viernes, 20 de diciembre de 2013

Capítulo 17.- Una chica con miedo, el accidente en el Dingo y un monstruo desatado.



[Cuando después de un rato comienzan a vestirse de nuevo, tras haber recogido la ropa desperdigada por el suelo, se dan cuenta de que la noche se les ha echado encima, y que está a punto de amanecer. Todavía les queda por colocar una parte de la barra y con suerte, se irán a casa en menos de media hora. Ninguno de los dos puede borrar una sonrisa cómplice de los labios, y tampoco ninguno necesita decir lo bien que ha estado lo que acaba de pasar, sino que empiezan a dar por normal esa química explosiva que surge cuando menos se lo esperan. Cuando salen del Red Dingo, ya han dado las seis de la mañana. Caminan por las calles de un Los Ángeles que empieza a despertar, pateando las aceras aún mojadas por culpa de la tormenta que remitió hace algunos largos minutos. Annie y el chico de ojos oscuros, que ahora se fuma un cigarrillo, llevan las miradas clavadas en el suelo. Él quiere irse con ella, y ella no quiere tener que irse con Charlie. Si la chica de ojos verdes supiera lo que le espera en casa en algunos minutos, quizás pararía en seco y se pensaría dos veces lo de dormir en el Dingo lo que queda de noche…]


Caminan hacia el parking y una vez allí Brian le abre la puerta del coche a Annie para que pueda entrar. La chica de ojos verdes se arropa con el largo abrigo negro que lleva siempre para tapar su ropa de trabajo y Gates entra enseguida en el coche, sentándose en el asiento del conductor. Abre la ventanilla y conduce con una mano, manteniendo el codo por fuera y sacando la otra mano de vez en cuando para tirar la ceniza del cigarrillo. Es entonces cuando, conduciendo con la mirada puesta en la carretera pero la mente en las nubes, siente algo que se posa sobre su hombro. Al mirar, se da cuenta de que Ana se ha quedado dormida y ahora descansa apoyada contra él, abrazada a su brazo de una manera adorable, como si no quisiera soltarle.

Él la mira por un segundo con una sonrisa en el más absoluto de los silencios, para después dirigir su mirada al frente. Conduce en silencio unos cinco minutos más en los que su chica de ojos verdes sigue plácidamente dormida. Parece como si le necesitara mucho más de lo que él mismo piensa. Llega a los aparcamientos del bloque de pisos en menos tiempo de lo que esperaba, ya que el tráfico, para su sorpresa, estaba mucho menos congestionado que de costumbre. Saca la llave del coche y suspira largamente, mirando a Annie en silencio. Casi da pena despertarla. La zarandea con cuidado, y habla en un susurro. -Ana, ya hemos llegado. Estamos en casa…-

La chica de ojos verdes suspira profundamente y en un principio parece que se resiste a despertar pero tras soltar un gemido adorable y apenas audible, va volviendo al mundo real poco a poco. Mira a Brian y habla en un murmullo, con la voz pastosa, un tanto desubicada. -Ya... ¿Ya hemos llegado…?-

Gates ríe por lo bajo, le acaricia la cara y asiente. -Hemos llegado. Venga, ánimo, que ya verás cómo en nada estás metida en la cama, durmiendo como un tronco.- Sale del coche, cierra y tras rodearlo, le abre la puerta del copiloto a Ana, que sigue como en otro mundo. Seguramente no tendría ningún inconveniente en pasar el resto de la mañana durmiendo allí metida, con tal de no moverse de donde está. Él le tiende la mano y ella sale, con una de esas caras de sueño que le hacen parecer algunos años más joven, como una adolescente cansada después de una fiesta larga. Le rodea la cintura con un brazo y echa a andar a su lado. Lo cierto es que él también está destrozado, y necesita dormir de manera muy urgente. Entran en el ascensor, pulsan el botón del sexto piso y esperan a que el viejo cacharro llegue a su destino, bostezando y cerrando los ojos cada dos por tres. Cuando el ascensor se para dando uno de esos botes incómodos y repentinos que nadie se espera jamás, Ana resopla. Otra jornada soportando a Charlie, otro día más aguantando sus tonterías, sus manías, sus caprichos... Otro día más obligada a vivir al lado de alguien a quien no quiere y por quien se culpa a sí misma de no tener valor para terminar. Las puertas del ascensor se abren y los dos chicos suspiran amargamente, sabiendo que tienen que separarse de nuevo. Salen y para cuando el ascensor vuelve a cerrarse de nuevo, Ana mantiene su mirada en Brian, que no la ha apartado del suelo ni un segundo, pensativo.

Él la mira, suspira, fuerza una sonrisa y habla. -Yo… Estaré en casa todo el día. Ésta noche no me toca trabajar en el Dingo, pero iré de todas formas. No tengo nada mejor que hacer. Sé que tú sí tienes turno hoy a las doce, así que…- Ríe cansado. -Te veré allí.- La trae contra sí y la funde en uno de esos abrazos cargados de protección, uno de esos de los que ninguno quiere salir. Habla en su oído, en un susurro casi inaudible. -Ánimo, Annie. Sé más fuerte que él y no dejes que te hunda. Seguro que ya no le queda mucho tiempo aquí, aunque no te lo diga...-

Ana entierra la cara en su pecho y le acaricia la espalda mientras él le besa el pelo. Cuando se separan ella le dedica una sonrisa. Triste y apagada, pero sonríe al fin y al cabo, y eso a Brian le encanta. Le encanta verla sonreír y que se despida de él con una sonrisa. Suspira y susurra, metiendo las manos en los bolsillos de su gabardina. -Nos vemos...-

-Ésta noche.- Brian le devuelve la sonrisa con la misma fuerza y camina hasta su puerta. Entra en el piso y deja las llaves en la entrada, suspirando pesadamente. Le hace gracia como, a pesar de no tener el carnet, Matt le deje el coche para volver a casa. No, no es un acto de buena fe sin más, lo que es es más bien una excusa de su amigo para poder volverse con Karina de vuelta a casa en el coche de ella, con la que últimamente parece un poco obsesionado. Está tan cansado que casi se queda dormido en la ducha, de pie.

Annie ha entrado en casa, y nada más hacerlo, se ha encontrado con la casa en total quietud, cosa que no le tranquiliza en absoluto. Se ha duchado para, aunque no quiere tener que hacerlo, librarse de ese olor a la colonia de Brian, del olor del champú de su pelo que aún se mantiene impregnando sus manos. Por culpa del calor, acaba vistiéndose con una camiseta ancha y unas bragas como único pijama, y entra en la habitación que comparte con Charlie. Su chico de Detroit está en la cama, de espaldas, vistiendo unos pantalones claros y finos de pijama, y parece dormido profundamente, en silencio, tanto que ni siquiera la advierte al entrar. Ella se acuesta con cuidado, a algunos centímetros de distancia de él. Está más fuerte que cuando estaban juntos en Detroit, y cae en ello porque su espalda le parece más ancha de lo habitual. Suspira profundamente y cierra los ojos, dejando que todo lo que ha vivido esa noche le acaricie los pensamientos y la lleve a relajarse. La voz de Charlie, que para nada suena pastosa ni cansada, la hace abrir los ojos. Sigue de espaldas, pero no estaba dormido. -¿Quién te ha traído a casa?-

