domingo, 29 de diciembre de 2013

Capítulo 18.- Un botiquín, bofetones, unas palabras que duelen y un pozo donde caer.

[Charlie se levanta y, dejándola ahí, sale del baño, cerrando la puerta tras de sí. Sus pasos desaparecen por el pasillo y finalmente se oye otra puerta cerrarse, la cual seguramente sea la de la habitación. Tras pasarse unos cuantos minutos más llorando en el suelo, la chica de ojos verdes se levanta, destrozada y dolorida por todas partes, como si le hubiesen pegado una paliza. Se mira al espejo y al ver su aspecto rompe a llorar de nuevo, empezando incluso a temblar. Se da asco. Se da asco y no precisamente por todo lo que ha hecho con Brian. Está asqueada de sí misma por tener que estar al lado de alguien como Charlie, de un monstruo del que no es capaz de librarse. Y mientras tanto, el que probablemente es el único tío al que realmente quiere y por el que se siente realmente querida está en algún lugar de esa misma ciudad, recuperándose de sus heridas. ]

Por el amor de Dios. Brian. ¿Qué habrá sido de Brian…?

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Sangre. Uno de los lavabos blancos de cerámica del baño del Red Dingo está completamente lleno de sangre, teñido de rojo por culpa de un goteo constante. Brian tiene las manos apoyadas a cada lado del lavabo, y siente su tacto frío y húmedo. Tiene los ojos cerrados, y solo Matt le acompaña dentro del baño. Kate y Dean están apostados en la puerta, mirándole con atención y con temor. Hacía tiempo que no veían una pelea como esa. El bar está completamente desalojado, y se ha hecho un silencio sepulcral. Charlotte y Karina musitan en el almacén, aún asustadas. Gates alza la mirada y se topa con sus propios ojos castaños en el espejo. Tiene la ceja derecha brutalmente partida, y probablemente la herida esté necesitando puntos. Su labio inferior no tiene mejor aspecto, a decir verdad. El contorno de su ojo izquierdo empieza a amoratarse, y no tiene muy buena pinta. En el reverso de una de sus manos tiene un corte que tampoco parece querer dejar de sangrar.

Durante el forcejeo se rompieron vasos, y cuando ambos cayeron al suelo, Brian tuvo la mala suerte de clavarse uno de los muchísimos cristales. Sus nudillos han sufrido casi tanto como los de Charlie, y puede jurar que es así por lo muchísimo que le duelen, y por la imposibilidad de mover los dedos en ese momento. Kate tiene un maletín en su mano, y parece mirar a Brian esperando una respuesta. El chico de pelo negro azabache lleva un rato negándose a recibir ayuda de la única coyote que parece manejar los primeros auxilios con soltura, creyendo que su herida dejará de sangrar enseguida, cosa que no hará. Suerte que tienen un botiquín en condiciones, con hilo, aguja, desinfectantes, pero no anestesia. Se lleva un par de dedos a la herida, resopla y cierra los ojos antes de decir algo que hace eco en el baño entero, con la voz ronca y apagada. -Kate, vamos, quiero irme a casa. Cóseme la puta herida.- Sacude la cabeza y resopla. Está cansado, derrotado y hundido. Solo quiere volver a casa y confiar en que Ana no haya sufrido absolutamente ningún daño a manos de Charlie. – Y no, Matt. No vamos a ir a Urgencias porque allí me harían un jodido interrogatorio sobre la pelea, y no me apetece ni contestar preguntas ni rellenar partes de agresión.-

Se separa del lavabo, cruza el cuarto de baño y sale pasando al lado de Kate, hablando mientras. -Vamos fuera, que hay más luz. Kate, lo harás bien.- Junta un par de mesas debajo de unos de los focos convirtiendo el bar en un quirófano improvisado, se sienta y la mira desde ahí, enarcando la ceja que no tiene destrozada. -Ven aquí, anda. Te juro que no voy a quejarme, pero procura que no te tiemble el pulso.-

Kate resopla resignada y asustada, camina hasta él y dejando el botiquín en una silla, lo abre y empieza a sacar todo lo que cree que necesita. No es que haya hecho esto muchas veces en su vida, y la verdad, hacerlo sin anestesia de ningún tipo tampoco es la idea del año. Bajo la mirada cercana de Matt y Dean, Gates se deshace de su camiseta, se tumba sobre la mesa y muerde la prenda de ropa oscura, cerrando los ojos. Matt resopla, sentándose cerca, sin querer mirar pero sin querer perderse nada a la vez, sin creer que Brian vaya a tener las agallas de aguantar las dos cosidas sin anestesia de ninguna clase. Matt murmura por lo bajo, mirando de fijo y con pánico las agujas curvas que Kate está sacando del botiquín. -No me jodas...-

Tras armarse de valor, Kate empieza con su faena. Lo hace lentamente porque quiere asegurarse de que sale bien, pero eso no disminuye el dolor de Brian, quien cuando la chica de ojos claros termina de coser sus dos heridas, tiene lágrimas descendiéndole por las mejillas en medio de su cara más que seria, el pelo empapado en sudor y la respiración agitada. Dean le da un poco de hielo para que se lo ponga en la mano y en la ceja, y de esta forma se le anestesien un poco. Finalmente los chicos se despiden. A decir verdad, no saben hasta cuándo. Gates no sabe si volverá a trabajar ahí, y ni siquiera sabe si después de todo el Red Dingo seguirá abierto. 
Se suben en el coche de Matt y este arranca, conduciendo en un silencio tan sepulcral como incómodo hasta casa. Entran en el portal, se suben en el ascensor y marcan el botón del sexto piso.
Cuando llegan arriba, Matt permanece serio y justo cuando se dispone a meter la llave en la cerradura, la puerta de enfrente se abre dando paso a Annie, que mira al chico de ojos oscuros con la preocupación y la tristeza reflejadas en su ahora pálida y destrozada cara. Se acerca a él, hablando en un susurro, agarrándole la cara con cuidado y fijándose en los puntos de su ceja, escandalizada. -Brian... ¿Estás bien...?- Le mira a los ojos. -Yo... Lo siento muchísimo, de veras, no pensé que Charlie...- Resopla, dejando que sus ojos se inunden.

Gates sacude la cabeza, fuerza una sonrisa que ni siquiera llega a poder ser sonrisa, convirtiéndose más bien en un gesto de cansancio y tristeza. Suspira pesadamente. -Estoy bien, Annie.- Mira con recelo hacia la puerta y habla en un susurro, denotando una horrible angustia en su tono de voz. -¿Te ha hecho algo? Ana, si te ha hecho algo tienes que decírmelo, tienes que decírselo a alguien, ¿me oyes?- Resopla largamente y mira a Matt antes de hablar. -El Red Dingo va a cerrar, y no sabemos hasta cuándo. Quizás para siempre. Todos necesitamos una pausa…-

Ana resopla y se lleva una mano al pelo, agobiada. -No... No me ha hecho nada, tranquilo... Pero…- Habla y su voz se quiebra por momentos, clavando la mirada en sus ojos. -Pero me ha prohibido volver a trabajar, salir de casa sin él y...- Baja el tono de voz, sin apartarle la mirada. -Y me ha prohibido verte, Brian...-

El chico de ojos oscuros baja la mirada al suelo y resopla, tomándose unos segundos antes de hablar.

-Ana, yo…- Chasquea la lengua. -Últimamente sé que no te estoy trayendo más que problemas. Me encanta estar contigo, pero tú tienes que pagar un precio demasiado caro, y yo no sé si quiero seguir arriesgando a convertir tu vida en un infierno…-

Matt suspira pesadamente y baja la mirada al suelo, hablando en un susurro. -Chicos yo... Me voy dentro. Es mejor que os deje a solas...- Se despide con un leve gesto de cabeza y se mete dentro de casa, cerrando la puerta. Ana cierra la puerta de su casa suavemente para no despertar a Charlie y clava sus ojos claros en los oscurísimos ojos de Gates, hablando en un susurro. -¿Quieres decir que es mejor... dejar de vernos? Quiero decir, ¿dejar de tener todo lo que teníamos...?-

Brian baja la mirada y traga saliva. Tiene un nudo tremendo en la garganta que apenas le deja hablar. Separarse de ella no es lo que quiere, pero quizás sea correcto hacerlo por un tiempo. Se frota la mano ahora vendada, molesto por el dolor momentáneo, y habla en un susurro, sin poder mantenerle la mirada a esos enormes y asustados ojos verdes. Es como si tuviera miedo de quedarse completamente sola, como si de verdad le importara mucho perderle. -Escucha, Annie…Tú y yo no estamos saliendo muy bien parados con esto…- Desvía la mirada hacia la puerta abierta del piso de Ana por un segundo, para después mirarla a ella. No cree que Charlie no le haya hecho nada al llegar a casa. Algo en su interior le dice que el chico de ojos azules ha sido muy cruel con su alma gemela. -Y ahora él te ha prohibido verme y…- Chasquea la lengua. -A mí no me importa. Quiero decir, de verdad no me importa meterme en mil peleas, y tampoco me asusta que me hagan daño. Me asusta que te lo hagan a ti, Ana…-

Ana se coloca un mechón de pelo tras la oreja y chasquea la lengua, hablando en un susurro para que nadie que no sea él pueda oírla, rezando porque la voz no se le quiebre justo ahora. No quiere que la vea llorar. De hecho jamás ha querido. Pero hay veces, como por ejemplo esta, que no puede evitarlo. Está realmente asustada. Es por decirlo de alguna manera el único amigo de verdad que tiene lejos de casa y una de las pocas personas por las que se ha sentido realmente querida alguna vez. -Pero... Pero yo estoy bien, Brian...- Resopla. -Solo tenemos que tener cuidado y ya está...- Clava sus ojos en los de él, suplicante. -No me dejes sola, por favor…-

Gates lanza una última mirada a la puerta abierta del piso de en frente, suspira pesadamente y mirándola muy de fijo, habla en un susurro. -Ana, no te estoy pidiendo que te deshagas de él. Te pido que hagas lo que sea que vaya a hacerte sentir más segura. Ya he visto cuáles son sus formas, y por supuesto su reacción conmigo ésta noche ha sido la esperada en una situación así, y no le culpo, pero no acabo de creer la visión que tú me das de él cuando me cuentas cómo te trata. Simplemente no te creo, y tú tampoco te lo estás creyendo.- Resopla largamente, le acaricia la mejilla derecha que tiene un extraño y sospechoso color rojizo, y susurra. -No voy a dejarte sola, pero quiero que tengas en cuenta que esto es un riesgo. Más para ti que para mí, y no es ninguna broma…-

Annie suspira y baja la mirada al suelo tristemente, sin alzar el tono de voz. -Ya lo sé, pero...- Se encoge de hombros. -Algún día tendrá que irse, ¿no? Además le conozco bien, sé cómo manejarle, me las arreglaré…- De hecho no, no tiene ni idea de cómo hacerlo. Sí, lleva muchos años con Charlie, pero nunca pensó que fuese capaz de tratarla así. Nunca pensó que saldría con un monstruo. Que querría a un monstruo como él…

Brian suspira resignado y asiente. La trae contra sí y la aprieta en un abrazo que parece devolverle la vida a Annie. El primer abrazo de verdad que recibe en unos cuantos días. La besa en la frente con ternura y susurra, clavando sus ojos oscuros en los de ella. -Ve a descansar, que lo necesitas. Nos las arreglaremos con esto, ¿de acuerdo?- Sonríe leve e infinitamente triste.

Ella, como si con esa última frase le hubiese devuelto la esperanza de vivir, mira recelosamente a la puerta antes de abrazarle de nuevo con una sonrisa amplia y feliz. Tras desearle buenas noches, corre hasta la puerta y se apoya en el marco de madera, mirándole.

Él susurra, empujando su puerta y entrando dentro de la casa. -Buenas noches, preciosa...- Cuando cierra tras de sí, apoya la espalda en la puerta y cierra los ojos, resoplando. Le duele hasta el último hueso de su cuerpo, los puntos de su ceja empiezan a molestarle de verdad, apenas puede mover los dedos y la mano del corte le palpita de puro dolor. Camina derrumbado hasta su habitación. Ha tenido suficiente por hoy, y se apunta una escandalosa derrota contra el hombre que aterroriza a Annie. Ella acaba de entrar en casa ahora mismo, y camina con cuidado para no molestar a Charlie, esté o no dormido. Todo se ha convertido en una pesadilla, y si los celos de su chico antes eran imparables, ahora van a convertirse en una tortura y una pesadilla. Ahora toda su vida se verá reducida a torturas y pesadillas, y ni siquiera sabe si se lo merece o no. Otra vez se siente pequeña, indefensa y asustada dentro de su propia casa...

Cuando entra en la habitación lo hace con sumo sigilo, cerrando la puerta con cuidado tras de sí. Camina hacia la cama, se sienta en el borde, se quita las zapatillas y la chaqueta y se mete dentro, tumbándose de espaldas a Charlie. Casi instintivamente, el chico de ojos claros la abraza por detrás y suspira profundamente, sin despertarse. Ana se siente incómoda. Tremendamente incómoda, pero no tiene más remedio que aguantarse. Suspira, cierra los ojos y al hacerlo deja caer una lágrima de puro miedo y desesperación. No sabe cuánto más tendrá que aguantar esa tortura, pero sí sabe que no será capaz de soportarla durante mucho tiempo... Ya han dado las siete de la mañana, y por entre las rendijas de la persiana se cuelan los primeros rayos de sol del día. Ni siquiera sabe si podrá dormir, si su miedo y su desesperación le darán tregua y le dejarán descansar. Se siente acorralada como un animal herido, e irónicamente su depredador tiene más ganas de jugar con ella que de comérsela. Lo cierto es que sí está herida. En su orgullo, en su seguridad y en su alma. Charlie sabe dónde pegar para hacerle daño, tanto física como mentalmente. Aún no puede creer que haya mencionado a su padre para hundirla un poco más. Él siempre ha sabido cúanto le quería y cuán impotente se siente de no haber podido hacer nada aquel día para salvar su vida. Le odia, odia con toda su alma al que una vez fue su vida entera, su única aspiración, el mismo hombre que ahora se empeña en hacerla pedazos y someterla a todo lo que a él le parece que es correcto. Es tan diferente de su chico de ojos oscuros…

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La semana se hace un tanto cuesta arriba para la pareja que debe verse a escondidas. Dos días utilizaron para verse la excusa de bajar la basura, pero Charlie no tardó en encontrar la costumbre un tanto sospechosa, y decidió que como nueva orden, él sería quien bajara la basura. Hoy miércoles a las doce de la mañana Charlie acaba de abandonar el bloque. Ha salido a correr, y lo ha hecho con bastante mal humor, ya que Annie se ha empeñado en decir que le duele la cabeza demasiado como para salir a trotar por el paseo marítimo. Ahora todo ha quedado en una quietud pasmosa, en una tranquilidad que Annie de verdad echaba de menos. Las ventanas de la casa están abiertas y en el piso de sus vecinos pueden escucharse los acordes de una guitarra acústica que conoce bien. Brian ya está despierto...

