Una ola de calor azota la pequeña localidad de Detroit en este mes de Julio. Los habitantes del pueblo, como cada año, celebran las fiestas del agua. Las calles se inundan por completo gracias a gente que tira cubos de agua, niños que corretean con globos y ancianas que, mientras riegan sus jardines, apuntan con la manguera a los viandantes, provocando los sobresaltos y risas de estos. Annie, una joven de veinte años con los ojos verdes y el pelo castaño y ondulado camina junto a Charlie, su novio de toda la vida y acompañada de algunos amigos, de camino a su casa. Vuelven de comer en casa de Aline, la mejor amiga de ella, como celebración de sus siete años juntos. Cuando llegan frente a la puerta de casa de la chica, esta se despide de sus amigos entre abrazos y sonrisas y, tras quedar para el día siguiente, se despide de Charlie con un cálido abrazo y un tierno beso. Cuando entra dentro de su casa, saluda a su madre y a su abuela que están en el salón viendo alguno de esos programas de cotilleo que tanto les gustan y, tras atravesar el corredor, sube al piso de arriba, el piso en el que está su habitación y la de su hermano pequeño Tobby.
Al entrar en su cuarto, cierra la puerta y se deja caer en la cama. Está exhausta. Ha sido una mañana muy larga llena de risas y diversión, pero la ola de calor acaba con las energías de cualquiera. Se quita las playeras y las azota en el suelo para después suspirar profundamente y quedarse con la mirada clavada en el techo. Cuando la desvía la clava en su guitarra, una Fender Stratocaster negra común. Sonríe de medio lado, se levanta, la coge y se sienta en el suelo con la espalda apoyada en la pared y la guitarra en su regazo, comenzando a tocar algunos acordes que ella misma compuso y que suenan bastante bien. La habitación está decorada entera con posters de Metallica, Iron Maiden, Johnny Cash, Def Leppard, Motörhead y Bruce Springsteen. A decir verdad, nadie diría que una chica tan fina como Annie aparenta ser podría escuchar ese tipo de música, pero para ella siempre fueron una inspiración. Comenzó a tocar la guitarra cuando apenas tenía siete años y ahora, 14 años después, tras haber dado clases de guitarra, de piano y de canto con numerosos profesores, su sueño es el de emprender el viaje de su vida y cumplir su sueño, que es ser cantautora profesional. Muchas veces comentó con su madre su deseo de trasladarse a Los Ángeles a empezar desde allí, pero la mujer, Polly, siempre le respondía con tristeza que Los Ángeles están demasiado lejos y no tienen dinero para ir, por lo que las aspiraciones de la chica de ojos verdes están encerradas en su habitación, metidas dentro de su guitarra y de su piano. Todo el pueblo la conoce. Desde que es pequeña se pasa el día cantando y todos dicen que tiene una voz hermosa. ''Es una pena que alguien con su talento no pueda llegar a más...'
Hace sólo algunos días fue su cumpleaños. La chica de ojos verdes disfruta de unos recién cumplidos veintiún años que la están tratando envidiablemente bien, pero por desgracia no todo es bueno. Annie se debate desde hace unos años entre el apego hacia su querida Texas y el anhelo de querer volar lejos de ella en busca de oportunidades, entre la chispa es esperanza que aparece cuando cree que quizás algún día podrá cumplir sus sueños y entre el azote de frustración que la asola cuando se topa de bruces contra la realidad y se da cuenta de que, un viaje a la gran ciudad de las luces y los neones es demasiado deseo para una chica de clase media como ella. Algunas veces, tumbada en la cama y con sus ojos verde mar clavados en el techo, le da por desanimarse a sí misma. "Hay mucha, mucha gente con tu talento. Mucha gente queriendo llegar al mismo sitio que tú, gente con tus mismas metas. ¿Por qué ibas a ser especial tú? Vamos, Annie, despierta...". En otras ocasiones, tras rasgar con habilidad y talento las seis cuerdas de su inseparable guitarra, tras haber hecho la mejor actuación de su vida frente al espejo de su habitación imaginándose rodeada de público e iluminada por focos, le da por pensar diferente: "No deberías dejar aparcados tus sueños, Ana. Eres buena en ésto, y podrías ser esa persona especial que se lo merece de verdad".
