lunes, 23 de septiembre de 2013
Capítulo 4.- Una disculpa, American Pie y mil pesadillas.
[La ve alejarse, con prisas, acera adelante. Él también se siente estúpido, y no entiende por qué. En otro momento incluso se hubiera reído, o hubiera aplaudido su propia broma, pero ésta vez no le encuentra la gracia a eso de haber dejado como una idiota a la pobre chica. No, desde luego no ha sido buena idea, pero la aparición de Matt no es que haya sido precisamente una ayuda. Resopla sonoramente, entra por la puerta de atrás del bar y pasa directamente a la cocina. Le gustan mucho más las noches en las que le toca barra que esas en las que le toca limpieza. En la barra se pueden hacer cosas mucho más interesantes que fregar vasos de tubo y demás arsenal. Abre el grifo y coge el detergente mientras deja que el agua empape la cantidad ingente de vasos que rebosan en el fregadero de metal. Mira a Matt, que está tirando un montón de cristales a la basura, y resopla, fastidiado —Eres gilipollas. Gilipollas de verdad. — Pone los ojos en blanco, suspira y baja la mirada hasta los vasos, empezando a limpiar— No tenías otro puto momento para aparecer…—]
Matt mira a su amigo con incredulidad y arquea una ceja, colgándose la balleta al hombro con un movimiento resuelto —¿En otro momento..? ¿Qué ocurre...? — Sacude la cabeza y pone los ojos en blanco mientras camina hacia dentro del almacén —Si no te hubieses escapado y hubieses dejado tu trabajo, tío Matt no habría dicho nada... —
—Definitivamente, eres gilipollas. — Entrecierra los ojos mirándolo con desprecio simulado por unos segundos, y tras bajar la mirada, sin para de lavar vasos, vuelve a hablar con una media sonrisa cabrona —¿Pero tú la has visto...? Resulta que me encuentro con una gatita perdida en la ciudad, más caliente que el estado de Texas del que viene y que todos sus desiertos, y se te esfuma la amistad por los poros... — Ríe por lo bajo, dejando otro vaso mojado más en la estantería, pasando con rapidez una mano por el pelo negro azabache —No tienes escrúpulos ni principios, Shadows...—
Matt ríe y sacude la cabeza, quitándose el delantal de camarero y colgándolo en una de las perchas que les fueron otorgadas el primer día que entraron a trabajar ahí para que cada empleado coja sus cosas y que Brian no usa jamás como buen enemigo del orden que es —No pude verla, era de noche y estaba de espaldas, aunque... — Suspira, sonriendo de medio lado —Yo creo que aún no ha doblado la esquina. Tal vez si sales y corres un rato te la encuentras…—
El chico de ojos oscuros mira incrédulo a Matt por unos segundos, deja que se le dibuje una sonrisa y enarca una ceja. Está tentado de no ir a buscarla, pero al darse cuenta de que tiene la cinta que la tal Annie le mostró metida en el bolsillo de sus vaqueros rotos, cambia de opinión. Por supuesto que irá a buscarla. Cruza la cocina, señalando a Matt con el dedo mientras camina hacia la puerta —No le digas nada a Dean, por favor. Si viene dile que he salido a una urgencia. Te juro que no tardo. No tardo nada... ¡Te debo una!— Antes de que Matt se gire, Brian ya ha desaparecido por la puerta, cosa que le hace reír y murmurar por lo bajo —No tienes remedio, Haner...—
Ana camina calle arriba en dirección a su casa. La fría noche que se ha desplegado en Los Ángeles le hiela los huesos, y su oscuridad va unida a lo rota que se siente por dentro. Como no había sido bastante el ridículo que había hecho durante todo el día, para colmo ha tenido que soportar las burlas de un asqueroso que lo único que quería era humillarla. Definitivamente en cuanto consiga trescientos dólares piensa coger otro tren. Un tren que la lleve de vuelta a su casa, al lado de los que la quieren y saben valorarla como se merece...
