lunes, 23 de septiembre de 2013
Capítulo 2.- Un chico de ojos oscuros, el principio de un viaje y un club llamado Red Dingo.
Han dado las seis de la tarde en la ciudad de Los Ángeles. El sol, aún sin signos de querer volverse anaranjado por culpa de la caída de la tarde, golpea los tejados y las azoteas de los altísimos edificios de un barrio algo alejado del centro. Desde fuera, las cosas en el tercer piso de un bloque de viviendas relativamente renovado, parecen muy tranquilas, pero desde dentro todo cambia. Una chica de pelo cobrizo está haciendo las maletas aceleradamente, sacando la ropa que le pertenece de un enorme armario empotrado, tirándola en la cama y doblándola después dentro de su pesado equipaje. Parece realmente furiosa, fuera de sí, respirando aceleradamente con sus vivarachos ojos azules llenos de nerviosismo y de angustia, pero sobre todo de rabia, fijos en la ropa que apila apresuradamente. Como un polo opuesto a la joven, con total tranquilidad y cruzado de brazos mientras se apoya en el marco de la puerta, un chico de ojos castaños, pelo liso, largo y negro azabache, y unos rasgos tan finos y perfilados que parecen insultantes, un chico de unos veintitrés años mira a la que parece ser su chica. Suspira profundamente y chasquea la lengua, hablando ronca y seriamente después de pegarle una larga calada al cigarrillo que sostiene en sus manos— Jinny, creo que estás volviendo a sacar las cosas de contexto. Cuando dices que se ha acabado, sé que no hablas en serio... —Se acaricia con el dedo índice y pulgar, una perilla negra que endurece los rasgos finos de su cara, pensativo y calculador, como si no fuera a perder los nervios jamás. Resopla suavemente— ¿Qué ha sido eso tan horrible que he hecho ésta vez para que vayas a dejarme...?
La chica de pelo cobrizo cierra la maleta apresuradamente y con un rápido movimiento la deja en el suelo. La agarra y camina con ella hacia la puerta, empujando al chico para salir y hablando a voces mientras camina por el pasillo en dirección a la salida, fuera de sí — ¡No sé, pregúntale a esa tal Cyntia a la que le pediste el número el otro día en el bar....!
El chico de melena negra y brillante pone los ojos en blanco y suspira largamente, esforzándose por no encontrar divertida la situación. Se frota la nariz en la que lleva un aro, con un aire adorable, y camina tras ella, vestido con unos vaqueros rotos y una camiseta negra sin mangas que deja a la vista unos brazos completamente tatuados. En el fondo le alegra que su chica no sepa más. Pedirle su número fue el primero de los pasos que le encaminaron hasta la cama en la que acabó pasando la noche con esa tal Cyntia. A decir verdad ni siquiera la recuerda con nitidez, pero tampoco se rompe la cabeza tratando de volver a hacer su imagen vívida. No le interesa. Lo suyo con Jinny, a su juicio, tampoco funcionaba. Chasquea la lengua y alza la voz de nuevo, ahora que la chica está en el hall de entrada del modesto piso —¿Entonces qué...? — Clava sus ojos oscuros como la noche en ella, fingiendo por última vez ser la víctima en todo ese huracán de destrozos sentimentales —¿Vas a largarte sin más...? —
Armándose de valor, la chica de pelo cobrizo, suspira profundamente, se gira y le mira. Le mira con rabia, odio y desdén. Todo ello reflejado en sus enormes ojos de un color azul cristalino. Asiente convencida y habla en un murmullo antes de salir con brusquedad y cerrar de un portazo. –No vales nada, Brian. No quieres a nadie.-
El chico mantiene una mirada atenta en la puerta por unos segundos, como si algo dentro de sí le dijera que Jinny podría volver a llamar, a pedirle entrar de nuevo en su vida. Quizás entonces él podría tener el privilegio de cruzarse de brazos y decirle un "no" rotundo. Pero sus ilusiones se desvanecen por segundos hasta emborronarse por completo. Qué va, no va a volver. Camina hacia la cocina, coge una lata de cerveza helada de la nevera y se dirige hasta el salón después. Se tira en el sillón con la mirada en el techo y resopla largamente. ¿Remordimiento? Escaso. ¿Disculpas? Por supuesto que no. ¿Miedo a