La voz de Charlie, tan inesperada como siempre, sobresalta a Annie, quien siente que se le corta la respiración. Abre los ojos, traga saliva y habla aún de espaldas a él, en un murmullo, como si no quisiera molestar a la bestia que sabe que puede llegar a ser. -He... He venido sola, caminando. Por... Eso he tardado. Y bueno, porque me quedé a recoger el bar, Charlie...-

Charlie se da la vuelta en la cama y la mira de fijo, tanto que la chica puede notar su mirada fría y azul clavada en su nuca. Su chico dice algo que hace que sus ojos verdes se cierren por culpa del miedo de no saber qué decir. -¿Ah sí? Debes de ser la favorita de tu jefe. Qué chica más responsable… No he dormido desde que te fuiste, Ana. He estado esperándote despierto toda la noche. Pero ya veo, tú y el bastardo del piso de en frente con el que te has despedido entre cariñitos debíais de tener mucho que hacer, ¿no?- Susurra con una sonrisa sádica de medio lado casi imperceptible, que la chica no ve pero puede notar. -¿Crees que voy a dejar que estés mintiéndome y riéndote de mí continuamente…?-

Annie traga saliva y habla en el mismo tono, sin abrir los ojos, sin volverse, agarrando las sábanas con fuerza entre sus manos, aterrada. -No te miento Charlie, Brian y yo sólo somos amigos, compañeros de trabajo y vecinos. Y ya está, nada más. Yo nunca te haría algo así...-

Él hunde los dedos en su pelo y los desliza a través de sus mechones aún húmedos en lo que pretende ser una caricia inocente que acaba resultando más amenazadora, hostil y sádica que inocente. Le rodea la cintura con un brazo y la atrae hacia él, pegando la espalda de su chica contra su pecho. Puede notar lo tensa y lo asustada que está, y eso no solo le gusta, sino que además le parece un signo inequívoco de culpabilidad. Habla de nuevo, en un tono de voz tranquilo y falsamente comprensivo que a una indefensa Annie no le gusta en absoluto. -¿Te has quedado con él a recoger el bar y te ha traído de vuelta…?-

Ella sacude la cabeza, sintiendo que se echará a temblar en cualquier momento. Habla en un susurro, cerrando los ojos cada vez que él desliza los dedos entre su pelo. -No, he venido sola. De veras...-

Charlie repite la pregunta bajando el tono de voz aún más, convirtiéndolo de nuevo en un susurro hostil. -¿Entonces también has estado sola recogiendo el bar?- Chasquea la lengua con desaprobación fingida, haciendo su papel de novio preocupado. -Espero que no haya sido así, Annie.- La besa en el pelo fríamente, en un falso gesto protector. -Una chica como tú, sola en un local como ese a altas horas de la mañana. No quiero ni pensarlo…- Annie se siente pequeña, pequeña y en peligro, como si estuviera en las garras de un animal tan grande y fiero que no podría vencer aunque quisiese. Ojalá estuviera en los brazos de Brian, que jamás tiene una mala palabra para su ya maltratado ego…

Ella, tratando de mantener la calma, suspira profundamente, traga saliva y cierra los ojos, sintiéndose tremendamente aliviada. No descarta la posibilidad de que le guarde rencor por esto, pero al menos tiene la sensación de que por el momento lo dejará estar. Susurra, sin moverse ni un milímetro. -Sí, he recogido yo sola, pero estoy perfectamente. No te preocupes, cielo...-

Charlie susurra diciendo algo que hace que el corazón de la chica de ojos verdes se encoja con ganas de llorar de desesperación. -Entonces cuando estés más descansada quizás quieras explicarme cómo es que has llegado en el ascensor con Brian. Qué casualidades, ¿verdad?- Habla en su oído, acariciándole el pelo y cerrando los ojos. Suena frío, rabioso y crudo, y da verdadero miedo. -Mientes peor de lo que esperaba. Es posible que si habéis estado juntos, no haya pasado nada, pero ocultándome todo esto solo me das a pensar que estás follándote a tu nuevo vecino como una zorra cualquiera a mis putas espaldas. Y ninguno de los dos queremos que eso pase, porque quizás yo me enfade mucho y tú salgas muy perjudicada, Annie, tan perjudicada que no querrás volver a ver a ese macarra en tu vida. Te come con los ojos cada vez que te ve, y el único que tiene derecho a ponerte una mano encima, a follarte o a despedirse de ti con cariñitos extraños soy yo. Eres mi chica, Ana. Mía, y no voy a dejar que ningún chulo de turno venga a quitarme lo que es mío. ¿Me has entendido, princesa…? Espero haber sido lo suficientemente claro contigo.-

Annie tiene ahora los ojos cerrados, y sus preciosos labios apretados en una fina línea. Está asustada, cansada y acorralada, y siente que todo eso no es justo con ella. Ella no quería nada de esto, no quería estar entre dos tierras, no quería conocer la peor parte de Charlie, esa que ya intuía cuando estaban juntos en Texas y que jamás quiso afrontar.

Ella suspira profundamente y armándose de valor se gira y le mira, sentándose en la cama y hablando mientras clava su mirada en los azulísimos ojos de él. Fuerza una sonrisa y habla en un tono de voz bajo, paseando dos dedos sobre su pecho desnudo. -Pero Charlie, ¿cómo crees que yo podría hacerte algo así...? Yo no le quiero a él. No le quiero para nada. Es un buen vecino y me viene de perlas eso de que pierda el culo por mí. A las chicas nos encantan esas cosas, ¿sabes…?- Se muerde el labio y baja la mirada hacia su pecho mientras lo acaricia. -No hay nadie mejor que tú, cariño, y...- Se desabrocha los primeros botones de su camisa. -Y yo no quiero a nadie más...-  
“Mentiras, mentiras, un teatro bien fingido que le servirá para salvarse de su violencia ésta vez…

El gesto hostil de Charlie se relaja dando paso a una de esas sonrisas prepotentes de pura conformidad con lo que oye. Apoya la espalda en el cabecero y la sienta sobre sí, terminando de desabrocharle los botones sin ninguna prisa, hablando mientras lo hace. -No quiero que se te acerque demasiado, cielo. Aprovéchate pero márcale distancias…- Le coloca un mechón de pelo tras la oreja y la besa con fuerza, casi de una manera posesiva, metiendo la mano por detrás de su camisa y acariciándole la espalda. Annie se marca en su interior una pequeña victoria en ésta guerra, e incluso se ve obligada a reprimir por completo una sonrisa triunfal. Quizás pueda mantenerlo tranquilo con comentarios como el que acaba de hacer, comentarios que parecen tranquilizar y conformar a su celosísimo chico de ojos azules, quizás no por mucho tiempo, pero lo suficiente para salir del paso y hacerlo “feliz”.