A pesar de que Matt odia que lo haga, Brian ha cogido su coche. Si no dejara las llaves a la entrada de la cocina del bar, no sería tan tentador darse un paseo en su viejo Mercedes 280 gris. Arranca y mete la cinta en el interior del casette, tirando la carátula al asiento del copiloto. Arranca, pero lo hace atónito, porque lo que escucha le queda completamente maravillado. La grabación es casera y con una calidad algo defectuosa, pero la voz y los acordes que salen de ella hacen que dicha calidad pase a un segundo y casi tercer plano. Annie tiene verdadero talento, del de verdad. "¿Por qué ningún productor ha escuchado ésto aún...?". Enfila la calle hacia arriba, y se mantiene pendiente de la acera, esperando ver a la chica de ojos verdes, callejeando por el barrio y tratando de adivinar por dónde ha podido ir. Matt va a matarle, Dean va a matarle, pero está tan nervioso, tan eléctrico por lo que busca y tan cautivado por lo que oye que no es capaz de pensar en nada más. Se recorre varias calles metido en el coche, buscando, examinando cada rincón de cada acera, cada esquina, cada callejón, en busca de ella. En busca de la chica que acaba de conocer y, no sabe por qué razón, no puede dejar de ver sus ojos en todos lados. Sus labios carnosos, sus negras y largas pestañas, sus cabellos rebeldes y ondulados, su piel pálida como porcelana y su voz. Esa voz que ahora sale del casette de su coche y le tiene completamente embriagado. Le envuelve y por un momento siente como si estuviese fuera de allí, como si estuviese en un barranco a punto de saltar pero se sintiera extremadamente a gusto consigo mismo. Cuando la cinta, que para desgracia del chico de ojos oscuros solo tiene tres canciones, se termina, y es entonces cuando casi como si de una señal del cielo se tratase, se encuentra a Ana. Camina de la misma forma, con las manos metidas en los bolsillos de su sudadera y la mirada en el suelo, cabizbaja. La calle está completamente sola, oscura, fría y silenciosa, y no le gusta nada el hecho de saber que a juzgar por la dirección de su paso, se dirige a uno de los barrios más conflictivos de toda la ciudad... ''Es lógico'', piensa. ''Seguro que no tiene demasiado dinero y esas viviendas son las más baratas...''
Hace el coche a un lado de la carretera, saca la cinta a toda prisa y la mete en la carátula. Abre la puerta, cruza la calle a la carrera y camina apresuradamente tras ella, alzando la voz —¡Ey, Ana...!— La chica de ojos verdes se gira, y cuando le ve resopla sonoramente, visiblemente fastidiada por su presencia de nuevo tan poco deseada. Se para frente a ella y le tiende la cinta, clavando sus ojos oscurísimos en ella y hablando con la respiración acelerada, con el pecho subiéndole y bajándole como loco —Te quedaste ésto. Yo... Lo siento, en serio.— La chica coge la cinta desganada y él se estira la camiseta nerviosamente, arriesgándose a comentar algo a pesar de que no sabe si a ella le gustará que haya escuchado sus canciones* ¿Sabes? He escuchado la cinta y...— Resopla con una media sonrisa sincera —Tienes talento, de verdad. Nunca antes le escuché a nadie una versión de American de Don McLean que me gustara incluso más que la original. — Ríe por lo bajo y se encoge de hombros —Tienes una voz preciosa, te felicito... —
Ana sonríe de medio lado con tristeza y sin ganas, queriendo librarse de él lo más rápido posible. Suspira y asiente —Sí, bueno, muchas gracias por traerme la cinta...— Le dedica una última mirada, se guarda la caratula en el bolsillo y echa a andar acera arriba. Lo hace en silencio, pero mientras tanto, Gates camina tras ella, tratando de llamar su atención con disculpas y tratando de darle explicaciones sobre lo sucedido hace algunos minutos en la puerta del Red Dingo, explicaciones a las que evidentemente Ana no atiende, y se dedica a poner los ojos en blanco en respuesta a ellas, sin mirarle. Tras recorrerse la mitad de una manzana así, la chica de ojos verdes se para en seco, se gira y le mira con una ceja arqueada —Oye, nunca he tenido a un tío caminando detrás de mí y mirándome el culo durante más de diez minutos seguidos, así que si no te importa, puedo ir perfectamente yo sola…—
Gates frena en seco en la acera, mirándola incrédulo. Cree que es la primera vez en su vida que no sigue a una tía con segundas intenciones, y recibe una patada de lleno en todo su buen hacer. Solamente trataba de arreglarlo, de pedirle disculpas si la sometió a algún tipo de humillación, pero se da cuenta de que está perdiendo el tiempo. Frunce el ceño y mantiene su mirada oscura contra ella —Yo no te estoy mirando nada y... — Resopla, molesto y asiente despacio —¿Sabes qué? De acuerdo, como quieras. Suerte con eso. Y cuidado por dónde vas, algo me dice que vives en uno de los peores barrios de Los Ángeles...— Pone los ojos en blanco y se gira, echando a andar acera abajo, sacando una cajetilla de Marlboro y encendiéndose un cigarro. Eso le pasa por querer cumplir con una desconocida...