enfrentar una nueva etapa solo? Ninguna. Quizás para alguien que no le conozca suponga un choque, pero para sus amigos y para los que le conocen, ya resulta parte de su día a día. Brian Haner, o 'Gates', como le conoce la mayoría, no tiene remedio, y no parece tener pretensiones de cambiar lo más mínimo. Su vida se basa esencialmente en mantener a flote el bar en el que trabaja, pagar el alquiler y tocar la guitarra. Sin más. Cada vez está más seguro de que lo único que necesita junto a él es a Pinkly, una perrita bichón maltés completamente blanca, y no tantas relaciones que en un principio pretenden ser serias y que luego se convierten en el más grande de los teatros. Él no está hecho de esa pasta, y asegura que aún no se ha enamorado de verdad. Llegó a Los Ángeles hace unos cuatro años, dejando atrás con diecinueve a su ciudad natal, Huntington Beach. Jamás quiso estudiar, ni ser el perfecto hijo que sus padres querían haber sacado de él, así que abrió sus alas y despegó de su tan poco valorado hogar en cuanto pudo, emprendiendo el vuelo hacia la gran ciudad, donde no ha tardado en situarse. Imponente, talentoso, orgulloso a ratos, informal como el que más y poseedor de una labia con la que consigue todo lo que quiere, tanto de ellas como de ellos. Quizás por eso sigue siendo el favorito de su jefe, el mismo que le dio un puesto de camarero tras la enorme barra de uno de los clubs nocturnos más exitosos de la ciudad en ese momento.
La cabeza de Annie no ha tenido ni un solo segundo para descansar. Vueltas, vueltas y más vueltas. Desde que su madre le propuso irse a LA, nada es lo mismo. Cuando decidió armarse de valor y contárselo a Charlie, éste le echó la bronca de su vida y la previno de que si finalmente desea irse, no será él quien se lo impida, pero desde luego todo se ha acabado. Sus amigos mismamente han preferido mantenerse al margen. Cada vez que la chica de ojos verdes les pide su opinión con respecto al tema, ellos tratan de evitarlo. No quieren pensar en ello, simplemente. No quieren pensar que su amiga de toda la vida tiene la posibilidad de irse lejos por Dios sabe cuánto tiempo. De un modo u otro, la envidia los corroe por dentro, y han decidido dejar a Ana que tome sus decisiones por sí misma. La chica de ojos claros se ha pasado días enteros encerrada en su habitación sin hacer otra cosa que pensar, aferrada a su guitarra, a su piano y a su voz. Sabe que si decide irse, sus amigos, y tristemente Charlie, la dejarán de lado para siempre y sin remedio, pero es su vida y ella es quien tiene que vivirla. En cierto modo tiene la sensación de que si no hace algo y lo hace ya, se quedará sentada mirando cómo la oportunidad de su vida se aleja de ella. ''El tren solo pasa una vez, Annie. Y si no lo coges ahora, no lo harás nunca...''. Tras un par de meses de deliberación, ha decidido aceptar el dinero de su madre pero no sin antes jurarle que se lo enviaría a plazos desde allí. Sabe que su familia necesita dinero, y no puede darles la espalda ahora. Finalmente decidió informar a su chico de su decisión y tras largas charlas y discusiones, éste terminó aceptándolo, al igual que sus amigos. Están un poco resentidos, sí, pero al fin y al cabo sabe que Annie tiene razón. Con respecto a su relación con Charlie... bueno. No lo han dejado, y tampoco tienen pretensiones de hacerlo. Él le juró que en cuanto cobre el sueldo de las vacaciones de verano se irá unos días a verla y ella, ya antes de irse, ha comenzado a contar los días que quedan hasta entonces. Ana echa dos días enteros empaquetando sus cosas y preparando su equipaje: las maletas, la guitarra, el piano, sus discos y cómo no, su manta favorita y sus pósters. Jamás podría irse sin ello. Polly le entregó un pequeño sobre con quinientos dólares para que tenga algo a lo que aferrarse cuando llegue allí, para pagar el piso y todos los gastos principales y necesarios. Ana no abrió el sobre, simplemente tras un largo y desganado suspiro decidió aceptarlo. Su madre y todos los que la conocen saben que es una chica muy humilde y que odia que le tengan que prestar ayuda....