Otro gran obstáculo en su sueño, es Charlie. Él trabaja en la empresa de seguridad privada de su padre. A veces trabaja largas horas en las madrugadas, haciendo guardias en los edificios más importantes de Detroit, y a pesar de la desventaja del horario, lleva su trabajo con orgullo y responsabilidad, y jamás le cedería su puesto a nadie. La quiere con locura, pero Dios sabe que no accedería a dejar Texas con facilidad junto a su chica, y mucho menos buscando a ciegas un sueño que cuenta con grandes probabilidades de no cumplirse...
A la mañana siguiente, una mañana de sábado, la chica de ojos verdes se levanta a eso de las once. Coge ropa limpia, sale de su cuarto y se mete en el baño a ducharse para después salir vestida con unos pantalones vaqueros cortos y una camiseta blanca de tirantes. Baja las escaleras mientras se recoge el pelo en una coleta y, cuando entra en la cocina, se encuentra a su madre, a su abuela y a su tía preparando la comida. Todos la saludan con una sonrisa a la que la chica de ojos verdes corresponde y, tras servirse un café, se sienta a la mesa, devora una tostada a toda velocidad, se bebe el café de un trago y, tras despedirse, sale de casa. Echa a correr por las calles del pueblo mientras su pelo castaño ondea al viento. Mira su reloj. Son las doce menos cuarto y llega media hora tarde a su trabajo de los fines de semana. Trabaja como camarera en el bar del pueblo y cuando entra, lo hace de repente y con la respiración agitada, atrayendo las miradas de curiosidad de todos los ancianos que a esa hora van a tomar el aperitivo. Baja la mirada, avergonzada, y puede verse cómo sus mejillas toman un color rosado. Entra dentro del bar, pasa a la sala de empleados y se pone el mandil atado a la cintura para después, como siempre, apoyarse en la barra a esperar que alguien le pida algo. Normalmente nadie lo hace y, a causa de esto, el dueño del bar les ha dicho a sus empleados que probablemente cerrará antes de tres meses por la cantidad de deudas que está acumulando el local. Un hombre que está sentado en la mesa de la esquina mira a Ana y alza la voz para que ésta pueda oírle por encima de las voces del resto de clientes— ¡Muchacha...! ¿Puedes encender el televisor…? —La chica asiente, suspira y enseguida agarra el mando. Apunta hacia la televisión y calca el primer botón que se le ocurre para encenderla. La imagen que ve la hace suspirar profunda, larga y agónicamente, volviendo a su postura inicial apoyada en la barra. Están emitiendo un reportaje sobre una joven. Una chica morena de ojos azules y pechos operados llamada Lindsay que hace no mucho triunfó en el mundillo de la música y ahora se ha vuelto una de las mujeres más ricas de todo Estados Unidos, siendo de las más codiciadas por los adolescentes. Ella también salió de un pequeño pueblo en el que apenas tenía oportunidades, pero a diferencia de la chica de ojos verdes, la suerte estaba de parte de Lindsay. Ana suspira de nuevo, mirándola con detenimiento y por un segundo, aislándose de todo lo que la rodea. ''¿Por qué ella sí y yo no.. ?'' Las semanas se suceden, una tras otra, aburridas, anodinas y sin ningún interés. Continúan las frustraciones, los anhelos de largarse lejos, las ganas de ser libre, de encontrar eso que tanto desea conseguir. Una tarde de sábado en la que aprieta el calor, Joey, el dueño del establecimiento donde la chica de ojos verdes trabaja los fines de semana, reúne a su aburrido personal en el almacén, con cara de circunstancias. Son solamente ella y dos camareros más, un par de chicos. Uno de ellos es Chase, y es pelirrojo, tímido y siempre está en las nubes, pensando en videojuegos y batallas épicas. Trevor es un chico moreno y vivaracho, que saca trabajo hasta de debajo de las piedras con tal de no aburrirse, y debe andar por los dieciocho años, un año menos que Chase. Todos saben para que les ha reunido su jefe Joey, y los tres están sintiéndose bastante nostálgicos antes de tiempo. El hombre enorme de bigote poblado y eterno mandil sucio habla con su habitual voz ronca de fumador, apoyando su inmensa espalda en la pared y clavando la mirada en sus tres predilectos— Chicos, el negocio va mal... — Advierte las caras de sus camareros y se apresura a volver a hablar con una voz cargada de lástima — Yo ya no puedo seguir manteniendo éste bar con tanto personal. Me habéis ayudado mucho durante todo éste tiempo, pero ahora es necesario que lo haga yo sólo, ya que no tengo clientes ni capital suficiente para manteneros en vuestros puestos. Hoy cobraréis lo que se os debe, pero es vuestra última jornada...