Charlie empieza a calentarse cuando le mete la mano por dentro de las bragas y le aprieta el culo mientras la besa con fiereza. Ana, que está ya bastante cansada después de la noche que lleva. La chica de ojos verdes se separa de él unos milímetros y le acaricia la mejilla, hablando en su oído en un susurro más que provocador. -Cielo son las seis y media de la mañana y estoy agotada. Por qué no seguimos con esto... ¿Mañana…?- Clava la mirada en sus ojos, mordiéndose el labio inferior.
Él suspira pesadamente, la besa en los labios y chasquea la lengua, soltándola y convirtiendo su voz en un susurro. -Anda, vamos. Duérmete, que ya es hora de que lo hagas.- Se levanta de la cama y abre el armario con cuidado. -Yo voy a salir a correr un rato…- Annie, echada en la cama, se tapa con las sábanas, acomoda la almohada y cierra los ojos. Charlie no tarda en salir de la habitación, y ella no tarda en quedarse dormida profundamente. Ha salvado el cuello, y lo ha hecho apenas sin esfuerzo. Quizás no sea tan complicado jugar a éste juego con Charlie, y ganarle la partida en su propio tablero…

__________________________________ _ _ _ _ ________________________________

Cuando la chica de ojos verdes se despierta a eso de las cuatro de la tarde, lo primero que hace es ir a la cocina. Sigue vistiendo su camisa ancha y sus bragas y su rostro somnoliento cambia radicalmente cuando ve a Charlie sentado en la encimera comiéndose una porción de pizza. El chico cuando la ve enseguida se levanta y camina hacia ella, luciendo una arrebatadora sonrisa a la que Ana corresponde sin ninguna gana y hablando con la voz pastosa, frotándose los ojos. -Buenos días...-

Él ríe y sacude la cabeza. -Buenas tardes, más bien.- La besa en la frente y mira hacia la mesa, donde descansa una caja de pizza que parece recién pedida. -No me apetecía cocinar, y supuse que a ti tampoco te iba a hacer mucha ilusión, así que terminé por pedir algo…- Se sienta en la encimera, al lado del ventanal de la cocina. Parece más tranquilo, incluso inofensivo, y tiene sus ojos azules clavados en la ciudad que se ve desde las alturas. -Podríamos salir a cenar por ahí hoy…-

Annie chasquea la lengua, resopla fingiendo cansancio y se apoya en la mesa, cogiendo una porción de pizza y hablando con la mirada fija en él. Habla con la boca llena de una forma adorable y graciosa, pues es casi imposible entenderla. -Tengo que trabajar...-

Charlie pone los ojos en blanco y suspira profundamente. -De acuerdo, entonces hago cambio de planes…- Dirige de nuevo la mirada hacia la ventana, y dice algo que pone nerviosa de nuevo a la chica. -Entonces iré al dichoso Red Dingo y me quedaré allí hasta que cierren…-

Annie, nerviosa, arquea una ceja, tratando de disimular su descontento con la idea. -¿Quedarte? ¿En el Dingo?- Resopla, asombrada. -Venga ya, pero si no lo soportas... ¿No es mejor que quedemos para el sábado que es cuando no trabajo...?-

Él se encoge de hombros. -Sí, pero ésta noche no me apetece quedarme solo en casa. Iré allí y punto, qué más da.- Se baja de la encimera de un salto y chasquea la lengua. -Voy a darme una ducha…- Desaparece por el pasillo, dejando a Annie poco conforme con su decisión. No le gusta, simplemente no le gusta que vaya a ir a verla a su sitio de trabajo, un lugar donde todos los chicos la miran, un sitio donde es el centro de atención… Resopla y se sienta en una silla, clavando los codos sobre la mesa y enterrando la cara entre sus manos. Si antes tenía pocos momentos a solas con Brian, ahora va a tener muchos menos y todo por el maldito empeño de Charlie de acompañarla a trabajar. ''Joder, ¿por qué no puedes dejarme en paz y largarte de una vez...?''

Tras mucho insistirle a Charlie sobre lo mucho que va a aburrirse esa noche si de verdad acaba acompañándola a su trabajo, el chico de ojos azules acaba por hartarse y decirle a Annie que no, que no irá al Red Dingo, que se pasará la noche en casa y aprovechará para ver un partido de baloncesto. De alguna manera se lo agradece, porque no, no le apetece ver como cien tíos babean con sus bailes en la barra y cómo Brian Haner se la come con los ojos. No, desde luego que no irá a ese bar de mala muerte…

La tarde pasa todo lo pacíficamente que podría pasar dentro de casa de Annie. Cuando dan las ocho en punto y tras haberse duchado, vestido, arreglado y despedido de Charlie con los mismos besos falsos de siempre, la chica de ojos verdes agarra las llaves de casa, la bolsa con su ropa de diario dentro y abandona la casa. Se mete en el ascensor y enseguida se encuentra a sí misma caminando por las semioscuras calles de Los Angeles de camino a su lugar de trabajo. 
Pasea por las aceras con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, la mirada baja y la mente en otro lado completamente diferente. Mucho más lejos que Texas, fuera de su propio mundo. Va tan absorta pensando en sus cosas que ni siquiera es consciente de que quien camina detrás y lleva varios minutos siguiéndola es ni más ni menos que Brian. A causa de las ropas que lleva la chica, el joven de ojos casi negros tampoco es capaz de reconocerla hasta que de pronto ella se lleva una mano al pelo y lo revuelve, haciéndolo ondear al viento, un gesto bastante característico en ella.

Gates sisea llamando su atención, haciendo que se gire. El chico de ojos oscuros lleva unos pantalones vaqueros desgastados, unas zapatillas negras viejas y hoy, por culpa del frío molesto que se ha levantado, lleva una chupa de cuero que le da un aspecto más pandillero de lo habitual. Le pega una calada al cigarrillo con una sonrisa de esas cargadas de misterio y habla enarcando una ceja, reprimiendo la risa como puede. -¿Cómo es posible que una señorita de su altura vaya por éstas calles sin acompañante y sin un arma blanca a mano? Qué peligro…-
Ana le mira con una sonrisa, probablemente la única que ha mostrado en las últimas horas y que de verdad no es forzada. Ríe y sacude la cabeza. -Vaya, hola. No esperaba encontrarte por aquí porque llego tarde y tú siempre sueles llegar pronto...- Arquea una ceja en un gesto travieso, con una media sonrisa pícara. -¿Faltando al trabajo, Gates…?-

Él ríe y sacude la cabeza, caminando a su lado con la energía de siempre. -De eso nada, Texas. Hoy Dean me dio el día libre, y pienso aprovecharlo al máximo, por encima de mis expectativas. Nada de camarero, hoy voy a ser un cliente.- La mira y deja que su sonrisa se amplíe, hablando sin dejar de caminar. -¿Qué tal ese día? Seguro que has conseguido dormir más que yo…-

Annie suspira, se encoge de hombros y deja que su sonrisa se sumerja en la nostalgia. Baja la mirada y camina mirando al suelo. -Bueno, sí, supongo…- No, no va a contarle lo de Charlie. Sabe cómo es Brian y sabe que solo quiere protegerla. Desde luego el ponerle en conocimiento de las amenazas que ha estado recibiendo no le traería más que problemas y eso es justo lo que menos necesita ahora.