Ahora Ana sale de casa con una mochila colgando al hombro y arrastrando una maleta mientras, parado frente a su casa, está el coche de su tío, quien ahora mete las otras dos maletas de Annie en el maletero. La chica de ojos verdes sale de casa, se gira y mira a su madre, a su hermano, a su abuela y a sus tías con una sonrisa triste. Triste por la despedida pero a la vez emocionada y eufórica por el gran viaje que está apunto de emprender. Tomará un tren. Un tren que en cuestión de tres días frenará su trayecto en los Ángeles. Una lágrima se escapa de los ojos de la joven, y lo mismo les sucede a sus familiares y amigos que se han reunido a la puerta de su casa para despedirla. Ana abraza a su hermano y habla mirando a su madre, con la voz rota en un hilo— Os enviaré el dinero cada mes y volveré cuando menos os lo esperéis... Volveré en Navidades, en verano y bueno, siempre que tenga un rato libre. Os llamaré a diario y... —Suspira y le acaricia el pelo a su hermano, que ahora llora abrazado a ella— No llores Tobby, nos veremos pronto... Mamá y tú podréis ir a verme…
El niño de ojos verdes e inundados sonríe con tristeza, pasándose la manga de la sudadera por la nariz. Habla con la voz rota, mirándola de fijo— Te voy a echar de menos, Annie...— Adora a su hermana. Todos los saben. Ella siempre se ha comportado como un verdadero ejemplo para él, en todos los sentidos. Siempre le ha prestado su ayuda y ha sido algo así como una segunda madre desde que su padre desapareció de la familia. No sabe cómo va a arreglárselas sin ella. Demasiado tiempo protegido por sus sonrisas y sus eternos ojos verdes cargados de paciencia y de ansias por hacerle un chico feliz y de provecho...
Ana sonríe, suspira y le abraza con fuerza contra ella, besándole el pelo y hablando en un susurro— Y yo a ti, enano. Muchísimo más de lo que crees. —Se arrodilla frente a él y le mira con la misma sonrisa dulce de siempre. Pasa un pulgar sobre sus mejillas para secarle las lágrimas y habla en un susurro para que sólo él pueda oírla— Ey, Tobby, no llores, ¿vale? No quiero irme y llevarme el recuerdo de esos ojos tan preciosos llorando... —Suspira y le acaricia la mejilla— Mira, cada vez que haya tormenta en la gran ciudad, me acordaré de ti y me harás muchísima falta, pero sabré que debido a la distancia, en ese momento aquí puede estar haciendo sol y tú estarás bien... —Sonríe de nuevo y le besa la mejilla— Antes de que puedas contar seis tormentas habré vuelto, cielo…
Una larga despedida es lo que una acongojada y triste Annie tiene que soportar a manos de su familia. Todos le piden que se cuide, que no se olvide de ellos, que les llame y les mantenga al día de las novedades que la asalten en la enorme ciudad de las luces. Cuando monta en el coche de su tío y éste conduce hacia la estación de trenes, ella lleva sus enormes ojos verdes clavados en la ventanilla, repasando con la mirada al pequeño pueblo que deja atrás y que la acogió desde sus primeros días de vida. Está sintiéndose nostálgica antes de tiempo, incluso antes de dejar la tierra que lleva en la sangre. Deja atrás los largos veranos, la arena caliente y cobriza de Texas, las tardes bañándose en los ríos, su pequeña escuela, sus amigos, Charlie, su casa y un puñado pesado de recuerdos geniales. También tiene ganas de irse. Tiene ganas de empezar de nuevo, de ser lo que quiere ser y de luchar por ello. Empieza una nueva vida, y lo hace lejos de su hogar. No está asustada, está cargada de decisión y de ganas de sobrevivir en la gran ciudad, de escalar hasta la cima de sus sueños y clavar la bandera de la conquista en una montaña que antes le parecía inalcanzable. "Allá vamos, Los Ángeles..."