Ana chasquea la lengua, fastidiada. Si antes ella y su familia tenían poco dinero, ahora tienen menos. Desde que su padre murió y su madre se vio obligada a dejar el trabajo en la fábrica textil, la chica de ojos verdes se ha visto obligada a dejar los estudios y meterse a trabajar para sacar adelante a su familia. Trabajó un par de años cuidando niños, pero esa época de su vida terminó y el siguiente trabajo que encontró fue en el bar. Además, aparte de ver en Joey una forma de sacar dinero para ayudar a su familia, vio la oportunidad de reunir ahorros para poder realizar el viaje de sus sueños. Suspira profundamente y asiente, hablando con la mirada en el suelo y la voz en un susurro — Lo entendemos, Joey... Contábamos con algo así…
El hombre suspira pesadamente y chasquea la lengua, llevándose una mano a su cabeza poblada con poco pelo — Lo siento, chicos. De corazón. Sé que trabajáis aquí porque de verdad necesitáis ese dinero, y Dios sabe que si yo tuviera de sobra, trabajaríais aquí hasta que Detroit desapareciera del mapa, pero... — Se encoge de hombros, enredando con un trapo sucio en las manos que en seguida se cuelga del hombro con un movimiento resuelto— Si algún día el bar vuelve a remontar, os prometo que seréis los primeros en ocupar de nuevo los puestos si estáis disponibles para ello...
Annie sonríe de medio lado con tristeza. Suspira y le palmea el hombro, abandonando la cocina para dirigirse a la barra en la que apenas queda gente tomándose las últimas copas de la tarde— No te preocupes Joey, encontraremos algo... Voy... voy a recoger por aquí y después hablamos de los pagos...
La jornada llega a su final con una sensación curiosa de tristeza. Todos han trabajado muchas horas en ese local, y aunque no es lo más emocionante del mundo, han pasado momentos buenos. Joey era de ese tipo de jefes que parecía tremendamente duro y luego resultó ser un buenazo consumado. Permisivo y simpático como el que más, de hecho. Después de dos horas de limpieza y de servir alguna que otra copa más, llega el momento de cerrar, ésta vez para no volver. Cada uno de los chicos recibe sus seiscientos dólares que corresponden al mes, unos seiscientos dólares que les tiende un jefe que siente que se cae de la tristeza. A pesar de todo, son sus chicos...
Tras recoger sus cosas para no volver a dejarlas en la sala de empleados nunca más, la chica de ojos verdes se despide de su antiguo jefe, de sus compañeros y cómo no, del bar, con una sonrisa nostálgica. Cuando sale, recorre las calles del pueblo en silencio, con la mirada en el suelo y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Son las ocho de la tarde y el sol del atardecer inunda las calles de la ciudad, dejándolas de un color anaranjado hermoso. Cuando entra en casa, suspira, deja las llaves en la entrada y, de la que pasa por delante del salón donde están reunidas su madre y sus tías, habla en un susurro apagado, con una media sonrisa forzada y sin mirarlas, de camino a su habitación— Ya estoy en casa…-
Tras haber formado barullo y haber convertido el salón en una tertulia de cotilleos durante un rato, las tías de Ana abandonan la casa, que queda inundada con un olor fuerte y agradable a café. La tranquilidad de la chica de ojos verdes, que descansa sobre la cama, con la mirada puesta en el techo y sus sueños hechos trizas esparcidos por el suelo, se ve rota de golpe por unos leves golpes en la puerta de su habitación. Su madre, Polly, la empuja con cuidado y se asoma a la estancia, mirándola con sus ojos igualmente verdes cargados de preocupación y el tono de voz bajo y comprensivo que siempre utiliza con ella— No has entrado a saludar a tus tías, cielo...