Él evade el tema, pero más que nada porque no la ve con demasiadas ganas de seguir hablando. Ha perdido esa sonrisa de siempre, y no le gusta nada. Llegan al Red Dingo tras un paseo más silencioso que otra cosa, y se encuentran el local como siempre. Está lleno hasta los topes, e incluso hay gente que se agolpa en la puerta, creando como una especie de grupo enorme delante de la fachada luminosa del enorme bar. Brian se despide de Ana con una sonrisa cómplice, ya que la chica debe entrar por la puerta de atrás para no causar todavía más revuelo. En la puerta, Matt está haciendo de portero una noche más, y Brian se acerca a él, pegándole un puño cariñoso en el brazo. -¿Qué, Sanders?- Ríe con malicia. -¿No tienes a nadie que te haga relevo para que entres a beberte unas copas conmigo? Tengo unas cuantas preguntas que hacerte, de hermano a hermano…-

Matt suspira y con gesto cansado se deja caer contra la puerta, cruzado de brazos y constantemente en guardia para vigilar que nadie pueda colarse. -Lo siento tío, pero tendrá que ser mañana. Esta noche no tengo a nadie que me releve, Jake está enfermo y Mark se ha tomado el día libre así que...- Se encoge de hombros. -Me temo que mañana me lo tendrás que preguntar todo con más calma... Estamos hasta los topes tío, es flipante. Mira toda la gente que se ha quedado fuera...- Suspira. -¿Quieres pasar...?-

Gates echa un vistazo rápido alrededor y como si se atragantara, se encuentra con la mirada felina de Cynthia, que está rodeada de sus amigas, fumándose uno de esos cigarrillos de vainilla que tanto le revuelven el estómago a Brian. Baja la mirada, mira a Matt y asiente, como si no quisiera otra cosa en el mundo que entrar con tal de librarse de las miradas indiscretas de su acosadora profesional por excelencia. -Sí, por Dios. Te veo luego, Matt. Ánimo con el turno…-

Desaparece en el interior del bar, y cuando entra, todo el mundo pretende saludarle. Lleva en el Red Dingo casi desde su apertura, y en esa cantidad de años ha conocido a mucha, muchísima gente. Pasa cerca de la barra y saluda a las cuatro chicas con una sonrisa de pasada. Cuando le ve, Kate esboza una sonrisa de esas cargada de malas ideas, y le lanza una mirada cómplice a sus coyotes. Brian prefiere no volverse, e ir a saludar a Dean como si no hubiera visto nada. Conoce esa mirada, y las ideas de las chicas cuando se trata de conseguir propinas, y se espera otra de sus perrerías en grupo…

Las luces del local bajan de repente y los focos que están sobre la barra se encienden, dando paso a las coyotes en todo su esplendor. Ana y Kate se suben de un salto. Llevan puestos unos pantalones largos y ajustadísimos de cuero negro con un top rojo de lentejuelas y unos altísimos tacones de plataformas. Todos gritan como locos y alzan sus jarras de cerveza y demás bebidas mientras en el local comienza a resonar Pour Some Sugar on Me de Def Leppard.  Las chicas comienzan su baile sobre la barra, un baile que vuelve locos a todos y cada uno de los hombres presentes en el local. Sirven copas con ágiles movimientos al ritmo de la música y con la ayuda de una pequeña manguera que hay tras la barra comienzan a salpicar a todos, haciendo que el éxtasis entre los clientes sea aún mayor. Brian está apoyado en una columna de brazos cruzados casi al final del bar y mira a las chicas con una sonrisa de puro orgullo, pero sin poder evitar centrar la mayor parte de su atención en Annie. Maldita sea, se ve hermosa. Hermosa y radiante con ese pelo largo cayéndole sobre los hombros de una forma tan salvaje. La chica de ojos verdes y su compañera suben a un chico de entre el público a la barra y le arrancan la camiseta de un tirón, haciendo que el joven, que estaba bastante afectado por el alcohol, se eche a reír mientras les lanza miradas furtivas a ambas, cargadas seguro de segundas intenciones.

Ana le dice al chico algo al oído con una sonrisa que le hace sonreír como un idiota y perder la cabeza por completo. Es entonces cuando como si casi estuviesen controlándolo con un mando a distancia, el muchacho se tira de la barra y la gente comienza a pasearlo por los aires como si se tratase de un concierto en el que un fan se tira al público. La chica de Texas, que se da cuenta de que Gates lleva un buen rato mirándola, sonríe y le clava la mirada de una manera fiera. Estira su brazo hacia él y desde la distancia con el dedo índice le hace señales para que se acerque. 
Él se niega echándose a reír pero enseguida el resto de clientes le cogen y le pasan por encima de sus cabezas hasta que llega a la barra. En el local ha empezado a sonar Dr Feelgood de Mötley Crüe y para cuando Brian para sobre la barra las dos chicas le miran con una sonrisa fiera y burlona, dándole a entender que está a punto de pasar el momento más embarazoso de su vida.

La chica de ojos verdes se deshace de la camiseta de Brian rápidamente, haciendo que todas las mujeres del local empiecen a gritar como locas. Ella se parte de risa y él también y por lo general esa noche en el Dingo predomina un ambiente de buen rollo, como si todos estuviesen pasando una de las mejores noches de sus vidas. Kate enseguida se apresura a agarrar una botella de champán, la agita y salpica a Brian sin piedad alguna. La chica de ojos verdes agarra un micrófono y mirando al público con una sonrisa cabrona, habla. -Chicas, ¿verdad que os encantaría subiros aquí arriba y pasear vuestras lenguas por cada uno de los centímetros que este hombre de aquí tiene empapados de champán?- Todas gritan y asienten, corriendo hacia la barra. Ana mira al chico de ojos oscuros, ríe y se encoge de hombros. -Mala suerte, Gates...-
Brian las mira partiéndose de risa, sin pensar que puedan ir en serio. Clava sus ojos oscurísimos en Annie y enarca una ceja, reprimiendo la risa como puede. -Te juro que esto no va a quedar así, Ana. Te lo juro por lo que más quieras.- Kate termina de vaciarle la botella de champán por la espalda, y lo hace con una de sus sonrisas cabronas. -Deja de quejarte, Gates. Apuesto a que ésta noche es la primera en la que vas a llevarte tantos lametones gratuitos…- Brian mira a Ana, riendo nerviosamente. -Annie, escucha, ¿no podemos hacer una subasta y ya está…? Aquí hay muchas chicas…- Matt mira desde la puerta, partiéndose de risa tanto como su puesto le permite, y a Cynthia, que ha vuelto a salirse a la calle, no parece hacerle demasiada gracia el espectáculo. Las chicas empiezan a subir a la barra, y Gates le lanza una mirada cómplice a Ana, sin perder la sonrisa. -Empiezas a tener más poder que yo en el Dingo, esto no me gusta nada.- Enarca una ceja y le mira el culo de una manera genuinamente discreta. Habla bajando el tono de voz. -Y ya hablaremos de esos pantalones…-

Ana se parte de risa y junto con Kate se bajan de la barra para dejar más espacio libre, apoyándose en una columna y contemplando la escena con los brazos cruzados y una sonrisa cabrona mientras tres chicas visiblemente borrachas lamen todo el cuerpo a Brian. Annie habla alzando el tono de voz, diciendo algo que todas obedecen enseguida. -No tengáis prisa chicas, y aseguraos de que no os dejáis ningún hueco libre...-

La cara de Brian es un poema, y los gestos que pone aún más. Las coyotes parecen estar pasándoselo tan bien como las chicas que tiene alrededor, que no paran de reírse y de hacer comentarios que se salen de lo normal. El local entero es una pura fiesta, y las propinas y las consumiciones empiezan a subir a lo bestia, para felicidad de Dean, que lo contempla todo cruzado de brazos, riendo por lo bajo. Kate alza la voz, hablando como puede por culpa del ataque de risa que se ha apoderado de ella. -¡Vamos, hasta que no se le borren los tatuajes nadie baja de la barra...!- 
La música sigue puesta a todo volumen, y cuando el mini show que han montado las chicas termina después de unos minutos más de diversión, de risas y de una situación más que tensa para el chico de ojos oscuros, las coyotes vuelven a su sitio, invitan a Brian a un par de copas y le dejan entrar a la zona privada, más que nada a buscar urgentemente los vestuarios con ducha… Entra a la sala de duchas, se quita la ropa y la deja sobre una silla, colocándose bajo una de las mangueras y dejando que el chorro de agua templada le caiga encima de lleno, refrescándolo y relajándolo. Es sin duda una sensación de alivio y paz que nunca antes había sentido en el Red Dingo. 
De pronto y sin que Gates se dé cuenta porque estaba de espaldas a ella, la puerta se abre y Cynthia le mira de arriba abajo con una sonrisa pícara, mordiéndose el labio inferior. Cuando el chico de ojos oscuros se gira y la ve, es tal el sobresalto que pega un grito y rápidamente agarra una toalla que se enfunda alrededor de la cintura. Ella ríe y sacude la cabeza, hablando con sus felinos ojos fijos en él. -No te alarmes Brian, te he visto desnudo muchas veces...-