Camina hacia su habitación y se asoma al balcón. Sabe dónde buscarle y sabe por dónde puede verle. Enseguida busca con la mirada la ventana de la habitación de Matt y efectivamente, está abierta. A través de ella puede ver a Gates sentado en la cama con las piernas estiradas y la espalda apoyada en el cabecero, tocando la guitarra, concentrado en lo que hace. Las notas salen tenues y tranquilas, inspirando una paz que hacía mucho que la chica de ojos verdes necesitaba. Le mira con una sonrisa y suspira, apoyando el codo en la barandilla y la cabeza sobre su mano.

Sin pensárselo dos veces, Annie descuelga el teléfono, marca su número y espera paciente, viendo cómo Brian se levanta de la cama tras haber soltado la guitarra. Es entonces cuando ella le pide que se aparezca en casa, y que a ser, posible, sea rápido.

La respuesta de Brian no se hace esperar. Suspira y sonríe de medio lado. -Estoy allí en dos minutos.- Se aparta de la ventana y agarra sus zapatillas. Cruza el pasillo de la casa calzándoselas a saltos y a la pata coja, cargado de prisa. Matt está sentado en el sillón, y tiene una pesa en la mano derecha, que levanta rítmica y lentamente con la mirada clavada en la televisión. La aparta para mirar a Brian, que habla parado frente a él. -Oye tío, yo...- Suspira. -Voy a casa de Ana. Volveré en un rato.-

Matt arquea una ceja y habla con una media sonrisa cabrona mientras su mejor amigo ha abierto la puerta y está ya casi en el rellano. -¿A casa de Ana...? Qué haréis allí...- Ríe, sacude la cabeza y vuelve a centrar la mirada en la televisión. Para cuando Brian está apunto de llamar al timbre de la casa de enfrente, Annie le abre la puerta y le mira con una sonrisa a la que él corresponde sonriendo como un idiota. 
Tras asegurarse de que nadie inoportuno pueda verles, la chica de ojos verdes pasa los brazos alrededor de su cuello en forma de abrazo y le atrae hacia ella, besándole con ternura. Gates le rodea la cintura con un brazo y sin dejar de besarla camina dentro de la casa con ella, cerrando la puerta con el pie. Habla cerca de su boca, en un susurro y sin dejar de rodear su cintura. -¿Todo bien?- Ha perdido la sonrisa, y parece preocupado y necesitado de ella, más que nunca. El ambiente de la casa parece haber cambiado por completo, como si la presencia de Brian fuera una atmósfera completamente diferente que la que aporta Charlie. Y ella de pronto vuelve a sentirse protegida...

Annie ahora borra su sonrisa y asiente con la mirada clavada en sus labios, que ahora están a escasos milímetros de los de ella, y la respiración acelerada. Le besa de nuevo y Brian que termina por ceder ante su gesto y decide darle un voto de confianza, se deja llevar por ella totalmente. La agarra del culo y, de un salto, la chica de ojos verdes rodea su cintura con las piernas. Gates la lleva contra la pared del salón y mientras con una mano la mantiene sujeta, la otra la tiene metida por dentro de su camiseta. Por otro lado, Annie sin dejar de besare y agarrándose únicamente con sus piernas se deshace de la chupa de cuero de él, dejándola caer al suelo, justo a sus pies.

Él la besa con fiereza y, apretando sus caderas contra las de ella, la aprisiona contra la pared evitando que se caiga de ninguna manera. Se deshace de su camiseta y le llena el cuello de caricias, besos y mordiscos. Los besos ansiosos, esa necesidad de tenerse cerca, piel contra piel, delata lo mucho que necesitan pasar tiempo juntos. La sujeta contra sí y la lleva al sillón, donde se deja caer con ella sentada encima. La chica de ojos verdes no tarda demasiado en quitarle la camiseta y en morderle la boca de una manera adorablemente posesiva, hundiendo las manos en su pelo, mientras él tiene metidas las manos dentro de sus shorts vaqueros, y la mantiene agarrada como si no quisiera dejarla ir nunca.

Ana se deshace del sujetador rojo y lo lanza a un lado del sofá, volviendo a besar a Brian fieramente. Éste le acaricia la espalda despacio y con suavidad, sintiendo otra vez esa necesidad de tenerla cerca, de sentir su olor, el tacto de su piel, la sensación de tener su cabello extendido por su pecho. Ana le desata el cinturón y después su gastados y rotos pantalones, comenzando a besarle por el cuello.

La baja de sus rodillas, haciéndola caer boca arriba a su lado. Le desabrocha los shorts y se los quita con prisas, dejándolos caer al lado del sillón. Odia no tener todo el tiempo que le gustaría, pero en realidad y para ser sinceros, eso de que Charlie pueda llegar inesperadamente solo hace todo mucho más interesante...

Cuando salen al rellano, han pasado unos cuarenta minutos. Salen hablando entre risas, ahora hablando de un par de batallitas del bar después de una de esas sesiones de sexo impulsivo sin precedentes. Él suspira largamente, la trae contra sí agarrándola de la cintura y la besa en los labios, susurrando después. -El Dingo no tardará en reabrir, Ana, y tendremos tiempo para volver a hablar y a vernos sin tener que escondernos…- La puerta del ascensor se abre, y Charlie los mira desde dentro, a algunos metros. Ana, impulsivamente, aparta a Brian de ella empujando su pecho hacia atrás, y pone en marcha una táctica que los dos habían acordado de mutuo acuerdo, aunque nunca creyeron tener que utilizarla. Él le hace una señal como para darle permiso, y ella le cruza la cara de una bofetada, hablando escandalizada y soltando un “¿¡Brian, qué coño haces!?”. Él se lleva una mano a la mejilla, resopla sonoramente y entra en casa, más que nada huyendo de Charlie, que ya camina hacia ellos. Charlie habla con el ceño fruncido, mirando a Ana sin entender nada, pero bastante conforme con la bofetada que acaba de ver. -¿Qué coño ha hecho?- Pega un puñetazo en la puerta del piso de Brian y luego una patada. Grita, rabioso. -¡Haner, aléjate de Ana! ¿Me oyes? ¡Si vuelves a ponerle una mano encima voy a joderte otra vez, voy a partirte esa cara de niñato de suburbio que tienes…!-

Gates habla desde dentro, posiblemente pegado a la puerta y luciendo una de sus sonrisas cabronas y traviesas. –¿Sabes a quién le gusta mi cara de niñato de suburbio? A tu mamá, Charlie, a esa perra le pierde mi cara porque la ve todas las noches…- Otro golpe vuelve a sonar, probablemente por culpa de otra patada más contra la madera de la puerta.

La imagen de Brian resoplando y metiéndose en su casa para después cerrar de un portazo no parece querer irse de la cabeza de Annie. Charlie sigue gritando y golpeando la puerta de la casa de enfrente poniendo en guardia no solo a sus habitantes sino también al resto de vecinos, de los cuales algunos han salido a protestar al rellano. La chica de ojos verdes resopla, agarra a su chico del brazo y lo mete en casa, cerrando la puerta y mirándole desde ahí, alterada. -¿Pero estás mal de la cabeza?! ¿Qué coño pensarán los vecinos..?!-

-¡Me da lo mismo lo que piensen los putos vecinos! ¡Los vecinos ya saben que vivo con una fulana y saben que soy el cabrón más cornudo del bloque!- Grita, agarrándola del brazo. -¿¡Qué coño estaba haciendo!? ¿Ha intentado tocarte otra vez?- Entrecierra los ojos, rabioso. -He visto cómo te estaba agarrando. O pones a ese hijo de puta en su sitio o juro que yo mismo lo haré, Ana.-

Resopla y por primera vez en todo el tiempo que llevan juntos parece que la chica de ojos verdes pierde todo el miedo que le tenía y le empuja bruscamente, separándolo de ella para después pegarle una bofetada y hablarle a voz de grito. -¡No te atrevas a volver a insultarme o a gritarme, Charlie..!- En la casa de enfrente Brian está en la cocina sirviéndose un vaso de agua con el semblante bastante serio y Matt, que está dentro del salón, pone los ojos en blanco y resopla. -Joder, ya están discutiendo esos dos otra vez...- Gates suspira pesadamente y desvía la mirada a la ventana. Es entonces cuando por pura casualidad puede verlos discutir en el salón.

Charlie se lleva una mano a la mejilla, mira a su chica con rabia, la agarra del brazo y le pega dos bofetadas bastante fuertes, cruzándole la cara cada vez que lo hace. Le agarra el pelo con fuerza desde atrás y le hace levantar la cabeza a la fuerza, cerrando los ojos por el dolor que le causa el tirón. Habla cerca de su boca, con un tono alto y amenazador. -No se te ocurra volver a empujarme. En tu vida, ¿me has oído?- Annie tiene los labios apretados en una fina línea, y se niega a abrir los ojos. Brian siente que se muere al ver la escena, pero Charlie parece llevarse a Annie a otro lado, sacándolos de su campo de visión a pesar de que aún puede escucharles. El chico de ojos azules lleva a Ana del brazo y la lleva a la cocina, donde la suelta tan bruscamente que casi la hace caer al suelo. Grita, fuera de sí. -¿Recuerdas lo que te dije aquella noche, desgraciada? ¡Te dije que no volvieras a acercarte a Brian y tú pareces estar jugando con mi puta paciencia!- Ella se coloca instintivamente detrás de la mesa, de pie tras una de las sillas, con lágrimas cayendo por sus mejillas, aún doloridas, llorando silenciosamente por puro miedo. Charlie vuelve a parecer una bestia. Alto, fuerte, imponente y fuera de sí, camina hacia ella con una ceja enarcada, cambiando su tono a amenazador. -¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres verme cabreado, Ana? ¿Quieres verme enfadado de verdad? Porque te juro que aún no has visto nada…-

Ana resopla y entierra la cara entre sus manos, cabizbaja, hablando aún con un alto tono de voz e incapaz de dejar de llorar. -¿Que qué quiero? ¡Quiero que te largues, quiero que me dejes tranquila...!- Le mira, loca de rabia, de miedo y de pena. -Estaba muy bien antes de que vinieses, ¿sabes? Incluso te echaba de menos. Muchísimo. Y aunque no te lo creas me alegré cuando te vi porque pensé que por fin podríamos hacer nuestra vida juntos aquí. Pero no es así. Te has convertido en un monstruo, Charlie. Y yo no he querido durante ocho años al animal que eres ahora...-

Charlie la mira en silencio por unos segundos, y suspira quitándose de encima toda la apariencia agresiva, como si se deshinchara. No le conviene todo eso. No quiere tener que irse. Chasquea la lengua y resopla, caminando hacia ella despacio. -Annie, escucha, yo… Sabes que yo siempre he sido muy celoso, y ahora ya no puedo confiar en ti, después de aquello que vi. Sé que has estado sola aquí, y que yo no he estado contigo, pero ahora estoy aquí, te quiero y quiero quedarme. Ana, tú siempre has sido mía, siempre te ha encantado pasar tiempo conmigo, y me pone enfermo sentirme reemplazado por un tío al que conoces desde, ¿hace cuánto?- Chasquea la lengua y la agarra de la mano, trayéndola contra sí en un abrazo y besándole la cabeza con su últimamente habitual hipocresía y frialdad. Ya no le pegan ese tipo de gestos. -Odio ponerte la mano encima, pero a veces me haces perder los nervios y hago cosas que no debería hacer. Princesa, si hago todas éstas cosas es porque te quiero, y porque me haces desconfiar y no quiero perderte, ¿me oyes…?- Él y su infalible capacidad para suavizar las cosas cuando le conviene, para evadir la culpa, para volver a hacer a Annie suya y despojarla del miedo que es capaz de darle a veces…

Ana rompe a llorar, enterrando la cara en su pecho. Sacude la cabeza y habla entre lágrimas con la voz quebrada, sin poder mirarle a los ojos ni dejar de llorar. -No Charlie, vete... Vete, por favor. Yo ya no te quiero, entiéndelo y vete...-

Él frunce el ceño, mirándola atónito y bajando el tono de su voz. -Ana, ¿pero qué estás diciendo…? Vamos, cielo, llevamos ocho años de nuestra vida juntos, yo ya no sé hacer esto sin ti. No vamos a dejarlo ahora. Solamente estamos pasando…- Le acaricia el pelo con ternura. -Estamos pasando una crisis, un bache, un mal momento, pero lo superaremos.- Chasquea la lengua. -Mi vida, viniste aquí porque querías empezar una carrera musical. Admítelo, eso es muy difícil. Vuelve a Detroit conmigo, con tu familia, vamos a vivir juntos como prometimos que haríamos y sigamos adelante con nuestros planes de futuro…- Suspira y susurra, de una manera que a la chica de ojos verdes le suena de lo más macabra. -No vamos a tomar decisiones precipitadas, ¿verdad que no…?-

Annie traga saliva y suspira, resignada. Traga saliva y cierra los ojos de nuevo, arrastrando un par de lágrimas más. No se atreve a deshacer el abrazo. Básicamente no se atreve a moverse. Asiente, hablando en un susurro con la voz rota. -Cierto. Lo... Lo siento cielo, no quería decir eso...- Se separa y le mira a los ojos. Se pasa una mano por las mejillas para secarse las lágrimas y, sin apartarle la mirada, fuerza una sonrisa tristísima y dice algo que hace que justo en ese momento sienta ganas de matarse a sí misma. -Te quiero... Y siento ser así a veces, sé que es mi culpa...-

Charlie le pellizca la nariz con ternura y suspira. -Yo también te quiero, princesa. Vamos a intentar salir de ésta, ¿sí?- Sonríe de medio lado. -Hoy tú y yo saldremos a comer por ahí, juntos. El día ha empezado con mal pie, pero te aseguro que va a mejorar…-

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Brian está sentado en el sillón, y tiene la mirada clavada en el suelo y un nudo en la garganta. Habla en un susurro ronco, dejando que su mirada se oscurezca aún más. -Jamás va a conseguirlo. Llevan mucho tiempo juntos, Matt. Yo… Yo ya no sé qué papel hago en todo esto.- Resopla. -Ya lo has oído, ya has oído las bofetadas, los gritos y… Y mi nombre.- Se encoge de hombros y se cubre la cara con las manos, resoplando largamente. -Hermano, ese tío ha venido para quedarse. No va a irse así como así…-

Matt suspira, le mira con lástima y se sienta a su lado, colocando una mano sobre su hombro. -Tío, yo...- Resopla, bajando la mirada al suelo. -No sé qué decirte... Desde luego que ese hijo de puta no puede tratarla así. Nada de lo que Ana haga es lo suficientemente malo como para que ahora llegue este chulo de mierda y la trate así pero... Pero nosotros no podemos hacer otra cosa que quedarnos sentados y mirar y...- Le mira de nuevo, descubriendo algunas marcas violáceas en el cuello de Brian, marcas que parecen recientes. -Y tú deberías terminar con su sufrimiento lo antes posible. Me duele decirlo hermano, pero eres la razón principal de esas discusiones tan fuertes. Como no cortes esto ya, no sé qué será de ella.-