Ana deja el libro que estaba leyendo boca abajo, se sienta en la cama como los indios y suspira. Asiente, baja la mirada y habla en un susurro— Lo sé, es que... Bueno, no estoy de humor, mamá... —
La mujer suspira profundamente, se coloca un mechón de pelo rojizo tras la oreja y habla de nuevo en el mismo tono, apoyada en el marco de la puerta y decidida a brindarle toda la confianza de nuevo a su hija— ¿Quieres que hablemos, Annie…?
Ana asiente y se hace a un lado para dejar espacio a su madre. Cierra el libro y lo sostiene en sus manos, enredando con él nerviosamente, hablando sin alzar el tono de voz— Es que... Bueno, Joey ya no puede pagarnos más y ha decidido por su bien que debemos irnos... —Suspira de nuevo— Hasta que no encuentre otro trabajo no podré traer dinero a casa y no podremos pagar los estudios de Tobby…
La mujer suspira sonoramente, chasquea la lengua y le acaricia la mejilla con ternura— Escucha, cielo. No te preocupes por eso. Con lo que yo gano, los estudios de Tobby están más que pagados. Recuerda que además tenemos un fondo de emergencia para éste tipo de cosas... —La besa en la frente y habla mirándole de fijo a los ojos— Busca otro trabajo si de verdad quieres hacerlo, pero no tiene por qué ser de manera urgente. Estamos bien, cielo...
Annie chasquea la lengua y enreda con un mechón de pelo entre los dedos, con la mirada perdida en la ventana que está frente a su cama. Ahora ha empezado a caer la noche, y con ella, una tormenta veraniega de esas en las que llueve a mares y parece que el cielo se les va a caer encima. A Annie y a Tobby les encantaba contemplarlas cuando eran más pequeños— Lo sé pero... —Se encoge de hombros— Necesito algo con lo que ocupar mi tiempo y... El trabajo era lo único que me llenaba. De una u otra forma me hacía sentir... Útil.
Polly se levanta del borde de la cama en el que estaba sentada y se estira la camiseta con delicadeza, alisando las arrugas de la tela con las manos. Habla con su habitual delicadeza, con una media sonrisa cargada de preocupación— No te comas la cabeza, princesa. Encontrarás algo nuevo que te guste y te entretenga. Antes de lo que crees, seguro.
Ana sonríe levemente y la mira, asintiendo— Sí, mamá, seguro que sí... — Suspira— No voy a bajar a cenar. No tengo hambre porque comí algo en el bar antes de salir así que....hacedlo sin mí.
La mujer de ojos idénticos a los de su hija asiente y suspira, resignada — Descansa, cielo. — Cruza la habitación y sale de ella cerrando la puerta tras de sí, dejando que el sonido de sus pasos se difumine conforme se aleja por el pasillo y baja las escaleras con destino al piso de abajo, dejando a Annie de nuevo sumida en la quietud más absoluta. Tras quedarse unos segundos en silencio, la chica de ojos verdes sacude la cabeza, suspira y mira el reloj, lo cual la hace bajar a la realidad. Son las nueve de la noche y, aunque se levantó tarde, su día está siendo tan malo que desea terminarlo con todas sus fuerzas. Deja el libro sobre la mesita y se arropa bajo las mantas, apagando la luz de la mesilla y dejando la habitación en total oscuridad. Se queda mirando por la ventana. Fuera sigue lloviendo y tronando como si no fuese a parar nunca. Tras algunos minutos de reflexión, termina por quedarse dormida. Mañana le espera otro día emocionante de su monótona y aburrida vida atrapada en ese pueblo.