Demasiadas veces. Más veces de las que deberías.” Gates la fulmina con la mirada y frunce el ceño. Lleva otro de esos vestidos negros ajustadísimos, unos tacones altos y sus ojos color miel cargados de malicia y remarcados con delineador negro. -Cynthia, estás tardando en salir por esa puerta…-  Enarca una ceja y habla bajando el tono de voz, peinándose el pelo negro azabache mojado hacia atrás con los dedos. -Creí que quedó claro en nuestra última conversación eso de que no quería volver a verte. Hablaba en serio, y lo mantengo. ¿Qué quieres ahora? ¿No vas a dejarme vivir tranquilo nunca…?-

Ella sonríe, se baja un poco la cremallera del vestido dejando más a la vista sus exuberantes pechos y camina hacia él hasta que está lo suficientemente cerca como para que el agua de la ducha la moje entera, haciendo que su ajustado vestido se pegue aún más a su cuerpo, resaltando sus curvas. Habla en un susurro a milímetros de sus labios, con la mirada clavada en ellos. -Veo que sigo poniéndote nervioso, y no poco… -

Lo cierto es que sí, le pone nervioso. Su demonio particular siempre le ha transmitido una mezcla letal de rabia, lujuria y un inusual mal humor. Es posible que en su tiempo Brian siempre se portara con ella de una manera incluso sumisa, dejándose avasallar por su manía de tenerlo todo bajo control, pero siente que eso ha cambiado. Es tan impresionantemente guapa como odiosa, y para bien o para mal, no parece muy dispuesta a dejarle tranquilo. Se arma de valor y de serenidad y habla, manteniendo sus ojos casi negros clavados en los de ella. -¿Nervios?- Sonríe de medio lado. -No, Cynthia.- Baja la mirada hasta su escote, suspira silenciosamente y agarrando el cierre, le sube la cremallera muy, muy despacio. -A decir verdad estás dejando de impresionarme. Te tengo muy vista y me tienes muy quemado después de todo.- La mira de nuevo a los ojos y enarca una ceja en uno de sus típicos y arrebatadores gestos, pero ya no hay rastro de sonrisa. -He tenido mucho tiempo para pensar, y te sorprendería lo mucho que he cambiado. Sal de aquí, olvida todo esto y deja de hacer el idiota de una vez. ¿Qué tengo que hacer para demostrarte que ya no te necesito…?-

Cynthia arquea una ceja, alzando la mirada hacia sus ojos y hablando sin borrar la sonrisa, que para nada manifiesta sorpresa ante sus palabras. -¿Te tengo quemado después de todo…? ¿En serio...? Vaya, entonces seguramente cuando termines con Ana ella también terminará por "dejarte quemado..."- Ríe, pero lo que no sabe es que la chica de ojos verdes lo escucha todo con atención tras la puerta. Ana sostiene en sus manos una bayeta con la que acababa de limpiar una de las mesas y siente que las piernas le fallarán en cualquier momento mientras se mantiene escuchando pegada a la puerta. Tiene miedo. Tiene miedo de que Brian admita que sólo juega con sus sentimientos. A lo mejor sí que le quiere de verdad...

Gates entrecierra los ojos ligeramente. -Ana y yo no tenemos que “terminar” nada porque no hemos empezado nada. Ella tiene novio, tiene una vida propia. Y te diré más, aunque estuviéramos juntos, hay algo que me garantiza que no acabaría quemado.- Baja el tono de voz, hablando con malicia. -Que no se parece en absoluto a ti. No le llegas ni a la planta de los pies, ni por asomo, empezando por cómo la trataste aquel día en MI casa. No la culpes a ella de tus propias obsesiones.- Camina hacia la silla donde tiene la ropa, y de nuevo parece realmente alterado. -Y deja de perseguirme, y de mirarme, y de hablar conmigo. No sé qué coño intentas, pero no voy a entrar en tu juego. Estoy cansado, cansado de todo lo que tiene que ver con tu nombre y con tu cara, y no quiero que sigas intentando nada. Las cosas han cambiado, Cynthia, ahora tengo otras miras más allá que un polvo de un fin de semana…- Se gira y la mira por un segundo, poniéndose la camiseta. -Y por tu sonrisa puedo deducir que te da lo mismo todo lo que te estoy diciendo, pero no dirás que no te advertí.- La chica de ojos color miel por un momento considera que todo lo que esté diciendo sea en serio. Pero es débil, muy débil, y ella lo sabe mejor que ninguna…Se cuelga los pantalones al hombro y resopla, cansado. -Ahora, si no te importa, vete y deja que acabe de vestirme, Cynthia…-

En cuanto oye a Cynthia acercarse a la puerta Ana echa a correr y se coloca en su lugar tras la barra, atendiendo a los clientes con una sonrisa imborrable. No puede creerse lo que ha oído. Está verdaderamente sorprendida y no mentiría si admitiera que esperaba que dijese que sólo la quería para acostarse con ella... La chica de ojos color miel abandona el cuarto de duchas con cara de bastantes pocos amigos. Cruza la barra lanzándole una mirada de odio a Annie y tras abrirse paso entre la gente, se reincorpora a su grupillo de amigas.

Poco tiempo después Brian sale, con el pelo revuelto y empapado. Ana se sorprende a sí misma mirándole ensimismada. Suspira y sacude la cabeza, atendiendo al último cliente que requiere de su atención. Se acerca la una de la mañana y el bar ha empezado a perder clientes hasta que sólo quedan los más habituales, sentados en los sofás del fondo del bar y algunos apoyados en la barra, sobre la que ahora está sentada Ana, mirando a Brian con una leve sonrisa mientras este conversa con un par de muchachos. De fondo suena Sweet Home de Mötley Crüe y sin duda el ambiente está mucho más tranquilo que cuando empezó la noche. De pronto las miradas de Ana y Brian se cruzan y es en ese momento cuando se produce la magia. Él siente esa especie de hormigueo en el estómago al ver su sonrisa, que ahora es leve pero sigue siendo igual de hermosa. Ana se encoge de hombros y sin apartarle la mirada ni dejar de sonreír, suspira, balanceando los pies que no le llegan al suelo.