Gates resopla largamente y se descubre la cara, clavando su mirada oscurísima en la televisión ahora apagada. Habla con la voz ronca, como si le hubieran arrancado algo importante de dentro. -Lo nuestro no es sólo sexo, Matt. Puedo jurártelo. Sé que hay algo más, y estoy segurísimo de ello. Muy seguro.- Chasquea la lengua y le mira. -Pero tienes razón, ella se está llevando la peor parte en todo esto. Creo que… Debería alejarme de ella, y hacerlo cuanto antes.- Resopla y cierra los ojos. -Dios sabe cuántos bofetones voy a ahorrarle…-

Matt suspira y baja la mirada al suelo, quedándose en silencio. Los gritos han dejado de oírse y parece que el ambiente ha tomado una calma hostil. Demasiado hostil. El chico de ojos verdes se levanta estirándose la camiseta y le mira de fijo, cruzándose de brazos ante él. -Deberías cortar esto ya. Antes de que ese cabrón de Charlie haga alguna barbaridad...-

El chico de ojos castaños asiente, levantándose. A decir verdad, sus ojos están más oscuros que nunca en ese momento, y mira de fijo a su amigo. -Ya las está haciendo. He visto moratones en su cuerpo, Matt. Ella se empeña en negarlo, pero créeme, no hay manera de fingir las consecuencias de los golpes. No sé si le pega a diario, pero sé que desde luego lo hace.- Enarca una ceja. -Y ya escuchas cómo le habla. Esa chica está viviendo una pesadilla, y la mayoría de los golpes y los insultos vienen por discusiones en las que siempre tengo algo que ver. La quiero muchísimo, Matt, y quiero que esté bien. No quiero que cada encuentro que Charlie descubra suponga una paliza para ella. Voy a parar esto, lo prometo.-

Matt asiente conforme, suspira de nuevo y le pega un puñetazo cariñoso en el brazo, hablando en un susurro sin apartarle la mirada. -Es lo mejor para los dos tío. Y tú lo sabes. Así que... Cuanto antes lo hagas es mejor...-



Un par de días han pasado desde la última discusión de Charlie y Ana, y ella y Brian no han podido verse aún. Es una tarde de viernes en la que aprieta el calor de una manera pasmosa, y Charlie ha salido a lavar su coche, cabreado por no poderse llevar a Ana, que lleva la mitad de la tarde al teléfono con Charlotte, entre risas. El Red Dingo reabrirá la semana que viene tras su pequeña crisis, y eso solo puede significar buenas noticias. Gates, que estaba merodeando por la cocina vestido únicamente con sus pantalones de pijama de fino raso negro, escucha ruido en el rellano y ve desaparecer a Charlie por el ascensor, apostado en la puerta y vigilando por la mirilla. Suspira largamente y se arma de valor. Quizás éste sea el momento. Ya lo dijo Matt, que cuanto antes lo hiciera, mejor para todos… Abre la puerta sin perder un segundo, aún con el cigarrillo recién empezado entre los dedos. En los últimos dos días ha fumado más que nunca por culpa de la ansiedad que le provocaba pensar en el momento que ahora está a punto de suceder. Llama a la puerta y mantiene su mirada baja. “Rápido y directo, Brian. No te derrumbes. Es por su bien, quizás ella no lo entienda, pero es sólo por su bien…

Cuando oye el timbre, Ana se despide de Charlotte y cuelga el teléfono. Se incorpora rápidamente de la cama y corre hacia la puerta a abrir. Ni siquiera pregunta quién es, ni tampoco mira por la mirilla. Sabe perfectamente quién es, y tenía tantas ganas de verle que una sonrisa se dibuja en sus labios cuando abre y le ve. Suspira y se da cuenta de que él no está sonriendo, lo cual le da una punzada de mal presentimiento, pero ella no parece ser capaz de borrar esa amplia sonrisa que le aparece cuando está con Brian. -Hola...-

Brian traga saliva y suspira. Sólo su manera de mirar ya transmite una mala noticia, y sus ojos oscuros parecen cargados de malos presagios que están un poco más cerca de cumplirse cuando Annie oye la frase que Brian usa a modo de saludo. -Ana, tenemos que hablar, y tiene que ser ahora.-

Ana borra de golpe su sonrisa. Baja la mirada y asiente, haciéndose a un lado para que Brian pueda entrar. Cuando lo hace ambos se sientan en el sofá. La chica de ojos verdes se sienta a su lado y le mira con atención, nerviosa y temerosa de lo que pueda oír. -¿Qué pasa...? No me gusta verte tan serio...-

Él suspira largamente, chasquea la lengua y habla firmemente, mirándola de fijo. -Escúchame Ana, esto ha llegado demasiado lejos. Vamos a terminarlo, ¿de acuerdo? He estado pensando mucho, muchísimo sobre… Bueno, lo que tú y yo tenemos, y creo que es hora de zanjarlo.- Resopla. -Soy la pieza que sobra, y la pieza que lo llena todo de problemas. Me paso escuchando tus discusiones con Charlie a diario, las oigo por completo y hay algo que siempre está ahí. Yo, mi nombre.- Traga saliva y se levanta, y ahora Annie puede advertir sus ojos oscuros inundados. Lo está disimulando bien, pero está desgarrado por dentro, y ella está quedándose sin respiración. -No te estoy dando a elegir, Annie. No es una alternativa. Es una decisión que he tomado yo solo, y quizás ahora no entiendas que va a ser mucho mejor para todos, pero lo será y estoy seguro de que en un tiempo me darás la razón.- Se estira la camiseta y resopla, bajando la mirada. -Las circunstancias no son las mejores, Ana…-

La chica de ojos verdes se le queda mirando unos segundos sin poder entender nada, segundos en los que sus ojos se inundan con excesiva rapidez. Se apresura a levantarse tras él y le mira, hablando con la voz quebrada. -¿Quieres decir que no... Vamos a vernos a escondidas nunca más…?-

Gates sacude la cabeza despacio y se frota los ojos antes de que se le desborden las lágrimas. -No, Ana. Ya no más. Tú y yo vamos a ser amigos, vecinos y compañeros, pero nada más.- Chasquea la lengua.

-No quiero más problemas, ni para ti ni para mí. Se acabó.- Resopla y su voz se rompe conforme su cuerpo le pide echarse a llorar como un niño pequeño perdido sin su madre en un supermercado. -Ana, no espero que lo entiendas...-

-Nunca más...- Annie asiente, con la mirada en el suelo, demostrando que, realmente y de una manera trágica, lo ha entendido. Suspira pesadamente y se seca las lágrimas con el sobrante de la manga de su sudadera. Después suspira otra vez, se cruza de brazos y se coloca un mechón de pelo tras la oreja, quedándose en silencio un buen rato. Baja la mirada al suelo de nuevo y rompe a llorar silenciosamente. No, desde luego que no traía buenas noticias...

Brian chasquea la lengua y resopla brevemente, frotándose la cara con las manos en un gesto de desesperación. No conoce sensación más horrible que la de hacer llorar a Ana, y no entiende por qué le duele más que un llanto propio. Ella no entiende por qué, no entiende por qué ya no quiere seguir arriesgando en algo que le daba la vida y la felicidad, no entiende por qué él ya no quiere dejarla perderse con él y hacerla feliz haciéndola pensar que era solo suyo. Él, por otro lado, sólo quiere salir de allí, dejarla en paz, alejarse de ella y ahorrarle todos esos maltratos crueles sin sentido. Habla lo mejor que su angustia le permite. -Ya… Ya nos veremos, Ana.- Cruza el salón y desaparece por la puerta, dejándola sola y empapada en lágrimas, sin saber muy bien qué hacer.

Sin dejar de llorar, Ana se da la vuelta lentamente y echa a andar por el pasillo hacia su habitación, apoyándose en la pared para no caerse ahora que siente que se ha quedado realmente sola. Cuando entra en su cuarto, cierra la puerta y camina hacia su cama. Se sienta en el borde y entierra la cara entre sus manos, llorando desconsoladamente y aprovechando a que puede hacerlo ahora que está sola y Charlie no vendrá a importunarla. Llora de desesperación, de necesidad, de angustia, de dolor. Le duelen más las heridas psicológicas que Charlie le ha dejado que las físicas, pero sin duda esto le duele mucho más que todo lo anterior junto. Él era por así decirlo el único apoyo que tenía en la enorme ciudad de Los Ángeles. La única persona con la que de verdad se sentía protegida, querida y a la que ella realmente quería. Y ahora la ha dejado sola. Tras prometerle que nunca se iría, la ha dejado sola con Charlie. Ana se siente como si la hubiese empujado a un pozo sin fondo. Él dice que pueden seguir siendo amigos, pero la chica de ojos claros y ahora profundamente tristes sabe que en absoluto será lo mismo. Seguramente no volverán a hablarse, o tal vez cuando lo hagan estarán distantes. Jamás volverán a recuperar la calidez que mostraban el uno con el otro cuando estaban juntos. Ahora todo se volverá frío, frío y distante....



Brian se encierra en casa, y lo hace preparado para pasar unos cuantos días dentro de ella. Pasa cerca de una semana y media sin pisar la calle para nada, sumido en una depresión de la que Matt, con su fingido buen humor que pretende que sea contagioso, no es capaz de hacerlo salir. Se pasa los días metido en la habitación, y no abre las ventanas por miedo a escuchar su voz en el piso de al lado. La única llamada a la que atiende en todo ese tiempo es a una de Dean, que le pone al día de lo poco que tardarán en volver a abrir, y en que necesita inventario nuevo. Por el tono de voz de su empleado predilecto, advierte que no está pasando por su mejor momento, y deja que el chico de ojos oscuros le cuente todo lo que está pasando.

Dean siempre ha sido para él como una especie de padrino, un protector que le ayudó en cuanto lo descubrió vagabundeando solo por las calles de Los Ángeles. Matt ha tratado por todos los medios el sacarlo a la calle, pero no es capaz. Parece como si le hubieran robado el alma, y si Brian está así, no quiere saber cómo está la chica de ojos verdes. Él confía, desde su neutralidad, que en cuanto ambos lo superen todo irá mucho mejor, y sabe que Gates necesita distracciones para no caer en la zona más profunda de la depresión, pero aún no sabe qué. Hoy es una mañana de martes, y el calor ha decidido dejarles respirar, quedándolos con 25 grados de temperatura. Gates está tirado en el sillón, con Pinkly dormida sobre sus piernas, el mando de la televisión en una mano, un cigarrillo en otra, el alma por los suelos y la mirada fija en el programa de teletienda que están poniendo.

Matt ha salido, y no tiene ni idea de dónde. En la casa reina una tranquilidad envidiable, pero también un ambiente de pura tristeza. El timbre suena, poniendo toda esa quietud patas arriba, haciendo que Pinkly levante la cabeza y suelte un ladrido como respuesta. Brian se levanta y resopla largamente mientras camina hacia la puerta, descalzo y vestido con esos pantalones rotos de siempre. Al pasar por delante del espejo del recibidor, para mirarse durante unos segundos. Su cara tiene mal aspecto. Nunca ha tenido ojeras, pero ahora las tiene. La cicatriz de la ceja se curó, pero en ella no crece pelo, así que la ceja parece haberle quedado partida en un extremo para siempre, y tampoco es que le dé un aspecto de hombre de negocios precisamente. Le echa un vistazo a la mirilla y resopla fastidiado silenciosamente. No puede creerse que sea precisamente hoy cuando Dean haya decidido mandarle a su regalito especial y al inventario nuevo consigo. Es Cynthia, con una carpeta en la mano…

Cuando por fin abre la puerta, Cynthia le muestra una de sus más arrebatadoras sonrisas a las que como siempre, el chico de ojos oscuros no responde de ninguna forma. Ella le muestra la carpeta y suspira, manteniendo la mirada en sus ojos. -Imagino que sabrás a qué vengo... Mi tío me ha pedido que te traiga el inventario...-

En el momento en que la chica de ojos color miel mira a Brian, ella puede descifrar su estado por completo. No sabe qué le pasa, pero puede deducir que está apagado y débil, y probablemente preocupado por algo. Eso tiene su parte buena, porque suele ser en esos días en los que le convence para cualquier cosa, y suelen ser también los momentos en los que no la trata hostil y cabreado, sino sólo como si tuviera cansado y lleno de fastidio. Él clava sus ojos oscuros en la carpeta, le pega una calada al cigarrillo y luego posa su mirada en la de ella para hablar con voz ronca, liberando el espeso humo mientras lo hace. Parece mucho más ausente que otros días. Ni alegre, ni cabreado ni sociable, simplemente parece estar vacío y apagado, tan condenadamente atractivo y fiero como siempre. -¿Quieres pasar...?-

Ella asiente, agacha la cabeza y entra. Brian alza la mirada un momento y se topa de frente con la puerta de casa de Ana, que como de costumbre estos últimos días está cerrada. Suspira profundamente y cierra "Mierda, ojalá pudiese saber qué es de ti y si estás bien, Texas…". Cynthia enseguida se sienta en el sofá y observa a Brian acercarse, sonriente. El chico de ojos oscuros se deja caer sentado a su lado con un suspiro y se frota las sienes, en silencio con los ojos cerrados, cansado. Cynthia le mira y chasquea la lengua, molesta. -Bueno, ¿vas a animar esa cara o vamos a trabajar así...? Pareces deprimido...-

Brian abre los ojos, la mira y enarca una ceja. -Estoy bien. Sólo me duele la cabeza. He dormido mal…- Coge la carpeta y la abre. A veces tiene la sensación de que cuando la sobrina de Dean va a su casa, se siente como en un parque de atracciones, como si le divirtiera de verdad a pesar de que sabe que es una visita no deseada. Habla hojeando la lista de proveedores, sin querer mirar a la chica a esos ojos que parecen cargados de descaro y de una chispa de algo que no sabe describir. “Madre de Dios, éste inventario es mucho más largo que el de la última vez…”. -Y de cualquier manera, ¿desde cuándo te importan mis estados de ánimo, Cynthia? Esto es nuevo…-

Ella se encoge de hombros con indiferencia, reclinándose hacia atrás en el sofá, cruzando las piernas y hablando con la mirada puesta en la televisión ahora apagada. -No lo sé, es que te noto extraño. En otras circunstancias probablemente me hubieses arrancado la carpeta de las manos y me hubieses gritado para que me largase sin siquiera invitarme a entrar...- Ríe.