Ana resopla, pone los ojos en blanco y se gira ella también, echando a andar en dirección hacia su casa. ''Por fin sola...'', piensa mientras el silencio y la tranquilidad de la calle la invaden. En su más profundo interior hay algo que no la deja tranquila. Tal vez sean sus ojos, su forma de hablar, o tal vez sea que simplemente está furiosa con él. Cuando llega a su portal, un borracho con los pantalones rotos y la camiseta sucia está durmiendo en el suelo. No parece muy mayor, y duerme prácticamente abrazado a una botella de vino envuelta en una bolsa de papel. Ana pasa por encima de él, con cuidado, procurando molestarle lo más mínimo. Cuando sube las escaleras y llega a su piso ve la puerta abierta. Se lleva una mano a la boca sintiéndose al borde de una taquicardia y camina cautelosamente, avanzando hacia su violentada propiedad. Empuja la puerta y entra, hablando mientras mira a ambos lados —¿Hola...?— Al no recibir respuesta, decide avanzar un poco más. Al entrar en la sala de estar, se lo encuentra todo tirado por el suelo. Sillas y jarrones rotos, ropa por todos lados, sus partituras hechas pedazos y esparcidas por todas partes y, cuando entra en su habitación, encuentra su maleta volcada en el suelo y el sobre en el que llevaba el dinero completamente vacío. Después, destrozada y sintiendo un gran nudo en la garganta, camina hacia la cocina y ve la puerta de la nevera abierta. En su interior no hay nada más que el hielo del congelador y una botella de agua, y el mero hecho de pensar que se ha quedado sin comida y ni siquiera tiene dinero para comprarla, la destroza aún más. Apoya la espalda contra la pared de la cocina y se deja resbalar hasta quedarse sentada en el suelo. Entierra la cara entre sus manos y rompe a llorar amargamente. Está sola, asustada y ahora mismo, sin nada. Su día estaba siendo pésimo, pero parece que nunca es suficiente cuando la suerte no está de tu parte. Se maldice, se maldice a sí misma y a su suerte. Maldice todos y cada uno de los centímetros que la separan de su familia. ''Ojalá tuviese a alguien estando tan lejos de casa...''
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Brian acaba de llegar de vuelta al bar. Está crispado, y además de verdad. Por alguna extraña razón que no alcanza a entender, al volver ha sentido malas vibraciones, como si la chica de ojos verdes que acaba de conocer no fuera a tener una vuelta a casa demasiado tranquila. Y le acompaña también, como un perro faldero, una molesta sensación que le dicta tener que protegerla. Quizás es porque la ha visto tan sola, tan desubicada, tan apagada, tan fría con él y con todo a su alrededor. Entra en la cocina y Matt lo fulmina con la mirada mientras deja las llaves de nuevo en la entrada. Gates ni siquiera le mira, ni quiere hablar sobre su pequeño viaje, así que se acerca al armario del almacén y saca una fregona. Le encanta ver enfadado a su amigo del alma, siempre le parece de lo más divertido, y más cuando se trata de su coche. Reprime una sonrisa cabrona mientras mete la fregona en el cubo de agua, a pesar de que no está de humor, dispuesto a ponerse a fregar en silencio, aunque solo sea para evitar que Matt empiece a pegarle gritos. "No le hagas contacto visual, no le hagas contacto visual...". El chico de ojos verdes murmura cogiendo la escoba, rabioso como un perro —No vuelvas a llevarte mi coche, porque te juro que es lo último que haces…—
Cuando los dos amigos terminan de recoger, Shadows agarra su chupa de cuero y las llaves del coche con un movimiento rápido, saliendo él delante y dejando a Brian ser el encargado de correr la cortina metálica ante la puerta del bar. No es una zona precisamente problemática, pero el Red Dingo ha alcanzado una gran popularidad e importancia, y eso conlleva un aumento importante de los fondos, así que la seguridad nunca está de más. Llegan a casa con el mismo silencio sepulcral con el que salieron del bar. Matt enseguida se mete a ducharse al baño y Brian entra en el salón, tirándose en el sofá. Enseguida se quita los playeros y apoya los pies en la mesita de café, encendiéndose un cigarro. Se queda en silencio mientras de fondo se oye el agua de la ducha caer. No necesita encender la tele siquiera. Desde que esos ojos verdes ocupan sus pensamientos ya se la pasa bastante entretenido. Lárgate de mi cabeza, niña de Texas…
Deja que el humo caliente le inunde los pulmones, que los pensamientos se le ahúmen y que la mirada se le pierda en la pantalla oscura de la televisión apagada. Joder, qué sensación más rara. Simplemente le gustaría volver a verla. Sí, eso es. Volver a verla y saber un poco más de ella, verla sonreír durante algunos segundos más con esa sonrisa triste cargada de misticismo. Deja que el humo se le escape por entre los labios, y cierra los ojos despacio, quedándose en un estado casi de meditación. Se juró a sí mismo que después de lo de Jinny, no se enrolaría en más líos imposibles, pero ésto es diferente. No sabe en qué es diferente a todo lo demás, pero lo sabe, y es suficiente. De cualquier manera, piensa, es idiota estar ahí sentado, pensando en una chica que probablemente ha acabado coronándolo con el título de "imbécil del día". Ni siquiera está seguro de que ella quiera volver a verle. Abre los ojos, enciende la tele y la saca de su cabeza tan pronto como puede...