Gates amplía su sonrisa de una manera inocente y adorable que desde luego tiene muy poco que ver con su estilo en general. Se despide de sus dos amigos, que salen del local enseguida, y camina hacia ella, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros aún mojados de champán. Se aposta delante de ella, plantando las manos a cada lado de donde está sentada, y hablando frente a ella sin perder esa sonrisa, bajo las miradas cotillas de Karina y Charlotte, que tratan de poner un poco en orden las sillas, los sillones y las mesas que no están ocupadas y que han quedado descolocadas, mientras Kate habla con Dean dentro del almacén, probablemente discutiendo sobre el nuevo inventario que hay que hacer. Ha quedado un ambiente más tranquilo de lo normal, la música está más baja y la gente que bebe y habla lo hace sentada, bastante cansados por la fiesta pero sin querer irse aún. -Menuda pasada. Hoy habéis conseguido más ganancias que nunca.- Ríe. -Qué haríamos sin vosotras…-

Ana ríe, sacude la cabeza y enrolla las piernas alrededor de la cintura de Brian, atrayéndole hacia ella aún más y hablando sin borrar la sonrisa, con la mirada en sus labios que después rápidamente desvía hasta sus ojos. -Ha sido una noche genial, me encanta eso de ser coyote, ni te lo imaginas... ¿Y cuándo te subimos a la barra y todas empezaron a chuparte?- Ríe de nuevo con malicia. -A Kate y a mi casi nos da algo, tendrías que haber visto tu cara…-

Él baja la mirada por un segundo, reprimiendo una risotada. La mira enarcando una ceja, sin poder ocultar una sonrisa traviesa que lucha por no irse de sus finos labios. -Bueno, la verdad es que ha sido jodidamente tenso, pero podría acostumbrarme. Si os parece bien, cambiamos las subastas por esto y todos contentos…- Habla intentando ponerse serio, pero acaba partiéndose de risa. Le coloca un mechón de pelo tras la oreja y habla en su oído, intentando volver a sonar serio sin éxito mientras acaricia con una mano sobre su pierna los pantalones de cuero ajustados. -Y a propósito, cada vez me gusta más vuestro vestuario…-

Ana ríe, llamando la atención de todos los clientes. Se ruboriza y cuando por fin todos hubieron vuelto a sus respectivas conversaciones, mira a Gates y habla en un susurro, con una ceja arqueada y una sonrisa dibujada en sus labios, cada vez más cerca de los de él. -Ah sí..? Pues yo odio estos pantalones. No puedo caminar casi con ellos...- Ríe por lo bajo.

-Desde luego, te quedan condenadamente estrechos, pero eso no es precisamente malo.- Quizás sea culpa de la cantidad de chupitos que han bebido esa noche, que a pesar de no haberse llevado su razón, sí que ha hecho desaparecer algo de vergüenza y de discreción, pero Karina y Charlotte tienen que bajar la mirada entre risitas cuando Brian empieza a hablar casi rozando los labios de ella, en un susurro.  -Annie, me estás poniendo nervioso de tanto mirarme la boca y si no dejas de hacerlo, con todo el amor de mi corazón, voy a ser un chico malo y voy a dejarte en evidencia delante de la poca gente que queda en el bar porque voy a besarte y lo voy a hacer muy fuerte…-

Ana sonríe y su sonrisa se vuelve adorable. Alza su mirada hacia los ojos de él y habla en un susurro. -¿Sí…? Pues venga, hazlo…-
Brian frunce el ceño y en un movimiento delicado, ágil y firme, le agarra la cara y le muerde el labio, tirando de él hacia atrás. La besa con fuerza, olvidándose de dónde está, de que todo el mundo puede verles, y tratando de ignorar los silbidos de cierta gente que aún ocupa el Dingo. Si sólo pudiera hacer ésto más veces al día...

Ana ríe separándose apenas unos milímetros de los labios de él para después volver a besarle. Pasa sus brazos alrededor de su cuello y le atrae hacia ella, besándole largamente. Brian le acaricia la espalda y termina por bajar las manos hasta su culo, atrayéndola hacia él. Las chicas miran la escena con una sonrisa y murmuran por lo bajo y Matt, que los mira con una amplia sonrisa apoyado de brazos cruzados en una columna susurra para sí, dejando que su sonrisa se torne en una sonrisa de puro orgullo. -Ahí vas, Gates. Ahí vas...-
Para alejarse de todas las miradas indiscretas, se quitan de la barra y acaban sentados en un sillón grande de una de las esquinas del bar. Aunque quieren, no pasan desapercibidos. No todos los días los clientes del Red Dingo ven a su camarero más legendario y a su coyote más exitosa en una situación tan cariñosa, e incluso la gente del personal se queda de medio lado al ver a ambos comiéndose a besos, ella sentada en sus rodillas y él rodeando su cintura con los brazos. Parece que se susurran cosas entre beso y beso, y hacen una imagen tan bonita y transmitiendo tanta confianza entre ellos, que casi parecen una pareja de verdad. “Ojalá fuera de verdad. Son muy diferentes, pero pegan muchísimo juntos…” Karina no para de susurrar, y de verdad le encantaría que sus deseos se cumplieran. Ya ha visto cómo se miran, cómo Brian no le quita los ojos de encima a la niña de ojos verdes…
Cynthia los mira recelosa desde la esquina opuesta mientras las amigas de su grupo no dejan de chismorrear entre ellas. Ana y Brian, ajenos al mundo que los rodea en ese momento, continúan con una cadena de besos y caricias interminable bajo las enternecidas miradas de los ocupantes del Dingo, tanto por parte de clientes como por parte de empleados.
De pronto la puerta se abre y todos los chismorreos cesan de golpe. Los dos chicos siguen a lo suyo, pero Ana no puede evitar sentir un escalofrío al intuir unos ojos fríos, hostiles y azules clavados en su espalda.

Annie, que ahora está sentada a horcajadas frente a Brian, observa como el gesto del chico de ojos oscuros se ha ensombrecido de golpe. Ahora ni siquiera contesta a sus besos, como si se hubiera quedado congelado, mirando algo detrás de ella, por encima de su hombro. Susurra solo para que la chica le escuche, agarrando sus muñecas con cuidado y apartando las finas manos de Annie de su pecho, donde estaban apostadas. -Charlie...-

Ya no hay mucho que disimular. Ni siquiera sabe cuándo ha entrado, pero sabe que, por la manera de matarlo con la mirada mientras camina hacia él, ya lo ha visto todo. Se levanta del sillón haciendo que Ana se levante también y mire hacia atrás, horrorizada. Todo el bar parece haberse paralizado...

Rápidamente Ana se coloca frente a Brian y empuja a Charlie ligeramente hacia atrás, apresurándose a hablar nerviosa, alterada y asustada, a punto de llorar. Rezando porque nadie alcance a escuchar lo que dice, la chica de ojos verdes habla en un susurro suplicante, con la voz quebrada. -Charlie, Charlie tranquilo, puedo explicarlo, por favor...- Sin prestar atención alguna y resistiéndose a la fuerza que Ana opone, el chico de ojos claros tiene la mirada clavada en Gates de una forma sanguinaria, respirando como un animal enjaulado y cada vez más agitado, como si estuviese a punto de matarle.