El chico de ojos oscuros y cansados enarca una ceja, hablando de nuevo sin apartar su mirada del inventario, y con una mueca que podría tratarse de una sonrisa de medio lado si no fuera tan sumamente desganada. -Debe ser que me he levantado caritativo ésta mañana.- Se pasa una mano hacia atrás por el pelo negro como el carbón, y suspira largamente. -O porque me estoy volviendo idiota y estoy empezando a hacer cosas que no debería hacer, o porque llevo tanto tiempo encerrado en casa que mato por una compañía, por pésima que sea.- Chasquea la lengua y habla por lo bajo, en un tono sarcástico que despierta la diversión en Cynthia. -¿Cuál de las tres cosas crees tú que es?- Coge un bolígrafo, subraya uno de los nombres, uno de un nuevo proveedor, y hace lo mismo con el número que hay escrito al lado. De nuevo otra de esas conversaciones de tira y afloja…

La chica le mira mientras él se ocupa del papel, hojeándolo y escribiendo cosas a los márgenes. Es una mirada curiosa, como si estuviese intentando leerle el pensamiento pero no le fuese posible. Se encoge de hombros y sonríe de medio lado. -Tal vez sea que necesites compañía, alguien que te saque de esta jaula…-

Él la mira por un segundo y ríe por lo bajo, en una carcajada sarcástica. -Puede ser, pero estoy a gusto en mi jaula. Tengo comida, cama, música y mucha tranquilidad. Y supongo que con eso tengo suficiente, no me falta nada…- Coge el cigarrillo que estaba consumiéndose solo en el borde del cenicero y le pega otra calada mientras pasa las hojas de la carpeta, reclinándose hacia atrás, junto a Cynthia, que lo mira con esos ojos color miel delineados como siempre en negro, de una manera curiosa y divertida. Parece estar mucho menos borde que otros días…

La chica borra su sonrisa, se muerde el labio inferior y habla intensificando la forma de mirarle, bajando el tono de voz. -¿Sabes? Yo creo que sé lo que necesitas…-

Suspira profundamente y habla escribiendo en el papel, en un tono cansado. -Ilumíname, Cynthia…- Ni siquiera tiene ganas de discutir con ella hoy. Cualquier otro día le hubiera dicho que, si no va a ayudarle con el inventario, que mejor se largue y deje de romper su día tranquilo, pero lo cierto es que hoy no le apetece cabrearse. Por no querer, ni siquiera quiere tener que trabajar en el inventario esa tarde, pero tampoco quiere fallarle a Dean. Y a decir verdad, quizás se sienta un poco solo en el fondo. Echa de menos la compañía de cierta personita…

La chica de ojos color miel arranca la lista de las manos de Gates y éste la mira confuso. Para cuando sus miradas se cruzan, los labios de ella están peligrosamente cerca de los de él, y mantiene dibujada una sonrisa de pura picardía. Habla en un susurro, mirándole la boca de una forma bastante tentadora.

-Adivínalo...-

Brian siente que se le corta la respiración. Debería habérselo esperado, pero está tan cansado y tan espeso que no podría haber predicho las tres a las dos y media. Cierra los ojos y suspira, pero no se aleja de ella. Siente que le muerde los labios, que se los lame como un gato goloso deseando jugar, pero él sólo alcanza a susurrar como en una súplica cerca de su boca, como si no quisiera que su demonio particular de labios rojos le obligara a caer en el mismo abismo de siempre ahora que se siente débil, solo y extraño. -Cynthia, no lo hagas…-

Pero para cuando dice eso, Cynthia está ya sentada sobre él en ropa interior, con el pelo salvajemente revuelto y el pintalabios corrido, comiéndole la boca de una forma poco civilizada. Si Annie viera eso tal vez no querría volver a acercarse a Gates en su vida, pero a él ahora no parece importarle. Está tan descolocado y perdido como la chica que ahora pierde el control sentada sobre sus rodillas, y ninguno de los dos parece querer parar...





Matt llega a casa a la hora de comer, y encuentra la casa aparentemente vacía. En el salón la televisión está apagada, Pinkly duerme sobre la alfombra, y un montón de latas de cerveza, como siempre, adornan la superficie de la mesa, además de unos documentos que relaciona rápidamente con el Red Dingo y sus encargos y proveedores. Suspira largamente poniéndose las manos en la cintura y una chispa de optimismo lo recorre por dentro. “¿Habrá salido Brian de casa…?”. Sus ilusiones se ven inmediatamente diluidas cuando escucha la voz de su compañero inseparable en su habitación. Resopla y camina apresuradamente hasta su puerta, y la abre de golpe. Simplemente no lo esperaba. La cama está deshecha, Brian tirado en ella y Cynthia sentada sobre él semidesnuda. Los dos están despeinados, exhaustos pero tranquilos, y hace un calor tremendo en la habitación. Ella mantiene una mano sobre su pecho, y con la otra posa un cigarro que no huele precisamente a tabaco en los labios de Brian, que parece estar en otro mundo. Ahora Matt entiende de dónde sale ese humo espesísimo que rodea la estancia como una atmósfera propia. Cynthia mira al chico de ojos verdes y ríe al ver cómo los mira con una ceja enarcada, más que perplejo. Ella y su habilidad para poner la vida de Gates patas arriba no le gustan un pelo… -Hola, Matt. No te hemos escuchado llegar…- Ríe, sentada encima de Brian.

Matt, impresionado, mira a su amigo, frunciendo el ceño. -¿Pero qué coño...? ¿Estáis fumando maría aquí...?- Brian ríe coreado por Cynthia y asiente. Matt resopla y pone los ojos en blanco. -Apaga eso ahora mismo, si el humo llega al piso de arriba los vecinos van a tomarnos por drogadictos, y van a ser capaces de llamar a la policía...- Agarra una toalla y se la tira a la chica de ojos color miel, quien la coge al vuelo con una sonrisa de pura autosuficiencia dibujada en los labios. -Y tú Cynthia, haz el favor de vestirte, ¿quieres? Y si no vas a quedarte a comer es mejor que te vayas cuanto antes porque yo tengo hambre...- Sale de la habitación, cerrando tras de sí. Camina malhumorado hasta la cocina, abre una nevera, se saca una cerveza bien fría y mientras la abre se apoya en el marco de la ventana, mirando a través de ella. Justo enfrente queda la habitación de Annie, que parece estar tranquila. Está ordenada y la cama está hecha, y en ella no hay rastro alguno de la chica de ojos verdes. Le da un trago a su Heineken y habla para sí en un murmullo. -Ay Annie, si vieses esto...-

En cosa de diez minutos ambos salen vestidos de la habitación, y Cynthia se asoma a la cocina, donde el chico de ojos verdes sigue metido, vigilando el ventanal. -Adiós, Sanders.- Le guiña un ojo y ríe. -A ver si nos vemos más a menudo, que hace demasiado que no sé de ti…- Le lanza una mirada cómplice a Brian, apostado en la puerta de la cocina, mientras abre la puerta para salir. Murmura, con una de esas sonrisas que quitan el hipo. -Nos vemos, Brian. Suerte con ese inventario…- La chica desaparece cerrando tras de sí, y Brian suspira profundamente, perdiendo la sonrisa apenas perceptible que le quedaba dibujada en sus labios, aún enrojecidos. -¿Hay algo de comer…?- Camina hasta la nevera y la abre, mirando sin ver nada, literalmente. Resopla y ríe por lo bajo, como si aparte del colocón, tratara de alejar la atención de sí mismo para evitar el tema. -Matt, estamos en la ruina. ¿Cuándo vamos a hacer la compra…?-

Matt suspira y habla sin mirarle, de espaldas a él, aún con la mirada puesta en la ventana de la casa de enfrente. -Hoy te tocaba hacer la compra a ti pero veo que tenías cosas más importantes que hacer...-

Gates resopla y pone los ojos en blanco, perdiendo la sonrisa. -Joder, Matt. La visita de Cynthia no entraba en mis planes.- Se sienta en la mesa y se frota la cara, tratando de salir de la nube en la que está. -Iré ésta tarde, lo prometo.- Le mira y enarca una ceja, usando una de sus expresiones de cachorrito perdido que le viene de perlas para dar lástima al personal. -¿Vienes conmigo…?-

Sanders asiente resignado, suspira y por fin se gira, clavando su mirada en la de él. –Cualquier cosa con tal de que salgas de casa. Te estás volviendo loco aquí dentro, por lo que parece… Te dije que te alejaras de Ana, pero no contaba con que ibas a suicidar tus sentimientos e ibas a volver a meterte en un pozo que no le recomiendo ni a mi peor enemigo... Brian, no hagas ésto, por el amor de Dios, no caigas en ésto otra vez...

domingo, 22 de diciembre de 2013

Sobre las autoras:

Dicen que las amistades más épicas empiezan de las maneras más enrevesadas y absurdas, y la nuestra no es diferente. 

Es aquí, en el interludio entre el capítulo 17 y 18, cuando quiero contaros una historia curiosa.

El par de chicas que escriben éste fanfic se llaman Lisa (@LisaShadows) y Ana (@AwwwGaskarth), y es la primera, una servidora, la que se ha prestado a escribir ésta entrada. Creo que todos nuestros lectores deberían conocer lo extraño y peculiar que fue el momento y el proceso por el que las dos nos conocimos a través de Internet, contando con que vivimos muy lejos la una de la otra.

Todo empezó un 12 de abril de 2012 , una noche en la que Tuenti, que por entonces no daba tanto asco como ahora, estaba demasiado tranquilo. Yo, que para variar no podía dormir esa noche tampoco, andaba matando el tiempo curioseando desde mi cuenta falsa en Tuenti, de nombre "Synyster Gates Haner Jr". Esa cuenta solo la usaba para tener a mano a mis contactos más cercanos, para no tener que sufrir el cansineo constante de mi otra cuenta, la real, en la que tenía demasiado contactos.
En ese momento me llegó una petición de amistad, una como tantas otras. 

"Ana Gates" me había mandado una petición bastante curiosa, de hecho. En ella solo se leía "asdfghjklñ :3", y nada más. Lo cierto es que me hizo gracia y algo me dijo que esa noche iba a tener conversación. No me equivocaba. Yo jamás había visto a esa chica antes, ni siquiera rondando por tuenti, nada en absoluto.
Ella me saludó y yo le contesté. No vamos a negarlo, pasamos la noche escribiendo idioteces sin parar, hasta que nos dieron altísimas horas de la mañana, y me preguntó mi nombre varias veces. Yo no dejaba de dar evasivas para no tener que decirle quién era, porque en realidad me puse nerviosa. Mi tuenti estaba completamente dedicado a Synyster Gates; fotos de Synyster Gates, principal de Synyster Gates... Sentía que si le decía mi nombre realmente, si le decía que era una chica y que mi nombre era Lisa, ella hubiera reaccionado riéndose, pensando que era una flipada y por supuesto, no volviendo a hablar conmigo jamás. 

Tenía miedo de que eso pasara, para ser sinceros. 

Me lo había pasado muy bien jugando a eso de experimentar con los asteriscos. *Le da un guantazo*-*Se lo devuelve*. La condenada parecía muy, muy creativa, además de simpática y de hacerme reír como poca gente lo hacía por entonces. No quería perder eso, simplemente no me lo podía permitir.
En una desesperada, improvisé una vida, una vida nueva. En lugar de decirle quién era en realidad le conté que me llamaba Álex, que tenía dieciocho años, que era fan de Avenged Sevenfold y que solo me había hecho esa cuenta por aburrimiento.

En un principio estuvo bien, ella se lo creyó y a mí me reconfortó que se lo creyera. Por supuesto, mi mentira se mantuvo el día siguiente, y el siguiente, y el siguiente...
Yo seguía llamándome Álex, inventándome una vida, unos padres, una historia, problemas, traumas y penas. En realidad ese personaje,"Álex", era yo misma, era mi historia pero con otros nombres, con otras caras. Supongo que no me desvié demasiado, que no conté nada disparatado ni alucinante porque, dentro de mi mentira, contarle verdades sobre mí me hacía sentir mejor.

Empezamos a escribir nuestro primer fanfic de A7x, uno que jamás copiamos. Simplemente escribíamos para nosotros, y era genial, era mágico. Las historias se torcían, cambiaban, nos hacían reír, llorar y sentirnos llenas. Para ella yo seguía siendo Álex, y ella para mí siempre fue Ana, la niña que me enseñó que era mucho más divertido escribir en pareja, ayudándonos y pasándolo el doble de bien. Yo, en mi interior, solo quería confesar, pero no tenía valor suficiente. Ya no quería seguir siendo Álex, quería ser Lisa y quería serlo para siempre, dejar de mentir. No era tan fácil. Yo ya sabía que si le decía que todo había sido una mentira desde el principio, Ana desaparecería y perdería todo eso tan especial que tenía con ella.

Mi mentira aguantó, aguantó y aguantó, pero empezaba a tener algunas grietas. Muchas cosas no encajaban en la historia de Álex. Un chico sin redes sociales más allá de ese perfil falso, sin móvil, sin fotos... La mentira se caía por sí sola, y no iba a aguantar mucho más. Ana, aunque por ese tiempo yo no lo supiera, algunos meses después de empezar a hablar a diario, ya se figuraba que no existía ningún Álex, que yo en realidad no era quien decía ser. Era obvio, yo no tenía potencial para mentir perfectamente seis horas al día de media, era imposible. La bola de nieve se hizo más y más grande, tanto que me aplastaba. 

El tema llegó a quitarme el sueño, cosa que no mejoraba mis frecuentes episodios de insomnio. Lo único que podía imaginarme era ese momento en que le dijera la verdad a Ana y ella decidiera borrarme del mapa, deshacerse de una persona que más que una adolescente parecía tener un comportamiento muy extraño y cómico de trastorno de personalidad. Yo no quería perder todo lo que teníamos, todo lo que habíamos hablado, el cariño que le había cogido; pero tampoco quería seguir mintiendo. 

Fui Álex desde el 12 de abril de 2012 hasta el mes de diciembre de ese mismo año. Me derrumbé, simplemente no pude más. Escribí en Twitter, en el de Lisa, algunos tweets que iban dedicados a Ana, y ella me los marcó todos como favorito. Aunque Ana ya daba claras señales de llevar un tiempo sabiendo quién era yo en realidad pero teniéndoselo callado, yo sentía que tenía que darle una explicación. 
Hablé con ella y se lo confesé todo, más o menos como os lo estoy contando por aquí.

Le dije que lo sentía, que me había comportado como una completa gilipollas desde el minuto cero y que jamás debí haberle mentido así porque no se lo merecía. Le dije que escribir a diario como escribíamos, creando fanfics, historias bestiales de la nada, me había cambiado la vida, y era verdad. Nunca fui buena en nada, nunca me consideré capaz de hacer algo bien hasta que, gracias a ella, descubrí que sabía y podía escribir cosas interesantes. 
Fui sincera de golpe, tan clara como pude. Yo ya no podía vivir sin escribir, y tampoco podía vivir sin hablar con Ana a diario porque ya era una rutina, porque se había convertido en alguien importante para mí y habíamos compartido demasiado. Le dije, le repetí y le remarqué que estaba en su completo derecho de borrarme de su vida. Para mí, en ese momento, el hecho de que Ana hubiera reaccionado borrándome de todos lados no hubiera sido más que un alivio, porque me sentía un monstruo, pero su reacción no fue esa.

Ella, como si no hubiera pasado nada, me dijo que ya lo sabía, que lo sabía todo. Sabía que aunque mi nombre no era real, no todo lo que le había contado eran mentiras. Aceptó mis disculpas y, lejos de quererme lejos de ella, de su vida y de su mundo, me dejó entrar en él. No me guardaba rencor, y yo no entendía por qué. Ella simplemente no me guardaba rencor y yo no era capaz de entender por qué maldita razón en éste mundo no era capaz de odiarme. Yo le había mentido desde el principio, había jugado a ser Álex desde el momento en que empezamos a hablar, y ella simplemente fue tan caritativa que pasó por alto mis nueve meses de mentiras.
Lo que nos mantuvo unidas todos esos meses en que mi mentira ya era más que clara para Ana, fueron nuestras historias. Amábamos escribir, era simple. Congeniábamos en eso y conectábamos bien, y ella no quería saber nada más, y yo agradecía que no quisiera saber nada más.