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—Gates, levántate, maldita sea. Vas a llegar tarde a trabajar otra vez... — Susurra una voz que para el chico de ojos oscuros es más que familiar. Matt, un chaval de su edad, bastante alto, corpulento e igualmente lleno de tinta está parado junto al sofá, mirando a su amigo con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. El salón del pequeño piso que comparten está hecho basura. Al menos media decena de botellas de cerveza vacías y a la mitad descansan sobre la mesa de pino que está frente al televisor, y el olor putrefacto de una pizza que desde hace tres días se pudre en su caja hace que realmente sea desagradable el estar ahí. Brian suelta un jadeo a modo de quejido y abre los ojos lentamente, cegado por la luz del sol mañanero que entra por las ventanas. Cuando ayer su chica decidió irse y dejarle, se pasó toda la noche bebiendo y viendo partidos de baloncesto que emitían repetidos en el canal de deportes. Son las diez de la mañana y el simple hecho de pensar que en menos de una hora tiene que acudir al Red Dingo, el bar donde trabaja ganándose la vida como camarero desde hace un par de años, le hace replantearse las ganas de levantarse.
Echa un vistazo rápido al reloj que corona la estancia, se cubre la cara con las manos y resopla largamente. Habla con la voz ronca y rota, maltratada sin piedad por la cerveza helada y los cigarrillos de anoche, como si fuera un zombie corroído por la resaca —Joder, no sé por qué coño tenemos que hacer limpieza tan temprano... — Resopla largamente, hablando sin descubrirse la cara, casi sin saber lo que dice por culpa del cansancio, el dolor de cabeza y el zumbido de sus oídos —No abrimos hasta las once de la noche, tenemos toda la tarde libre y al imbécil de Dean se le ha metido en la cabeza que hay que ir a limpiar por las mañanas. No me jodas... — Matt curiosea la estancia con la mirada. Es como si faltaran cosas. Entrecierra sus ojos verdes y repara de golpe en que, en el perchero, ya no están ninguno de los abrigos de Jinny. Mira de vuelta a Brian, que ha vuelto a quedarse silenciosamente dormido de nuevo. Tiene la cara descubierta, sus ojos oscurísimos cerrados y varios mechones de pelo negro salvaje cayéndole por la cara. Despreocupado como siempre. Qué sería de él sin la pizca de sentido común que le aporta Matt a la casa que comparten…
El chico de ojos claros suspira profundamente, sacude la cabeza y, dándose por vencido en su intento de espabilar a Brian, chasquea la lengua y se da la vuelta, hablando mientras sale del salón —Haz lo que te dé la gana tío, yo me voy ya. Paso de llegar tarde a trabajar y que me quiten dinero del sueldo.— Se asoma por la puerta del salón y le mira con las cejas arqueadas en señal de advertencia mientras se enfunda su chupa de cuero negra. Agarra la manilla de la puerta y la abre, sin apartarle la mirada a su amigo, que continúa impasible —Solo decirte que si Dean se entera de que vuelves a faltar al trabajo por haberte quedado bebiendo anoche, se enfadará mucho, y te recuerdo que si no fuera por este curro no tendríamos dónde caernos muertos....— Se va, cerrando tras de sí con un portazo.