Brian mira a Ana, nervioso, por unos instantes. Charlie debe estar muy cerca de querer hacerle daño, y al menos él mismo podría defenderse, pero la chica de ojos verdes no tendría ninguna oportunidad. No le importa en absoluto la verdad, y tampoco meterse en una pelea. Lo único que es de verdad primordial para él es salvarle el cuello a Ana, que a decir verdad y en una situación tan límite, no sabe cómo va a reaccionar. Chasquea la lengua y trata de excusarse sin éxito, con sus ojos oscuros clavados en los de él. -Escucha, Charlie. Es la primera vez que pasa, estábamos haciendo el idiota...-

El chico de ojos claros aparta a Ana con un empujón, lanzándola contra un grupo de clientes que presenciaba la escena en guardia por si tenían que intervenir en algún momento para separar a los dos muchachos. Se acerca a Gates con paso decidido y apuntándole con el dedo índice de una forma bastante amenazadora y habla impregnando sus palabras con el más profundo odio y la más oscura rabia. -Yo no hago el idiota así con las tías, Brian. Y mucho menos con señoritas que sabes que tienen novio.- 
Charlie mira a Ana, que ahora contempla la escena asustada, con los ojos llenos de lágrimas y abrazada a Karina, que le acaricia el pelo para tranquilizarla. Charlie sonríe de medio lado sarcásticamente y resopla. -Pero tú.... Tú no eres una señorita. Eres una miserable puta que se desvive por la cartera de cualquier muerto de hambre que viene aquí. Eres una puta, Ana. Eres una sucia guarra, y lo supe desde el primer momento en que te empotré contra el cabecero de mi maldita cama, pero te estaba dando una oportunidad para que me demostrases lo contrario y...-  Abre los brazos en señal de inocencia, sin borrar la sonrisa. -No lo has hecho. Es más, ¡me has dado la razón...!-  Ríe sádicamente, chasqueando la lengua. Después suspira y mira a Brian, borrando la sonrisa poco a poco. -Y en cuanto a ti...- Baja la mirada y se queda en silencio para, segundos después, volver a mirarle, agarrarle por el cuello de la camiseta y llevárselo contra la pared para, una vez lo tiene empotrado, hablar en un susurro más que amenazante muy cerca de sus labios, mirándole con desprecio. -Vas a aprender a no tocar lo que es mío, maldito hijo de puta...-

Matt camina hacia la escena nada más escuchar terminar de hablar Charlie, pero Dean lo agarra del brazo y le para, a la vez que Brian le mantiene la mirada por un segundo. Es suficiente un segundo para que el chico de ojos verdes entienda lo que su amigo de toda la vida quiere decirle. No quiere ayuda. Si alguien tiene que entrar en las consecuencias, son él y Charlie, y nadie más. Siempre ha odiado las peleas en el bar, las ha odiado con toda su alma, pero ésta vez se va a ver a sí mismo metido en una. Siente la fuerza del puño cerrado de Charlie, apretando su camisa y empujando contra su pecho, que ahora sube y baja nerviosamente por culpa de su respiración. No quiere parecer nervioso, pero Charlie desde luego le iguala en fuerzas, o quizás lo supere. Habla entre dientes, rabioso y hostil, clavando sus ojos oscuros en los de él. -Suéltame, Charlie, y si vas a partirme la cara, hazlo fuera del bar...-

Ana logra separarse de Karina, que la tenía aferrada con fuerza. Corre hacia los dos chicos y se abraza a Charlie por detrás, rompiendo a llorar y hablando en el tono que su voz le permite mientras los clientes observan la escena angustiados pero intrigados, colocados en círculo alrededor de los dos chicos. -Charlie, por favor, déjale, no hagas tonterías... Hablaremos de esto en casa, ¿sí? Vamos. Vámonos a casa, cielo. Por favor, déjale...-

Charlie se zafa del agarre de Ana, se gira y le agarra la carita empapada en lágrimas con una fuerza que sobrecoge, asusta a los ocupantes del Dingo, hace que la chica suelte un gemido casi inaudible de dolor y hace que a Brian le hierva la sangre. Charlie habla en su oído, en un susurro hostil y cargado de malas intenciones, que hace que a Annie se le llenen los ojos de lágrimas. -Sal fuera y entra en el puto coche.- Baja aún más el tono de voz, impidiendo que nadie más que su chica, por culpa del murmullo y de la música que aún suena, pueda oírlo. -Te juro por lo más sagrado que si me obedeces ahora, no discutiré contigo en casa. -Alza el tono de su voz, pero no deja de ser un susurro que acompaña la manera brusca en que le suelta la cara. -Corre. Te doy cinco putos segundos para que desaparezcas de mi vista…- Nadie parece querer moverse, nadie quiere atreverse a dar un paso adelante, y nadie quiere desencadenar una pelea dentro del local. Una pelea, que por otra parte y a juzgar por la manera en la que Brian mira a Charlie, parece completamente inevitable…

Annie le lanza una última y desesperada mirada a Brian, después a Matt y finalmente sale corriendo del Dingo, en dirección al coche. Cuando sale a la calle se sube rápidamente y entierra la cara entre sus manos, rompiendo a llorar. Mientras tanto dentro del bar la gente ha empezado a salir y ahora se agolpan en la acera, en torno a los dos chicos, que se miran a los ojos desafiantes, como dos fieras a punto de destriparse. La chica de ojos verdes desde el coche ni siquiera es capaz de mirar, no quiere mirar, solo quiere salir de allí cuanto antes...
Ana, desde la calle, empieza a escuchar un griterío insoportable dentro del Dingo, pero no es de ese tipo de murmullo de alegría. Es un murmullo de gritos de pura desesperación, de insultos y entre las voces puede oír las de sus compañeras, que gritan realmente encendidas. No puede mirar, no quiere alzar la mirada, no quiere mirar a la puerta y por accidente ver algo que no quiere ver. Impotente y desesperada, enciende la radio y sube el volumen al máximo. Ni siquiera sabe qué está escuchando, no oye nada, no puede pensar nada, pero al menos el sonido de los comentaristas tapa el del griterío.
Lo siguiente que escucha, tras unos minutos que se le hacen interminables, es la puerta del conductor abriéndose y cerrándose después. Charlie se sienta y arranca, saliendo rápido de la zona del Red Dingo, en dirección de vuelta a casa. Tiene el gesto desencajado, y casi da miedo. Respira fuerte y precipitadamente, y tiene el labio superior partido, aunque no parece mucho. Hay algo que inquieta más a Annie, mucho más. Tiene los nudillos destrozados, destrozados por completo y hechos una herida más que terrible, y sus manos doloridas casi tiemblan mientras sujetan el volante.

Ninguno de los dos habla durante todo el viaje, y ni siquiera para cuando salen del ascensor y pisan el rellano del sexto piso del bloque, han intercambiado aún una sola palabra. A Annie se la comen los nervios, y las preguntas, y las dudas sobre qué ha pasado, sobre si Brian ha salido demasiado mal parado, pero sabe que ahora no debe hablar. Jamás antes ha visto a Charlie así, y mientras mete la llave en la cerradura con las manitas temblorosas, piensa lo único positivo que se le ocurre. "Al menos mantiene su promesa de no discutir más éste tema...". Puede sentir su mirada clavada en la nuca. Respira como un animal salvaje, como una fiera que va a saltar a su espalda en cualquier momento.

Finalmente Annie abre la puerta y entra rápidamente. Si quiere discutir, que al menos no lo haga en el rellano para que los vecinos puedan oírle... Después, asustada y tensa se gira y le mira. 
Él le mantiene la mirada de una forma que aterrorizaría a cualquiera, probablemente tan tenso o más que ella, respirando aún con agitación a causa de lo desquiciante de la situación.
Casi podría decirse que la mira con asco. Con asco y con desprecio, y nadie se imagina lo mucho que le duele a Annie dentro de sí. La agarra de un brazo con fuerza, la lleva contra la mesa del salón, la agarra del pelo y habla muy cerca de su boca, loco de rabia, mientras ella rompe a llorar cerrando los ojos con impotencia. -¿Cuántas veces te has follado ya a tu vecino, eh? ¿Cuántas veces me has hecho quedar ya como un cornudo asqueroso?- Nadie podría imaginarse lo pequeña, lo débil y lo indefensa que se siente ahora frente a Charlie, frente a su odio y a su fuerza, las ganas que tiene de desaparecer… Él la suelta y sin separarse de ella un milímetro, agarra la gabardina que lleva puesta la chica de ojos verdes, abriéndosela de golpe y haciendo saltar todos los botones que la mantenían cerrada. 