En realidad, a día de hoy, no logro entender por qué me perdonó, pero lo hizo. A lo mejor es que simplemente ya era muy tarde para arreglar eso de habernos acostumbrado a la conversación continua. Yo ya le había cogido un cariño bestial, ya no podía dejar de pensar que era una de las mejores cosas que me había pasado en la vida. Supongo que a ella no le interesaba mi nombre ni mis historias inventadas sobre un tal Álex que jamás ninguna de las dos llegamos a conocer, porque Ana supo ver muchísimo más allá de eso. Demostró un corazón tan grande o más que mi bola de mentiras, y simplemente... Me perdonó.

Ni siquiera después de eso dejamos de hablar y de escribir. A día de hoy, nada ha cambiado. Yo volví a llamarme Lisa, saqué a Álex de mi camino y del de Ana, y nos pusimos a escribir, como siempre hicimos, y yo volví a ser Brian Haner y ella volvió a ser Annie O'Donell. Pusimos a jugar a nuestros alter egos y dejamos que todo lo demás se olvidara.

Me prometí a mí misma que no iba a terminar ésta entrada ni con lágrimas en los ojos y una sonrisa idiota, ni con cursilerías del tipo, pero, como dijo el maestro Sabina, "las mejores promesas son esas que no hay que cumplir".

Que Ana irrumpiera en mi vida fue de ese tipo de cosas que solo pasan una vez. La quiero, la quiero muchísimo y algo me dice que será de ese tipo de amistades que duran para toda la vida. No sé hasta qué edad seguiremos escribiendo fanfics, pero sí sé que nos quedan muchos años de idioteces juntas. Esa condenada se ha hecho un hueco muy grande en mi vida, y la aprecio con locura. Por su culpa no creo que vaya a saber escribir sola nunca más, ya me he acostumbrado a su talento, a su compañía, a sus bromas y a su corazón enorme.
Ya no puedo vivir sin Ana, sin su alter ego ni sin nuestras historias y nuestras coñas. Aún le debo mucho por cruzarse en mi vida, creo que aún no se imagina la magnitud de lo que supuso para mí.

Ana,
Gracias por darme una oportunidad, por perdonarme aquella trastada brutal, por hacerme sentir un poquillo especial y por crear conmigo la OTP más cañera de la historia de los fanfics.
Te quiero, bichillo.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Capítulo 17.- Una chica con miedo, el accidente en el Dingo y un monstruo desatado.



[Cuando después de un rato comienzan a vestirse de nuevo, tras haber recogido la ropa desperdigada por el suelo, se dan cuenta de que la noche se les ha echado encima, y que está a punto de amanecer. Todavía les queda por colocar una parte de la barra y con suerte, se irán a casa en menos de media hora. Ninguno de los dos puede borrar una sonrisa cómplice de los labios, y tampoco ninguno necesita decir lo bien que ha estado lo que acaba de pasar, sino que empiezan a dar por normal esa química explosiva que surge cuando menos se lo esperan. Cuando salen del Red Dingo, ya han dado las seis de la mañana. Caminan por las calles de un Los Ángeles que empieza a despertar, pateando las aceras aún mojadas por culpa de la tormenta que remitió hace algunos largos minutos. Annie y el chico de ojos oscuros, que ahora se fuma un cigarrillo, llevan las miradas clavadas en el suelo. Él quiere irse con ella, y ella no quiere tener que irse con Charlie. Si la chica de ojos verdes supiera lo que le espera en casa en algunos minutos, quizás pararía en seco y se pensaría dos veces lo de dormir en el Dingo lo que queda de noche…]


Caminan hacia el parking y una vez allí Brian le abre la puerta del coche a Annie para que pueda entrar. La chica de ojos verdes se arropa con el largo abrigo negro que lleva siempre para tapar su ropa de trabajo y Gates entra enseguida en el coche, sentándose en el asiento del conductor. Abre la ventanilla y conduce con una mano, manteniendo el codo por fuera y sacando la otra mano de vez en cuando para tirar la ceniza del cigarrillo. Es entonces cuando, conduciendo con la mirada puesta en la carretera pero la mente en las nubes, siente algo que se posa sobre su hombro. Al mirar, se da cuenta de que Ana se ha quedado dormida y ahora descansa apoyada contra él, abrazada a su brazo de una manera adorable, como si no quisiera soltarle.

Él la mira por un segundo con una sonrisa en el más absoluto de los silencios, para después dirigir su mirada al frente. Conduce en silencio unos cinco minutos más en los que su chica de ojos verdes sigue plácidamente dormida. Parece como si le necesitara mucho más de lo que él mismo piensa. Llega a los aparcamientos del bloque de pisos en menos tiempo de lo que esperaba, ya que el tráfico, para su sorpresa, estaba mucho menos congestionado que de costumbre. Saca la llave del coche y suspira largamente, mirando a Annie en silencio. Casi da pena despertarla. La zarandea con cuidado, y habla en un susurro. -Ana, ya hemos llegado. Estamos en casa…-

La chica de ojos verdes suspira profundamente y en un principio parece que se resiste a despertar pero tras soltar un gemido adorable y apenas audible, va volviendo al mundo real poco a poco. Mira a Brian y habla en un murmullo, con la voz pastosa, un tanto desubicada. -Ya... ¿Ya hemos llegado…?-

Gates ríe por lo bajo, le acaricia la cara y asiente. -Hemos llegado. Venga, ánimo, que ya verás cómo en nada estás metida en la cama, durmiendo como un tronco.- Sale del coche, cierra y tras rodearlo, le abre la puerta del copiloto a Ana, que sigue como en otro mundo. Seguramente no tendría ningún inconveniente en pasar el resto de la mañana durmiendo allí metida, con tal de no moverse de donde está. Él le tiende la mano y ella sale, con una de esas caras de sueño que le hacen parecer algunos años más joven, como una adolescente cansada después de una fiesta larga. Le rodea la cintura con un brazo y echa a andar a su lado. Lo cierto es que él también está destrozado, y necesita dormir de manera muy urgente. Entran en el ascensor, pulsan el botón del sexto piso y esperan a que el viejo cacharro llegue a su destino, bostezando y cerrando los ojos cada dos por tres. Cuando el ascensor se para dando uno de esos botes incómodos y repentinos que nadie se espera jamás, Ana resopla. Otra jornada soportando a Charlie, otro día más aguantando sus tonterías, sus manías, sus caprichos... Otro día más obligada a vivir al lado de alguien a quien no quiere y por quien se culpa a sí misma de no tener valor para terminar. Las puertas del ascensor se abren y los dos chicos suspiran amargamente, sabiendo que tienen que separarse de nuevo. Salen y para cuando el ascensor vuelve a cerrarse de nuevo, Ana mantiene su mirada en Brian, que no la ha apartado del suelo ni un segundo, pensativo.

Él la mira, suspira, fuerza una sonrisa y habla. -Yo… Estaré en casa todo el día. Ésta noche no me toca trabajar en el Dingo, pero iré de todas formas. No tengo nada mejor que hacer. Sé que tú sí tienes turno hoy a las doce, así que…- Ríe cansado. -Te veré allí.- La trae contra sí y la funde en uno de esos abrazos cargados de protección, uno de esos de los que ninguno quiere salir. Habla en su oído, en un susurro casi inaudible. -Ánimo, Annie. Sé más fuerte que él y no dejes que te hunda. Seguro que ya no le queda mucho tiempo aquí, aunque no te lo diga...-

Ana entierra la cara en su pecho y le acaricia la espalda mientras él le besa el pelo. Cuando se separan ella le dedica una sonrisa. Triste y apagada, pero sonríe al fin y al cabo, y eso a Brian le encanta. Le encanta verla sonreír y que se despida de él con una sonrisa. Suspira y susurra, metiendo las manos en los bolsillos de su gabardina. -Nos vemos...-

-Ésta noche.- Brian le devuelve la sonrisa con la misma fuerza y camina hasta su puerta. Entra en el piso y deja las llaves en la entrada, suspirando pesadamente. Le hace gracia como, a pesar de no tener el carnet, Matt le deje el coche para volver a casa. No, no es un acto de buena fe sin más, lo que es es más bien una excusa de su amigo para poder volverse con Karina de vuelta a casa en el coche de ella, con la que últimamente parece un poco obsesionado. Está tan cansado que casi se queda dormido en la ducha, de pie.

Annie ha entrado en casa, y nada más hacerlo, se ha encontrado con la casa en total quietud, cosa que no le tranquiliza en absoluto. Se ha duchado para, aunque no quiere tener que hacerlo, librarse de ese olor a la colonia de Brian, del olor del champú de su pelo que aún se mantiene impregnando sus manos. Por culpa del calor, acaba vistiéndose con una camiseta ancha y unas bragas como único pijama, y entra en la habitación que comparte con Charlie. Su chico de Detroit está en la cama, de espaldas, vistiendo unos pantalones claros y finos de pijama, y parece dormido profundamente, en silencio, tanto que ni siquiera la advierte al entrar. Ella se acuesta con cuidado, a algunos centímetros de distancia de él. Está más fuerte que cuando estaban juntos en Detroit, y cae en ello porque su espalda le parece más ancha de lo habitual. Suspira profundamente y cierra los ojos, dejando que todo lo que ha vivido esa noche le acaricie los pensamientos y la lleve a relajarse. La voz de Charlie, que para nada suena pastosa ni cansada, la hace abrir los ojos. Sigue de espaldas, pero no estaba dormido. -¿Quién te ha traído a casa?-

La voz de Charlie, tan inesperada como siempre, sobresalta a Annie, quien siente que se le corta la respiración. Abre los ojos, traga saliva y habla aún de espaldas a él, en un murmullo, como si no quisiera molestar a la bestia que sabe que puede llegar a ser. -He... He venido sola, caminando. Por... Eso he tardado. Y bueno, porque me quedé a recoger el bar, Charlie...-

Charlie se da la vuelta en la cama y la mira de fijo, tanto que la chica puede notar su mirada fría y azul clavada en su nuca. Su chico dice algo que hace que sus ojos verdes se cierren por culpa del miedo de no saber qué decir. -¿Ah sí? Debes de ser la favorita de tu jefe. Qué chica más responsable… No he dormido desde que te fuiste, Ana. He estado esperándote despierto toda la noche. Pero ya veo, tú y el bastardo del piso de en frente con el que te has despedido entre cariñitos debíais de tener mucho que hacer, ¿no?- Susurra con una sonrisa sádica de medio lado casi imperceptible, que la chica no ve pero puede notar. -¿Crees que voy a dejar que estés mintiéndome y riéndote de mí continuamente…?-

Annie traga saliva y habla en el mismo tono, sin abrir los ojos, sin volverse, agarrando las sábanas con fuerza entre sus manos, aterrada. -No te miento Charlie, Brian y yo sólo somos amigos, compañeros de trabajo y vecinos. Y ya está, nada más. Yo nunca te haría algo así...-

Él hunde los dedos en su pelo y los desliza a través de sus mechones aún húmedos en lo que pretende ser una caricia inocente que acaba resultando más amenazadora, hostil y sádica que inocente. Le rodea la cintura con un brazo y la atrae hacia él, pegando la espalda de su chica contra su pecho. Puede notar lo tensa y lo asustada que está, y eso no solo le gusta, sino que además le parece un signo inequívoco de culpabilidad. Habla de nuevo, en un tono de voz tranquilo y falsamente comprensivo que a una indefensa Annie no le gusta en absoluto. -¿Te has quedado con él a recoger el bar y te ha traído de vuelta…?-

Ella sacude la cabeza, sintiendo que se echará a temblar en cualquier momento. Habla en un susurro, cerrando los ojos cada vez que él desliza los dedos entre su pelo. -No, he venido sola. De veras...-

Charlie repite la pregunta bajando el tono de voz aún más, convirtiéndolo de nuevo en un susurro hostil. -¿Entonces también has estado sola recogiendo el bar?- Chasquea la lengua con desaprobación fingida, haciendo su papel de novio preocupado. -Espero que no haya sido así, Annie.- La besa en el pelo fríamente, en un falso gesto protector. -Una chica como tú, sola en un local como ese a altas horas de la mañana. No quiero ni pensarlo…- Annie se siente pequeña, pequeña y en peligro, como si estuviera en las garras de un animal tan grande y fiero que no podría vencer aunque quisiese. Ojalá estuviera en los brazos de Brian, que jamás tiene una mala palabra para su ya maltratado ego…

Ella, tratando de mantener la calma, suspira profundamente, traga saliva y cierra los ojos, sintiéndose tremendamente aliviada. No descarta la posibilidad de que le guarde rencor por esto, pero al menos tiene la sensación de que por el momento lo dejará estar. Susurra, sin moverse ni un milímetro. -Sí, he recogido yo sola, pero estoy perfectamente. No te preocupes, cielo...-

Charlie susurra diciendo algo que hace que el corazón de la chica de ojos verdes se encoja con ganas de llorar de desesperación. -Entonces cuando estés más descansada quizás quieras explicarme cómo es que has llegado en el ascensor con Brian. Qué casualidades, ¿verdad?- Habla en su oído, acariciándole el pelo y cerrando los ojos. Suena frío, rabioso y crudo, y da verdadero miedo. -Mientes peor de lo que esperaba. Es posible que si habéis estado juntos, no haya pasado nada, pero ocultándome todo esto solo me das a pensar que estás follándote a tu nuevo vecino como una zorra cualquiera a mis putas espaldas. Y ninguno de los dos queremos que eso pase, porque quizás yo me enfade mucho y tú salgas muy perjudicada, Annie, tan perjudicada que no querrás volver a ver a ese macarra en tu vida. Te come con los ojos cada vez que te ve, y el único que tiene derecho a ponerte una mano encima, a follarte o a despedirse de ti con cariñitos extraños soy yo. Eres mi chica, Ana. Mía, y no voy a dejar que ningún chulo de turno venga a quitarme lo que es mío. ¿Me has entendido, princesa…? Espero haber sido lo suficientemente claro contigo.-

Annie tiene ahora los ojos cerrados, y sus preciosos labios apretados en una fina línea. Está asustada, cansada y acorralada, y siente que todo eso no es justo con ella. Ella no quería nada de esto, no quería estar entre dos tierras, no quería conocer la peor parte de Charlie, esa que ya intuía cuando estaban juntos en Texas y que jamás quiso afrontar.