Tan solo cinco minutos más tarde de las once, Brian irrumpe en el Red Dingo. Las ventanas están abiertas y dejan pasar la luz a raudales sobre el interior del club nocturno, en contraste con lo oscuro que suele estar cuando está abierto. Matt está encaramado a una silla, y cambia un par de bombillas que han fallado. No hay nada más importante en un bar que los camareros, la calidad de las copas, la iluminación y la música. Si todo funciona correctamente, el bar puede ser un éxito, según dice Dean, que ahora hace inventario metido en el almacén. Tiene cuarenta y tres años, y esa pinta de soltero guaperas maduro con dinero y pelo engominado hacia atrás, y el enorme Red Dingo es su mayor orgullo. Gates cruza la estancia tras quitarse las gafas de sol, y tras recibir una mirada acusadora de Matt que parece decir silenciosamente "llegas cinco minutos tarde", se mete en la barra y entra al almacén. Dean está de espaldas a él, y parece romperse la cabeza mirando el inventario de bebidas, contando si está todo. Como siempre que hace cuando quiere hacer como que no pasa nada y todo va bien, Brian habla con su habitual y descarada sonrisa, apoyado en el marco de la puerta, mirándole con una ceja enarcada, vestido con uno de esos vaqueros rotos que inundan su armario y una camiseta negra ceñida —¿Necesitas ayuda con eso...? —
—Cuarenta y uno, cuarenta y dos...— Resopla, se gira y mira a Brian con cara de pocos amigos —Maldita sea, Haner, ¡me has distraído y ahora tengo que empezar otra vez...! — Al ver la cara que se le ha quedado al chico de ojos oscuros, Dean sacude la cabeza y suspira, chasqueando la lengua antes de hablar y relajando un poco la expresión de su rostro —Oye, estoy...estoy bastante ocupado aquí. ¿Por qué no vas fuera y ayudas a Matt...? Si ya está todo hecho podéis...— Se encoge de hombros, haciendo un gesto con la mano para quitar importancia a sus palabras —No sé, podéis hacer lo que queráis, pero por favor no me molestéis. Hoy es día de cobro y aún tengo que contar el dinero...—
Suspira largamente y asiente, saliendo de la estancia. En realidad se alegra, porque no ha reparado en que llega tarde. Es suficiente para él. Detrás de la barra, que recorre de una punta a otra el local con una longitud de casi diez metros, se dedica a limpiar, absorto en su trabajo, sin prestar atención a Matt, que parece haberse convertido en el electricista del local por un día. Mientras pasa una balleta húmeda por encima de la barra, una frase que escucha hace que pare en seco, congelándose por unos segundos. Matt acaba de preguntarle que ‘dónde está Jinny, que por qué no está en casa’. Retoma su trabajo despacio y habla bajando el tono de voz, sin mirar a su amigo, contestando secamente —Se ha ido... —
El chico de ojos verdes arquea una ceja y aparta la mirada de la bombilla que sostenía entre sus manos para fijarla en su amigo — ¿Que se ha....ido? ¿A dónde se ha ido...? —
Gates se encoge de hombros sin querer darle mucha importancia, al contrario de lo que Matt está haciendo. Shadows y ella habían empezado a llevarse realmente bien, y era la primera novia de Brian que entraba a su piso de dos y no resultó ser otra buscona más. Brian habla entre dientes, abrillantando la barra —Se ha ido para siempre porque... Porque sí. ¿Qué más da? — Alza sus ojos oscuros como la más negra de las noches y se encuentra con la mirada de Matt, que parece querer hacerle confesar a toda costa.
Sanders suspira largamente y pone los ojos en blanco, volviendo a centrarse en su trabajo inmediatamente —Como quieras, tío.... Tú verás lo que haces con tu vida…— Susurra.
