de unos años nos casaremos, Brian. Nos casaremos y tendremos unos hijos preciosos. Formaremos una familia que no puedo esperar a darte, y te aseguro que nunca más volverá a pasar nada de esto, cielo. Te lo aseguro. Te quiero. Te quiero más que a nada en este mundo y si hay algo de lo que me he dado cuenta y algo que he sacado de todo esto es que puedo vivir sin ti, pero sin ti me sentiría miserable hasta el fin de mis días...- Susurra, sin dejar de llorar, sonriendo entre lágrimas después de haberle besado sobre los labios con prisas. -Vamos, mi desastre andante. Haz algo bien por primera vez en un tiempo, arranca este maldito coche y larguémonos de aquí, ¿de acuerdo...?


Brian sonríe con la cara empapada en lágrimas, mirándola casi con adoración antes de bajarse del coche para montar en el asiento del conductor. Annie no tarda en ocupar el asiento del copiloto con una sonrisa a pesar de todo, y antes de arrancar ambos se dedican una mirada tan cómplice que duele, un beso en los labios tan lento y silencioso que ninguno de los dos querría que acabara jamás. Ahora ambos saben que habrá muchos más besos como ese, y ahora tienen prisa, necesitan salir de esa ciudad lo antes posible. Brian habla, con la mirada fija en la carretera, arrancando el coche. -Te he echado de menos, Miss American Pie...-

 El motor del viejo coche ruge mientras rueda asfalto arriba, abandonando la calle de Ana. Las lágrimas que aún empapan las sábanas de sus camas vacías eran de pura tristeza, y las que ahora les llenan la cara son producto de la alegría más absoluta.
Annie se siente como en uno de esos finales de película de amor,
pero ésto no es un final.
Es una vuelta al inicio.
Es un principio.

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