Ella suspira profundamente y armándose de valor se gira y le mira, sentándose en la cama y hablando mientras clava su mirada en los azulísimos ojos de él. Fuerza una sonrisa y habla en un tono de voz bajo, paseando dos dedos sobre su pecho desnudo. -Pero Charlie, ¿cómo crees que yo podría hacerte algo así...? Yo no le quiero a él. No le quiero para nada. Es un buen vecino y me viene de perlas eso de que pierda el culo por mí. A las chicas nos encantan esas cosas, ¿sabes…?- Se muerde el labio y baja la mirada hacia su pecho mientras lo acaricia. -No hay nadie mejor que tú, cariño, y...- Se desabrocha los primeros botones de su camisa. -Y yo no quiero a nadie más...-  
“Mentiras, mentiras, un teatro bien fingido que le servirá para salvarse de su violencia ésta vez…

El gesto hostil de Charlie se relaja dando paso a una de esas sonrisas prepotentes de pura conformidad con lo que oye. Apoya la espalda en el cabecero y la sienta sobre sí, terminando de desabrocharle los botones sin ninguna prisa, hablando mientras lo hace. -No quiero que se te acerque demasiado, cielo. Aprovéchate pero márcale distancias…- Le coloca un mechón de pelo tras la oreja y la besa con fuerza, casi de una manera posesiva, metiendo la mano por detrás de su camisa y acariciándole la espalda. Annie se marca en su interior una pequeña victoria en ésta guerra, e incluso se ve obligada a reprimir por completo una sonrisa triunfal. Quizás pueda mantenerlo tranquilo con comentarios como el que acaba de hacer, comentarios que parecen tranquilizar y conformar a su celosísimo chico de ojos azules, quizás no por mucho tiempo, pero lo suficiente para salir del paso y hacerlo “feliz”.

Charlie empieza a calentarse cuando le mete la mano por dentro de las bragas y le aprieta el culo mientras la besa con fiereza. Ana, que está ya bastante cansada después de la noche que lleva. La chica de ojos verdes se separa de él unos milímetros y le acaricia la mejilla, hablando en su oído en un susurro más que provocador. -Cielo son las seis y media de la mañana y estoy agotada. Por qué no seguimos con esto... ¿Mañana…?- Clava la mirada en sus ojos, mordiéndose el labio inferior.
Él suspira pesadamente, la besa en los labios y chasquea la lengua, soltándola y convirtiendo su voz en un susurro. -Anda, vamos. Duérmete, que ya es hora de que lo hagas.- Se levanta de la cama y abre el armario con cuidado. -Yo voy a salir a correr un rato…- Annie, echada en la cama, se tapa con las sábanas, acomoda la almohada y cierra los ojos. Charlie no tarda en salir de la habitación, y ella no tarda en quedarse dormida profundamente. Ha salvado el cuello, y lo ha hecho apenas sin esfuerzo. Quizás no sea tan complicado jugar a éste juego con Charlie, y ganarle la partida en su propio tablero…

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Cuando la chica de ojos verdes se despierta a eso de las cuatro de la tarde, lo primero que hace es ir a la cocina. Sigue vistiendo su camisa ancha y sus bragas y su rostro somnoliento cambia radicalmente cuando ve a Charlie sentado en la encimera comiéndose una porción de pizza. El chico cuando la ve enseguida se levanta y camina hacia ella, luciendo una arrebatadora sonrisa a la que Ana corresponde sin ninguna gana y hablando con la voz pastosa, frotándose los ojos. -Buenos días...-

Él ríe y sacude la cabeza. -Buenas tardes, más bien.- La besa en la frente y mira hacia la mesa, donde descansa una caja de pizza que parece recién pedida. -No me apetecía cocinar, y supuse que a ti tampoco te iba a hacer mucha ilusión, así que terminé por pedir algo…- Se sienta en la encimera, al lado del ventanal de la cocina. Parece más tranquilo, incluso inofensivo, y tiene sus ojos azules clavados en la ciudad que se ve desde las alturas. -Podríamos salir a cenar por ahí hoy…-

Annie chasquea la lengua, resopla fingiendo cansancio y se apoya en la mesa, cogiendo una porción de pizza y hablando con la mirada fija en él. Habla con la boca llena de una forma adorable y graciosa, pues es casi imposible entenderla. -Tengo que trabajar...-

Charlie pone los ojos en blanco y suspira profundamente. -De acuerdo, entonces hago cambio de planes…- Dirige de nuevo la mirada hacia la ventana, y dice algo que pone nerviosa de nuevo a la chica. -Entonces iré al dichoso Red Dingo y me quedaré allí hasta que cierren…-

Annie, nerviosa, arquea una ceja, tratando de disimular su descontento con la idea. -¿Quedarte? ¿En el Dingo?- Resopla, asombrada. -Venga ya, pero si no lo soportas... ¿No es mejor que quedemos para el sábado que es cuando no trabajo...?-

Él se encoge de hombros. -Sí, pero ésta noche no me apetece quedarme solo en casa. Iré allí y punto, qué más da.- Se baja de la encimera de un salto y chasquea la lengua. -Voy a darme una ducha…- Desaparece por el pasillo, dejando a Annie poco conforme con su decisión. No le gusta, simplemente no le gusta que vaya a ir a verla a su sitio de trabajo, un lugar donde todos los chicos la miran, un sitio donde es el centro de atención… Resopla y se sienta en una silla, clavando los codos sobre la mesa y enterrando la cara entre sus manos. Si antes tenía pocos momentos a solas con Brian, ahora va a tener muchos menos y todo por el maldito empeño de Charlie de acompañarla a trabajar. ''Joder, ¿por qué no puedes dejarme en paz y largarte de una vez...?''

Tras mucho insistirle a Charlie sobre lo mucho que va a aburrirse esa noche si de verdad acaba acompañándola a su trabajo, el chico de ojos azules acaba por hartarse y decirle a Annie que no, que no irá al Red Dingo, que se pasará la noche en casa y aprovechará para ver un partido de baloncesto. De alguna manera se lo agradece, porque no, no le apetece ver como cien tíos babean con sus bailes en la barra y cómo Brian Haner se la come con los ojos. No, desde luego que no irá a ese bar de mala muerte…

La tarde pasa todo lo pacíficamente que podría pasar dentro de casa de Annie. Cuando dan las ocho en punto y tras haberse duchado, vestido, arreglado y despedido de Charlie con los mismos besos falsos de siempre, la chica de ojos verdes agarra las llaves de casa, la bolsa con su ropa de diario dentro y abandona la casa. Se mete en el ascensor y enseguida se encuentra a sí misma caminando por las semioscuras calles de Los Angeles de camino a su lugar de trabajo. 
Pasea por las aceras con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, la mirada baja y la mente en otro lado completamente diferente. Mucho más lejos que Texas, fuera de su propio mundo. Va tan absorta pensando en sus cosas que ni siquiera es consciente de que quien camina detrás y lleva varios minutos siguiéndola es ni más ni menos que Brian. A causa de las ropas que lleva la chica, el joven de ojos casi negros tampoco es capaz de reconocerla hasta que de pronto ella se lleva una mano al pelo y lo revuelve, haciéndolo ondear al viento, un gesto bastante característico en ella.

Gates sisea llamando su atención, haciendo que se gire. El chico de ojos oscuros lleva unos pantalones vaqueros desgastados, unas zapatillas negras viejas y hoy, por culpa del frío molesto que se ha levantado, lleva una chupa de cuero que le da un aspecto más pandillero de lo habitual. Le pega una calada al cigarrillo con una sonrisa de esas cargadas de misterio y habla enarcando una ceja, reprimiendo la risa como puede. -¿Cómo es posible que una señorita de su altura vaya por éstas calles sin acompañante y sin un arma blanca a mano? Qué peligro…-
Ana le mira con una sonrisa, probablemente la única que ha mostrado en las últimas horas y que de verdad no es forzada. Ríe y sacude la cabeza. -Vaya, hola. No esperaba encontrarte por aquí porque llego tarde y tú siempre sueles llegar pronto...- Arquea una ceja en un gesto travieso, con una media sonrisa pícara. -¿Faltando al trabajo, Gates…?-

Él ríe y sacude la cabeza, caminando a su lado con la energía de siempre. -De eso nada, Texas. Hoy Dean me dio el día libre, y pienso aprovecharlo al máximo, por encima de mis expectativas. Nada de camarero, hoy voy a ser un cliente.- La mira y deja que su sonrisa se amplíe, hablando sin dejar de caminar. -¿Qué tal ese día? Seguro que has conseguido dormir más que yo…-

Annie suspira, se encoge de hombros y deja que su sonrisa se sumerja en la nostalgia. Baja la mirada y camina mirando al suelo. -Bueno, sí, supongo…- No, no va a contarle lo de Charlie. Sabe cómo es Brian y sabe que solo quiere protegerla. Desde luego el ponerle en conocimiento de las amenazas que ha estado recibiendo no le traería más que problemas y eso es justo lo que menos necesita ahora.

Él evade el tema, pero más que nada porque no la ve con demasiadas ganas de seguir hablando. Ha perdido esa sonrisa de siempre, y no le gusta nada. Llegan al Red Dingo tras un paseo más silencioso que otra cosa, y se encuentran el local como siempre. Está lleno hasta los topes, e incluso hay gente que se agolpa en la puerta, creando como una especie de grupo enorme delante de la fachada luminosa del enorme bar. Brian se despide de Ana con una sonrisa cómplice, ya que la chica debe entrar por la puerta de atrás para no causar todavía más revuelo. En la puerta, Matt está haciendo de portero una noche más, y Brian se acerca a él, pegándole un puño cariñoso en el brazo. -¿Qué, Sanders?- Ríe con malicia. -¿No tienes a nadie que te haga relevo para que entres a beberte unas copas conmigo? Tengo unas cuantas preguntas que hacerte, de hermano a hermano…-

Matt suspira y con gesto cansado se deja caer contra la puerta, cruzado de brazos y constantemente en guardia para vigilar que nadie pueda colarse. -Lo siento tío, pero tendrá que ser mañana. Esta noche no tengo a nadie que me releve, Jake está enfermo y Mark se ha tomado el día libre así que...- Se encoge de hombros. -Me temo que mañana me lo tendrás que preguntar todo con más calma... Estamos hasta los topes tío, es flipante. Mira toda la gente que se ha quedado fuera...- Suspira. -¿Quieres pasar...?-

Gates echa un vistazo rápido alrededor y como si se atragantara, se encuentra con la mirada felina de Cynthia, que está rodeada de sus amigas, fumándose uno de esos cigarrillos de vainilla que tanto le revuelven el estómago a Brian. Baja la mirada, mira a Matt y asiente, como si no quisiera otra cosa en el mundo que entrar con tal de librarse de las miradas indiscretas de su acosadora profesional por excelencia. -Sí, por Dios. Te veo luego, Matt. Ánimo con el turno…-

Desaparece en el interior del bar, y cuando entra, todo el mundo pretende saludarle. Lleva en el Red Dingo casi desde su apertura, y en esa cantidad de años ha conocido a mucha, muchísima gente. Pasa cerca de la barra y saluda a las cuatro chicas con una sonrisa de pasada. Cuando le ve, Kate esboza una sonrisa de esas cargada de malas ideas, y le lanza una mirada cómplice a sus coyotes. Brian prefiere no volverse, e ir a saludar a Dean como si no hubiera visto nada. Conoce esa mirada, y las ideas de las chicas cuando se trata de conseguir propinas, y se espera otra de sus perrerías en grupo…

Las luces del local bajan de repente y los focos que están sobre la barra se encienden, dando paso a las coyotes en todo su esplendor. Ana y Kate se suben de un salto. Llevan puestos unos pantalones largos y ajustadísimos de cuero negro con un top rojo de lentejuelas y unos altísimos tacones de plataformas. Todos gritan como locos y alzan sus jarras de cerveza y demás bebidas mientras en el local comienza a resonar Pour Some Sugar on Me de Def Leppard.  Las chicas comienzan su baile sobre la barra, un baile que vuelve locos a todos y cada uno de los hombres presentes en el local. Sirven copas con ágiles movimientos al ritmo de la música y con la ayuda de una pequeña manguera que hay tras la barra comienzan a salpicar a todos, haciendo que el éxtasis entre los clientes sea aún mayor. Brian está apoyado en una columna de brazos cruzados casi al final del bar y mira a las chicas con una sonrisa de puro orgullo, pero sin poder evitar centrar la mayor parte de su atención en Annie. Maldita sea, se ve hermosa. Hermosa y radiante con ese pelo largo cayéndole sobre los hombros de una forma tan salvaje. La chica de ojos verdes y su compañera suben a un chico de entre el público a la barra y le arrancan la camiseta de un tirón, haciendo que el joven, que estaba bastante afectado por el alcohol, se eche a reír mientras les lanza miradas furtivas a ambas, cargadas seguro de segundas intenciones.

Ana le dice al chico algo al oído con una sonrisa que le hace sonreír como un idiota y perder la cabeza por completo. Es entonces cuando como si casi estuviesen controlándolo con un mando a distancia, el muchacho se tira de la barra y la gente comienza a pasearlo por los aires como si se tratase de un concierto en el que un fan se tira al público. La chica de Texas, que se da cuenta de que Gates lleva un buen rato mirándola, sonríe y le clava la mirada de una manera fiera. Estira su brazo hacia él y desde la distancia con el dedo índice le hace señales para que se acerque. 
Él se niega echándose a reír pero enseguida el resto de clientes le cogen y le pasan por encima de sus cabezas hasta que llega a la barra. En el local ha empezado a sonar Dr Feelgood de Mötley Crüe y para cuando Brian para sobre la barra las dos chicas le miran con una sonrisa fiera y burlona, dándole a entender que está a punto de pasar el momento más embarazoso de su vida.