Brian se mantiene cerca de un minuto sin decir nada, en un silencio profundo. Tira la balleta al fregadero y resopla, llevándose una mano a la nuca y hablando como si necesitara contarle sus pecados a alguien, y de nuevo Matt tendrá que pagar y hacer de confesor —Jinny se fue porque... Pilló el número de alguien en mi cartera. — Chasquea la lengua — ¿Recuerdas a aquella chica con el pelo negro? ¿La que estuvo hablando conmigo el viernes aquí en el bar...? — Espera a que Matt asienta, y entonces se encoge de hombros —Bueno, pues... Se molestó y se largó. — Chasquea la lengua y se pasa una mano por el pelo negro azabache— Tampoco la culpo... —
Matt se baja de la silla en la que estaba subido ajustando la bombilla, se sienta en ella, cruza los brazos sobre la barra y mira fijamente a su amigo, suspirando largamente antes de hablar —La noche del viernes, cuando Jinny estaba en casa de sus padres, te.... Oí en la habitación con una chica. ¿Era esa…? ¿La tal...Cyntia de la que me hablaste estando borrachos el otro día…?—
Gates, resignado, baja la mirada y asiente para seguidamente darle la espalda y ponerse a recolocar las botellas mientras habla por lo bajo —Esa fue. Y me dijo que conocía a Dean, pero ya no me acuerdo de más...— El arsenal de bebidas que tiene el club es de los más grandes que jamás ha visto el chico de pelo negro, y le encanta mirar cada una de las etiquetas de las botellas que coge y coloca, las mismas que manipula cada noche. Podría decirse que, después de haber hecho tantos cóckeles y haber servido tantas copas, ya se las sabe de memoria. En el fondo, al pensar en Jinny, es probable que se sienta un poco mal con todo eso. Al menos un poco...
Shadows baja la mirada, suspira y asiente, quedándose en silencio como si estuviese digiriendo la idea. Odia que su mejor amigo sea incapaz de sentir algo por una mujer más allá de los enredos de sábana. Le quiere, de verdad le quiere porque ha crecido con él desde que era un crío y jugaban en las calles de Huntington Beach, y daría alguno de los dedos de su mano por no seguir viéndole portándose como un cínico cabrón con todas las mujeres que por desgracia se cruzan en su camino. Siempre que aparece una chica en su piso agarrada de la mano de Brian y escucha a éste diciendo con una sonrisa que su nueva “novia” ha venido para quedarse, se hace una apuesta consigo mismo. “Apuesto a que no aguanta aquí más de un mes”. Y lo peor es que jamás pierde esa apuesta consigo mismo. Al menos le gustaría que “Brian Haner, diplomado en relaciones cortas y en infidelidades poco discretas”, no tuviera esa capacidad envidiable para llevárselas a todas consigo, encantándolas con mentiras, con susurros sucios e historias y promesas poco francas que hacen que las mismas incautas de siempre acaben cayendo en sus manos de nudillos tatuados. Ojalá cambiara. Ojalá algún día descubra qué es eso de sentirse amado de verdad, y depender de una chica casi para respirar, enamorado de verdad. Finalmente chasquea la lengua y, de un golpe seco, planta las palmas de las manos sobre la barra para después levantarse y proseguir con su trabajo en el local, diciendo algo que, sin aún saberlo, hará que Brian pronto se replantee muchas cosas —Espero que algún día sientes la cabeza y dejes de hacer daño a los que te quieren, Brian... De verdad que lo espero…—
Gates suspira, e incluso parece estar decepcionado consigo mismo. Pero no, qué va. No lo está. A decir verdad, es improbable que siquiera se sienta un poco mal por aquello que hizo cuando y con quien no debía, una vez más de tantas. Qué va, ni un poco. Lo único que le frustra es no encontrar remordimiento en alguna parte de su aún resacoso cuerpo. Tira una botella vacía a la basura, se enciende un cigarrillo, y le pega una larga y profunda calada. Siempre pensó que para él las mujeres eran como el tabaco. No puede vivir sin ellas a pesar de que al fin y al cabo no le hacen ningún bien. Además cree que carece de ese sexto sentido que tienen las personas y que sirve para encontrar a una media naranja, a un alma gemela, a ese otro ser perfecto para uno. No, él no tiene de eso, y a su juicio, tampoco lo tendrá jamás...
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