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Tras pasarse unos largos minutos llorando sentada en la cocina y abrazada a sus rodillas, Ana se levanta tambaleándose a causa de la cantidad de fuerzas que ha perdido por culpa del llanto. Se mete las manos en los bolsillos de la sudadera y con la cara pálida y los ojos rojos, camina por el pasillo despacio, esquivando todos los objetos que ahora están tirados por el suelo, ya sea ropa, zapatos o adornos de la casa que han quedado completamente destrozados. Cuando llega a la habitación, tira al suelo la montaña de ropa que tenía sobre la cama y se tira en ella, en silencio, abrazándose a sus rodillas. Fuera ha caído ya la noche cerrada y ha empezado a dar señales de vida una tormenta que no tardará en llegar y azotar la ciudad con rayos, truenos y esos aguaceros de verano que se van tan rápido como llegan. Ana no puede dormir y tampoco parece tener pretensiones de hacerlo. A parte de estar disgustada por lo sucedido, las tormentas le recuerdan muchísimo a su hermano Tobby, y el hecho de tenerle tan lejos la destroza por completo. Le necesita muchísimo, y ha sido su principal apoyo siempre.
Por otra parte están las pesadillas. La chica de ojos verdes ha llegado al punto de tener miedo a quedarse dormida por las pesadillas que la asaltan cada noche. Siempre son las mismas. Se ve a ella misma de pequeña abrazada a su padre y de pronto unos hombres vestidos de negro la agarran y la alejan de él mientras éste permanece en el suelo inconsciente. Siempre sucede así desde que Annie, que solo tenía 12 años, tuvo que soportar que los policías la separaran a la fuerza de quien probablemente más había querido en la vida después de que unos ladrones que pretendían robar en su tienda le dieran muerte con un rápido disparo en la cabeza, por un miserable botín de veinte dólares. Cuando estaba en Texas dormía siempre abrazada a Charlie, su chico, y, con la cabeza enterrada en su pecho, siempre lograba conciliar el sueño y rara vez tenía pesadillas gracias a sus caricias y sus arrullos. Pero ahora está sola y sus demonios vuelven a asaltarla. Solo necesita a alguien. Alguien que la quiera y la proteja, pues en su interior no es más que aquella niña de doce años a la que le arrebataron su tesoro más preciado...
La noche pasa para Ana como la más interminable y dolorosa de las torturas. No sólo no consigue dormir del tirón durante la noche, sino que además, en el poco tiempo en que consigue dormir, la asaltan las crueles pesadillas de siempre. Se levanta empapada en sudor, respirando agitadamente y sintiendo esas horribles ganas de llorar de siempre, esa insoportable opresión en el pecho que la hace querer gritar hasta quedarse afónica. Está sola, completamente sola en la ciudad, y es triste tener que admitir que la conversación más larga que ha mantenido ha sido con el camarero de un bar que ha decidido que era el mejor momento para gastarle una broma cruel. Necesita a alguien. Necesita hacer amigos, y amigos en condiciones, que no tengan nada que ver con el pésimo y asqueroso barrio en el que vive. Podría volver a ese barrio de bares en busca de amistades nuevas. Tras pegarse una larga ducha de agua caliente parece sentirse más relajada. Se encamina de nuevo hacia la habitación y se mete en la cama. Su misión de mañana ya no será encontrar a alguien que le de trabajo, sino simplemente encontrar a alguien ahora que se ha dado cuenta de que los suyos están lejos. Muy lejos, demasiado como para no sentir dolor. Suspira, se arropa con la sábana y cierra los ojos, quedándose finalmente dormida, arrullada y acunada por el sonido de las gotas de lluvia impactando con el cristal de la habitación. Parece que las pesadillas no volverán esta noche…
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