La chica de ojos verdes se deshace de la camiseta de Brian rápidamente, haciendo que todas las mujeres del local empiecen a gritar como locas. Ella se parte de risa y él también y por lo general esa noche en el Dingo predomina un ambiente de buen rollo, como si todos estuviesen pasando una de las mejores noches de sus vidas. Kate enseguida se apresura a agarrar una botella de champán, la agita y salpica a Brian sin piedad alguna. La chica de ojos verdes agarra un micrófono y mirando al público con una sonrisa cabrona, habla. -Chicas, ¿verdad que os encantaría subiros aquí arriba y pasear vuestras lenguas por cada uno de los centímetros que este hombre de aquí tiene empapados de champán?- Todas gritan y asienten, corriendo hacia la barra. Ana mira al chico de ojos oscuros, ríe y se encoge de hombros. -Mala suerte, Gates...-
Brian las mira partiéndose de risa, sin pensar que puedan ir en serio. Clava sus ojos oscurísimos en Annie y enarca una ceja, reprimiendo la risa como puede. -Te juro que esto no va a quedar así, Ana. Te lo juro por lo que más quieras.- Kate termina de vaciarle la botella de champán por la espalda, y lo hace con una de sus sonrisas cabronas. -Deja de quejarte, Gates. Apuesto a que ésta noche es la primera en la que vas a llevarte tantos lametones gratuitos…- Brian mira a Ana, riendo nerviosamente. -Annie, escucha, ¿no podemos hacer una subasta y ya está…? Aquí hay muchas chicas…- Matt mira desde la puerta, partiéndose de risa tanto como su puesto le permite, y a Cynthia, que ha vuelto a salirse a la calle, no parece hacerle demasiada gracia el espectáculo. Las chicas empiezan a subir a la barra, y Gates le lanza una mirada cómplice a Ana, sin perder la sonrisa. -Empiezas a tener más poder que yo en el Dingo, esto no me gusta nada.- Enarca una ceja y le mira el culo de una manera genuinamente discreta. Habla bajando el tono de voz. -Y ya hablaremos de esos pantalones…-

Ana se parte de risa y junto con Kate se bajan de la barra para dejar más espacio libre, apoyándose en una columna y contemplando la escena con los brazos cruzados y una sonrisa cabrona mientras tres chicas visiblemente borrachas lamen todo el cuerpo a Brian. Annie habla alzando el tono de voz, diciendo algo que todas obedecen enseguida. -No tengáis prisa chicas, y aseguraos de que no os dejáis ningún hueco libre...-

La cara de Brian es un poema, y los gestos que pone aún más. Las coyotes parecen estar pasándoselo tan bien como las chicas que tiene alrededor, que no paran de reírse y de hacer comentarios que se salen de lo normal. El local entero es una pura fiesta, y las propinas y las consumiciones empiezan a subir a lo bestia, para felicidad de Dean, que lo contempla todo cruzado de brazos, riendo por lo bajo. Kate alza la voz, hablando como puede por culpa del ataque de risa que se ha apoderado de ella. -¡Vamos, hasta que no se le borren los tatuajes nadie baja de la barra...!- 
La música sigue puesta a todo volumen, y cuando el mini show que han montado las chicas termina después de unos minutos más de diversión, de risas y de una situación más que tensa para el chico de ojos oscuros, las coyotes vuelven a su sitio, invitan a Brian a un par de copas y le dejan entrar a la zona privada, más que nada a buscar urgentemente los vestuarios con ducha… Entra a la sala de duchas, se quita la ropa y la deja sobre una silla, colocándose bajo una de las mangueras y dejando que el chorro de agua templada le caiga encima de lleno, refrescándolo y relajándolo. Es sin duda una sensación de alivio y paz que nunca antes había sentido en el Red Dingo. 
De pronto y sin que Gates se dé cuenta porque estaba de espaldas a ella, la puerta se abre y Cynthia le mira de arriba abajo con una sonrisa pícara, mordiéndose el labio inferior. Cuando el chico de ojos oscuros se gira y la ve, es tal el sobresalto que pega un grito y rápidamente agarra una toalla que se enfunda alrededor de la cintura. Ella ríe y sacude la cabeza, hablando con sus felinos ojos fijos en él. -No te alarmes Brian, te he visto desnudo muchas veces...-

Demasiadas veces. Más veces de las que deberías.” Gates la fulmina con la mirada y frunce el ceño. Lleva otro de esos vestidos negros ajustadísimos, unos tacones altos y sus ojos color miel cargados de malicia y remarcados con delineador negro. -Cynthia, estás tardando en salir por esa puerta…-  Enarca una ceja y habla bajando el tono de voz, peinándose el pelo negro azabache mojado hacia atrás con los dedos. -Creí que quedó claro en nuestra última conversación eso de que no quería volver a verte. Hablaba en serio, y lo mantengo. ¿Qué quieres ahora? ¿No vas a dejarme vivir tranquilo nunca…?-

Ella sonríe, se baja un poco la cremallera del vestido dejando más a la vista sus exuberantes pechos y camina hacia él hasta que está lo suficientemente cerca como para que el agua de la ducha la moje entera, haciendo que su ajustado vestido se pegue aún más a su cuerpo, resaltando sus curvas. Habla en un susurro a milímetros de sus labios, con la mirada clavada en ellos. -Veo que sigo poniéndote nervioso, y no poco… -

Lo cierto es que sí, le pone nervioso. Su demonio particular siempre le ha transmitido una mezcla letal de rabia, lujuria y un inusual mal humor. Es posible que en su tiempo Brian siempre se portara con ella de una manera incluso sumisa, dejándose avasallar por su manía de tenerlo todo bajo control, pero siente que eso ha cambiado. Es tan impresionantemente guapa como odiosa, y para bien o para mal, no parece muy dispuesta a dejarle tranquilo. Se arma de valor y de serenidad y habla, manteniendo sus ojos casi negros clavados en los de ella. -¿Nervios?- Sonríe de medio lado. -No, Cynthia.- Baja la mirada hasta su escote, suspira silenciosamente y agarrando el cierre, le sube la cremallera muy, muy despacio. -A decir verdad estás dejando de impresionarme. Te tengo muy vista y me tienes muy quemado después de todo.- La mira de nuevo a los ojos y enarca una ceja en uno de sus típicos y arrebatadores gestos, pero ya no hay rastro de sonrisa. -He tenido mucho tiempo para pensar, y te sorprendería lo mucho que he cambiado. Sal de aquí, olvida todo esto y deja de hacer el idiota de una vez. ¿Qué tengo que hacer para demostrarte que ya no te necesito…?-

Cynthia arquea una ceja, alzando la mirada hacia sus ojos y hablando sin borrar la sonrisa, que para nada manifiesta sorpresa ante sus palabras. -¿Te tengo quemado después de todo…? ¿En serio...? Vaya, entonces seguramente cuando termines con Ana ella también terminará por "dejarte quemado..."- Ríe, pero lo que no sabe es que la chica de ojos verdes lo escucha todo con atención tras la puerta. Ana sostiene en sus manos una bayeta con la que acababa de limpiar una de las mesas y siente que las piernas le fallarán en cualquier momento mientras se mantiene escuchando pegada a la puerta. Tiene miedo. Tiene miedo de que Brian admita que sólo juega con sus sentimientos. A lo mejor sí que le quiere de verdad...

Gates entrecierra los ojos ligeramente. -Ana y yo no tenemos que “terminar” nada porque no hemos empezado nada. Ella tiene novio, tiene una vida propia. Y te diré más, aunque estuviéramos juntos, hay algo que me garantiza que no acabaría quemado.- Baja el tono de voz, hablando con malicia. -Que no se parece en absoluto a ti. No le llegas ni a la planta de los pies, ni por asomo, empezando por cómo la trataste aquel día en MI casa. No la culpes a ella de tus propias obsesiones.- Camina hacia la silla donde tiene la ropa, y de nuevo parece realmente alterado. -Y deja de perseguirme, y de mirarme, y de hablar conmigo. No sé qué coño intentas, pero no voy a entrar en tu juego. Estoy cansado, cansado de todo lo que tiene que ver con tu nombre y con tu cara, y no quiero que sigas intentando nada. Las cosas han cambiado, Cynthia, ahora tengo otras miras más allá que un polvo de un fin de semana…- Se gira y la mira por un segundo, poniéndose la camiseta. -Y por tu sonrisa puedo deducir que te da lo mismo todo lo que te estoy diciendo, pero no dirás que no te advertí.- La chica de ojos color miel por un momento considera que todo lo que esté diciendo sea en serio. Pero es débil, muy débil, y ella lo sabe mejor que ninguna…Se cuelga los pantalones al hombro y resopla, cansado. -Ahora, si no te importa, vete y deja que acabe de vestirme, Cynthia…-

En cuanto oye a Cynthia acercarse a la puerta Ana echa a correr y se coloca en su lugar tras la barra, atendiendo a los clientes con una sonrisa imborrable. No puede creerse lo que ha oído. Está verdaderamente sorprendida y no mentiría si admitiera que esperaba que dijese que sólo la quería para acostarse con ella... La chica de ojos color miel abandona el cuarto de duchas con cara de bastantes pocos amigos. Cruza la barra lanzándole una mirada de odio a Annie y tras abrirse paso entre la gente, se reincorpora a su grupillo de amigas.

Poco tiempo después Brian sale, con el pelo revuelto y empapado. Ana se sorprende a sí misma mirándole ensimismada. Suspira y sacude la cabeza, atendiendo al último cliente que requiere de su atención. Se acerca la una de la mañana y el bar ha empezado a perder clientes hasta que sólo quedan los más habituales, sentados en los sofás del fondo del bar y algunos apoyados en la barra, sobre la que ahora está sentada Ana, mirando a Brian con una leve sonrisa mientras este conversa con un par de muchachos. De fondo suena Sweet Home de Mötley Crüe y sin duda el ambiente está mucho más tranquilo que cuando empezó la noche. De pronto las miradas de Ana y Brian se cruzan y es en ese momento cuando se produce la magia. Él siente esa especie de hormigueo en el estómago al ver su sonrisa, que ahora es leve pero sigue siendo igual de hermosa. Ana se encoge de hombros y sin apartarle la mirada ni dejar de sonreír, suspira, balanceando los pies que no le llegan al suelo.

Gates amplía su sonrisa de una manera inocente y adorable que desde luego tiene muy poco que ver con su estilo en general. Se despide de sus dos amigos, que salen del local enseguida, y camina hacia ella, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros aún mojados de champán. Se aposta delante de ella, plantando las manos a cada lado de donde está sentada, y hablando frente a ella sin perder esa sonrisa, bajo las miradas cotillas de Karina y Charlotte, que tratan de poner un poco en orden las sillas, los sillones y las mesas que no están ocupadas y que han quedado descolocadas, mientras Kate habla con Dean dentro del almacén, probablemente discutiendo sobre el nuevo inventario que hay que hacer. Ha quedado un ambiente más tranquilo de lo normal, la música está más baja y la gente que bebe y habla lo hace sentada, bastante cansados por la fiesta pero sin querer irse aún. -Menuda pasada. Hoy habéis conseguido más ganancias que nunca.- Ríe. -Qué haríamos sin vosotras…-

Ana ríe, sacude la cabeza y enrolla las piernas alrededor de la cintura de Brian, atrayéndole hacia ella aún más y hablando sin borrar la sonrisa, con la mirada en sus labios que después rápidamente desvía hasta sus ojos. -Ha sido una noche genial, me encanta eso de ser coyote, ni te lo imaginas... ¿Y cuándo te subimos a la barra y todas empezaron a chuparte?- Ríe de nuevo con malicia. -A Kate y a mi casi nos da algo, tendrías que haber visto tu cara…-

Él baja la mirada por un segundo, reprimiendo una risotada. La mira enarcando una ceja, sin poder ocultar una sonrisa traviesa que lucha por no irse de sus finos labios. -Bueno, la verdad es que ha sido jodidamente tenso, pero podría acostumbrarme. Si os parece bien, cambiamos las subastas por esto y todos contentos…- Habla intentando ponerse serio, pero acaba partiéndose de risa. Le coloca un mechón de pelo tras la oreja y habla en su oído, intentando volver a sonar serio sin éxito mientras acaricia con una mano sobre su pierna los pantalones de cuero ajustados. -Y a propósito, cada vez me gusta más vuestro vestuario…-

Ana ríe, llamando la atención de todos los clientes. Se ruboriza y cuando por fin todos hubieron vuelto a sus respectivas conversaciones, mira a Gates y habla en un susurro, con una ceja arqueada y una sonrisa dibujada en sus labios, cada vez más cerca de los de él. -Ah sí..? Pues yo odio estos pantalones. No puedo caminar casi con ellos...- Ríe por lo bajo.

-Desde luego, te quedan condenadamente estrechos, pero eso no es precisamente malo.- Quizás sea culpa de la cantidad de chupitos que han bebido esa noche, que a pesar de no haberse llevado su razón, sí que ha hecho desaparecer algo de vergüenza y de discreción, pero Karina y Charlotte tienen que bajar la mirada entre risitas cuando Brian empieza a hablar casi rozando los labios de ella, en un susurro.  -Annie, me estás poniendo nervioso de tanto mirarme la boca y si no dejas de hacerlo, con todo el amor de mi corazón, voy a ser un chico malo y voy a dejarte en evidencia delante de la poca gente que queda en el bar porque voy a besarte y lo voy a hacer muy fuerte…-

Ana sonríe y su sonrisa se vuelve adorable. Alza su mirada hacia los ojos de él y habla en un susurro. -¿Sí…? Pues venga, hazlo…-
Brian frunce el ceño y en un movimiento delicado, ágil y firme, le agarra la cara y le muerde el labio, tirando de él hacia atrás. La besa con fuerza, olvidándose de dónde está, de que todo el mundo puede verles, y tratando de ignorar los silbidos de cierta gente que aún ocupa el Dingo. Si sólo pudiera hacer ésto más veces al día...

Ana ríe separándose apenas unos milímetros de los labios de él para después volver a besarle. Pasa sus brazos alrededor de su cuello y le atrae hacia ella, besándole largamente. Brian le acaricia la espalda y termina por bajar las manos hasta su culo, atrayéndola hacia él. Las chicas miran la escena con una sonrisa y murmuran por lo bajo y Matt, que los mira con una amplia sonrisa apoyado de brazos cruzados en una columna susurra para sí, dejando que su sonrisa se torne en una sonrisa de puro orgullo. -Ahí vas, Gates. Ahí vas...-
Para alejarse de todas las miradas indiscretas, se quitan de la barra y acaban sentados en un sillón grande de una de las esquinas del bar. Aunque quieren, no pasan desapercibidos. No todos los días los clientes del Red Dingo ven a su camarero más legendario y a su coyote más exitosa en una situación tan cariñosa, e incluso la gente del personal se queda de medio lado al ver a ambos comiéndose a besos, ella sentada en sus rodillas y él rodeando su cintura con los brazos. Parece que se susurran cosas entre beso y beso, y hacen una imagen tan bonita y transmitiendo tanta confianza entre ellos, que casi parecen una pareja de verdad. “Ojalá fuera de verdad. Son muy diferentes, pero pegan muchísimo juntos…” Karina no para de susurrar, y de verdad le encantaría que sus deseos se cumplieran. Ya ha visto cómo se miran, cómo Brian no le quita los ojos de encima a la niña de ojos verdes…
Cynthia los mira recelosa desde la esquina opuesta mientras las amigas de su grupo no dejan de chismorrear entre ellas. Ana y Brian, ajenos al mundo que los rodea en ese momento, continúan con una cadena de besos y caricias interminable bajo las enternecidas miradas de los ocupantes del Dingo, tanto por parte de clientes como por parte de empleados.
De pronto la puerta se abre y todos los chismorreos cesan de golpe. Los dos chicos siguen a lo suyo, pero Ana no puede evitar sentir un escalofrío al intuir unos ojos fríos, hostiles y azules clavados en su espalda.

Annie, que ahora está sentada a horcajadas frente a Brian, observa como el gesto del chico de ojos oscuros se ha ensombrecido de golpe. Ahora ni siquiera contesta a sus besos, como si se hubiera quedado congelado, mirando algo detrás de ella, por encima de su hombro. Susurra solo para que la chica le escuche, agarrando sus muñecas con cuidado y apartando las finas manos de Annie de su pecho, donde estaban apostadas. -Charlie...-

Ya no hay mucho que disimular. Ni siquiera sabe cuándo ha entrado, pero sabe que, por la manera de matarlo con la mirada mientras camina hacia él, ya lo ha visto todo. Se levanta del sillón haciendo que Ana se levante también y mire hacia atrás, horrorizada. Todo el bar parece haberse paralizado...

Rápidamente Ana se coloca frente a Brian y empuja a Charlie ligeramente hacia atrás, apresurándose a hablar nerviosa, alterada y asustada, a punto de llorar. Rezando porque nadie alcance a escuchar lo que dice, la chica de ojos verdes habla en un susurro suplicante, con la voz quebrada. -Charlie, Charlie tranquilo, puedo explicarlo, por favor...- Sin prestar atención alguna y resistiéndose a la fuerza que Ana opone, el chico de ojos claros tiene la mirada clavada en Gates de una forma sanguinaria, respirando como un animal enjaulado y cada vez más agitado, como si estuviese a punto de matarle.