Dos largos meses pasan por la vida de Annie. Lentos, aburridos y carentes de todo tipo de novedad. Ni un solo trabajo que la saque de su negatividad, nada en absoluto. Es posible que lo único que haga feliz en ese momento a la chica de ojos verdes sea Charlie, con el que sale a diario, y es el único capaz de arrancarle una sonrisa. Siente que su vida está estancada. Eso es, estancada. Si antes tenía pocas posibilidad de optar a un viaje a Los Ángeles, ahora, sin trabajo, sus posibilidades se reducen a menos que cero. Todo va cuesta abajo y en picado para Ana ahora, y no la situación no parece tener pretensiones de cambiar...
Cuando, tras un día por ahí con Charlie, la chica de ojos verdes llega a casa, se encuentra con que su madre la recibe con la más amplia de las sonrisas y un cálido abrazo. Ana sonríe confusa y arquea una ceja, abrazándola de vuelta— ¿Ma...má? —La mira— ¿A qué se debe tanta felicidad?
La mujer de pelo rubio se atusa el pelo con nerviosismo y felicidad y suspira largamente, agarrándola de la mano y llevándola al salón con ella— Annie, tenemos que hablar. Tengo una muy buena noticia, cielo. Una muy, muy buena noticia. —La chica de ojos verdes la mira confusa, sin decir nada más mientras su madre sigue hablando, acelerada— Sé que has pasado por una mala época, princesa, pero eso va a cambiar desde ahora...
Ana se apoya en el marco de la puerta y la mira con una ceja arqueada mientras su madre agarra unos papeles, se sienta en el sofá y, antes de mirarla con una amplia sonrisa emocionada, suspira profundamente. Ana abre los brazos en señal de indignación y abre mucho los ojos, expectante— Vamos, ¿qué pasa..? Me estás asustando, mamá...
Polly alza la voz con una sonrisa cómplice y habla diciendo algo que deja a su niña sin palabras— Vas a irte a Los Ángeles. Quiero que vayas allí, que conozcas la gran ciudad e intentes por todos los medios conseguir lo que quieres. —Suspira dejando que la sonrisa se le borre poco a poco— De cualquier manera, sé que has trabajado mucho para cumplir ese deseo, y estaba tardando en llegar el momento...
Ana se queda pálida, fría, paralizada e impresionada. Clava sus ojos verdes en los de su madre y habla en un susurro cortante y seco, sin salir de su asombro— ¿Cómo.... cómo dices...?
Polly asiente de nuevo, con una sonrisa cálida y tierna— He juntado un pellizquito considerable, ¿sabes? Creo que con lo que hay en éste sobre tendrás suficiente para viajar hasta allí y alquilar algo durante un tiempo. —Suspira largamente y enarca una ceja— Pero prométeme una cosa, Annie...
Ana mira el sobre, perpleja y después mira a su madre. Sacude la cabeza enérgica y decididamente, hablando aún con la impresión plasmada en sus palabras— No... No mamá. Yo... yo no... No puedo aceptar esto. No. Definitivamente no. Necesitamos este dinero. Tú lo necesitas y Tobby también lo necesita. Tenemos que pagar el alquiler de la casa y... — traga saliva, sacudiendo la cabeza de nuevo.
Suspira largamente poniendo los ojos en blanco con una sonrisa, como si esperara de antemano que esa fuera a ser su reacción— Cielo, nos arreglaremos. Nos arreglaremos de sobra, te lo prometo. — Empuja con la mano el sobre hacia el otro lado de la mesa, dejándolo muy cerca de Annie, frente a ella— Guárdatelo y piensa sobre ello. Sé que de verdad quieres ésto, y nosotros queremos verte feliz...
No hay comentarios:
Publicar un comentario