A la vista de su chico quedan el top de lentejuelas que dejan a la vista su escote, los pantalones de cuero negro tremendamente ceñidos y los tacones de plataforma. Susurra mirándola de arriba abajo, humillándola con las palabras que dice. -Así que esto es lo que haces, por supuesto. Seguro que tanto a tu público como a Brian les encanta que te vistas como una puta barata, ¿verdad que sí? Estoy seguro de que a tu amiguito, al hijo de puta de los tatuajes y las pintas, le encanta que te vistas como una puta para él y para su asqueroso local nocturno…- La fulmina con la mirada, clavando sus gélidos ojos azules en ella antes de cruzarle la cara de una bofetada que hace que la chica gire la cara y se lleve una mano a la mejilla, sin poder controlar sus lágrimas silenciosas mientras él sigue gritando. -¡Dime a qué coño juegas, Ana! ¡Dime dónde quieres que llegar con toda ésta basura que le daría vergüenza a tu propia familia!- Entrecierra los ojos y la agarra de la barbilla, obligándola a mantenerle la mirada mientras dice algo que se clava dentro del alma de Annie como un puñal. -Qué pensaría el bueno de tu padre si supiera que su hija se ha convertido en una fulana que acaba ofreciéndose a cuatro patitas al primer chulo con dinero que se le acerca…-

Ana rompe a llorar desconsoladamente y Charlie, lejos de sentir compasión con ella, la mira aún con más desprecio y le pega otra bofetada, pero esta vez lo hace en la otra mejilla. -¡Maldita sea, te estoy hablando! ¡Deja de lloriquear como una puta cría...! ¿Qué pensaría el bueno de Jeff? ¿Crees que le hubiese gustado eso de saber que cuando cumpliese veintiún años la niña de sus ojos se dedicaría a vender su cuerpo por ahí en vez de honrar su memoria?!- Ríe sádicamente. -Porque a mí me parece que no, Ana. Estaría decepcionado. Tanto él como el resto de tu familia, y sería una verdadera pena que se enterasen de esto. No vales para nada, joder…- Habla en un susurro cerca de su cuello, loco de rabia. -No vales para absolutamente nada que se diferencie de chupársela al primero que te enseñe sus dólares, y eso por no hablar del chulo de enfrente...- 

La agarra de un brazo con brusquedad, la aparta de la mesa y se la lleva casi a rastras hacia el baño. Una vez allí le quita la gabardina y la deja caer a sus pies, parándose con Annie ante el espejo. Se coloca detrás de ella y coloca sus manos sobre sus hombros. Ana puede verse. Se ve reflejada a sí misma con la cara enrojecida por las bofetadas, el maquillaje corrido y los ojos destrozados de llorar. Charlie se mira también en el espejo y habla en su oído, acariciándole los hombros con suavidad. -Mírate. ¿No te das asco...? Vamos Annie, ¿Vas a decirme que te ves con los mismos ojos...?- Ana entierra la cara entre sus manos y zafándose de las manos de Charlie se cae al suelo de rodillas, hablando mientras llora a llanto limpio. 
-Basta ya Charlie, déjame tranquila por favor... No me hagas más daño. Por favor…-

Él enarca una ceja y reprime una sonrisa triunfal. Se coloca en cuclillas tras ella, le acaricia el pelo en un gesto de cariño sádico y susurra cerca de su oído. -¿No quieres más daño? Por supuesto que no te lo haré, pero tú como condición no volverás a ese bar asqueroso en tu vida, y no vas a volver a acercarte a Brian ni a ninguno de sus amigos porque si lo haces,- Baja aún más el tono de voz. -Las bofetadas van a parecerte una jodida bendición al lado del daño que voy a hacerte…- Le coloca un mechón de pelo tras la oreja y suspira profundamente, mirándola casi con curiosidad sádica. Parece una de esas muñecas de porcelana, pero una muñeca rota, hecha pedazos. 
Tiene la misma carita pálida y triste, está sentada en el suelo de ninguna manera en concreto, como si simplemente hubiera perdido la fuerza que la mantenía en pie, y su llanto es agónico y desesperado como el de una niña asustada que sabe que no tiene ningún sitio donde esconderse. Suena sádico, cruel y completamente falto de remordimientos. Ella no recordaba haber querido a un monstruo, nunca jamás. Siempre lo vio como al más bonito de los príncipes azules. La voz de Charlie en su oído suena como una caricia, suave y retadora, y solo hace que Annie quiera llorar más. -Métete en la ducha, quítate ese maquillaje, esa ropa de puta, ponte algo digno y métete en la cama. Se ha acabado la fiesta, Ana.- Chasquea la lengua y le acaricia la cara. -Y no te preocupes por tu amigo.- Le enseña las manos, cuyos nudillos aún siguen sangrando y dan prueba de que los golpes que ha propinado han sido condenadamente fuertes. -Te aseguro que se le han quitado las ganas de volver a hacer el idiota con mi novia…-

Charlie se levanta y, dejándola ahí, sale del baño, cerrando la puerta tras de sí. Sus pasos desaparecen por el pasillo y finalmente se oye otra puerta cerrarse, la cual seguramente sea la de la habitación. Tras pasarse unos cuantos minutos más llorando en el suelo, la chica de ojos verdes se levanta, destrozada y dolorida por todas partes, como si le hubiesen pegado una paliza. Se mira al espejo y al ver su aspecto rompe a llorar de nuevo, empezando incluso a temblar. Se da asco. Se da asco y no precisamente por todo lo que ha hecho con Brian. Está asqueada de sí misma por tener que estar al lado de alguien como Charlie, de un monstruo del que no es capaz de librarse. Y mientras tanto, el que probablemente es el único tío al que realmente quiere y por el que se siente realmente querida está en algún lugar de esa misma ciudad, recuperándose de sus heridas.

Como si fuera poco, su 'novio' la ha obligado a dejar el Dingo y a dejar de ver a Brian, lo cual le duele incluso más que las bofetadas. No, no Annie, tienes que hacer algo... cuanto antes, se dice a sí misma entre lágrimas sin apartar la mirada de su reflejo. Obedientemente se mete en la ducha y se tira una media hora llorando bajo el agua, dejando que esta se lleve todas sus lágrimas. Se pone un pijama que consta de un pantalón largo y una camiseta de tirantes y tras recogerse el pelo en una coleta sale del baño. Está destrozada y lo único en lo que puede pensar es en Brian. En dónde y en cómo estará. No ha oído ningún ruido en el rellano así que ni siquiera sabe si ha vuelto a casa, pero juraría que no es así. Avanza por la casa en plena oscuridad y entra en el salón. Se sienta en el sofá y se queda con la mirada clavada en el suelo. Rompe a llorar de nuevo pero esta vez lo hace silenciosamente, sin querer que nadie y mucho menos Charlie pueda oírla…


Por el amor de Dios. Brian. ¿Qué habrá sido de Brian…?

No hay comentarios:

Publicar un comentario