Brian mira a Ana, nervioso, por unos instantes. Charlie debe estar muy cerca de querer hacerle daño, y al menos él mismo podría defenderse, pero la chica de ojos verdes no tendría ninguna oportunidad. No le importa en absoluto la verdad, y tampoco meterse en una pelea. Lo único que es de verdad primordial para él es salvarle el cuello a Ana, que a decir verdad y en una situación tan límite, no sabe cómo va a reaccionar. Chasquea la lengua y trata de excusarse sin éxito, con sus ojos oscuros clavados en los de él. -Escucha, Charlie. Es la primera vez que pasa, estábamos haciendo el idiota...-

El chico de ojos claros aparta a Ana con un empujón, lanzándola contra un grupo de clientes que presenciaba la escena en guardia por si tenían que intervenir en algún momento para separar a los dos muchachos. Se acerca a Gates con paso decidido y apuntándole con el dedo índice de una forma bastante amenazadora y habla impregnando sus palabras con el más profundo odio y la más oscura rabia. -Yo no hago el idiota así con las tías, Brian. Y mucho menos con señoritas que sabes que tienen novio.- 
Charlie mira a Ana, que ahora contempla la escena asustada, con los ojos llenos de lágrimas y abrazada a Karina, que le acaricia el pelo para tranquilizarla. Charlie sonríe de medio lado sarcásticamente y resopla. -Pero tú.... Tú no eres una señorita. Eres una miserable puta que se desvive por la cartera de cualquier muerto de hambre que viene aquí. Eres una puta, Ana. Eres una sucia guarra, y lo supe desde el primer momento en que te empotré contra el cabecero de mi maldita cama, pero te estaba dando una oportunidad para que me demostrases lo contrario y...-  Abre los brazos en señal de inocencia, sin borrar la sonrisa. -No lo has hecho. Es más, ¡me has dado la razón...!-  Ríe sádicamente, chasqueando la lengua. Después suspira y mira a Brian, borrando la sonrisa poco a poco. -Y en cuanto a ti...- Baja la mirada y se queda en silencio para, segundos después, volver a mirarle, agarrarle por el cuello de la camiseta y llevárselo contra la pared para, una vez lo tiene empotrado, hablar en un susurro más que amenazante muy cerca de sus labios, mirándole con desprecio. -Vas a aprender a no tocar lo que es mío, maldito hijo de puta...-

Matt camina hacia la escena nada más escuchar terminar de hablar Charlie, pero Dean lo agarra del brazo y le para, a la vez que Brian le mantiene la mirada por un segundo. Es suficiente un segundo para que el chico de ojos verdes entienda lo que su amigo de toda la vida quiere decirle. No quiere ayuda. Si alguien tiene que entrar en las consecuencias, son él y Charlie, y nadie más. Siempre ha odiado las peleas en el bar, las ha odiado con toda su alma, pero ésta vez se va a ver a sí mismo metido en una. Siente la fuerza del puño cerrado de Charlie, apretando su camisa y empujando contra su pecho, que ahora sube y baja nerviosamente por culpa de su respiración. No quiere parecer nervioso, pero Charlie desde luego le iguala en fuerzas, o quizás lo supere. Habla entre dientes, rabioso y hostil, clavando sus ojos oscuros en los de él. -Suéltame, Charlie, y si vas a partirme la cara, hazlo fuera del bar...-

Ana logra separarse de Karina, que la tenía aferrada con fuerza. Corre hacia los dos chicos y se abraza a Charlie por detrás, rompiendo a llorar y hablando en el tono que su voz le permite mientras los clientes observan la escena angustiados pero intrigados, colocados en círculo alrededor de los dos chicos. -Charlie, por favor, déjale, no hagas tonterías... Hablaremos de esto en casa, ¿sí? Vamos. Vámonos a casa, cielo. Por favor, déjale...-

Charlie se zafa del agarre de Ana, se gira y le agarra la carita empapada en lágrimas con una fuerza que sobrecoge, asusta a los ocupantes del Dingo, hace que la chica suelte un gemido casi inaudible de dolor y hace que a Brian le hierva la sangre. Charlie habla en su oído, en un susurro hostil y cargado de malas intenciones, que hace que a Annie se le llenen los ojos de lágrimas. -Sal fuera y entra en el puto coche.- Baja aún más el tono de voz, impidiendo que nadie más que su chica, por culpa del murmullo y de la música que aún suena, pueda oírlo. -Te juro por lo más sagrado que si me obedeces ahora, no discutiré contigo en casa. -Alza el tono de su voz, pero no deja de ser un susurro que acompaña la manera brusca en que le suelta la cara. -Corre. Te doy cinco putos segundos para que desaparezcas de mi vista…- Nadie parece querer moverse, nadie quiere atreverse a dar un paso adelante, y nadie quiere desencadenar una pelea dentro del local. Una pelea, que por otra parte y a juzgar por la manera en la que Brian mira a Charlie, parece completamente inevitable…

Annie le lanza una última y desesperada mirada a Brian, después a Matt y finalmente sale corriendo del Dingo, en dirección al coche. Cuando sale a la calle se sube rápidamente y entierra la cara entre sus manos, rompiendo a llorar. Mientras tanto dentro del bar la gente ha empezado a salir y ahora se agolpan en la acera, en torno a los dos chicos, que se miran a los ojos desafiantes, como dos fieras a punto de destriparse. La chica de ojos verdes desde el coche ni siquiera es capaz de mirar, no quiere mirar, solo quiere salir de allí cuanto antes...
Ana, desde la calle, empieza a escuchar un griterío insoportable dentro del Dingo, pero no es de ese tipo de murmullo de alegría. Es un murmullo de gritos de pura desesperación, de insultos y entre las voces puede oír las de sus compañeras, que gritan realmente encendidas. No puede mirar, no quiere alzar la mirada, no quiere mirar a la puerta y por accidente ver algo que no quiere ver. Impotente y desesperada, enciende la radio y sube el volumen al máximo. Ni siquiera sabe qué está escuchando, no oye nada, no puede pensar nada, pero al menos el sonido de los comentaristas tapa el del griterío.
Lo siguiente que escucha, tras unos minutos que se le hacen interminables, es la puerta del conductor abriéndose y cerrándose después. Charlie se sienta y arranca, saliendo rápido de la zona del Red Dingo, en dirección de vuelta a casa. Tiene el gesto desencajado, y casi da miedo. Respira fuerte y precipitadamente, y tiene el labio superior partido, aunque no parece mucho. Hay algo que inquieta más a Annie, mucho más. Tiene los nudillos destrozados, destrozados por completo y hechos una herida más que terrible, y sus manos doloridas casi tiemblan mientras sujetan el volante.

Ninguno de los dos habla durante todo el viaje, y ni siquiera para cuando salen del ascensor y pisan el rellano del sexto piso del bloque, han intercambiado aún una sola palabra. A Annie se la comen los nervios, y las preguntas, y las dudas sobre qué ha pasado, sobre si Brian ha salido demasiado mal parado, pero sabe que ahora no debe hablar. Jamás antes ha visto a Charlie así, y mientras mete la llave en la cerradura con las manitas temblorosas, piensa lo único positivo que se le ocurre. "Al menos mantiene su promesa de no discutir más éste tema...". Puede sentir su mirada clavada en la nuca. Respira como un animal salvaje, como una fiera que va a saltar a su espalda en cualquier momento.

Finalmente Annie abre la puerta y entra rápidamente. Si quiere discutir, que al menos no lo haga en el rellano para que los vecinos puedan oírle... Después, asustada y tensa se gira y le mira. 
Él le mantiene la mirada de una forma que aterrorizaría a cualquiera, probablemente tan tenso o más que ella, respirando aún con agitación a causa de lo desquiciante de la situación.
Casi podría decirse que la mira con asco. Con asco y con desprecio, y nadie se imagina lo mucho que le duele a Annie dentro de sí. La agarra de un brazo con fuerza, la lleva contra la mesa del salón, la agarra del pelo y habla muy cerca de su boca, loco de rabia, mientras ella rompe a llorar cerrando los ojos con impotencia. -¿Cuántas veces te has follado ya a tu vecino, eh? ¿Cuántas veces me has hecho quedar ya como un cornudo asqueroso?- Nadie podría imaginarse lo pequeña, lo débil y lo indefensa que se siente ahora frente a Charlie, frente a su odio y a su fuerza, las ganas que tiene de desaparecer… Él la suelta y sin separarse de ella un milímetro, agarra la gabardina que lleva puesta la chica de ojos verdes, abriéndosela de golpe y haciendo saltar todos los botones que la mantenían cerrada. 

A la vista de su chico quedan el top de lentejuelas que dejan a la vista su escote, los pantalones de cuero negro tremendamente ceñidos y los tacones de plataforma. Susurra mirándola de arriba abajo, humillándola con las palabras que dice. -Así que esto es lo que haces, por supuesto. Seguro que tanto a tu público como a Brian les encanta que te vistas como una puta barata, ¿verdad que sí? Estoy seguro de que a tu amiguito, al hijo de puta de los tatuajes y las pintas, le encanta que te vistas como una puta para él y para su asqueroso local nocturno…- La fulmina con la mirada, clavando sus gélidos ojos azules en ella antes de cruzarle la cara de una bofetada que hace que la chica gire la cara y se lleve una mano a la mejilla, sin poder controlar sus lágrimas silenciosas mientras él sigue gritando. -¡Dime a qué coño juegas, Ana! ¡Dime dónde quieres que llegar con toda ésta basura que le daría vergüenza a tu propia familia!- Entrecierra los ojos y la agarra de la barbilla, obligándola a mantenerle la mirada mientras dice algo que se clava dentro del alma de Annie como un puñal. -Qué pensaría el bueno de tu padre si supiera que su hija se ha convertido en una fulana que acaba ofreciéndose a cuatro patitas al primer chulo con dinero que se le acerca…-

Ana rompe a llorar desconsoladamente y Charlie, lejos de sentir compasión con ella, la mira aún con más desprecio y le pega otra bofetada, pero esta vez lo hace en la otra mejilla. -¡Maldita sea, te estoy hablando! ¡Deja de lloriquear como una puta cría...! ¿Qué pensaría el bueno de Jeff? ¿Crees que le hubiese gustado eso de saber que cuando cumpliese veintiún años la niña de sus ojos se dedicaría a vender su cuerpo por ahí en vez de honrar su memoria?!- Ríe sádicamente. -Porque a mí me parece que no, Ana. Estaría decepcionado. Tanto él como el resto de tu familia, y sería una verdadera pena que se enterasen de esto. No vales para nada, joder…- Habla en un susurro cerca de su cuello, loco de rabia. -No vales para absolutamente nada que se diferencie de chupársela al primero que te enseñe sus dólares, y eso por no hablar del chulo de enfrente...- 

La agarra de un brazo con brusquedad, la aparta de la mesa y se la lleva casi a rastras hacia el baño. Una vez allí le quita la gabardina y la deja caer a sus pies, parándose con Annie ante el espejo. Se coloca detrás de ella y coloca sus manos sobre sus hombros. Ana puede verse. Se ve reflejada a sí misma con la cara enrojecida por las bofetadas, el maquillaje corrido y los ojos destrozados de llorar. Charlie se mira también en el espejo y habla en su oído, acariciándole los hombros con suavidad. -Mírate. ¿No te das asco...? Vamos Annie, ¿Vas a decirme que te ves con los mismos ojos...?- Ana entierra la cara entre sus manos y zafándose de las manos de Charlie se cae al suelo de rodillas, hablando mientras llora a llanto limpio. 
-Basta ya Charlie, déjame tranquila por favor... No me hagas más daño. Por favor…-

Él enarca una ceja y reprime una sonrisa triunfal. Se coloca en cuclillas tras ella, le acaricia el pelo en un gesto de cariño sádico y susurra cerca de su oído. -¿No quieres más daño? Por supuesto que no te lo haré, pero tú como condición no volverás a ese bar asqueroso en tu vida, y no vas a volver a acercarte a Brian ni a ninguno de sus amigos porque si lo haces,- Baja aún más el tono de voz. -Las bofetadas van a parecerte una jodida bendición al lado del daño que voy a hacerte…- Le coloca un mechón de pelo tras la oreja y suspira profundamente, mirándola casi con curiosidad sádica. Parece una de esas muñecas de porcelana, pero una muñeca rota, hecha pedazos. 
Tiene la misma carita pálida y triste, está sentada en el suelo de ninguna manera en concreto, como si simplemente hubiera perdido la fuerza que la mantenía en pie, y su llanto es agónico y desesperado como el de una niña asustada que sabe que no tiene ningún sitio donde esconderse. Suena sádico, cruel y completamente falto de remordimientos. Ella no recordaba haber querido a un monstruo, nunca jamás. Siempre lo vio como al más bonito de los príncipes azules. La voz de Charlie en su oído suena como una caricia, suave y retadora, y solo hace que Annie quiera llorar más. -Métete en la ducha, quítate ese maquillaje, esa ropa de puta, ponte algo digno y métete en la cama. Se ha acabado la fiesta, Ana.- Chasquea la lengua y le acaricia la cara. -Y no te preocupes por tu amigo.- Le enseña las manos, cuyos nudillos aún siguen sangrando y dan prueba de que los golpes que ha propinado han sido condenadamente fuertes. -Te aseguro que se le han quitado las ganas de volver a hacer el idiota con mi novia…-

Charlie se levanta y, dejándola ahí, sale del baño, cerrando la puerta tras de sí. Sus pasos desaparecen por el pasillo y finalmente se oye otra puerta cerrarse, la cual seguramente sea la de la habitación. Tras pasarse unos cuantos minutos más llorando en el suelo, la chica de ojos verdes se levanta, destrozada y dolorida por todas partes, como si le hubiesen pegado una paliza. Se mira al espejo y al ver su aspecto rompe a llorar de nuevo, empezando incluso a temblar. Se da asco. Se da asco y no precisamente por todo lo que ha hecho con Brian. Está asqueada de sí misma por tener que estar al lado de alguien como Charlie, de un monstruo del que no es capaz de librarse. Y mientras tanto, el que probablemente es el único tío al que realmente quiere y por el que se siente realmente querida está en algún lugar de esa misma ciudad, recuperándose de sus heridas.

Como si fuera poco, su 'novio' la ha obligado a dejar el Dingo y a dejar de ver a Brian, lo cual le duele incluso más que las bofetadas. No, no Annie, tienes que hacer algo... cuanto antes, se dice a sí misma entre lágrimas sin apartar la mirada de su reflejo. Obedientemente se mete en la ducha y se tira una media hora llorando bajo el agua, dejando que esta se lleve todas sus lágrimas. Se pone un pijama que consta de un pantalón largo y una camiseta de tirantes y tras recogerse el pelo en una coleta sale del baño. Está destrozada y lo único en lo que puede pensar es en Brian. En dónde y en cómo estará. No ha oído ningún ruido en el rellano así que ni siquiera sabe si ha vuelto a casa, pero juraría que no es así. Avanza por la casa en plena oscuridad y entra en el salón. Se sienta en el sofá y se queda con la mirada clavada en el suelo. Rompe a llorar de nuevo pero esta vez lo hace silenciosamente, sin querer que nadie y mucho menos Charlie pueda oírla…


Por el amor de Dios. Brian. ¿Qué habrá sido de Brian…?